martes, 28 de julio de 2026

Descubrir formas de relacionarse con las personas y el entorno

El incendio de la Sierra de Ávila obligaba, el sábado, a evacuar el encuentro de adolescentes de la Fundación Claudio Naranjo en el que estaba participando mi hija Sofía.

Desde el jueves convivíamos con una cierta incertidumbre por la evolución del incendio. Ayudaba saber que estaban bien y confiar en un equipo que supo gestionar la situación con una serenidad admirable.

Zaida, una de las madres del encuentro, abrió las puertas de su casa para acoger a los cincuenta adolescentes y a todo el equipo. Gracias a ese gesto pudieron pasar allí la noche con tranquilidad hasta que, al día siguiente, los padres fuimos para recogerlos.

No es un gesto cualquiera. Abrir la puerta de tu casa a cincuenta adolescentes no es solo ofrecer un techo, es abrir un espacio de confianza, es decir con los hechos: "Aquí cabéis todos". Eso habla de una manera de relacionarse.

El domingo, mientras compartíamos tiempo al recogerles, nos informaron de que “El Corralón”, en Casavieja, el lugar donde habían vivido el encuentro durante toda la semana, había sido arrasado por el fuego.

La tristeza por la pérdida se podía sentir. Algunos lugares dejan de ser solo un edificio para convertirse en el escenario donde suceden experiencias que cambian a las personas.

Durante esos días y en años anteriores, aquel lugar había acogido experiencias, conversaciones, silencios, risas, lágrimas, abrazos y descubrimientos. Había sido el hogar temporal de cincuenta adolescentes que estaban aprendiendo algo que rara vez se enseña en un aula.

Caricatura inspirada en el encuentro de adolescentes de la Fundacion en el año 2025
Estos días los han dedicado especialmente a observar cómo se relacionan consigo mismos, cómo se relacionan con otros adolescentes, con sus padres, con sus hermanos y con los adultos. A descubrir desde dónde se relacionan y hacia dónde quieren caminar. Me parece una propuesta preciosa.

Invertimos muchos años en enseñar conocimientos a nuestros hijos. Matemáticas, idiomas, tecnología... Y apenas dedicamos tiempo a ayudarles a comprender cómo viven sus relaciones, cuando probablemente de ellas dependa buena parte de su bienestar. Algo que también nos puede venir bien a los mayores.

Siento que ya el año pasado mi hija Sofía descubrió nuevas formas de relacionarse. Parece una obviedad, pero no lo es. Cuando somos adolescentes (y muchas veces también cuando somos adultos) tendemos a pensar que la forma en la que vivimos las relaciones en casa, en el colegio o en nuestro grupo de amigos es simplemente "lo normal".

Hasta que un día descubres personas que escuchan antes de responder, que pueden discrepar sin atacar, poner límites sin dejar de cuidar o mostrar lo que sienten sin necesidad de esconderse. Entonces entiendes que no existe una única manera de relacionarse

Existen otras formas de relacionarse, y puedes elegir cómo quieres hacerlo tú. Puedes decidir qué tipo de relaciones quieres construir y con qué personas quieres compartirlas.

Creo que ese descubrimiento, con diecisiete años, es un regalo para toda la vida.

Las relaciones no solo transforman a las personas, también crean comunidades. Quizá por eso Zaida abrió las puertas de su casa sin pensárselo demasiado. Quizá por eso tantos antiguos participantes, familias y amigos se han ofrecido ya para ayudar a recuperar El Corralón. Un espacio con el que también nos relacionamos.

Cuando un lugar ha sido construido para favorecer encuentros auténticos, termina generando una comunidad, que también cuida de ese lugar. Los edificios pueden quemarse y las relaciones permanecen.

Por eso estoy convencido de que El Corralón volverá a levantarse. No solo porque se reconstruyan unas paredes, sino porque detrás hay una comunidad que cree profundamente en lo que allí sucede.

Con seguridad voy a volver a ese lugar que ya siento un poco mío y que forma parte de la historia de vida de mi hija.

No quiero terminar sin expresar un profundo agradecimiento a la Fundación Claudio Naranjo y, muy especialmente, al equipo encabezado por Martín, Patricia y María, junto con el resto de monitores y guías.

Ellos no solo han acompañado a nuestros hijos. También nos han acompañado a los padres durante unos días especialmente difíciles. La información llegó cuando tenía que llegar, con cercanía, serenidad y transparencia. En medio de la incertidumbre supieron transmitir confianza.

Y, sobre todo, quiero agradecerles algo más profundo: la forma de estar con los adolescentes. En el encuentro no solo hablaron de las relaciones, las vivieron.

Acompañar así no consiste únicamente en organizar actividades. Requiere haber recorrido antes un camino de trabajo personal. Porque resulta muy difícil ayudar a otros a relacionarse si antes no has aprendido a relacionarte contigo mismo y con los demás.

