martes, 15 de septiembre de 2026

Del ritual a la vida

El domingo participé en una Ceremonia de Fuego Maya-Tsotsil, guiada por Josefa, una mujer de Fuego Maya-Tsotsil, llegada desde México para compartir parte de la sabiduría recibida de su tradición.

Podría hablar del fuego, del Calendario Maya, de los ancestros, de las ofrendas o de muchas de las cosas que nos ha explicado y han sucedido durante la mañana. Pero me quedo especialmente con algo aparentemente más sencillo: la importancia de los rituales.

Los pueblos ancestrales llevan miles de años utilizándolos. Hay mucho que podemos aprender de ellos.

En nuestra cultura también los tenemos. Yo he crecido dentro de la tradición católica y, aunque muchas veces podamos realizar sus ritos casi automáticamente, si los observamos con atención están llenos de símbolos: el agua, el pan, el vino, las velas, el incienso, imponer las manos, guardar silencio, caminar en procesión... No todo se explica. Hay cosas que también se representan, se celebran y se viven con el cuerpo.

Creo que ahí hay un aprendizaje que trasciende las creencias concretas. Vivimos en una sociedad en la que intentamos comprender casi todo desde la cabeza. Leemos, pensamos, analizamos, hablamos, hacemos cursos, escuchamos podcasts... Pero una cosa es entender algo y otra bastante diferente integrarlo y llevarlo a la vida.

Los rituales son una forma de tender un puente entre la cabeza y la vida; entre la mente y el cuerpo.

Un ritual nos obliga a detenernos. Crea un espacio y un tiempo diferentes. Pone atención donde normalmente habría prisa y convierte una intención en un gesto. Algo que podríamos pensar durante unos segundos adquiere otra importancia cuando lo escribimos, lo pronunciamos, lo compartimos o lo representamos simbólicamente.

Durante la ceremonia de hoy han aparecido dos preguntas que ya me he encontrado en otros momentos y que me parecen especialmente poderosas: ¿qué necesitas soltar? y ¿cuál es tu intención?

Qué te está lastrando y hacia dónde quieres ir.

Necesitamos las dos cosas. Podemos tener muy claro aquello que queremos dejar atrás, pero no saber hacia dónde dirigirnos. Y también podemos saber perfectamente dónde queremos llegar mientras continuamos cargando con cosas que dificultan el camino.

Soltar peso y elegir dirección.

El fuego de hoy permitía representar ambas cosas. Y ahí entiendo mejor la fuerza del ritual: no porque el fuego vaya a resolver aquello que nosotros no resolvamos, sino porque convierte una idea en una experiencia. Hace visible algo que estaba dentro. Le da un momento, un gesto y un lugar. Y quizá por eso sea más fácil recordarlo cuando volvamos a nuestra vida cotidiana.

Porque al terminar cualquier ceremonia volvemos a la misma vida. Ahí empieza lo importante.

De poco sirve quemar simbólicamente aquello que quiero soltar si mañana vuelvo a agarrarlo con las dos manos. De poco sirve expresar una intención si después mis decisiones siguen llevándome en dirección contraria.

El ritual puede ayudarnos a tomar conciencia. La vida es donde tenemos que ponerlo en práctica.

Todas las culturas han creado ceremonias para acompañar los grandes momentos: nacimientos, paso a la edad adulta, matrimonios, muerte, despedidas, comienzos, agradecimientos, pérdidas o celebraciones. Las formas cambian, las creencias cambian, los símbolos cambian, pero parece permanecer una misma necesidad humana: marcar determinados momentos para poder darles significado e integrarlos.

Tenemos mucho que aprender de los pueblos ancestrales. Y quizá también tengamos mucho que redescubrir en nuestras propias tradiciones, incluso en aquellos ritos que hemos repetido tantas veces que hemos dejado de preguntarnos qué significan.

Hoy, alrededor del fuego, me he quedado con eso: no siempre basta con comprender algo, a veces necesitamos representarlo, sentirlo y ritualizarlo para hacerlo nuestro.

Y después, cuando el fuego se apaga y termina la ceremonia, queda lo verdaderamente difícil: llevarlo a la vida.

¿Qué necesitas soltar tú? ¿Y hacia dónde quieres ir?

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sábado, 5 de septiembre de 2026

Los domingos, descanso

Llevo una temporada escribiendo todos los días en LinkedIn y con bastante frecuencia también en este blog, de lunes a domingo.

