domingo, 27 de abril de 2025

Demasiados pendientes llevan a la parálisis. Cómo recuperar la calma

Hoy me pasó algo que quizás a ti también te resulte familiar: tenía muchísimas cosas que hacer, algunas que quería y otras que debía hacer. Me encontré atrapado en ese punto incómodo en el que no sabes por dónde empezar y, como resultado, no avanzas en nada. Paralizado por la abundancia, como el que tiene demasiadas elecciones y no elige.

Algunas veces, en lugar de ponerte con eso, te entretienes con cualquier cosa, para no abordar la montaña que te espera. Entretenido, en lugar de avanzar en lo que quieres/tienes entre manos.

Vencer la parálisis del exceso

Cuando te ves en esta situación, hay dos posibilidades:

  • Aunque tienes muchas tareas hay tiempo para todas. Solo hay que organizarse.
  • O puede que, simplemente, no tengas tiempo para hacer todo lo que te gustaría.

En ambos casos, el primer paso es parar y organizarse. No se trata de perder media mañana planificando, sino de dedicar unos minutos, el tiempo justo para poner un poco de orden en medio del caos mental.

Si descubres que tienes tiempo para todo, la clave estará en ponerte en marcha y no despistarte demasiado. Una cosa a la vez, avanzando paso a paso.

Si, por el contrario, ves que no hay manera humana de llegar a todo, es el momento de seleccionar conscientemente qué cosas sí vas a hacer... y, muy importante, qué cosas no vas a hacer. Renunciar no siempre es fácil, pero es necesario para liberar espacio mental y emocional.

Ese momento de pausa te lleva a la claridad: tener claro lo que vas a hacer (y lo que no) aporta una tranquilidad que permite avanzar, en lugar de quedarse paralizado frente a un listado infinito de tareas.

Así que, si hoy te sientes como yo esta mañana, recuerda: respira, organiza, elige, y empieza.

“Parar, respirar y elegir”

Con calma y con claridad. Así, entre otras cosas, he escrito esta entrada en el blog. Aunque no disponía de tiempo para todo y he tenido que elegir.

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domingo, 20 de abril de 2025

Cuenta atrás

En algún sitio he leído que la vida es una enfermedad terminal. Nacer es el comienzo de un proceso que termina con la muerte… y entre este principio y final hay espacio para significado, conexión, arte, amor, lucha y también dolor.

Vivimos como si siempre hubiera un “después”, una promesa de mañana, de años por delante. Pero no sabemos cuánto tenemos. Algunos, como Gabi, lo tienen más claro. O, al menos, lo intuyen con una certeza más cercana, más punzante.

Cuando alguien convive con una enfermedad que le pone fecha al futuro, la vida cambia de color, de textura, de urgencia. Lo que para muchos es abstracto, para otros se convierte en una cuenta atrás real, con días que pesan más y momentos que se sienten con otra intensidad.

Gabi, con quien tengo la suerte de compartir amistad, es uno de esos seres lúcidos. Me ha regalado este poema. Me dijo que podía publicarlo. Y lo hago aquí, con su permiso, con orgullo y con el nudo en la garganta de quien sabe que las palabras también pueden ser un refugio, una resistencia, un testimonio.

El poema es crudo, valiente y profundamente humano. O al menos a mi me lo parece, de esos del realismo sucio que entre el y otro poeta amigo, Javi, me presentaron.

Este es su poema. Este es su momento. Su título “Cuenta atrás”

Cortarle las alas.

Cerrarle el cielo.

Que caiga a plomo.

Enjaularlo con agua y pan duro.

Esposarlo a la cama

sin sexo de por medio.

Encerrarlo con llave

en la habitación del pánico.

Enterrarlo bajo tierra

junto a los demás tesoros.

Agarrarlo por la solapa

cuando levante la voz.

Parece maltrato

y en los tiempos que corren,

este poema,

supone asumir riesgos,

pero en realidad se trata,

simple y llanamente,

de miedo a su paso,

a que termine demasiado pronto

esta cuenta atrás.

Gracias Gabi por compartir tu poesía, gracias simplemente por ser.

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domingo, 13 de abril de 2025

Cargado puedo disfrutar, sobrecargado sufro

A veces entro en ciclos. Me ilusiono con ideas, proyectos, propuestas. Me apunto a cosas porque me motivan, porque me hacen sentir vivo, útil, conectado. Sin darme cuenta, me voy cargando. Un compromiso aquí, otro allá. Un "sí" que parecía pequeño, otro que parecía inofensivo. Y cuando me quiero dar cuenta, ya estoy tirando de demasiadas cuerdas a la vez.

Lo curioso es que no paro. Sigo. Me esfuerzo por cumplir con todo lo que me he echado encima. Me desgasto. Empiezo a notar el cansancio, el mal humor, esa sensación de ir todo el día corriendo, pero sin disfrutar del camino. Ahí es cuando me doy cuenta: no estoy simplemente cargado, estoy sobrecargado.

Demasiado cargado no avanzo en nada, como el burro de la foto
Cargado está bien. Cargado es tener cosas que hacer, responsabilidades, retos. Pero todavía con margen, con energía, con claridad mental.

“Cuando estás cargado, puedes disfrutar; Cuando estás sobrecargado, sobrevives”.

Cuando llego a ese punto, sé que toca empezar a soltar. Decir que no. Renunciar, aunque me cueste. Porque si no empiezo a quitarme carga, reviento. Así de claro.

La buena noticia es que, con el tiempo, cada vez me doy cuenta antes. He aprendido a identificar en cuántos fregados me estoy metiendo. Y aunque me sigan apeteciendo muchas cosas, empiezo a ser capaz de decir "no". Me cuesta, sobre todo si la propuesta me ilusiona, pero lo digo; cuando no me apetece es más fácil decir no. Pero incluso cuando sí me gustaría… empiezo a saber elegir.

Y si aun así me paso de rosca, también noto antes que me estoy sobrecargando. Y entonces empiezo a descargar antes de explotar. Me centro en lo importante, en lo que realmente cuenta. Lo demás puede esperar, porque no puedo con todo, porque no soy Superman. Y, sobre todo, porque:

“quiero vivir mi tiempo, no simplemente llenarlo”.

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