Los adolescentes aprenden mucho menos de lo que les decimos que de cómo nos ven relacionarnos. Lo más valioso de este encuentro ha sido mostrarles con el ejemplo formas de relacionarse, tanto con las personas como con los lugares y las situaciones.

Las personas construimos relaciones, y las buenas relaciones terminan construyendo comunidades.

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sábado, 25 de julio de 2026

La vida no siempre pide cita previa

En unos días nos íbamos de vacaciones. Era un plan esperado desde hace tiempo. Descansar, desconectar, estar con la familia y disfrutar de unos días sin horarios.

Sin embargo, este año las vacaciones han llegado acompañadas de otra realidad.

He empezado la rehabilitación del codo después de la operación. Y justo ahora aparece una decisión incómoda: si me voy de vacaciones, interrumpo la rehabilitación durante esos días. Si me quedo, mantengo el tratamiento, pero renuncio a compartir ese tiempo con mi familia.

Existe una tercera opción (casi siempre existe). Volver para hacer la rehabilitación y regresar de nuevo con ellos. Un viaje de cuatro horas para cuarenta y cinco minutos de ejercicios. Al día siguiente, otra vez; y de nuevo volver. No parece la alternativa más cómoda, pero finalmente tomo esta opción.

No es perfecta. Me habría gustado pasar todas las vacaciones con mi familia, sin interrupciones. Pero ahora mismo hay algo que tiene más prioridad. Recuperar bien el codo.

Eso no significa que las vacaciones hayan dejado de ser importantes. Siguen siéndolo. Descansar y compartir tiempo con quienes quieres siempre merece la pena. Lo que ocurre es que, en este momento, ha aparecido algo que pesa más en la balanza.

Y eso me ha hecho pensar que la importancia nunca es absoluta. Es comparativa, es relativa.

Algo nos parece muy importante... hasta que sucede otra cosa que cambia completamente el orden de nuestras prioridades. Un problema de salud, un accidente, una enfermedad de alguien cercano o una situación inesperada pueden hacer que aquello que ocupaba el primer lugar pase, de repente, al segundo, al tercero o incluso deje de tener relevancia.

La vida reorganiza nuestras prioridades con una rapidez sorprendente. El problema aparece cuando seguimos dedicando tiempo y energía a lo que ayer era importante, aunque hoy ya no lo sea.

Muchas veces no necesitamos hacer más cosas.

Necesitamos decidir mejor cuáles merecen realmente nuestro tiempo.

Cuando las prioridades están claras, muchas decisiones dejan de ser tan difíciles. Puede que no nos gusten. Puede que impliquen renuncias. Pero al menos sabemos por qué las tomamos.

En mi caso, la prioridad ahora es la rehabilitación, después vendrá todo lo demás.

Y dentro de ese "todo lo demás", intentaré hacer lo mejor posible. Compartiré con mi familia todos los momentos que pueda, disfrutaré de los días que estemos juntos, descansaré cuando sea posible.

No será el verano que imaginábamos. Puede ser el mejor verano posible dadas las circunstancias.

Quizá esa sea una buena forma de ordenar la vida, colocar primero lo prioritario. Y, con el tiempo que queda, hacer lo mejor que podamos con todo lo demás.

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martes, 21 de julio de 2026

La vida no siempre pide cita previa

Hay personas que disfrutan planificando hasta el último detalle. Otras prefieren levantarse sin saber muy bien cómo acabará el día. No creo que exista una única forma correcta de hacerlo.

Planificar tiene muchas ventajas: Nos ayuda a avanzar, a priorizar lo importante y a no dejar que las urgencias decidan por nosotros. El problema no suele ser el plan.

El problema aparece cuando nos aferramos tanto a él que dejamos de ver todo lo que ocurre alrededor.

Si programas cada minuto del día, ¿Dónde cabe una conversación que merece prolongarse un poco más? ¿Dónde entra ese amigo que te llama para tomar un café? ¿Qué haces cuando descubres un lugar precioso que no estaba en tu itinerario y no puedes detenerte porque "no toca"?

A veces, la agenda se convierte en una especie de camisa de fuerza. En lugar de ser una herramienta para vivir mejor, acaba diciéndonos cómo tenemos que vivir.

Y eso ocurre tanto en el trabajo como fuera de él. En el trabajo nos enseñan a planificar proyectos, reuniones, entregas y objetivos. Y es necesario hacerlo. Aunque también he comprobado que muchas de las mejores ideas nacen cuando alguien hace una pregunta inesperada, cuando una conversación deriva hacia otro tema o cuando una visita improvisada nos hace ver un problema desde una perspectiva completamente distinta.

También sucede en las vacaciones. Conozco personas que vuelven agotadas de recorrer cinco ciudades en seis días. Han visto todo lo que figuraba en la guía de viaje, pero apenas recuerdan un momento especial. Han estado tan pendientes de cumplir el plan que no han tenido tiempo para disfrutar del camino.

