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domingo, 18 de octubre de 2026

Ojalá hubiéramos tenido más tiempo

Todavía no me lo creo. Me cuesta asumir que Francis, mi primo, ya no está. Que no volveremos a encontrarnos en Quintanilla, ni tampoco en Fuerteventura.

Ojalá hubiéramos tenido más tiempo.

Más tiempo para conversar, para encontrarnos, para compartir momentos. Más tiempo para seguir haciendo planes, para disfrutar de la familia, para vivir.

¡Qué putada!

Hay muertes que llegan demasiado pronto. Que nos parecen injustas, que no encajan en el orden natural de las cosas. Y esta es una de ellas.

El pasado 4 de octubre Francis cumplió 47 años. Compartía fecha de cumpleaños y el nombre de Francisco con nuestro tío Francisco Javier, Javi, que nos dejó hace no tanto tiempo y con quien siempre tuvo una relación muy especial.

Apenas unos días después de su cumpleaños, un infarto mientras montaba en bicicleta acabó arrebatándonoslo. Un amigo consiguió reanimarlo, sacarlo de aquella primera parada cardíaca, pero finalmente no pudo salir adelante.

Así de frágil es la vida. Un día sales a montar en bicicleta, como tantas otras veces, y de repente todo cambia. Para ti y para todos los que te quieren.

Francis era un hombre sencillo, tradicional, introvertido, de pocas palabras, y con una bonita sonrisa. Amigo de sus amigos y, sobre todo, un padre entregado a sus hijos.

No necesitaba grandes discursos ni llamar la atención. Era de esas personas con las que se está a gusto, con las que no hace falta hablar continuamente para disfrutar de su compañía.

Compartimos muchos veranos, especialmente en Quintanilla, aunque también en Fuerteventura. Recuerdo cuando éramos pequeños y nos mojábamos los pies en el río de Quintanilla, cuando íbamos a bañarnos a Los Molinos, aquellos días largos de verano en los que parecía que el tiempo no se acababa nunca. Entonces no éramos conscientes de que estábamos construyendo recuerdos que nos acompañarían toda la vida.

Después fuimos creciendo, viviendo en lugares diferentes. Muchos kilómetros separan Burgos de Fuerteventura, pero nunca fueron tantos como para borrar el cariño. Hay relaciones que no necesitan verse todos los días para seguir estando ahí. Basta con reencontrarse para recuperar esa cercanía que siempre ha existido.

Este verano Francis estuvo de nuevo en Burgos, en Quintanilla. Y me alegro muchísimo de haber podido compartir tiempo con él, de haber conversado tranquilamente, de haber hablado de sus proyectos, de sus ilusiones, de lo que quería hacer.

Quién me iba a decir entonces que aquella sería nuestra última conversación.

A veces no somos conscientes del valor de los momentos mientras los estamos viviendo. Una conversación cualquiera, una comida familiar, una tarde compartida pueden convertirse, de repente, en recuerdos que guardaríamos para siempre. Me habría gustado tener muchas más conversaciones con Francis, pero hoy agradezco especialmente aquella.

Dicen que si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes. Y es verdad que hacemos planes como si tuviéramos garantizado el mañana. Pensamos en las próximas vacaciones, en lo que haremos el año que viene, en los proyectos que queremos desarrollar, en todo aquello para lo que creemos que tendremos tiempo.

Pero no siempre lo tenemos.

Francis tenía muchos planes por delante. Tenía una vida que vivir, unos hijos que ver crecer, una pareja con la que seguir compartiendo el camino, una familia y unos amigos que le querían. Tenía muchas cosas pendientes. Demasiadas para marcharse ahora.

Se ha ido a destiempo.

Es el primero de los veinte primos que nos deja. Nunca habíamos tenido que enfrentarnos a una ausencia así entre nosotros. De alguna manera, aunque sabemos que la muerte forma parte de la vida, seguimos pensando que todavía no nos toca, que estas cosas les pasan a otros, que aún somos demasiado jóvenes para despedirnos.

Su marcha también me ha hecho recordar a Gonzalo, que nos dejó en 1986, hace ya casi cuarenta años. También demasiado pronto. Y que sigue estando presente en nuestros recuerdos. El tiempo ha pasado, hemos seguido viviendo, pero no lo hemos olvidado. Hay personas que dejan una huella que los años no consiguen borrar.