Me gusta escribir, no lo vivo como una obligación. Es una forma de ordenar mis ideas, reflexionar sobre lo que me ocurre y compartir algunas de las cosas que voy aprendiendo. Pero precisamente porque algo te gusta puedes terminar ocupando con ello todos los espacios. Y creo que necesitamos espacios vacíos.

Hace no mucho, Nacho Garbe, un amigo con el que he compartido muchas experiencias, proponía algo aparentemente sencillo: desconectar los domingos y alejarse de las pantallas. La idea se me quedó rondando.

Durante mucho tiempo el domingo fue, para muchas personas, un día claramente diferente. Cerraban los comercios, no había correos que contestar y el trabajo, salvo excepciones, esperaba al lunes. Hoy podemos trabajar, comprar, responder mensajes, leer noticias, consultar las redes sociales o entretenernos exactamente igual un domingo que un martes.

La tecnología nos ha dado muchas posibilidades, pero también ha borrado algunas fronteras. Quizá necesitemos volver a dibujarlas.

No necesariamente tiene que ser el domingo, cada uno tendrá que encontrar su momento. Lo importante es reservar periódicamente un espacio en el que no haya que producir, responder, publicar, avanzar ni aprovechar el tiempo.

Descansar no consiste simplemente en cambiar de actividad. Puedes dejar de trabajar y pasarte tres horas mirando el teléfono. El cuerpo estará sentado en el sofá, pero tu atención seguirá recibiendo estímulos continuamente.

Alejarte de pantallas permite descansar la cabeza, pasear sin mirar cuánto has caminado, leer sin necesidad de aprender nada, estar con alguien sin tener el teléfono encima de la mesa. Cocinar, conversar, dormir la siesta, mirar por la ventana o aburrirte un rato. Incluso permitir que llegue ese pequeño vacío que tantas veces llenamos automáticamente sacando el móvil del bolsillo.

Paradójicamente, para vivir nuestro tiempo necesitamos momentos en los que dejemos de intentar aprovecharlo.

Por eso voy a probar el reto de Nacho. Para estar lejos de las pantallas los domingos no escribiré en LinkedIn ni publicaré en el blog. Mantendré el teléfono, el ordenador y la tele alejados de mí (mañana, domingo, empiezo).

No sé cuánto me costará. Precisamente por eso me parece interesante probarlo.

Supongo que aparecerá alguna vez el impulso de mirar si alguien ha escrito, comprobar algo, buscar cualquier información o pensar: "esto podría ser una buena entrada". Ahí estará parte del experimento: dejarlo pasar y descubrir qué aparece cuando la pantalla desaparece.

Porque cuando quitamos algo de nuestra vida también hacemos sitio para otras cosas.

Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a aprovechar cada minuto, mejorar continuamente y ser más productivos. Incluso el descanso termina convirtiéndose en una herramienta para rendir más al día siguiente.

Pero no tenemos que justificar el descanso por lo que produciremos después. Desconectar y descansar merece la pena por sí mismo.

Así que voy a probar un pequeño espacio semanal para cambiar de ritmo y prestar atención a otras cosas. A ver qué tal va el reto.

Quizá descubra que el domingo sin pantallas no es un día en el que hago menos cosas, quizá sea simplemente un día en el que estoy más presente en lo que hago.

¿Tienes algún momento de la semana en el que desconectas de verdad?

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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Cuando descubres que esto va para largo

Ayer, hablando con una persona que también se había lesionado el codo, me contó que estuvo nueve meses de rehabilitación hasta conseguir que volviese a funcionar prácticamente como antes. Aun así, no ha recuperado completamente la extensión.

¡¡Nueve meses!!

Después se lo comenté a Bea, mi mujer, y me contó que una compañera suya había pasado por algo parecido. No recuerda exactamente si fueron nueve u once meses, pero también fue un proceso largo.

De repente me cambiaron las expectativas.

Hace algo más de tres meses que me caí de la bicicleta y estoy a punto de cumplir dos meses de rehabilitación. En mi cabeza, a estas alturas, esperaba estar bastante mejor. Pensaba que esto sería cuestión de unas semanas, quizá unos pocos meses, y que poco a poco iría recuperando mi vida normal.

Empiezo a entender que probablemente esto va para largo.

Reconozco que descubrirlo me ha dado un pequeño bajón. Porque una cosa es hacer un esfuerzo cuando crees que la meta está cerca y otra bastante diferente descubrir que aquello que pensabas que estaba a la vuelta de la esquina se encuentra unos cuantos kilómetros más adelante.