Sin embargo, muchas veces lo que permanece en la memoria no es el monumento más famoso, sino aquella terraza en la que terminaste hablando con un desconocido, el pueblo al que llegaste por equivocación, la playa que encontraste porque decidiste desviarte unos kilómetros o esa sobremesa que se alargó sin mirar el reloj.

Lo mejor del viaje, con frecuencia, no estaba previsto.

Pensamos que controlar cada detalle nos dará más tranquilidad. Pero controlar tanto, también tiene un precio: reduce el espacio para la sorpresa, para la creatividad, para la espontaneidad y para esos pequeños regalos que la vida ofrece cuando no estamos demasiado ocupados intentando que todo salga exactamente como habíamos imaginado.

No estoy proponiendo vivir sin organización. De hecho, me gusta planificar. Pero intento dejar algunos huecos sin rellenar.

He descubierto que esos espacios vacíos no son tiempo perdido. Son el lugar donde muchas veces aparece lo que realmente merece la pena.

¿Cuánto espacio quieres dejar para que la vida pueda sorprenderte?

Cada persona necesita un equilibrio diferente. Hay quien funciona mejor con una estructura muy marcada y quien necesita más libertad para sentirse vivo. Ninguna opción es mejor que la otra, siempre que haya sido elegida conscientemente y no por costumbre.

Al fin y al cabo, una agenda completamente llena transmite una sensación de control. Pero una agenda con algunos huecos transmite algo quizá todavía más valioso: tiempo para aquello que todavía no sabes que va a ocurrir.

¿Cuánto espacio dejas en tu vida para lo inesperado? ¿Necesitas más planificación… o un poco más de flexibilidad?

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sábado, 18 de julio de 2026

Cuando dar un paso al lado también es avanzar

Hay decisiones que sorprenden más que cualquier ascenso. No porque sean difíciles de entender, sino porque van en dirección contraria a lo que la mayoría espera.

Durante años nos preparan para asumir más responsabilidades. Primero coordinas un pequeño equipo, después diriges un servicio, un departamento o una empresa. Desde fuera parece el camino natural, cada nuevo cargo es un reconocimiento al trabajo realizado.

Pero casi nadie habla del momento en que uno siente que esa etapa ha terminado. No porque haya salido mal, ni porque exista un conflicto, tampoco porque se haya perdido la ilusión por el proyecto o el cariño por las personas. Simplemente porque descubre que quiere aportar desde otro lugar.

Me recuerda, salvando todas las distancias, a esas parejas que se aprecian profundamente, que se desean lo mejor y que, aun así, comprenden que ya no quieren seguir siendo pareja. No hay enfado, no hay reproches, solo la certeza de que la relación necesita transformarse.

Con los puestos de responsabilidad puede ocurrir algo parecido. Uno puede sentirse orgulloso de lo vivido, agradecer la confianza recibida y seguir apreciando enormemente a sus compañeros. Y, al mismo tiempo, sentir que ha llegado el momento de dejar de dirigir para volver a disfrutar del trabajo de base.

Porque dirigir tiene muchas satisfacciones, pero también un peso que casi nunca se ve: Las decisiones difíciles, los conflictos que hay que mediar, la preocupación por el equipo, los problemas que te acompañan de camino a casa (incluso de vacaciones) y que, muchas veces, siguen contigo cuando intentas dormir.

Hay trabajos que terminan cuando sales por la puerta y responsabilidades que ocupan también una parte de la noche.

Quizá por eso llega un momento en que algunos médicos desean volver a centrarse en sus pacientes. Algunos profesores prefieren dedicar más tiempo a enseñar e investigar que a gestionar reuniones. Algunos ingenieros disfrutan más resolviendo problemas que organizando agendas.

No porque dirigir sea peor. Simplemente porque descubren que aquello que les hizo enamorarse de su profesión sigue estando en el trabajo cotidiano.

Lo curioso es que esta decisión puede generar incomprensión. "Pero ¿cómo vas a dejarlo si lo estás haciendo bien?"

Una organización también necesita personas que sepan cuándo ha llegado el momento de facilitar el relevo. Permanecer indefinidamente no siempre es la mejor forma de servir. A veces, el mayor acto de liderazgo consiste en confiar en que otros también pueden hacerlo bien.

No somos directores, jefes o responsables, solo desempeñamos ese papel durante un tiempo. Cuando dejamos de ocuparlo, seguimos siendo la misma persona, con la misma experiencia, con el mismo compromiso. Solo cambia el lugar desde el que contribuimos.

En el Camino de Santiago aprendí que ningún peregrino pretende quedarse para siempre en el albergue donde mejor le trataron. Lo agradece, descansa, da las gracias... y continúa caminando.

Tal vez los puestos de responsabilidad se parezcan un poco a esos albergues. Son etapas, no destinos.

Quizá una vida bien vivida no consista en subir cada vez más alto, sino en elegir, una y otra vez, el lugar desde el que queremos seguir aportando.

Porque, al final, no siempre avanzar significa ocupar un puesto más importante.

