martes, 17 de marzo de 2026

Elegir para vivir

La idea de esta entrada me la sugirió un mensaje de voz de una amiga. Me contaba que últimamente le están saliendo muchos planes: gente que la llama, propuestas distintas, actividades que le apetecen… y a veces se encuentra dudando entre varias opciones que le gustan.

Creo que, en parte, le pasa porque está explorando qué es lo que realmente le gusta (para esto también hay que practicar). Cuando uno abre etapas nuevas en la vida, empiezan a aparecer más caminos, más posibilidades, más invitaciones. Y eso, que en el fondo es algo bueno, también puede traer cierta confusión.

A veces me pasa algo parecido.

De pronto tengo varios planes que me apetecen: una quedada con amigos en la ciudad, un paseo por el campo bien acompañado, un taller de esos que me gusta hacer, ir al teatro…

Las opciones pueden ser muchas. Demasiadas.

Y en el fondo ese es uno de los dilemas de nuestra sociedad: queremos llegar a todo. No solo en lo laboral. También como padres, como pareja, como amigos, como personas con inquietudes. Queremos trabajar bien, estar presentes en casa, cuidar las amistades, formarnos, hacer deporte, viajar, leer…

Y claro, cuando todo es interesante, todo apetece, aparece la sensación de que no deberíamos perdernos nada.

A esto se le ha puesto incluso un nombre: FOMO (Fear Of Missing Out), el miedo a perderse algo. Se suele asociar a las redes sociales, esa sensación de que otros están viviendo cosas que tú no, pero en realidad también aparece en nuestra vida cotidiana.

Ese pensamiento de: “¿Y si el plan al que no voy resulta ser el mejor?”.

Entonces intentamos hacerlo todo. Y ahí empieza el problema.

Es como quien va de viaje a Roma y quiere verlo absolutamente todo: el Coliseo, el Vaticano, las plazas, los museos, las fuentes, cada iglesia, cada rincón. Va corriendo de un sitio a otro, mirando el reloj, haciendo fotos rápidas… Y al final necesita vacaciones… para descansar del viaje.

Con los planes cotidianos pasa algo parecido.

Si tengo cuatro opciones que me apetecen, puedo intentar encajarlas todas. Pero entonces probablemente no estaré realmente presente en ninguna. Mientras estoy en una, ya estoy pensando en la siguiente. Llegaré justo, con prisa, mirando el móvil.

Y así, paradójicamente, termino perdiéndome lo que sí he elegido.

La alternativa más sencilla puede ser también la más sabia: si varias opciones son buenas, elige una y suelta las demás. Dedica dos minutos a decidir. Déjate llevar por el instinto. Y después comprométete con la elección.

Porque muchas veces la energía mental que gastamos dudando es mayor que el beneficio de encontrar la opción “perfecta”.

Además, siendo honestos, la opción perfecta no existe. La experiencia depende mucho más de cómo estés tú por dentro que del plan en sí. El mismo paseo puede ser maravilloso o irrelevante dependiendo de si estás presente o distraído. La misma cena puede ser un recuerdo precioso o un trámite más. No lo determina tanto el plan… como tu forma de vivirlo.

Por eso, cuando tengas varias opciones buenas delante, prueba algo distinto:

  • Elige sin dar demasiadas vueltas.
  • No te quedes rumiando lo que podrías haber hecho.
  • No revises mentalmente las alternativas descartadas.

Disfruta de la elegida.

Y, sobre todo, reconoce el privilegio: tener varias buenas opciones entre las que escoger es, en realidad, una suerte.

Así que elige. Suelta lo demás. Y vive lo que has elegido con presencia. Porque la vida no se vive intentando llegar a todo. Se vive estando de verdad en lo que decides vivir.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.


martes, 10 de marzo de 2026

Cuando el cuerpo insiste, es que algo en mí pide verdad

Ayer, en una conversación tranquila, una amiga me soltó una frase que me hizo pensar y pregunté si podía escribir sobre ello. No fue un “tienes que…” ni un consejo con prisa. Fue “en el fondo sabemos que es lo que tenemos que hacer”.

La verdad resuena en esa frase, porque sí, lo sabemos, lo sabes. Lo sabes cuando sigues diciendo “ya lo pensaré”, cuando pones la vida en modo “luego”, cuando te entretienes para no mirar de frente lo que incomoda.