Y ahora Francis se incorpora a esa memoria familiar que vamos construyendo entre todos, hecha de personas, lugares, historias, encuentros y ausencias.

Pero hay algo que me resulta especialmente difícil de sostener: el dolor de quienes se quedan.

Pienso mucho en Dori y Florines, sus padres. Durante cincuenta años han construido y mantenido unida una gran familia. Han sido un punto de encuentro, un hogar al que volver, el vínculo que ha permitido que tantas personas sigamos sintiéndonos parte de algo común. Y ahora les toca afrontar algo que ningún padre ni ninguna madre debería tener que vivir: despedir a un hijo.

No encuentro palabras que puedan aliviar un dolor así. Quizá no las haya. Solo espero que todo el cariño que han sembrado durante tantos años vuelva ahora hacia ellos, que puedan sentirse acompañados y sostenidos por esa familia que tanto han cuidado. Que no tengan que atravesar solos un sufrimiento tan grande.

Pienso también en su pareja, Yeni, en la vida que compartían, en esa presencia cotidiana que muchas veces damos por supuesta hasta que nos falta. En lo difícil que debe de ser volver a casa y encontrarse con una ausencia tan grande. En todos esos pequeños momentos del día en los que, de repente, se hace evidente que la persona con la que compartías la vida ya no está.

Y, sobre todo, pienso en sus hijos, Alexia y Aimar. En lo injusto que resulta que tengan que crecer sin su padre. En todos los momentos que Francis habría querido compartir con ellos y que ya no podrá vivir. En los abrazos, las conversaciones, los juegos, los consejos y tantas cosas que quedaron pendientes.

Me gustaría que recuerden cuánto quería su padre a sus hijos. Que sepan que era un hombre bueno, sencillo, querido por su familia y sus amigos. Que su sonrisa y su manera de ser permanecen en la memoria de quienes tuvimos la suerte de conocerlo.

Y que sepan también que el amor de su padre no desaparece con su muerte. Permanece en lo que les dio, en los recuerdos que conserven, en las historias que les contaremos y en todas las personas que seguirán queriéndolos también por él.

Confío en que Francis esté en un lugar mejor. No sé cómo será ese lugar, pero me gusta imaginar que Javi lo ha recibido con los brazos abiertos. Que ese tío con el que compartía nombre, cumpleaños y una relación especial vuelve a estar a su lado, cuidándolo como siempre lo quiso.

Algo me reconforta en medio de tanto dolor. Francis, incluso al marcharse, va a regalar vida. Su hígado, sus dos riñones y, posiblemente, uno de sus pulmones permitirán que otras personas tengan una nueva oportunidad. Que puedan seguir viviendo, haciendo planes, abrazando a quienes quieren y compartiendo ese tiempo que a nosotros nos habría gustado seguir compartiendo con él. Me emociona pensar que, de alguna manera, el tiempo que a Francis le ha faltado se convertirá en tiempo de vida para otras personas. No compensa su ausencia, nada puede hacerlo, pero saber que una parte de él seguirá dando vida a otros me parece un último y precioso regalo.

Tengo la certeza de que las personas que queremos siguen viviendo, de alguna manera, mientras permanecen en nuestros recuerdos. Francis seguirá estando presente cuando recordemos aquellos veranos en Quintanilla, cuando hablemos de Fuerteventura, cuando contemos alguna anécdota familiar o cuando sus hijos quieran saber más de su padre. Seguirá viviendo en las historias que compartamos, en las sonrisas que nos provoquen sus recuerdos y en todo el cariño que ha dejado sembrado.

No sabemos cuánto tiempo tenemos. No podemos elegir cuánto durará nuestro camino ni garantizar que todos nuestros planes se cumplan. Pero sí podemos intentar estar presentes, disfrutar de quienes queremos, decirles que los queremos y no dejar siempre para mañana los encuentros y las conversaciones importantes.

Ojalá hubiéramos tenido más tiempo, Francis.

domingo, 12 de octubre de 2025

El otoño de la vida

Esta semana la muerte ha estado muy presente a mi alrededor. No es algo aislado, llevo una mala racha, de esas épocas en las que parece que las despedidas se acumulan, una detrás de otra, como si la vida quisiera recordarnos con insistencia su fragilidad y su finitud.