A veces, avanzar consiste simplemente en recuperar aquello que un día nos hizo disfrutar de nuestro trabajo.

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martes, 14 de julio de 2026

Reconectar con el cuerpo

¿Qué tal has dormido? Cada vez veo más gente que, antes de contestar, mira el reloj o el móvil y contesta: Pues… seis horas y cuarenta y tres minutos. Sueño profundo: una hora y doce. Calidad del sueño: 81%.

Me pregunto si, sin esa pantalla, sabríamos responder.

Quizá antes diríamos algo mucho más sencillo: he descansado; me he levantado cansado; me noto pesado; hoy tengo mucha energía.

Lo mismo ocurre con los pasos. Terminamos el día y, antes de preguntarnos cómo están nuestras piernas o cómo nos sentimos, miramos el reloj para comprobar si hemos llegado a los diez mil pasos.

Las herramientas tecnológicas pueden ser muy útiles. Nos aportan información valiosa. El problema aparece cuando dejamos de escucharnos para escuchar únicamente los datos.

Algo parecido ha ocurrido con el GPS. Nos lleva exactamente a donde queremos ir, pero muchos hemos perdido parte de la capacidad para orientarnos. Cuanto más dependemos de la tecnología, menos entrenamos ese "mapa interno".

Con el cuerpo puede estar sucediendo algo parecido:

  • En lugar de preguntarnos "¿cómo estoy?", preguntamos al reloj.
  • En lugar de sentir el cansancio, consultamos una gráfica.
  • En lugar de notar la respiración, esperamos a que una aplicación nos diga si estamos estresados.

Sin embargo, el cuerpo suele saber muchas cosas antes que nuestra cabeza.

Cuando volvemos a escucharlo empezamos a descubrir relaciones que antes pasaban desapercibidas. Hoy he dormido mal… ¿ha sido por el calor? ¿Porque cené demasiado tarde? ¿Porque llevo varios días preocupado? ¿Porque necesito descansar más?

A veces podremos cambiar la causa, otras no, pero comprender de dónde viene lo que sentimos ya cambia nuestra manera de vivirlo.

El cuerpo también nos avisa mucho antes de que seamos conscientes de lo que nos ocurre. Unos hombros que llevan días tensos, una mandíbula apretada, un nudo en el estómago o una respiración cada vez más superficial suelen ser mensajes que pasamos por alto. Si aprendemos a escucharlos, muchas veces podemos cuidar de nosotros antes de que el malestar acabe convirtiéndose en agotamiento, ansiedad o enfermedad.

Además, el cuerpo siempre vive en el presente. Mientras la mente viaja constantemente al pasado o al futuro, el cuerpo solo puede estar aquí y ahora. Por eso, cuando conectamos con él, también nos resulta más fácil salir del piloto automático y volver a este instante.

Reconectar con el cuerpo también nos ayuda a reconectar con los demás. Cuando aprendemos a reconocer nuestras propias emociones, nos resulta mucho más fácil percibir las del otro. Comprendemos mejor un silencio, una mirada, un gesto o un cambio en el tono de voz. Esa capacidad de resonar con quien tenemos delante nace, en gran medida, de haber aprendido antes a escucharnos a nosotros mismos.

Las emociones se sienten antes de pensarse. El mejor sensor que tenemos para entender nuestra vida no está en la muñeca, está dentro de nosotros.

Los relojes inteligentes pueden decirnos cuántas horas hemos dormido o cuántos pasos hemos dado. Pero todavía no existe ningún dispositivo capaz de medir la paz, la serenidad, la ilusión o el bienestar de sentir que estamos viviendo la vida que queremos vivir.

Hoy, antes de mirar el reloj, prueba a hacer una pausa. Pregúntate simplemente: ¿Cómo estoy?

Escucha la respuesta antes de buscarla en una pantalla.

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miércoles, 8 de julio de 2026

Nunca es tarde si todavía hay ilusión

Mi abuelo Eusebio tenía ya más de sesenta años cuando decidió empezar una aventura que cambiaría la historia de nuestra familia. No había hecho un plan de negocio, ni buscó financiación, ni hablaba de emprendimiento. Simplemente hacía, junto con mi abuela Salus, tíos y tías, morcillas para casa, como tantas familias burgalesas.

Un día, haciendo números, porque siempre los hacía, se dio cuenta de algo muy sencillo. Calculó cuánto había costado hacer un kilo de morcillas y por cuánto se vendía en las tiendas. La diferencia era suficiente como para hacerse una pregunta que cambió muchas cosas: "¿Y si probamos a venderlas?"

Al principio le llamaron tonto… Oí muchas veces eso de “¡este hombre esta tonto!”. Y también vi muchas veces como él tenía razón, además de una sordera de conveniencia, que hacía que no prestase mucha atención, cuando no quería, a lo que decían.

Empezó repartiendo unas pocas morcillas entre varias carnicerías para que las ofrecieran a sus clientes y comprobar si realmente gustaban. Sin grandes inversiones, sin campañas de publicidad, solo con una idea sencilla y la ilusión de hacer la mejor morcilla de Burgos. Y funcionó.