Las expectativas tienen mucho que ver con cómo vivimos lo que nos ocurre. Si esperas recuperarte en tres meses y pasan tres meses sin conseguirlo, puedes sentir que algo va mal. Si sabes que el proceso puede durar nueve meses, esos mismos tres meses adquieren otro significado. La realidad no ha cambiado, pero sí la forma de mirarla.

Así que toca cambiar de estrategia mental. Esto no es un sprint, es un maratón.

En un maratón no puedes correr pensando permanentemente en cuánto falta para llegar. Hay que concentrarse en el siguiente kilómetro. En mi caso, seguir haciendo los ejercicios por la mañana y por la noche, acudir a rehabilitación, escuchar al cuerpo, celebrar las pequeñas mejoras y aceptar que habrá días mejores y días peores (ayer fue de esos con dolor).

Me gustaría ir más rápido, me gustaría recuperar completamente el brazo cuanto antes, me gustaría dedicar a otras cosas el tiempo que ahora dedico cada día a rehabilitarlo. Pero, de momento, las circunstancias son las que son.

Hay cosas en la vida que simplemente necesitan más tiempo del que pensábamos.

Puedes poner esfuerzo, disciplina, atención y constancia, pero no siempre puedes acelerar los procesos. Ocurre con una rehabilitación, pero también con aprender algo, construir una relación, sacar adelante un proyecto, un hito laboral, cambiar un hábito o atravesar determinados momentos de la vida.

Hay resultados que no dependen de hacer muchísimo durante unos días, sino de hacer un poco durante muchísimo tiempo.

Quizá una parte importante de la paciencia consista precisamente en eso: dejar de exigir al proceso que avance al ritmo que nosotros habíamos imaginado.

Así que toca reajustar expectativas, asumir el pequeño bajón y continuar.

Esta mañana he seguido con mis ejercicios. Pasado mañana también, y al siguiente, lo mismo.

No sé cuánto tardará mi codo en recuperarse, lo que sí sé es lo que me toca hacer hoy.

Cuando descubres que la meta está más lejos de lo que pensabas, no necesitas correr más. Necesitas aprender a seguir caminando.

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lunes, 31 de agosto de 2026

Volver de vacaciones y no morir en el intento

Volver de vacaciones tiene algo curioso: regresas descansado… y basta con abrir el correo para que se te pase un poco. 😅

Mensajes sin leer, tareas pendientes, cosas que se quedaron a medias antes de irte, otras que han aparecido mientras no estabas, reuniones que hay que preparar, llamadas que devolver… De repente, parece que todo es urgente y que todo debería estar hecho ya.

Es fácil sentirse abrumado, incluso empezar a ponerse nervioso pensando en todo lo que hay que hacer. Puede surgir una idea aparentemente razonable: “Hoy me pongo al día”.

Por ahí puede empezar el problema. Porque cuanto más intentas abarcar, más fácil es saltar de una cosa a otra, empezar muchas y terminar pocas, y así acabar el día agotado, frustrado y con la sensación de que sigues teniendo demasiadas cosas pendientes.

Volver de vacaciones y querer recuperar en un solo día todo lo que no has hecho durante dos o tres semanas suele ser una pésima idea.

Hay algo que intento recordarme cuando me encuentro ante una montaña de pendientes: No tienes que hacerlo todo, solo tienes que hacer lo siguiente.

Ponerse al día también lleva su tiempo. Primero hay que mirar qué tienes delante, ordenar, distinguir lo importante de lo que simplemente hace ruido y decidir por dónde empezar. Después, ir resolviendo las cosas de una en una y asumir que algunas pueden esperar un día más. Y probablemente otras puedan esperar bastante más.

No intentes recuperar en dos días todo lo que se ha acumulado durante semanas. Recupera primero tu ritmo, vuelve a tus rutinas, establece prioridades, reserva tiempo para lo importante y deja que los días hagan su trabajo.

Porque muchas veces el problema no es la cantidad de cosas pendientes, sino querer resolverlas todas mentalmente al mismo tiempo.

Dentro de unos días mirarás atrás y probablemente descubrirás que aquella montaña que parecía enorme ha ido desapareciendo casi sin darte cuenta.

No necesitas ponerte al día hoy, necesitas empezar hoy a ponerte al día.

¿También te abruma la vuelta de vacaciones cuando ves todo lo que te espera?

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sábado, 29 de agosto de 2026

Vivir 365 días o vivir el mismo día 365 veces

Escribo todos los días una breve reflexión en LinkedIn. Hace unos diez días, por la mañana, mi hermana me dijo que empezaba a resultar un poco repetitivo escribiendo tanto sobre gestión del tiempo, la vida y esas cosas sobre las que suelo escribir. Por la tarde, un amigo remató la faena: “Es que escribes todos los días. Al final cansa”.