Murió Paciano, un primo de mi padre, de su misma edad. Convivieron mucho de niños, compartieron juegos, campos y recuerdos, aunque con el tiempo se distanciaron. Aun así, la raíz común del pueblo (Valtierra) y la familia nunca se perdió del todo, como esas raíces profundas que siguen alimentando un árbol, aunque sus ramas se distancien.

También se ha marchado Sor Anuncia, monja en convento de mi tía. Siempre atendía el torno con una sonrisa genuina, de esas que no necesitan palabras. Hablar con ella era sentir paz, cercanía, amor en estado puro. Era de esas personas que iluminan sin darse cuenta.

Por último, mi tío Paulino. De la misma quinta que mi padre, soñaba con su jubilación como un tiempo de descanso merecido. Pero apenas llegó, la enfermedad llamó a su puerta. Los últimos años los pasó acompañado por Macaria, su mujer, que con una constancia admirable le cuidó con entrega y cariño. Su dedicación silenciosa ha sido una lección: no caminamos solos, aunque a veces lo olvidemos.

Son muertes que llegan tras largas vidas, enfermedades y despedidas pausadas. No sorprenden, pero duelen. Cada una de ellas es un recordatorio silencioso de nuestra condición pasajera. De que estamos aquí de paso. De que cada día que amanece es un regalo que no deberíamos dar por hecho.

Cuando la muerte se asoma tan de cerca, inevitablemente surge la pregunta:

¿Estoy viviendo la vida que quiero vivir?

¿Nos reconocería nuestro “yo” adolescente en el adulto en que nos hemos convertido? ¿Se sentiría orgulloso? Quizá haya que volver la vista a esa etapa de sueños intensos y convicciones firmes, cuando creer en lo imposible era natural, cuando el inconformismo era una fuerza vital que empujaba hacia adelante. Tal vez ahí haya pistas para recuperar parte de nuestra esencia.

Estamos en otoño. La naturaleza se tiñe de mil colores antes de dejar caer sus hojas. Es una estación hermosa y simbólica, tiempo de transformación, de soltar, de dejar ir aquello que ya no nos sirve, aunque dé miedo. Nos hemos acostumbrado a ciertas incomodidades y rutinas que, aunque no nos hacen bien, nos resultan familiares. Pero igual que el árbol no duda en desprenderse de sus hojas, nosotros también podemos permitirnos ese gesto valiente.

Iglesia de San Andrés (Valtierra de Albacastro)
Vendrá el invierno, con su frío y su aparente dureza. Y tal vez miremos atrás añorando las “hojas muertas” que dejamos ir, pensando que podrían habernos dado calor. Pero es solo una ilusión. Si atravesamos ese invierno con paciencia y confianza, la primavera llegará. Siempre lo hace. Con sus brotes nuevos, sus flores, sus colores. Con proyectos, ilusiones y caminos por recorrer.

La muerte, tan presente últimamente en mi vida, y en especial la de Paulino, el más cercano de quienes se han ido esta semana, me hace sentir profundamente el otoño vital. Sé que tras él llegará un invierno de duelo, de silencios y ausencias que habrá que atravesar con calma. Pero también confío en que, como cada ciclo, la primavera acabará llegando, trayendo nuevos brotes, nuevas formas de vida, de vínculos y de esperanza. Ojalá podamos, entre todos, reconocer y cuidar esos brotes cuando aparezcan, y seguir construyendo juntos con lo que permanece.

Esta semana te invito a tomarte un momento, en silencio, y hacerte esta pregunta:

“¿Estoy viviendo la vida que quiero vivir?”

Escúchate sin excusas. Tal vez descubras alguna hoja que ya es hora de soltar. Tal vez aparezca una semilla nueva deseando brotar.

La vida, como el otoño, nos invita a renovarnos.