Y el cuerpo avisa antes de que nos atrevamos a aceptar la verdad o si no queremos mirarla. Empieza a doler ese hombro, la cabeza, o empezamos con problemas digestivos, fatiga, dificultades para dormir; cada uno somatiza de una forma. Cuerpo, mente y emoción se influyen, están conectados. El cuerpo habla cuando el corazón se queda sin voz.

“El cuerpo hace de mensajero cuando la mente se entretiene”

El cuerpo no quiere tener razón, solo quiere que lo escuches. Si no lo escuchamos, a veces, el cuerpo va subiendo de volumen. A veces olvidamos que no somos una cabeza con patas. Somos un conjunto y si nos empeñamos en vivir contra lo que sentimos, o en vivir sin sentir, algo se desajusta.

El cuerpo puede avisar en tres niveles: primero susurra (cansancio, incomodidad leve, sueño raro), luego insiste (dolores, contracturas, nudo en el estómago) y si seguimos sin escuchar… grita.

Escuchar no es obsesionarse, escuchar es respetar. El cuerpo es una brújula para empezar a preguntarte. Sin olvidar que, si un síntoma es intenso, nuevo, preocupa o se mantiene, merece consulta profesional, porque cuidarse también es eso.

A mí me ayuda una idea que he comentado en el blog otras veces y que funciona como botón de “volver”: parar, respirar, reflexionar y elegir. Dejar un poco de espacio para notar “qué emoción me despierta” algo y “qué me está diciendo el cuerpo”.

  • Preguntarme: ¿Qué estoy evitando? ¿Qué quiero realmente? ¿Qué conversación me debo?
  • Bajando el ruido: menos pantallas un rato, menos multitarea, menos “tengo que”. El cuerpo agradece el silencio.
  • Tratar el cuerpo como aliado: agua, comida que siente bien, paseo, sueño. No como una máquina a la que se le exige rendimiento.

No hace falta una revolución, hace falta honestidad. A veces la vida no nos pide grandes gestas, sino esa valentía discreta de hacer lo que ya sabemos.

Y cuando lo hacemos… algo se ordena. No porque todo se vuelva fácil, sino porque dejamos de empujarnos “en contra”. Como si, por fin, cuerpo y mente dejaran de discutir y se sentaran en el mismo lado de la mesa.

Aunque tras un cambio, una decisión difícil, la adaptación puede llevar tiempo, volver a casa lleva tiempo.

Si hoy notas una señal (un dolor, una tensión, un insomnio que se repite) quizá no sea el enemigo. Quizá sea el mensajero, quizá hoy baste con empezar así: Parar, respirar y preguntarse con cariño: ¿Qué verdad estoy listo para escuchar?

Porque muchas veces la vida no cambia cuando encontramos una respuesta.

Cambia cuando dejamos de ignorar la pregunta.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.


viernes, 6 de marzo de 2026

A hombros de gigantes (y bien acompañados)

Ayer fue un buen día para mí en la Universidad de Burgos. De esos días que te recuerdan por qué merece la pena el tiempo invertido en la universidad, en la docencia, en la investigación… y sobre todo en las personas.

Ayer mi compañera Virginia Ahedo, después de años de trabajo intenso y constante, se consolidó como Profesora Titular de Universidad. Y fue bonito presenciarlo.

Tuve además el placer de formar parte de la Comisión de Selección, presidida por mi compañera Susana García, también de la Universidad de Burgos. En la comisión participaron además colegas que se desplazaron desde lejos para acompañar el proceso: Mareva Alemany y Ana Esteso desde Valencia, y Alejandro Escudero desde Sevilla/Huelva. A todos ellos, gracias por el tiempo, la profesionalidad y el cuidado con el que se desarrolló todo el proceso.

La candidata con la Comisión al finalizar
Pero estos procesos tienen algo más que a veces pasa desapercibido. Más allá de la evaluación formal, estos encuentros son también una oportunidad muy valiosa para compartir tiempo, ideas y experiencias entre colegas. Cuando personas de distintas universidades se reúnen en torno a un proceso de selección, se generan conversaciones que van mucho más allá de la plaza que se evalúa.