Mi respuesta fue sencilla: no hace falta que me leáis todos los días 😂.

Después me quedé pensando en eso de la repetición. La vida está llena de cosas que repetimos: dormimos todos los días, comemos todos los días, nos duchamos, trabajamos, hablamos con las mismas personas, recorremos muchas veces los mismos caminos. Y no pasa nada.

Hay cosas que merece la pena repetir, incluso algunas funcionan precisamente porque las repetimos.

Desde hace unas semanas, por ejemplo, todos los días hago prácticamente los mismos ejercicios para recuperar mi codo. Los repito conscientemente porque sé para qué los hago y porque esa repetición, poco a poco, produce resultados.

Hacer ejercicio, leer, aprender, cuidar a alguien, decir te quiero, quedar con los amigos… Hay repeticiones que construyen nuestra vida.

El problema no es repetir, el problema es repetir sin darnos cuenta lo que ni nos gusta ni nos aporta.

Todos hemos vivido alguna vez esa sensación extraña de llegar al trabajo y apenas recordar el camino que hemos recorrido. Hemos conducido, parado en los semáforos, girado donde correspondía y aparcado. Pero como hacemos el mismo trayecto todos los días, nuestro cerebro ha puesto el piloto automático.

Algo parecido puede ocurrirnos con la vida. Levantarnos, trabajar, comer, mirar el móvil, cenar, acostarnos… y volver a empezar. Un día detrás de otro. Hasta que un año puede terminar siendo el mismo día vivido 365 veces.

Vivir no consiste en buscar permanentemente cosas nuevas. Tampoco necesitamos 365 aventuras diferentes. Se trata más bien de estar presentes en aquello que hacemos, aunque lo hayamos hecho cientos de veces. Y, de vez en cuando, introducir algo que haga que hoy no sea simplemente una copia de ayer.

Porque hay una gran diferencia entre vivir 365 días y vivir el mismo día 365 veces.

Por cierto, mañana probablemente volveré a hacer mis ejercicios del codo y también volveré a escribir. Lo llevo haciendo estos diez días, para eso he esperado, para ver como me sienta la repetición.

Mi hermana y mi amigo ya saben que, aunque escriba, no tienen por qué leerlo 😜.

Te invito a hacerte una pregunta: ¿Qué cosas repites conscientemente y cuáles haces ya con el piloto automático?

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jueves, 27 de agosto de 2026

Tanto tiempo haciendo lo que debo que no sé lo que quiero

Hay una pregunta aparentemente sencilla que, a determinadas alturas de la vida, puede resultar sorprendentemente difícil de responder: ¿Qué quieres?

No qué debes hacer, no qué esperan de ti, no qué sería lo más razonable, no qué conviene a los demás, no qué toca ahora. ¿Qué quieres tú?

Cuántas veces he oído “No sé lo que quiero” y cuánta gente ni siquiera se lo plantea. Parece fácil, prueba a responder sin pensar demasiado.

Durante buena parte de nuestra vida aprendemos a movernos alrededor del “debo”: debo estudiar, debo trabajar, debo ser responsable, debo ocuparme de mis hijos, debo atender a mis padres, debo cumplir con mis compromisos, debo terminar esto, debo contestar aquello, debo aprovechar el tiempo, debo hacer ejercicio, debo comer mejor, debo llamar a no sé quién...

Muchos de esos “debo” son necesarios, incluso elegidos. Forman parte de hacernos responsables de nuestra propia vida y de convivir con otras personas.

El problema aparece cuando el “debo” ocupa tanto espacio que dejamos de escuchar el “quiero”.

Podemos acostumbrarnos tanto a responder a obligaciones, compromisos y expectativas que, cuando finalmente aparece un espacio vacío, no sabemos qué hacer con él.


Imagínate que mañana tienes una tarde completamente libre. Nadie te necesita, no tienes trabajo pendiente, no hay recados ni compromisos familiares. No tienes que aprovecharla para nada. ¿Qué harías? Quizá la primera respuesta sea precisamente buscar algo que hacer.

Ordenar un armario, adelantar trabajo, responder unos correos, hacer esa compra que tienes pendiente, aprovechar para hacer deporte. Es curioso: incluso cuando desaparecen temporalmente las obligaciones, podemos inventarnos otras nuevas.

Nos hemos acostumbrado tanto a hacer lo que toca que hemos olvidado preguntarnos qué nos apetece. De tanto atender al deber, podemos perder el contacto con nuestro propio deseo.