Casi cincuenta años después, aquella decisión sigue dando frutos. La pequeña aventura familiar se convirtió en Morcillas Tere (https://morcillastere.com/), una empresa que ya va por la tercera generación y que hoy dirige mi primo Miguel. Manteniendo exactamente el mismo espíritu con el que empezó todo: hacer un producto excelente y seguir innovando.

Porque una tradición consiste en conservar la esencia mientras se encuentra la manera de seguir mejorando. Por eso hoy existen nuevas propuestas como la morcilla vegana o se sigue trabajando para llegar a nuevos mercados, sin perder aquello que hizo especial a la primera morcilla que salió de aquella cocina.

Cada vez que la empresa alcanza un nuevo hito, en casa hay una frase que inevitablemente aparece: "¡Qué diría el abuelo Eusebio de esto!". Estoy convencido de que sonreiría.

Le parecería increíble saber que aquellas morcillas que empezó repartiendo por algunas carnicerías de Burgos hoy llegan a grandes cadenas de distribución, que se venden en Estados Unidos y en otros países, o que cada día salen muchos kilos de morcilla de una empresa que nació casi por casualidad.

Creo que lo que más ilusión le haría no serían las cifras. Sería comprobar que el propósito sigue siendo el mismo: intentar hacer las mejores morcillas posibles.

Cada innovación, cada reconocimiento o cada paso adelante que consigue Morcillas Tere me produce una alegría especial. Y siempre que puedo llevo unas morcillas "de casa" cuando viajo. Seguramente porque, además de parecerme las mejores morcillas de Burgos, llevan detrás una historia que para mí vale tanto como el propio producto.

La historia de alguien que decidió empezar cuando muchos pensarían que ya era demasiado tarde. Esto me sigue inspirando.

Con frecuencia escucho a personas de cincuenta o sesenta años decir que ya no merece la pena empezar proyectos nuevos, que ya toca aguantar hasta la jubilación o que las oportunidades son para la gente joven. No lo veo así.

“Con cincuenta o sesenta años aún quedan muchos primeros días”

Nunca antes habíamos llegado a estas edades con tanta salud, tanta experiencia y tantos años por delante. Tenemos una esperanza de vida mayor, mejor calidad de vida y, sobre todo, un conocimiento acumulado que puede convertirse en una enorme ventaja.

  • La experiencia permite cometer menos errores.
  • La serenidad ayuda a tomar mejores decisiones.
  • No tener que demostrar nada deja mucho más espacio para disfrutar del camino.

Quizá por eso conozco a muchas personas que, después de jubilarse o prejubilarse, han empezado a vivir algunas de las etapas más felices de su vida. Unos emprenden un negocio, otros escriben un libro, algunos estudian aquello que siempre dejaron pendiente y otros dedican tiempo a enseñar, a viajar, a colaborar o a cuidar de los suyos de una forma diferente.

No es que tengan menos cosas que hacer. Es que ahora pueden hacerlas con más calma y con más sabiduría.

Como recuerda Linda Gratton en su libro “La vida de 100 años”: las vidas largas nos ofrecen muchas más oportunidades para reinventarnos. Quizá no podamos cumplir todos nuestros sueños, pero sí muchos más de los que imaginamos.

Mi abuelo Eusebio no pensó que con más de sesenta años ya era tarde. Pensó que todavía tenía algo bueno que aportar. Y gracias a esa decisión, casi medio siglo después seguimos disfrutando de un proyecto que nació de una pregunta sencilla y de muchas ganas.

A mi me ayuda a pensar que, aunque tengo bien pasados los cincuenta, todavía me queda tiempo para hacer muchas de las cosas que quiero hacer, que todavía no es tarde, que queda mucho tiempo (o eso espero, porque nunca se sabe).

Así que, si has pasado de los cincuenta… o de los sesenta… quizá no sea el momento de bajar el ritmo por obligación.

Quizá sea el momento de empezar aquello para lo que antes nunca encontrabas tiempo.

Porque nunca es tarde. Solo es tarde cuando se pierde la ilusión.

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domingo, 5 de julio de 2026

No hay mal que por bien no venga

Hace unos días que la vida decidió bajar mi ritmo. O, mejor dicho, obligarme a bajarlo. Un brazo inmovilizado, una operación en la cabeza del radio y muchas de esas pequeñas cosas cotidianas que de repente dejan de ser tan pequeñas cuando no puedes hacerlas con normalidad: vestirse, abrir un bote, cortar un trozo de pan, escribir, conducir, dormir sin acordarte del brazo.

Uno descubre enseguida hasta qué punto damos por hechas muchas cosas.

En estos días me he acordado varias veces de mis abuelos. Pertenecían a una generación que convivía con lo que había. No recuerdo que perdieran demasiado tiempo preguntándose si una situación era justa o injusta. Si llovía, había que buscar qué hacer bajo techo. Si una herramienta se rompía, se arreglaba. Y si no tenía arreglo, se encontraba otra manera de hacer las cosas.

