miércoles, 14 de enero de 2026

Mirar más amplio para dejar de repetir y elegir más libre

Este fin de semana he cerrado una etapa importante. He terminado la formación en sistémica que, durante un año, me ha reunido con un mismo grupo de personas un fin de semana al mes. Doce encuentros marcados en el calendario como pequeñas islas de pausa en medio de la vida cotidiana. Doce fines de semana para detenernos, mirar con más calma y explorar con una visión más amplia nuestras raíces, nuestras relaciones y nuestro modo de estar en el mundo: con los demás y con nosotros mismos.

Hay algo profundamente transformador en elegir conscientemente parar un fin de semana al mes y hacerlo junto a otras personas que también quieren comprenderse mejor. No es solo formación: es presencia compartida. Es sentarse en círculo y poner palabras a lo que normalmente se vive en silencio. Es observar cómo se repiten ciertos patrones, cómo aparecen los mismos conflictos con distintos nombres, cómo la historia familiar, los vínculos y la forma de comunicarnos van tejiendo, muchas veces sin darnos cuenta, la vida que llevamos.

A lo largo del año hemos trabajado el apego, el genograma, las relaciones intergeneracionales, la narrativa personal, los mitos familiares, la pareja, el trauma, la codependencia, el grupo como sistema… pero, más allá de los contenidos, lo esencial ha sido la mirada. Una mirada más amplia, menos reduccionista, menos centrada en el “yo aislado” y más atenta al contexto, a las relaciones, a lo que se mueve entre unos y otros.

Este domingo, en el cierre de la formación, Teresa compartió un poema de Fernando Pessoa que se quedó resonando en mí desde entonces:

“Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares.

Es el momento de la travesía.

Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos”

La metáfora es poderosa. Las ropas usadas son esas formas de pensar, de reaccionar, de relacionarnos que un día nos protegieron, nos sirvieron o nos ayudaron a adaptarnos… pero que hoy ya nos aprietan. Han tomado la forma de nuestro cuerpo, de nuestra historia, y por eso cuesta tanto soltarlas. Nos resultan familiares, conocidas, “seguras”, aunque a veces nos limiten o nos hagan daño.

Y están también los caminos. Esos recorridos internos y externos que repetimos casi sin darnos cuenta: ante un conflicto, siempre reacciono igual; en las relaciones, acabo ocupando el mismo lugar; cuando algo me duele, me callo… o exploto. Caminos transitados tantas veces que parecen inevitables. Pero Pessoa lo dice con claridad: si seguimos andando por los mismos senderos, llegaremos a los mismos lugares.

La sistémica ayuda precisamente a eso: a ver los caminos. A entender de dónde vienen, qué función tuvieron, qué lealtades sostienen. Y, sobre todo, a darnos cuenta de que no todo empieza ni acaba en nosotros. Que somos parte de sistemas: familiares, laborales, sociales… y que muchas de nuestras decisiones, miedos o bloqueos cobran sentido cuando ampliamos el foco.

Mirar de otra manera cambia lo que vemos.

Y cambiar lo que vemos cambia lo que podemos hacer.

Cuando comprendes que un conflicto no es solo “tu problema”, sino una danza relacional; cuando ves que ciertas repeticiones tienen historia; cuando entiendes qué lugar ocupas habitualmente y qué precio pagas por mantenerlo… entonces aparece algo muy valioso: más libertad para elegir. Elegir con más conciencia. Actuar con más claridad.

La travesía de la que habla Pessoa no siempre implica grandes cambios externos. A veces es algo mucho más sutil y profundo: atreverte a cuestionar lo conocido, a soltar una identidad que ya no te representa del todo, a explorar respuestas nuevas, aunque al principio resulten incómodas. Es pasar de reaccionar a responder. De repetir a elegir.

Si tuviera que cerrar esta etapa con una recomendación sería esta: regálate espacios de mirada amplia. Espacios donde puedas parar, escuchar, contrastar, comprender. Ya sea a través de una formación, un proceso de acompañamiento, un grupo de reflexión o simplemente conversaciones honestas y profundas. No para cambiar por cambiar, sino para no quedarte al margen de ti mismo.

Porque llega un momento, antes o después, en que la vida nos pide travesía. Y quizá vivir tu tiempo consista, precisamente, en reconocer cuándo ha llegado ese momento… y atreverte a dar el primer paso.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

lunes, 5 de enero de 2026

Empezar el año no es ponerse objetivos: es elegir dirección

Todos los años pasa lo mismo. Llega enero y nos decimos: “Este año tengo que hacer más ejercicio”. Y durante unos días, incluso unas semanas, parece que va en serio. Los gimnasios se llenan, las zapatillas nuevas salen del armario y la motivación acompaña. Pero algo falla. Febrero avanza y, sin saber muy bien cómo, ese propósito empieza a diluirse. No porque no fuese buena idea, sino porque nunca estuvo claro qué significaba exactamente hacer más ejercicio.