Cuando somos pequeños solemos tener bastante claro lo que queremos:  quiero jugar, quiero salir, quiero ese juguete, quiero quedarme un rato más... Después aprendemos que no siempre podemos hacer lo que queremos. Y menos mal. Aprendemos a esperar, a renunciar, a cumplir obligaciones, a tener en cuenta a otras personas y a aceptar que vivir supone también hacer muchas cosas que no nos apetecen. Forma parte de madurar.

Pero quizá podemos pasarnos de frenada: aprendemos a no hacer siempre lo que queremos y podemos terminar sin saber qué queremos.

Hay personas tremendamente responsables que llevan años cumpliendo perfectamente con todo lo que se supone que tienen que hacer. Y un día se preguntan: ¿Y ahora qué quiero yo? Y no encuentran una respuesta clara.

Reconectar con lo que queremos no significa convertirnos en personas caprichosas ni empezar a abandonar nuestras responsabilidades. No se trata de sustituir todos los “debo” por “quiero”. Se trata de recuperar cierto equilibrio.

Volver a escuchar esa parte de nosotros que sabe (o alguna vez supo) qué cosas nos producen curiosidad, ilusión, placer, energía o ganas de vivir.

No hace falta empezar preguntándonos por las grandes decisiones: ¿Qué quiero hacer con mi vida? Podemos empezar mucho más cerca: ¿qué me apetece hacer esta tarde?, ¿con quién quiero pasar tiempo?, ¿qué conversación llevo tiempo queriendo tener?, ¿qué me gustaría aprender?, ¿a qué lugar me apetecería volver?, ¿qué actividad abandoné y echo de menos?, ¿qué hago únicamente porque llevo muchos años haciéndolo?, ¿qué incorporaría a mi vida si tuviera un poco más de espacio? Podemos hacer algo simplemente porque nos gusta.

Reconectar con el deseo tiene que ver con hacer sitio en la agenda y en la mente. Cuando vivimos permanentemente ocupados, resulta difícil escuchar qué queremos.

También necesita cierta valentía, porque descubrir lo que queremos puede resultar incómodo: podemos descubrir que queremos cambiar cosas, que algunas actividades ya no nos interesan, que determinadas relaciones necesitan más espacio y otras menos o que aquello que queríamos hace veinte años ya no es lo que queremos ahora. Nosotros cambiamos y nuestros deseos también.

No creo que una buena vida consista en hacer siempre lo que queremos, ni tampoco en hacer siempre lo que debemos. Probablemente se construya en algún lugar entre el “debo” y el “quiero”.

Podemos pasar tantos años siendo responsables de nuestra vida que terminemos olvidándonos de vivirla. Así que quizá merezca la pena reservar de vez en cuando unos minutos para una pregunta aparentemente sencilla:

Si por un momento dejara de pensar en todo lo que debo hacer, ¿qué querría hacer?

Y después esperar un poco, sin responder demasiado rápido, a ver qué aparece.

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lunes, 24 de agosto de 2026

50 años volviendo a elegirse

Hace nueve días, el 15 de agosto, hemos celebrado las bodas de oro de mis tíos Florines y Dori. Cincuenta años de casados, ¡se dice pronto!

Cincuenta años dan para mucho. Para momentos buenos y malos. Para épocas en las que todo parece fluir y otras en las que seguramente hay que remar. Para celebrar, discutir, adaptarse, ceder, cambiar, criar hijos, despedir a personas queridas, recibir a otras nuevas y aprender a convivir no solo con quien tienes al lado, sino también con la persona en la que se va convirtiendo con los años.

Porque quizá ese sea uno de los grandes retos de una relación tan larga: no permanecemos cincuenta años siendo las mismas personas.

En su caso, además, la historia comenzó uniendo dos lugares y dos culturas bastante diferentes. Mi tío Florines, de Burgos. Mi tía Dori, de Fuerteventura. La Castilla de tierra adentro y una isla en medio del Atlántico. Distintas costumbres, familias, formas de hablar, maneras de relacionarse y probablemente también distintas formas de entender algunas cosas de la vida.

Cuando dos personas se unen, de alguna manera también se encuentran dos familias y dos historias. Construir una familia no consiste en conseguir que esas diferencias desaparezcan. Quizá consista precisamente en aprender a hacerles sitio.

Integrar formas diferentes de pensar, aceptar que el otro no tiene por qué ver el mundo como tú, negociar, ceder unas veces y mantenerse firme otras, incorporar tradiciones ajenas hasta que dejan de ser ajenas. Crear, poco a poco, una cultura nueva que ya no pertenece completamente a ninguno de los dos, sino a la familia que han construido juntos.