Se comparten formas de trabajar, maneras de entender la investigación y la docencia, inquietudes comunes, dificultades que todos vivimos en nuestras universidades… y también ilusiones. En esos espacios surgen muchas veces nuevas conexiones. Conoces a personas con las que te entiendes, con las que te gustaría colaborar, con las que ves posible caminar en algún proyecto futuro.

De esos encuentros, a veces casi sin darte cuenta, nacen lazos profesionales y personales de los que luego salen proyectos, artículos, estancias, colaboraciones… y también amistades. Porque al final, investigar también es eso: caminar juntos, aprendiendo y creciendo, compartiendo retos, alegrías y dificultades.

Estas ocasiones tienen además algo muy especial. Para quienes se presentan, en este caso Virginia, es una oportunidad de repasar el camino recorrido. Su trayectoria comenzó 2011, como sintetizó en la defensa de su currículum. Años de clases, artículos, proyectos, reuniones, congresos, estudiantes, colaboraciones… En definitiva, muchas horas de trabajo y mucho tiempo compartido, como ocurre en cualquier carrera profesional.

Pero además de mirar hacia atrás, estos momentos también invitan a mirar hacia adelante. Cuando uno llega a un hito profesional importante, la pregunta ya no es solo qué he hecho hasta aquí. La pregunta crece y se amplía a: ¿qué quiero hacer ahora con todo lo aprendido?

La consolidación no es un final. En realidad, es más bien un punto de apoyo para seguir creciendo. Es un buen momento para preguntarse qué proyectos tienen más sentido, dónde merece la pena poner la energía y qué contribución queremos hacer en los próximos años.

Me gustó especialmente algo que Virginia hizo durante su exposición. Nombró a muchas de las personas que la han acompañado en el trayecto. Directores de tesis, colegas, colaboradores, estudiantes, compañeros de departamento… personas que, de una manera u otra, han ido formando parte del camino. Y eso lo resumió con dos frases que a mí también me parecen profundamente ciertas.

La primera es de Isaac Newton: “Caminamos a hombros de gigantes”. La segunda es un proverbio muy conocido, citado también por Stephen Covey en Los siete hábitos de la gente altamente efectiva: “Si quieres ir rápido, vete solo. Si quieresllegar lejos, vete acompañado

Creo que estas dos ideas resumen muy bien lo que ocurre en la universidad… y en la vida. Por eso, si tuviera que sacar una pequeña recomendación de lo vivido ayer sería esta: Rodéate de personas que te acompañen bien. Personas que te reten, que te apoyen, que te inspiren. Personas con las que pensar, discutir, construir y también celebrar los avances.

Y la recomendación tiene otra cara igual de importante: Acompaña bien también a otros. Dedicar tiempo a escuchar, orientar o apoyar a alguien que empieza su camino puede parecer un gesto pequeño… pero muchas veces marca una diferencia enorme. Todos hemos necesitado, y seguimos necesitando, personas que crean en nosotros en determinados momentos del camino.

Además, hay otra razón muy práctica para hacerlo. La investigación tiene partes apasionantes, sí. Pero también tiene muchas horas de trabajo solitario, lento y a veces bastante aburrido: leer artículos, analizar datos, revisar textos, volver a empezar… Si todo eso se hace solo, el camino se hace mucho más largo y mucho más pesado.

Construir equipo no es solo una estrategia para hacer mejores proyectos. Es también una forma mucho más humana, y mucho más agradable, de trabajar.

Porque, al final, la felicidad y el buen trayecto tiene mucho que ver con algo muy sencillo: con quién caminas.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

jueves, 26 de febrero de 2026

Autocuidarte no es hacer más. Es hacer lo que necesitas tú

Esta semana estoy participando en un taller de Autocuidado Psicológico basado en la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) en la Universidad de Burgos, impartido por EduardoBlasco y Aurem Llobera, de Adcorem, y también profesores asociados de la UBU.

Lo están haciendo con rigor, cercanía y profundidad. Se nota cuando alguien no solo conoce la teoría, sino que la vive.

El programa es sólido y práctico: desde entender qué depende de uno mismo, hasta entrenar la autocompasión, gestionar pensamientos y emociones o clarificar valores para actuar con coherencia

Pero más allá de los contenidos, me quedo con una idea esencial: El autocuidado no es igual para todos.

En el taller volvieron a aparecer algunos pilares clásicos del bienestar:

  • 💤 Sueño (cantidad y calidad).
  • 🥗 Nutrición (hidratación y comer lo que te sienta bien).
  • 🚶‍♂️ Activación física.
  • 🤝 Relaciones sociales.