Había menos control con mucha más adaptación y aceptación.

Nunca los oí hablar de resiliencia, ni de mindfulness, que practicaban todos los días. Estar en lo que hay, en lo que sucede. No elegían las circunstancias, elegían qué hacer con ellas.

Estos días, la fractura me ha quitado bastantes cosas. He tenido que cancelar viajes, renunciar a talleres, dejar la bicicleta aparcada, olvidarme del gimnasio y aceptar una dependencia que no me resulta especialmente cómoda.

Pero, curiosamente, también están apareciendo algunos efectos secundarios que no esperaba. Uno de ellos me hace hasta sonreír, estoy adelgazando.

No porque haga más ejercicio, prácticamente no me muevo. Lo que ocurre es que muchas de las cosas que más me apetecen entre horas requieren precisamente ese brazo: cortar un poco de queso, un poco de chorizo, preparar un bocadillo, hasta pelar una naranja…

Entre la incomodidad y la pereza, muchas veces se me quitan las ganas. Resulta que, sin buscarlo, estoy encontrando una forma más saludable de comer y la báscula empieza a bajar. Espero convertirla en hábito.

No recomiendo romperse un brazo como método de adelgazamiento. Hay opciones bastante mejores. Pero me llama la atención cómo funciona a veces la vida. Entre lo que nos pasa aparece algún regalo inesperado escondido entre las dificultades.

Quizá sucede más veces de las que pensamos. Solo que estamos tan ocupados mirando lo que hemos perdido que no alcanzamos a ver lo que hemos ganado.

No siempre podremos elegir lo que nos ocurre. A veces la vida cambia nuestros planes sin pedir permiso.

Pero sí podemos entrenar la mirada para descubrir qué oportunidades, qué aprendizajes o qué pequeños regalos vienen escondidos dentro de cada contratiempo.

Mis abuelos seguramente no habrían escrito un artículo sobre todo esto. Lo habrían resumido con la sabiduría sencilla que da una vida entera aprendiendo a adaptarse. El famoso dicho:

No hay mal que por bien no venga.

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lunes, 29 de junio de 2026

Recalculando expectativas

Me operaron el jueves, la operación fue bien y eso es lo importante. Sin embargo, tenía la expectativa de un proceso más fácil y de que a estas alturas estaría bastante mejor. Imaginaba que tendría menos dolor, que me movería con más facilidad y que la recuperación sería más rápida. Incluso pensaba que el viernes me darían el alta para poder atender un compromiso que tenía pendiente y que el sábado podría acercarme, aunque solo fuera un rato, a un bautizo y al cincuenta cumpleaños de una buena amiga.

La realidad ha sido otra. He vuelto, en cierto modo, a la situación en la que estaba hace un mes, justo después de la caída de la bicicleta. Otra vez con el brazo inmovilizado, con dificultades para escribir (solo con la mano izquierda), con dolor y con la sensación de que cualquier tarea sencilla requiere un esfuerzo enorme.

Mucho tiempo sentado en el sofá, con pocas ganas de recibir visitas y dejando pasar los días con el único objetivo de recuperarme. Además, apareció una reacción alérgica que no esperaba y que hizo el proceso todavía un poco más incómodo.

Me doy cuenta de que buena parte del malestar no viene solo del dolor o de las limitaciones. También nace de la distancia que hay entre la realidad y las expectativas que me había construido. Cuando esperas estar mejor y descubres que no lo estás, la frustración encuentra un terreno muy fértil.

Durante estos días me he sorprendido pensando más en todo lo que no voy a poder hacer que en lo que sí puedo hacer. Me acordaba del taller al que tenía muchas ganas de asistir y que ahora tendré que perderme, de los planes cancelados, de las personas a las que no voy a ver, de todas esas pequeñas cosas que uno da por hechas hasta que la vida decide cambiarlas de un día para otro. Y eso que sigo confiando en la recuperación, cuando otras personas no pueden tener esa expectativa.

Quizá eso es lo que puedo cambiar. No el de tener expectativas, porque todos las necesitamos para mirar hacia delante, sino el de seguir aferrándome a unas expectativas que ya no encajan con la realidad.

Cuando encuentras una carretera cortada no consiste en insistir una y otra vez en ir por allí. Simplemente, hay que recalcular la ruta, como en esta y otras ocasiones.

En Vivir tu tiempo he escrito muchas veces sobre poner el foco en aquello que depende de nosotros, hoy me toca recordármelo a mí mismo. No puedo acelerar la recuperación ni hacer desaparecer el dolor antes de tiempo, pero sí puedo decidir cómo vivir este proceso.

Puedo agradecer que la operación haya salido bien, que el sábado ya estuviera en casa y que hoy me haya levantado con ganas de escribir estas líneas. También puedo aprovechar este tiempo para descansar, leer, pensar y aceptar que, durante una temporada, mi trabajo principal es recuperarme.