No es casualidad que los gimnasios estén llenos en enero y mucho más vacíos en febrero. No es falta de voluntad. Es falta de dirección.

El comienzo de año invita a un nuevo inicio, sí. Pero también invita (casi obliga) a ponernos objetivos de forma automática. Los de siempre: hacer ejercicio, comer mejor, ahorrar, reducir el estrés, leer más, pasar más tiempo con la familia, aprender inglés… Todos suenan bien. El problema es que muchas veces, cuando los formulamos, ya sabemos que no los vamos a trabajar de verdad. Son buenas intenciones sin un plan detrás.

Y una buena intención, por sí sola, no cambia nada.

La psicología lleva décadas estudiando qué hace que un objetivo funcione. Uno de los marcos más conocidos es la teoría del establecimiento de metas de Locke y Latham, que muestra que los objetivos eficaces tienen varias características claras: son específicos, desafiantes pero alcanzables y permiten seguir el progreso. Las metas vagas generan poca activación; las concretas movilizan, motivan y guían tus actos.

Decir “quiero cuidarme más” no orienta la acción. Decir “voy a salir a correr dos días a la semana después del trabajo” sí.

Otro hallazgo muy relevante viene de las investigaciones de Peter Gollwitzer sobre las intenciones de implementación. Sus estudios muestran que no basta con decidir qué queremos hacer; es clave decidir cuándo, dónde y con quién. Convertir un deseo en un plan concreto multiplica enormemente la probabilidad de llevarlo a cabo.

Por eso no es lo mismo proponerse hacer más deporte que decir: “Este año voy a ir a correr con Juan los martes y jueves a las 19:00, y los lunes y viernes iremos al gimnasio”. Ese nivel de concreción es, en sí mismo, medio plan.

Quizá el mayor error al empezar el año no sea elegir mal los objetivos, sino elegir demasiados. Saltar de uno a otro dispersa la energía y acaba generando frustración.

Te propongo algo distinto: uno, dos o como mucho tres objetivos. Incluso uno solo puede ser suficiente si es lo bastante importante para ti. Un objetivo que te sirva de brújula durante el año. No para hacerlo perfecto, sino para caminar en esa dirección.

Y, tan importante como decidir qué quieres hacer, es decidir qué vas a dejar de hacer. Lo nuevo necesita espacio. Si no sueltas nada, el calendario se llenará de lo de siempre.

Recomendaciones prácticas para empezar el año (te propongo lo siguiente):

  1. Elige pocos objetivos, mejor uno o dos, que sean realmente importantes para ti, no los automáticos de todos los años.
  2. Hazlos específicos y medibles. Que puedas saber si avanzas o no.
  3. Define el cuándo, el dónde y el con quién. Eso transforma un deseo en una acción posible.
  4. Ajusta el nivel de reto: ni tan fácil que no motive, ni tan difícil que te frustre.
  5. Habla con las personas implicadas, si las hay, y acuerda espacios y ritmos que os encajen a todos.
  6. Planifica el camino, paso a paso. Con claridad, es más fácil levantarse por la mañana sabiendo qué sí quieres hacer… y qué no.

El comienzo de año no es una carrera. Es una oportunidad para elegir con más conciencia cómo quieres vivir tu tiempo. No se trata de hacerlo todo, sino de caminar con sentido. Y cuando llegue el final del año, poder decir: no llegué a todo, pero avancé en lo importante.

Eso, muchas veces, es más que suficiente.

Y si uno de tus objetivos para este año es vivir mejor tu tiempo, aprender a priorizar, decidir con más conciencia y fijar objetivos inteligentes que te guíen, en el curso que imparto en la Universidad de Burgos trabajamos todo esto de forma práctica y acompañada:

https://www.ubu.es/te-interesa/gestion-del-tiempo-gestion-de-vida-ii-edicion

A veces no se trata de hacer más cosas, sino de elegir mejor el rumbo.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

jueves, 1 de enero de 2026

Propósito de año nuevo (un poco peculiar): hacer un poquito lo que me venga en gana

Puede sonar extraño, incluso provocador, empezar el año con un propósito así: hacer un poquito lo que me venga en gana. No habla de disciplina, ni de grandes metas, ni de versiones mejoradas de uno mismo. Habla, sencillamente, de dar espacio a las ganas. A lo que quiero. A lo que me apetece. Y cuanto más lo pienso, más claro lo veo: dar espacio a lo que quieres es una forma profunda de cuidarte.

Hacer lo que te apetece no como consigna bonita, sino como algo muy concreto. A veces parece que, si no es una necesidad evidente, no tienes derecho a hacer lo que quieres, incluso cuando no perjudica a nadie y los demás también se permiten hacer lo que les viene en gana.

No sé porque, a veces, hacer lo que quieres incomoda, aunque no afecte a nadie.