Yo añadiría otro que para mí es fundamental: 🌿 Contacto con la naturaleza.

Pero más importante que la lista es la pregunta:

  • ¿Está bien para ti?
  • ¿Se adapta a tu momento y a tu contexto?

Porque dormir 8 horas puede ser ideal… pero si tienes un bebé en casa, quizá el autocuidado hoy no sea dormir perfecto, sino aceptar que esta etapa es así y buscar microespacios de descanso.

Porque quedar con gente suma… pero si estás saturado, puede que lo que necesites sea silencio.

La semana pasada, cuando impartí el taller “Cuidándome te cuido”, escribía que no puedes cuidar durante mucho tiempo si tú no te cuidas. Que la generosidad mal entendida puede vaciarte.

Este taller conecta con esa idea desde otro ángulo: el autocuidado no es un lujo ni una moda, es una responsabilidad contigo mismo.

Pero cuidado. Si conviertes el autocuidado en una exigencia más en tu agenda: “tengo que meditar”, “tengo que hacer deporte”, “tengo que alimentarme perfecto”; entonces deja de ser cuidado y se convierte en presión.

En ACT se habla mucho de flexibilidad psicológica: la capacidad de adaptarte, de elegir conscientemente, de actuar desde tus valores incluso en medio de la dificultad

Quizá el verdadero autocuidado no sea cumplir un checklist, sino desarrollar esa flexibilidad.

Encuentra tu forma. Autocuidarte puede ser: decir que no; dormir más; pedir ayuda; salir a caminar; llamar a un amigo; ir a terapia; o simplemente parar cinco minutos y respirar. No hay una fórmula universal.

Hay una pregunta honesta: ¿Qué necesito ahora?

Y una decisión pequeña y concreta.

Te invito a que esta semana busques tu manera de cuidarte: la que encaje contigo, la que tenga sentido en tu vida real; sin presión; sin compararte; sin convertirlo en otra obligación.

Porque al final, vivir tu tiempo también es esto: elegir conscientemente cómo te tratas.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.


domingo, 22 de febrero de 2026

Cuidarte también es una forma de cuidar. Autoexplotarte no es vocación

El miércoles pasado tuve el privilegio de impartir el taller “Darte cuenta, elegir y actuar: autocuidado posible en contextos exigentes” dentro de la iniciativa Cuidándome te cuido.

Quiero empezar dando las gracias al equipo de Cuidándome te cuido por la invitación. Para mí fue un placer… y también un aprendizaje. Porque cada vez que entro en un grupo de profesionales sanitarios me llevo algo más de lo que doy.

Esta iniciativa nació en 2020 para crear una cultura de autocuidado entre los profesionales de Hospitales de Burgos y de Atención Primaria, proporcionando herramientas que ayuden al bienestar tanto en la jornada laboral como en la vida cotidiana

Que un programa así siga teniendo continuidad desde entonces no es algo menor. Habla de compromiso, de visión a largo plazo y de una idea clara: si queremos cuidar bien, primero tenemos que cuidarnos.

Y esto, que parece evidente, no lo es tanto en la práctica.

En profesiones como las sanitarias, donde muchas decisiones son literalmente de vida o muerte, donde el ritmo es intenso y la presión constante, es fácil entrar en modo supervivencia. Sostener, resolver, atender, acompañar… Y hacerlo una y otra vez.

Pero llega un momento en que no podemos dar más si no nos recargamos.

Especialmente en el largo plazo, no podemos estar autoexplotándonos continuamente porque “los demás nos necesitan”. Esa lógica, sostenida durante años, termina pasando factura. El cuidador también necesita ser cuidado. Y el primer responsable de ese cuidado somos nosotros mismos.

En el taller trabajamos una idea sencilla pero poderosa: el autocuidado no es una sensación, es una decisión.

Empezamos por el darse cuenta. Parar cinco minutos. Respirar. Preguntarnos:

  • ¿Qué me está pesando últimamente?
  • ¿Qué estoy sosteniendo con demasiado esfuerzo?
  • ¿Qué necesitaría más ahora mismo?
  • ¿Qué necesitaría menos?