Creo que toda pérdida, todo contratiempo y todo cambio importante nos obligan a recalibrar nuestras expectativas. La tristeza forma parte de ese proceso porque necesita despedirse de la vida que habíamos imaginado para hacer sitio a la que realmente tenemos delante. Solo cuando dejamos de luchar contra lo que no puede ser empezamos a descubrir lo que sí es posible.

Soy un afortunado. La operación ha ido bien, estoy en casa y, aunque más despacio de lo que me gustaría, cada día voy dando un pequeño paso hacia adelante. Hoy ese paso ha sido escribir esta reflexión. Mañana será otro distinto.

Y así, poco a poco, iré sustituyendo las expectativas que ya no sirven por otras nuevas, más ajustadas a la realidad.

Porque vivir tu tiempo no consiste en que las cosas sucedan como esperabas, sino en aprender a vivir plenamente el tiempo que la vida te pone hoy por delante.

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martes, 23 de junio de 2026

El tren correcto… hasta que deja de serlo

Durante unos años viajé con frecuencia en tren desde Burgos hasta Lisboa. Era un trayecto largo, de esos que te permiten leer, pensar, mirar por la ventana y dejar que el tiempo vaya a otro ritmo.

Había un momento especialmente curioso del viaje. En un punto del recorrido, el tren se dividía en dos. Una parte continuaba hacia Galicia, al norte de España, y la otra seguía rumbo a Lisboa. Los vagones se separaban y cada mitad tomaba un destino diferente.

Más de una vez vi a viajeros descubrir demasiado tarde que estaban en el vagón equivocado.

Algunos se daban cuenta enseguida y conseguían cambiarse a tiempo. Otros, confiados, seguían sentados pensando que todo iba bien. Hasta que alguien les preguntaba dónde iban y descubrían que se dirigían exactamente en la dirección contraria a la que querían.

Siempre me llamó la atención esa escena porque, en realidad, la vida se parece bastante a ese tren.

Hay una idea muy conocida que habla de los trenes perdidos. De las oportunidades que dejamos escapar. De esa llamada que no hicimos, de ese proyecto que no iniciamos, de esa persona a la que no dijimos lo que sentíamos o de ese cambio que fuimos aplazando durante años.

Todos conocemos las lamentaciones de los trenes que no cogimos. A veces la vida nos ofrece una oportunidad y pensamos que ya habrá otra, que más adelante tendremos tiempo, que no es el momento. Y algunos trenes vuelven a pasar, pero otros no.

Sin embargo, hay otra reflexión sobre los trenes que me parece todavía más interesante. Mi amigo Jesús me envió una imagen con una supuesta leyenda japonesa que decía:

"Si te subes al tren equivocado, bájate en la siguiente estación. Cuanto más tardes en bajarte, más caro será el billete de vuelta."

No sé si realmente es una leyenda japonesa. Pero sí sé que contiene una sabiduría que muchas veces olvidamos aplicar en nuestra propia vida.

Porque no siempre sufrimos por los trenes que dejamos escapar. En ocasiones sufrimos por seguir montados en trenes que hace tiempo sabemos que no nos llevan donde queremos ir. Y, sin embargo, seguimos avanzando en ellos.

Pienso en personas que permanecen durante años en un trabajo que ya no les aporta nada. No porque necesiten ese empleo para sobrevivir, sino porque les da miedo explorar alternativas. Cada año que pasa aumenta la sensación de dependencia, disminuye la confianza para dar el paso y se hace más difícil abandonar una situación que dejó de tener sentido mucho tiempo atrás.

También ocurre en las relaciones. A veces una relación cumple una función importante durante una etapa de nuestra vida. Nos acompaña, nos ayuda a crecer y nos aporta experiencias valiosas. Pero puede llegar un momento en el que ambos caminan en direcciones diferentes. Cuando eso sucede, seguir por inercia suele ser más cómodo a corto plazo, pero también suele hacer más dolorosa la despedida cuando finalmente llega.

Lo mismo sucede con proyectos, responsabilidades o compromisos que asumimos hace años. Decisiones que fueron correctas en un determinado momento, pero que quizá ya no encajan con quienes somos hoy. Sin embargo, nos cuesta soltarlas porque hemos invertido demasiado tiempo, demasiada energía o demasiadas expectativas en ellas.

Es curioso cómo funciona nuestra mente. A veces sabemos perfectamente que estamos en el tren equivocado, pero nos convencemos de que lo razonable es continuar porque ya hemos recorrido mucho camino. Como si la distancia recorrida justificara seguir avanzando en una dirección que ya no queremos.

En psicología se habla de la trampa de la inversión hecha. Cuanto más invertimos, cuanto más tiempo permanecemos en un lugar equivocado, más difícil parece abandonarlo. Más explicaciones tenemos que dar, más cambios debemos afrontar y mayor es la sensación de pérdida. Por eso la leyenda habla del coste del billete de vuelta. Cada estación aumenta el precio de reconocer que necesitamos cambiar de rumbo.