Me gustan especialmente este tipo de celebraciones. Una boda de oro no es solamente la celebración de dos personas que llevan cincuenta años casadas. Es también la celebración de todo lo que se ha construido alrededor de aquella decisión.

Hijos, parejas, nietos, familias de origen, amigos… Una enorme red de relaciones y de historias que probablemente no existiría de la misma manera si hace cincuenta años dos personas no hubieran decidido compartir su vida.

La celebración nos ha permitido reunir de nuevo a esa gran familia repartida entre Burgos y Fuerteventura. Para mí ha significado también reencontrarme con personas a las que veo cada ciertos años, pero que forman parte de mi historia desde que nací.

Cuando vuelves a encontrarte, aparecen recuerdos de diferentes momentos de tu vida. Personas que te conocieron de niño, con las que compartiste veranos, comidas, celebraciones o acontecimientos familiares. Mientras hablamos del presente, de alguna manera también estamos recorriendo nuestra propia biografía.

Las familias son también depositarias de nuestra memoria.

Me emocionó especialmente ver a mis tíos volver a hacer sus votos. Unos votos nuevos, que recogen lo vivido durante más 18.000 días, como recordó Florines.

Al comenzar los votos están llenos de futuro, de proyectos, expectativas y cosas todavía por descubrir. Cincuenta años después están llenas de pasado, además de volver a mirar a ese nuevo futuro juntos. Ya conocen las alegrías y las dificultades. Ya saben lo que ha significado convivir. Ya han visto cambiar al otro y han cambiado ellos mismos. Ya no prometen desde lo que imaginan que será la vida, sino desde todo lo que la vida realmente ha sido. Aun así, vuelven a decirse que sí.

Me parece una imagen preciosa: volver a elegirse después de conocer el camino.

No sé si el éxito de una pareja consiste simplemente en durar cincuenta años, seguramente no. Pero sí creo que hay algo admirable en construir juntos durante tanto tiempo, atravesando etapas y haciendo sitio a las diferencias, a los cambios y a todo lo inesperado que inevitablemente trae una vida.

Vivimos en una época en la que hablamos mucho de empezar de nuevo, cambiar, buscar otras experiencias o reinventarnos. Y todo eso puede ser necesario y valioso. Pero también merece la pena reconocer el valor de permanecer, cuidar y construir.

Porque hay cosas importantes que no se consiguen rápidamente, necesitan tiempo, mucho tiempo. Una familia es una de ellas.

Felicidades, tíos, por estos cincuenta años.

Gracias por recordarnos que compartir una vida no consiste únicamente en elegirse una vez. Consiste, quizá, en aprender a volver a elegirse muchas veces a lo largo del camino.

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viernes, 14 de agosto de 2026

La paradoja de la flexibilidad. El problema “Tú que puedes…”

Hay una frase que probablemente hayan escuchado muchas veces los autónomos, profesionales liberales y, en general, quienes tienen cierta flexibilidad para organizar su tiempo: "Ya que tú puedes...".

Es el problema que yo denomino “Tú que puedes…”; que yo también he sufrido porque tengo flexibilidad:

  • Ya que tú puedes, lleva el coche al taller.
  • Ya que tú puedes, acompaña al niño al médico.
  • Ya que tú puedes, recoge este paquete.
  • Ya que tú puedes, haz esta gestión.

Es verdad, puedes. Lo que es una ventaja envenenada, porque hay veces que poder hacer algo termina convirtiéndose en tener que hacerlo.

Quien tiene un horario de trabajo tiene una magnífica respuesta: "No puedo, estoy trabajando".

Quien organiza su propio horario lo tiene más complicado: "Podría, pero estoy trabajando".

Porque puedes ir al médico a las once, puedes hacer una gestión a las doce, puedes recoger al niño a las dos. Pero después tienes que trabajar.

El informe sigue esperando, los correos siguen llegando, el cliente necesita una respuesta. El trabajo no desaparece, simplemente se desplaza.

Paradójicamente, quien tiene más flexibilidad puede terminar teniendo más dificultades para organizar su tiempo.

Algo parecido ocurre con el teletrabajo. Como estás en casa, parece que estás disponible. Pero flexibilidad no significa disponibilidad.

  • La flexibilidad consiste en poder decidir cómo organizas tu tiempo.
  • La disponibilidad supone que ese tiempo está a disposición de los demás.