No para buscar soluciones inmediatas. Solo para nombrar. Porque lo que no se nombra, no se puede cuidar

Después pasamos a la claridad. ¿Qué es realmente importante para mí ahora? No lo ideal. No lo que “debería”. Lo que de verdad importa. Porque lo que no eliges, te elige. Y el mayor ladrón de tiempo es no tener claros los objetivos

Y finalmente, la acción, porque “La acción más pequeña es mejor que la intención más grande”. No buscamos grandes revoluciones. Buscamos un paso posible, realista y amable:

  • Un gesto concreto de autocuidado esta semana:
  • Algo que voy a dejar de hacer o hacer menos.
  • Algo que voy a pedir (ayuda, tiempo, apoyo).

Porque cuidarse no es hacerlo todo perfecto. Es empezar por algo.

En el taller compartí algo que repito a menudo: priorizarse es dedicarse tiempo. Y dedicarse tiempo no es egoísmo, es sostenibilidad. Si yo no estoy bien, difícilmente podré sostener bien a otros.

Para “recargar pilas” propuse cinco pilares básicos, sencillos y profundamente efectivos:

  1. Dormir lo suficiente (en cantidad y calidad).
  2. Comer lo que nos sienta bien.
  3. Activar el cuerpo (ejercicio, caminar, movernos).
  4. Rodearnos de personas que nos sienten bien.
  5. Acercarnos a la naturaleza.

Y junto a esto, un trabajo igual de importante: soltar lo que nos sobrecarga y nos va desgastando. No todo lo que podemos hacer nos conviene. No todo lo que sostenemos es imprescindible.

El lema del programa lo resume perfectamente: “Cuidarte también es una forma de cuidar.”

Ojalá esta cultura de autocuidado siga creciendo. Ojalá sigamos generando espacios donde parar no sea un lujo, sino una responsabilidad. Porque cuidar al cuidador no es una moda, es una necesidad estructural.

Gracias a ese equipazo
Gracias de nuevo al equipo de Cuidándome te cuido por abrir este espacio. Y gracias a cada profesional que, en medio de agendas imposibles, decidió regalarse hora y media para parar, reflexionar y elegir un paso pequeño.

A veces, lo más revolucionario no es hacer más.

Es cuidarse mejor.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.


miércoles, 18 de febrero de 2026

El mundo decidirá por ti… si tú no lo haces antes

 ¿Qué quieres de verdad?

“¿Qué quieres?”

Parece una pregunta sencilla. Pero no lo es.

Vivimos en modo automático. Cumplimos. Respondemos. Atendemos urgencias. Apagamos fuegos. Pasamos de una reunión a otra, de una responsabilidad a la siguiente. Y en medio de esa inercia diaria dejamos de hacernos la pregunta más importante.

👉 ¿Qué quiero de verdad?

  • No qué toca.
  • No qué se espera de mí.
  • No qué queda bien en LinkedIn.
  • No qué “debería”.

Qué quiero yo.

Hay una frase que me acompaña desde hace tiempo: “Si no sabes lo que buscas, no podrás reconocerlo cuando lo encuentres.”

Y esto es más serio de lo que parece.

  • Te puede llegar una oportunidad profesional… y no verla.
  • Una colaboración interesante… y no valorarla.
  • Una relación que te hace bien… y no atreverte.

No porque no sea buena. Sino porque no sabes si encaja contigo.

Sin claridad interior, todo parece más o menos igual. Y cuando todo parece igual, decidimos por inercia. O peor aún: dejamos que otros decidan por nosotros.

Tener claridad no es tenerlo todo resuelto. A veces confundimos claridad con certeza absoluta. Y no es lo mismo.

Tener claridad no significa tener todo planificado a cinco años vista. No significa ausencia de dudas. No significa no tener miedo. Significa tener dirección.

Y cuando tienes dirección:

  • Decides mejor.
  • Es más fácil decir “no”
  • Aprovechas mejor los “sí”.
  • Tu agenda empieza a parecerse más a tus valores.
  • El tiempo deja de escaparse en lo que no importa.

En el fondo, gestionar el tiempo es esto: elegir conscientemente a qué le das tu vida.

Porque el tiempo no es solo horas. Es energía. Es atención. Es presencia. Es vida en estado puro.

En muchos de mis cursos repito una idea que cada vez me convence más: cuando decimos que no tenemos tiempo, casi nunca es un problema de reloj. Es un problema de brújula.