Esto no significa abandonar a la primera dificultad. No se trata de convertirnos en personas que saltan de un tren a otro cada vez que aparece un problema. Hay una diferencia importante entre perseverar y obstinarse. Perseverar consiste en mantener el rumbo cuando el destino sigue teniendo sentido. Obstinarse consiste en seguir avanzando cuando ya sabemos que nos estamos alejando de él.

La vida no suele dividirse entre trenes correctos y trenes equivocados. Muchas veces el tren en el que estamos era exactamente el que necesitábamos coger. Gracias a él hemos aprendido, hemos crecido, hemos conocido personas importantes y hemos llegado hasta donde estamos hoy. No fue una mala decisión, fue la decisión adecuada para una etapa concreta de nuestra vida.

El problema es que los destinos cambian, nosotros cambiamos. Lo que ayer nos acercaba a nuestros sueños puede alejarnos de ellos mañana, porque los sueños también cambian.

Por eso recuerdo con frecuencia aquellos viajes a Lisboa. Porque en realidad no había un único tren, había un momento del trayecto en el que el convoy se dividía y cada parte seguía una dirección diferente. Hasta esa estación todos viajaban correctamente. El error aparecía cuando alguien no se daba cuenta de que el recorrido acababa de cambiar.

Quizá eso también nos ocurra a nosotros. A veces el tren en el que te has montado es el correcto, pero solo hasta una determinada estación, después cambia de rumbo. Entonces la pregunta ya no es si acertaste al subirte, la pregunta es si serás capaz de darte cuenta de que ha llegado el momento de cambiar de vagón o de tren.

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viernes, 19 de junio de 2026

Paciencia: esa asignatura que nadie quiere estudiar

Hace tres semanas me caí de la bicicleta y me fracturé la cabeza del radio. No era la mejor noticia, pero parecía una lesión relativamente sencilla: paciencia, algo de dolor, rehabilitación y poco a poco volver a la normalidad. Al menos ese era el plan.

Durante estas semanas he ido adaptándome. Escribir con la izquierda, hacer algunas cosas más despacio, pedir ayuda para otras y asumir ciertas limitaciones temporales. No era agradable, pero parecía que el camino estaba claro.

Sin embargo, en la revisión me encontré con una sorpresa. El diagnóstico no era exactamente el que pensábamos. Hay fragmentos sueltos de la cabeza del radio y finalmente será necesaria una operación.

Cuando parece que ya has entendido lo que está pasando, la vida vuelve a cambiar el guion.

Yo ya había construido mentalmente una historia: la fractura estaba ahí, la recuperación estaba en marcha y era cuestión de tiempo; Había aceptado ese escenario. Lo que me costó fue descubrir que la historia era otra, he necesitado un tiempo para adaptarme. Muchas veces sufrimos más por nuestras expectativas que por la realidad.

La realidad no tiene la obligación de cumplir nuestros planes, ni nuestros plazos, ni nuestras previsiones, ni nuestras ganas de que todo vuelva a ser como antes.

Quizá por eso una de las asignaturas más difíciles de la vida sea la paciencia. Una materia que casi nadie quiere estudiar y en la que, tarde o temprano, todos acabamos matriculándonos.


Lo que más cuesta muchas veces no es el dolor, lo difícil es esperar: pruebas, resultados, una llamada, una operación, a recuperar movilidad, a volver a hacer cosas que dabas por hechas.

Vivimos en una cultura que premia la velocidad. Queremos respuestas inmediatas, entregas en un día, mensajes contestados en minutos y soluciones rápidas para cualquier problema.

Pero la vida tiene sus plazos.

Hay procesos que solo avanzan al ritmo que pueden avanzar. Como una planta. Podemos regarla, cuidarla y procurar que tenga buena tierra, pero no podemos hacerla crecer más rápido tirando del tallo. De hecho, si tiramos demasiado, probablemente la arranquemos.

Con las personas sucede algo parecido. Hay heridas que necesitan tiempo, aprendizajes que necesitan tiempo, recuperaciones que necesitan tiempo.

Hay momentos en los que la mejor estrategia no consiste en hacer más, sino en desesperarse menos.

No significa resignarse. Significa aceptar la realidad tal como es para poder actuar sobre lo que sí depende de nosotros.

En mi caso, ahora toca seguir las indicaciones de quienes saben más que yo, cuidar lo que puedo cuidar, agradecer el trabajo de los profesionales que me están atendiendo y dejarme ayudar por las personas que tengo alrededor.

Porque otra cosa que estas situaciones recuerdan es que nadie sale adelante completamente solo. Cuando las fuerzas, la movilidad o la autonomía disminuyen, descubres cuánto valen quienes te acompañan.

Aunque el camino no sea el que habíamos imaginado, podemos seguir avanzando paso a paso. Aunque sea más despacio de lo que nos gustaría.

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