También nosotros contribuimos a veces al problema. Como podemos trabajar después, aceptamos el recado. Como podemos recuperar esas dos horas por la tarde, interrumpimos lo que estamos haciendo. Y terminamos trabajando cuando los demás ya han terminado.

Quizá la solución sea sencilla: poner horario también a lo que no tiene horario. Si has decidido trabajar de nueve a doce, esas horas están ocupadas, aunque estés en casa, aunque puedas salir, aunque técnicamente puedas hacer el recado.

No se trata de perder la flexibilidad, se trata de decidir tú cuándo utilizarla.

Habrá ocasiones en las que merezca la pena aprovecharla para acompañar a alguien al médico o resolver una gestión. Esa es precisamente una de sus ventajas.

Pero debería ser una elección, no una obligación.

Quizá tengamos que aprender a responder alguna vez al "ya que tú puedes...": "Sí, puedo. Pero ahora estoy trabajando".

Porque tener flexibilidad con tu tiempo no significa que tu tiempo esté siempre disponible.

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martes, 28 de julio de 2026

Descubrir formas de relacionarse con las personas y el entorno

El incendio de la Sierra de Ávila obligaba, el sábado, a evacuar el encuentro de adolescentes de la Fundación Claudio Naranjo en el que estaba participando mi hija Sofía.

Desde el jueves convivíamos con una cierta incertidumbre por la evolución del incendio. Ayudaba saber que estaban bien y confiar en un equipo que supo gestionar la situación con una serenidad admirable.

Zaida, una de las madres del encuentro, abrió las puertas de su casa para acoger a los cincuenta adolescentes y a todo el equipo. Gracias a ese gesto pudieron pasar allí la noche con tranquilidad hasta que, al día siguiente, los padres fuimos para recogerlos.

No es un gesto cualquiera. Abrir la puerta de tu casa a cincuenta adolescentes no es solo ofrecer un techo, es abrir un espacio de confianza, es decir con los hechos: "Aquí cabéis todos". Eso habla de una manera de relacionarse.

El domingo, mientras compartíamos tiempo al recogerles, nos informaron de que “El Corralón”, en Casavieja, el lugar donde habían vivido el encuentro durante toda la semana, había sido arrasado por el fuego.

La tristeza por la pérdida se podía sentir. Algunos lugares dejan de ser solo un edificio para convertirse en el escenario donde suceden experiencias que cambian a las personas.

Durante esos días y en años anteriores, aquel lugar había acogido experiencias, conversaciones, silencios, risas, lágrimas, abrazos y descubrimientos. Había sido el hogar temporal de cincuenta adolescentes que estaban aprendiendo algo que rara vez se enseña en un aula.

Caricatura inspirada en el encuentro de adolescentes de la Fundacion en el año 2025
Estos días los han dedicado especialmente a observar cómo se relacionan consigo mismos, cómo se relacionan con otros adolescentes, con sus padres, con sus hermanos y con los adultos. A descubrir desde dónde se relacionan y hacia dónde quieren caminar. Me parece una propuesta preciosa.

Invertimos muchos años en enseñar conocimientos a nuestros hijos. Matemáticas, idiomas, tecnología... Y apenas dedicamos tiempo a ayudarles a comprender cómo viven sus relaciones, cuando probablemente de ellas dependa buena parte de su bienestar. Algo que también nos puede venir bien a los mayores.

Siento que ya el año pasado mi hija Sofía descubrió nuevas formas de relacionarse. Parece una obviedad, pero no lo es. Cuando somos adolescentes (y muchas veces también cuando somos adultos) tendemos a pensar que la forma en la que vivimos las relaciones en casa, en el colegio o en nuestro grupo de amigos es simplemente "lo normal".

Hasta que un día descubres personas que escuchan antes de responder, que pueden discrepar sin atacar, poner límites sin dejar de cuidar o mostrar lo que sienten sin necesidad de esconderse. Entonces entiendes que no existe una única manera de relacionarse

Existen otras formas de relacionarse, y puedes elegir cómo quieres hacerlo tú. Puedes decidir qué tipo de relaciones quieres construir y con qué personas quieres compartirlas.

Creo que ese descubrimiento, con diecisiete años, es un regalo para toda la vida.

Las relaciones no solo transforman a las personas, también crean comunidades. Quizá por eso Zaida abrió las puertas de su casa sin pensárselo demasiado. Quizá por eso tantos antiguos participantes, familias y amigos se han ofrecido ya para ayudar a recuperar El Corralón. Un espacio con el que también nos relacionamos.