Todos tenemos 24 horas. Lo que no todos tenemos es claro hacia dónde queremos caminar.

  • Si no sabes qué quieres ahora, aceptarás casi cualquier cosa.
  • Si no sabes qué quieres en esta etapa de tu vida, cualquier propuesta te moverá del sitio.
  • Si no sabes qué es importante para ti, lo urgente de otros marcará tu ritmo.

Y entonces el tiempo pasa. Y la sensación es extraña: mucho movimiento, poco sentido.

Hoy te propongo algo muy concreto. Cinco minutos. Nada más.

Para. Respira. Y pregúntate: ¿Qué quiero ahora?

  • No lo que esperan de ti.
  • No lo que deberías querer.
  • No lo que toca según tu edad, tu puesto o tu historia.

¿Qué quieres tú?

Puede ser algo pequeño:

  • Descansar más.
  • Cuidar una relación.
  • Cambiar de proyecto.
  • Decir que no a algo que te drena.
  • Empezar por fin eso que llevas meses posponiendo.

No hace falta una revolución. Hace falta honestidad.

Porque si no lo tienes claro, el mundo decidirá por ti.

Quizá hoy no puedas cambiarlo todo. Pero sí puedes empezar por esto: tener claro hacia dónde quieres caminar.

Y eso, créeme, ya cambia mucho.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

miércoles, 11 de febrero de 2026

Qué es el éxito y como conseguirlo

Stephen Covey advertía que podemos pasarnos la vida subiendo la escalera del éxito solo para descubrir al llegar arriba que estaba apoyada en la pared equivocada. Es decir, podemos esforzarnos durante años persiguiendo una idea de éxito que, al final, ni siquiera era la nuestra.

Si no hacemos una pausa para preguntarnos qué es el éxito para nosotros, es fácil acabar persiguiendo lo que otros dicen que debería ser: dinero, reconocimiento, estatus, productividad sin pausa. Pero ¿y si todo eso no fuese suficiente o tan siquiera necesario?

Ayer, en uno de los cursos que imparto, hice una pregunta sencilla: ¿Qué es el éxito para ti? Las respuestas fueron tan variadas como personales. Cuando las agrupé, descubrí un patrón que invita a la reflexión. La mayoría de definiciones no tenían nada que ver con riqueza, fama o poder. Surgieron, más bien, cinco grandes temas (entre comillas las citas textuales):

  • Equilibrio y paz interior: “Estar en paz y tranquila con lo que haces”, “estar en equilibrio”, “equilibrio laboral, familiar y social”.
  • Logro y realización personal: “Hacer realidad tus objetivos”, “alcanzar lo que deseas”, “sentirse realizado”.
  • Autonomía sobre el tiempo: “Emplear mi tiempo en lo que realmente es importante para mí”, “poder hacer lo que quiera hacer”.
  • Contribución y vínculo con otros: “Hacer mejor la vida a los que me rodean”, “que cuenten conmigo”.
  • Salud y bienestar general: “Tener salud y ser feliz”.
  • Aceptación y autoexigencia sana: “Meterme en la cama sabiendo que el que hace lo que puede no está obligado a más”

Lo interesante es que todas estas ideas hablan de una vida vivible, no de logros brillantes ni medallas. Hablan de sentirte en paz contigo mismo, de tener tiempo para lo importante, de contribuir, de tener salud y de hacer que tu vida encaje con tus valores.

Este ejercicio mostró que el verdadero éxito es un concepto íntimo y personal. Por eso, definirlo en primera persona no solo es útil, es necesario. Solo así podemos poner foco en lo importante y no dejarnos arrastrar por una definición ajena.

Las respuestas también compartían otro hilo conductor: casi todo lo que llamamos “éxito” requiere decisiones constantes y personales. No basta con desear paz, equilibrio o realización; hay que cultivarlos. Y esa es también una forma de entrenar la suerte.

Cuando defines lo que es el éxito para ti te vuelves más receptivo a las oportunidades que sí encajan contigo. Tener claro tu éxito personal es como afinar la brújula antes de emprender el viaje: eliges mejor los caminos, te equivocas menos y, si te desvías, sabes cómo volver.

El éxito no es una fórmula universal, ni una meta impuesta. Es una construcción personal, que se diseña con intención. Si no te detienes a definirlo tú, alguien más lo hará por ti.