Si estás en cambio o de duelo, si te planteas que tienes que soltar para dejar crecer lo nuevo, te animo a participar en el curso que imparto en UBUAbierta:

👉 Gestión del tiempo, gestión de vida – I y II edición

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martes, 23 de septiembre de 2025

¡Vivir es urgente! En memoria de Gabi

Hoy escribo con el corazón encogido. Nuestro querido amigo Gabi nos ha dejado, demasiado pronto, con apenas 52 años. Su proceso, tan parecido al de Pau Donés (nos dejó con 53), me recuerda lo frágiles que somos y lo urgente que es vivir. Pau nos lo recordaba con aquella frase que llevo en una de sus camisetas: “¡Vivir es urgente!”. Gabi, en su último mensaje, me escribía: “¡Disfruta la vida! Al final nos llevamos eso”

Gabi convivió casi seis años con el cáncer. No fue un camino fácil, pero sí digno, valiente, lleno de esas enormes ganas de vivir que siempre tuvo. Se fue en paz, sabiendo que había luchado hasta el final. Como Pau en su libro “50 palos... y sigo soñando”, Gabi nunca dejó de soñar ni de crear. Poeta, pintor, filósofo de la vida… un artista libre, que se inventaba sus propias reglas, resiliente, vital, siempre dispuesto a beberse la vida a sorbos grandes. Decía Pau en su libro: “Que le perdamos el miedo a la muerte, pero también el miedo a vivir...”.

En enero pasado presentó su libro de poemas “Versos abuhardillados”. Fue un momento precioso, y un regalo poder acompañarle sabiendo, aunque sin decirlo demasiado alto, que la cuenta atrás se acercaba. Aun así, siguió siendo él: sensible, lúcido, juguetón con las ideas, con la mirada siempre puesta en la belleza de lo pequeño.

Gabi con su hija Lara, firmando sus "versos abuhardillados" - en su dedicatoria me ponía que el tiempo no pasa salvo que nos miremos en los espejos
La muerte nos hiere, pero también nos abre los ojos. Nos une de nuevo con la vida y nos recuerda que cada instante cuenta, que nada es trivial, que cada momento compartido es un tesoro. La certeza de que un día nos iremos hace que cada segundo que vivimos sea más valioso, más auténtico.

Gabi, como Pau, nos dejó una herencia inmensa: su forma de estar en el mundo, de amar la vida, de recordarnos que no sabemos cuánto tiempo tenemos, pero sí sabemos que algún día nos iremos. Y en ese intervalo, la única opción es vivir, intensamente, agradecidos, presentes.

Hoy quiero decirle: ¡Qué bueno haberte conocido, qué bueno haber caminado contigo!.

Gracias, Gabi, por tanto. Tu voz, tu humor ácido y tu risa nos seguirán acompañando, y tus versos seguirán vivos.

La canción de Pau, Eso que tú me das, resuena más fuerte que nunca: eso que nos diste, Gabi, lo llevaremos siempre con nosotros.

Descansa, amigo. Y gracias por recordarnos, una vez más, que vivir es urgente.

domingo, 20 de abril de 2025

Cuenta atrás

En algún sitio he leído que la vida es una enfermedad terminal. Nacer es el comienzo de un proceso que termina con la muerte… y entre este principio y final hay espacio para significado, conexión, arte, amor, lucha y también dolor.

Vivimos como si siempre hubiera un “después”, una promesa de mañana, de años por delante. Pero no sabemos cuánto tenemos. Algunos, como Gabi, lo tienen más claro. O, al menos, lo intuyen con una certeza más cercana, más punzante.

Cuando alguien convive con una enfermedad que le pone fecha al futuro, la vida cambia de color, de textura, de urgencia. Lo que para muchos es abstracto, para otros se convierte en una cuenta atrás real, con días que pesan más y momentos que se sienten con otra intensidad.

Gabi, con quien tengo la suerte de compartir amistad, es uno de esos seres lúcidos. Me ha regalado este poema. Me dijo que podía publicarlo. Y lo hago aquí, con su permiso, con orgullo y con el nudo en la garganta de quien sabe que las palabras también pueden ser un refugio, una resistencia, un testimonio.

El poema es crudo, valiente y profundamente humano. O al menos a mi me lo parece, de esos del realismo sucio que entre el y otro poeta amigo, Javi, me presentaron.

Este es su poema. Este es su momento. Su título “Cuenta atrás”

Cortarle las alas.

Cerrarle el cielo.

Que caiga a plomo.

Enjaularlo con agua y pan duro.

Esposarlo a la cama

sin sexo de por medio.

Encerrarlo con llave

en la habitación del pánico.