Cuando un lugar ha sido construido para favorecer encuentros auténticos, termina generando una comunidad, que también cuida de ese lugar. Los edificios pueden quemarse y las relaciones permanecen.

Por eso estoy convencido de que El Corralón volverá a levantarse. No solo porque se reconstruyan unas paredes, sino porque detrás hay una comunidad que cree profundamente en lo que allí sucede.

Con seguridad voy a volver a ese lugar que ya siento un poco mío y que forma parte de la historia de vida de mi hija.

No quiero terminar sin expresar un profundo agradecimiento a la Fundación Claudio Naranjo y, muy especialmente, al equipo encabezado por Martín, Patricia y María, junto con el resto de monitores y guías.

Ellos no solo han acompañado a nuestros hijos. También nos han acompañado a los padres durante unos días especialmente difíciles. La información llegó cuando tenía que llegar, con cercanía, serenidad y transparencia. En medio de la incertidumbre supieron transmitir confianza.

Y, sobre todo, quiero agradecerles algo más profundo: la forma de estar con los adolescentes. En el encuentro no solo hablaron de las relaciones, las vivieron.

Acompañar así no consiste únicamente en organizar actividades. Requiere haber recorrido antes un camino de trabajo personal. Porque resulta muy difícil ayudar a otros a relacionarse si antes no has aprendido a relacionarte contigo mismo y con los demás.

Los adolescentes aprenden mucho menos de lo que les decimos que de cómo nos ven relacionarnos. Lo más valioso de este encuentro ha sido mostrarles con el ejemplo formas de relacionarse, tanto con las personas como con los lugares y las situaciones.

Las personas construimos relaciones, y las buenas relaciones terminan construyendo comunidades.

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sábado, 25 de julio de 2026

La vida no siempre pide cita previa

En unos días nos íbamos de vacaciones. Era un plan esperado desde hace tiempo. Descansar, desconectar, estar con la familia y disfrutar de unos días sin horarios.

Sin embargo, este año las vacaciones han llegado acompañadas de otra realidad.

He empezado la rehabilitación del codo después de la operación. Y justo ahora aparece una decisión incómoda: si me voy de vacaciones, interrumpo la rehabilitación durante esos días. Si me quedo, mantengo el tratamiento, pero renuncio a compartir ese tiempo con mi familia.

Existe una tercera opción (casi siempre existe). Volver para hacer la rehabilitación y regresar de nuevo con ellos. Un viaje de cuatro horas para cuarenta y cinco minutos de ejercicios. Al día siguiente, otra vez; y de nuevo volver. No parece la alternativa más cómoda, pero finalmente tomo esta opción.

No es perfecta. Me habría gustado pasar todas las vacaciones con mi familia, sin interrupciones. Pero ahora mismo hay algo que tiene más prioridad. Recuperar bien el codo.

Eso no significa que las vacaciones hayan dejado de ser importantes. Siguen siéndolo. Descansar y compartir tiempo con quienes quieres siempre merece la pena. Lo que ocurre es que, en este momento, ha aparecido algo que pesa más en la balanza.

Y eso me ha hecho pensar que la importancia nunca es absoluta. Es comparativa, es relativa.

Algo nos parece muy importante... hasta que sucede otra cosa que cambia completamente el orden de nuestras prioridades. Un problema de salud, un accidente, una enfermedad de alguien cercano o una situación inesperada pueden hacer que aquello que ocupaba el primer lugar pase, de repente, al segundo, al tercero o incluso deje de tener relevancia.

La vida reorganiza nuestras prioridades con una rapidez sorprendente. El problema aparece cuando seguimos dedicando tiempo y energía a lo que ayer era importante, aunque hoy ya no lo sea.

Muchas veces no necesitamos hacer más cosas.

Necesitamos decidir mejor cuáles merecen realmente nuestro tiempo.

Cuando las prioridades están claras, muchas decisiones dejan de ser tan difíciles. Puede que no nos gusten. Puede que impliquen renuncias. Pero al menos sabemos por qué las tomamos.

En mi caso, la prioridad ahora es la rehabilitación, después vendrá todo lo demás.

Y dentro de ese "todo lo demás", intentaré hacer lo mejor posible. Compartiré con mi familia todos los momentos que pueda, disfrutaré de los días que estemos juntos, descansaré cuando sea posible.

No será el verano que imaginábamos. Puede ser el mejor verano posible dadas las circunstancias.

Quizá esa sea una buena forma de ordenar la vida, colocar primero lo prioritario. Y, con el tiempo que queda, hacer lo mejor que podamos con todo lo demás.

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