Te invito a hacer hoy este pequeño gran ejercicio: escribe en una sola frase qué es el éxito para ti ¿Tu escalera está apoyada en la pared correcta?

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.


viernes, 6 de febrero de 2026

La suerte también se entrena, quieres saber como

“Es curioso: cuanto más entreno, más suerte tengo.”

La frase suele atribuirse a grandes deportistas, y siempre me ha hecho sonreír. No porque niegue la existencia del azar, sino porque señala algo incómodo: la suerte rara vez cae del cielo… suele encontrarte trabajando (Pablo Picasso).

Recuerdo bien la etapa de estudiante. A mí me pasaba lo mismo: cuanto más estudiaba, mejor me salían los exámenes. Podría decir que tenía suerte. Pero, si soy honesto, la “suerte” aparecía casi siempre después de horas de biblioteca, estudio y ejercicios. No era magia. Era preparación.

Con el tiempo he ido entendiendo que la suerte no solo se espera, para encontrarla, se busca y, sobre todo, se crea.

Emilio Duró suele decir que lleva toda la vida intentando entender por qué a unas personas les va bien y a otras no. ¿Tienen más suerte? ¿Nacen con estrella? Quizá parte de la respuesta esté en una idea muy sencilla y muy exigente a la vez: hay personas que preparan el terreno para que, cuando llegue la oportunidad, algo pueda crecer.

Fernando Trías de Bes y Álex Rovira desarrollan esta idea de forma magistral en el libro La buena suerte. Sin desvelar la trama, el mensaje de fondo es claro: la buena suerte no es un golpe puntual de azar, sino algo que se construye creando las circunstancias adecuadas. No depende de ti que llueva… pero sí de ti haber sembrado antes

Mirando aún más atrás, Séneca ya lo había formulado con una precisión casi matemática: “La suerte es donde confluyen la preparación y la oportunidad.”

Si lo piensas bien, encaja con otra frase que seguramente has escuchado muchas veces: “Si quieres que tu suerte cambie, cámbiate a ti mismo.”

Porque seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes es la definición de locura atribuida a Einstein. Cambia tus hábitos, tu manera de mirar, tu forma de actuar… y cambian las probabilidades de que pasen cosas distintas.

Hace tiempo me compartieron un acrónimo que me gusta mucho porque baja todo esto a tierra. Me lo pasó Pedro Sánchez, compañero en la Universidad (no, no el presidente):

SUERTE: Saber Utilizar Efectivamente Recursos para Tener Éxito.

La suerte, vista así, deja de ser algo etéreo y se convierte en algo muy concreto: aprender, usar bien lo que tienes, insistir, soltar lo que ya no sirve y atreverte a hacer cosas nuevas. No garantiza el éxito inmediato, pero aumenta muchísimo las posibilidades.

Quizá por eso la buena suerte suele durar más: porque no depende solo de factores externos, sino de decisiones diarias. De cómo entrenas, de cómo estudias, de cómo cuidas tus relaciones, de cómo respondes cuando algo no sale como esperabas.

Te dejo con una pregunta para que la mastiques con calma:

👉 ¿Qué estás haciendo hoy para preparar el terreno de tu suerte de mañana?

Y, si miras tu vida con honestidad… ¿en qué pequeño cambio podría empezar a cambiar también tu suerte?

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

miércoles, 28 de enero de 2026

Motivación: motivos para la acción

Hay veces que quiero hacer algo que sé que me conviene. Ir al gimnasio, leer, escribir, trabajar un tema importante. Sé que me va bien. Sé que, cuando lo hago, me siento mejor. Y aun así, no encuentro la energía para empezar.

Esta mañana me pasaba algo parecido. Me costaba escribir en el blog. No me sentía especialmente inspirado; sentía más el cansancio. Los motivos los tenía claros, así que me preguntaba si realmente era falta de motivación… o simplemente falta de energía.

Para inspirarme, he preguntado sobre qué escribir. Una amiga me ha sugerido el tema de la motivación. Y, curiosamente, eso me ha conectado con algo muy mío: el ponerse, el empezar a andar.

Desde ahí me he puesto. Y cuando lo he hecho, la entrada ha empezado a fluir sola. Primero he escrito un esquema muy sencillo de lo que quería contar. Después, casi sin darme cuenta, las ideas se han ido ordenando, primero en la cabeza y luego en el papel. Con más orden, veía más claro. Y al verlo más claro, me resultaba más fácil seguir. La resistencia bajaba.