Enterrarlo bajo tierra

junto a los demás tesoros.

Agarrarlo por la solapa

cuando levante la voz.

Parece maltrato

y en los tiempos que corren,

este poema,

supone asumir riesgos,

pero en realidad se trata,

simple y llanamente,

de miedo a su paso,

a que termine demasiado pronto

esta cuenta atrás.

Gracias Gabi por compartir tu poesía, gracias simplemente por ser.

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domingo, 14 de julio de 2024

Se va uno de los buenos. Un alma unida a la naturaleza

Hoy quiero escribir sobre Fito, que nos ha dejado esta semana. Diría que antes de tiempo, con algo más de 50 años. Nunca sabemos cuándo nos llegará la hora, no sabemos el tiempo que tenemos. Su recuerdo permanecerá siempre con nosotros, dejó una huella imborrable, en mí y en muchos otros.

Era un ser especial, conectado con la naturaleza. Como dijo su mujer, mi prima Esther, más de pueblo que la mayoría de los que estábamos en el funeral para haber nacido en la casa Cordón (una casa histórica de la ciudad de Burgos). Me contó David, su hijo, que ya con 12 años amaestraba cuervos. Tenía animales allí donde podía. Compartía esa pasión con quien quisiese disfrutarla con él.

Su amor no solo alcanzaba a las personas, también mantuvo un estrecho vínculo con la tierra, los animales y las plantas. Aprendí mucho de su cuidado del entorno, que después nos cuida a nosotros. En la naturaleza estaba su sitio.

Ahora la aventura estaba con sus gallinas castellanas, en Sotopalacios y en Valtierra (creo que sentía orgullo al verlas). También en sus colmenas llenas de abejas. Dedicaba horas a su cuidado, observando cada detalle, su comportamiento y necesidades. Fito entendía que cada ser vivo tenía un papel crucial en el ecosistema y creaba también el ecosistema adecuado para cada ser vivo.

Era generoso, compartía los frutos de su afición. Todos los días está en mi desayuno una cucharada de miel de sus colmenas, todos los días vengo teniéndolo presente durante su enfermedad y lo seguiré teniendo presente. La miel es un producto que dura, en las tumbas egipcias se han encontrado vasijas de miel con miles de años en perfecto estado, así durará su legado.

Miel de Fito, de Valtierra de Albacastro, la mejor miel que he probado
El legado de Fito incluye la miel, como la de ese tarro que aparece en la fotografía, que sirvió para celebrar la comunión de David, su hijo, hace más de dos años. Comunión, común unión de muchos. Fito unía personas, generaba buen rollo, era buena gente.

Fito tenía la habilidad de alegrar a quienes le acompañábamos. Podía estar callado, escuchando; mantener largas conversaciones y decir las palabras adecuadas que nos hacían reír. Era un gusto compartir tiempo y espacio con él. No importaba cuán difícil fuera la situación, Fito tenía un don para ver el lado positivo y transmitir esa energía positiva a los demás.

Disfrutaba de los placeres sencillos. Naturaleza, paseos, conversaciones y conexión con otros. El viernes recordábamos su partida semanal, por mi parte recuerdo la partida de mus en Noche Vieja. No se trataba solo de ganar o perder, sino de disfrutar del tiempo juntos, de las conversaciones y de las bromas que surgían en el proceso. Cada partida era una oportunidad para fortalecer los lazos y crear recuerdos.

Los que nos rodean han creado nuestra vida, Fito se queda con todos los que le conocimos y compartimos ratos con él. Su vida fue un testimonio de lo hermoso que puede ser vivir en armonía con la naturaleza. Su legado es uno de alegría, generosidad y respeto por la tierra. Aunque su presencia física ya no esté con nosotros, su espíritu perdura en nosotros, en cada planta que crece, en cada ave que canta y en cada abeja que zumba. Fito ¡Qué suerte fue conocerte!

 

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lunes, 24 de junio de 2024

Vidas pequeñas, grandes sueños

El título de esta entrada es el título de una gran obra de teatro. Premio a la mejor obra del XXVI certamen de teatro UCM. Representada en el teatro de Bellas Artes de Madrid este 17 de junio.