Estas Navidades he ido diciendo, casi como quien lanza un globo sonda, que el año que viene me gustaría irme a Canarias. Solo, o con quien quiera acompañarme. Sin dramas. Sin huidas. Sin intención de hacer daño a nadie. Simplemente porque me apetece.

Y, curiosamente, eso ha removido mucho más de lo que esperaba.

He escuchado reproches envueltos en palabras como tradición, egoísmo, no valorar lo importante. A veces creo que vienen desde el cariño de “queremos que estés aquí”, y otras desde intereses propios de los que ni siquiera somos conscientes. Lo más llamativo es que mi familia más cercana lo entiende: mi mujer y mis hijos lo comprenden y me apoyan. Esto me ha hecho pensar.

La Navidad es tiempo de cercanía y contradicciones. La Navidad puede ser un tiempo muy valioso. Especialmente cuando el resto del año vivimos lejos de lo que decimos que es importante. Quizá por eso se carga de tanta expectativa: es el momento en el que hay que verse, encontrarse, sentirse cerca.

Si la presencia se cultiva durante todo el año, la Navidad no tiene que sostenerlo todo. Puede sumar, no compensar. Aunque también entiendo que, para algunas personas, es la única ocasión en la que pueden, o se permiten, acercarse a quienes consideran importantes. A veces solo en la idea, porque de la idea a la acción hay un buen trecho.

Cualquier momento es bueno para acercarse, verse, charlar, no solo la Navidad. Quizá el ajetreo y las multitudes de la Navidad hacen  que ni siquiera sea el mejor momento para poder encontrarse de verdad.

Entre comidas interminables y compromisos no cuestionados aparecen el cansancio, las discusiones, las pequeñas riñas. No porque no haya cariño, sino porque hay demasiada pseudoobligación. Porque muchas veces estamos más pendientes de cumplir que de estar.

Yo sigo viendo el valor del reencuentro en Navidad, y me gusta. Pero ahora mismo siento que me apetece estar en otro sitio. Y también siento que no pasa nada. Otra cosa es si eso será respetado o será juzgado, eso ya no es cosa mía.

Lo que sí veo claro es esto: muchas veces no nos quedamos donde estamos por convicción, sino por el qué dirán, que funciona como una herramienta de presión muy eficaz.

Esto no pasa solo en Navidad. Pasa en muchas áreas de la vida. En lo que hacemos por costumbre, por inercia, por imposición social, familiar o laboral. En el grupo de amigos, en el trabajo, en dinámicas tan pequeñas como participar en un “amigo invisible” aunque no te apetezca nada.

A veces todo el mundo participa porque todo el mundo se siente obligado. Porque está en juego la pertenencia al grupo.

Y entonces me pregunto: ¿Qué tal hacer tabla rasa de vez en cuando y preguntarnos qué es lo que realmente nos apetece y qué aporta de verdad al entorno?

Todo esto me ha recordado dos libros que, cada uno a su manera, apuntan a lo mismo. Algo que desde su título puede parecer antisocial pero que desde mi punto de vista equilibra las presiones externas, las expectativas, con lo que realmente quieres. Al menos a mí me hicieron pensar.

  • Por un lado, Fuck It, de John C. Parkin, que invita a soltar el peso de expectativas, miedos y obligaciones autoimpuestas para vivir con más autenticidad y menos tensión. No como un acto de rebeldía infantil, sino como un gesto de honestidad profunda: dejar de hacer lo que no quieres hacer y atreverte a hacer lo que siempre has querido.
  • Por otro, El sutil arte de que (casi todo) te importe una mierda, de Mark Manson, que plantea algo igualmente incómodo y liberador: si todo te importa demasiado, acabas sufriendo por todo. Vivir bien no es que nada importe, sino elegir con cuidado qué merece de verdad tu energía.

Ambos libros coinciden en algo esencial: cuando no eliges tú lo que es importante, el mundo lo elige por ti. Y casi nunca acierta.

Dar espacio a lo que quieres no es desentenderte de los demás. Es dejar de abandonarte a ti. Es ponerte el oxígeno antes, para poder acompañar después. Es salir del piloto automático y revisar si lo que haces suma vida o solo cumple expectativas ajenas. Aunque se pueda ver como un acto de rebeldía.

Quizá este año mi propósito no sea hacer grandes planes, sino algo mucho más simple y, a la vez, más difícil:

escuchar un poco más mis ganas y darles espacio.

No siempre. No a cualquier precio. Pero sí con honestidad.

Tal vez no guste a todo el mundo. Tal vez genere incomodidad. Pero empiezo a pensar que vivir permanentemente desde lo que otros esperan tampoco es un gran regalo para nadie.

Y tú, al empezar este año, ¿te vas a dar permiso para hacer, aunque sea un poquito, lo que te venga en gana?

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.