Ahí aparece una idea clave que muchas veces olvidamos: la motivación no siempre es el inicio de la acción; muchas veces es la consecuencia.

No siempre me pongo porque esté motivado. Muchas veces me motivo porque me pongo.

Esperar a sentirme con ganas para empezar puede convertirse en una trampa. Porque las ganas no siempre llegan antes; a menudo llegan después, cuando ya has dado los primeros pasos, cuando el cuerpo y la cabeza entran en movimiento.

Pero hay otra posibilidad, más incómoda y más honesta, que también conviene mirar.

Hay veces que, aun poniéndote, aun intentando buscar la motivación con ahínco, esta no aparece. Y quizá entonces el problema no sea de energía ni de disciplina. Quizá lo que ocurre es que eso ya no te representa. Que solo tienes una vieja historia en la cabeza sobre lo que “te conviene”, sobre lo que “debería gustarte”, pero ya no conecta contigo.

En esos casos, insistir no suele funcionar. Forzarte solo desgasta.

Tal vez no necesitas más motivación. Tal vez necesitas mirar en otro sitio.

No tienes por qué estar motivado por todo. No todo tiene que entusiasmarte. A veces nos empeñamos en avanzar en una dirección que ya no nos conviene, que ya no nos late, que ya no nos gusta. Y confundimos esa falta de conexión con pereza, con falta de voluntad o con un supuesto fallo personal.


Aquí me ayuda mucho una frase: “la motivación no es gasolina, es brújula”.

No es el combustible que te empuja a hacer cualquier cosa. Es la señal que indica hacia dónde tiene sentido caminar. Cuando la usas como gasolina, te obligas a empujar incluso en direcciones que no son tuyas. Cuando la usas como brújula, te ayuda a elegir mejor el camino.

De ahí nace otra trampa muy habitual: el “debería motivarme” frente a “esto es lo que realmente me mueve”.

Muchas veces vivimos intentando entusiasmarnos con una vida que no hemos elegido del todo. Tratamos de convencernos de que algo nos motiva porque “es lo correcto”, “es lo que toca” o “es lo que se espera”. Pero el cuerpo suele decir la verdad antes que la cabeza: cuando algo no conecta, pesa. Y pesa mucho.

Encontrar la motivación auténtica tiene más que ver con reconocer los motivos que con fabricarlos. Cuando sabes para qué quieres algo, cuando eso que haces tiene sentido para ti, todo es más fácil. A veces cuesta, sí. Hay pereza, hay cansancio. Pero los motivos te ayudan a empezar porque sabes hacia dónde vas.

“Lo que realmente pesa no es el esfuerzo. Lo que pesa es hacer algo que no conecta contigo”.

Cuando algo te gusta de verdad, incluso cansado, sabes hacia dónde vas. Cuando no te gusta, ni descansando recuperas la energía.

Por eso, cuando algo te gusta de verdad, no te preguntas cómo motivarte, simplemente te pones. La motivación no se fabrica, se reconoce. Tirar solo de disciplina cuando no encuentras los motivos acaba desgastando. Fluyes cuando la acción tiene sentido, cuando está alineada con quién eres.

Desde ahí, puedes hacer el esfuerzo que implica hacer. Que es muy distinto de vencer la resistencia previa, esa que aparece antes de empezar y que te lleva a evitar, a darle vueltas, a posponer indefinidamente.

A veces nos perdemos buscando la motivación para empezar, cuando la dirección es justo la contraria: al ponerme, me motivo. No me pongo porque esté motivado; me motivo porque me pongo.

Y otras veces, cuando ni poniéndote aparece nada, quizá la pregunta no sea cómo motivarte más, sino si ese es realmente tu camino.

Para cerrar, te dejo una pregunta que suele señalar muy bien la motivación auténtica:

¿Qué haces cuando nadie te lo pide, cuando no hay premio, cuando no hay plazo?

Ahí, muchas veces, está escondido lo que de verdad te mueve.

Porque cuando algo te gusta, no cuesta hacerlo.

Y cuando cuesta demasiado, quizá no sea pereza… sino que no va alineado con lo que quieres ni con la dirección que te gustaría tomar.

 

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.