No se si se volverá a representar. Es una obra ligada a su director, Jaime Cano, y al elenco que la representó. En ella se exponen, se comparten, vida, sueños, anhelos, miedos y pasiones. Una obra que hace reflexionar sobre la propia vida y la forma de vivir.

Propone la división de la vida en etapas de siete años. Idea ya propuesta por la antroposofía. En siete años nuestra realidad cambia, el entorno se modifica. Esos cambios hacen que nosotros también cambiemos, evolucionemos.

La vida como un cambio hacia la muerte, que es segura. Gastamos mucho tiempo en elegir nuestro camino, y todos los caminos llevan a la muerte. Sabiendo donde vamos a llegar ¿Para qué tener prisa? Lo último que hace falta es correr.

Foto tomada de instagram (Colegio Mayor Santa María de Europa)
¿Qué dejamos aquí tras la muerte? ¿Qué queda? ¿Por qué estoy aquí? ¿Me gustaría dejar algo? El teatro nos acerca a estas preguntas transcendentes, que nos cuestionan si nos dejamos y que pueden guiar nuestra vida.

¿Cuándo empezamos a preocuparnos por el futuro en lugar de soñar con él? A obsesionarnos con preguntas que repetimos a los que tienen alrededor de 18 años ¿Qué quieres hacer? ¿Dónde vas a vivir? ¿Cómo te vas a ganar la vida? ¿Tendrás hijos algún día? ¿Dónde te ves dentro de 10 años? ¿10 meses? ¿10 días?

Una invitación a recobrar el presente, a aparcar la obsesión. Nos falta tiempo, para pensar, para hacerlo todo (es imposible), para saberlo todo (también imposible), para disfrutar más. Nos falta el tiempo que ya ha pasado.

Recordar lo importante, acercarnos al amor, decir a los de cerca que queremos, eso, “te quiero”. Llegado el momento nos quedamos sin palabras, lo damos por supuesto. Poner las palabras hace que se deslicen lágrimas de emoción.

Con el tiempo, las cosas que nos parecen serias, considerables, muy importantes, serán olvidadas o parecerán fútiles ¿Cómo serán dentro de 200 años?

La obra conmovió mi corazón, escuché simples verdades que me ayudaron a reflexionar, tenían que ver conmigo, con nosotros. Gracias Jaime, a los múltiples Jaimes allí mostrados, que han dado luz a esta tragicomedia. Las ideas de esta entrada son tomadas del guion de la obra “vidaspequeñas, grandes sueños”. Espero que también os conmuevan.

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jueves, 3 de febrero de 2022

No somos inmortales

Me acabo de enterar de que ha muerto un compañero del Colegio Mayor. Compartimos 5 años de residencia en Madrid. Apasionado por la música, continúo viviendo su pasión durante muchos años, no lo dejó para más adelante.

La definición de joven de mi abuelo era de su edad para abajo; todo el que tenía menos años que él era joven. Creo que es una definición compartida por muchos, todos los de menos edad que nosotros nos parecen jóvenes, aunque ya tengan la edad de jubilación.

Esa definición hace que sigamos pensando que nos quedan muchos años por delante, algo totalmente incierto. Solo podemos estar seguros de que cada vez nos queda menos para la muerte.

El tiempo de vida es algo curioso, todos los días tenemos 24 horas, todas las semanas 7 días. Ese tiempo que pasa nunca vuelve, no se ahorra. Es uno de los mejores regalos que podemos hacer, nuestro tiempo, nuestra atención, nuestra energía.

Leí hace tiempo, ya no sé dónde, que “vivimos como si no fuésemos a morir nunca, para morir como si nunca hubiésemos vivido”. Conscientes de nuestra mortalidad, saboreamos cada momento, cada instante, cada oportunidad. Vivir cada ocasión como si fuese la primera, con mente de principiante y vivir también como si fuera la última.

Cuántas cosas dejamos para más adelante, para cuando acabe de estudiar, para cuando me compre casa, para cuando tenga puesto fijo, para cuando se independicen los niños, para cuando me jubile… Resulta que ese más adelante puede que nunca llegue. Otra forma de posponer, de procrastinar, cosas que son importante.

Hace ya tiempo leí el libro “32 maneras de saber que estás muerto”. Nos habla de los muertos en vida, aquellos muertos a los 30 y enterrados a los 80, zombis de la vida cotidiana, que te cruzas cada día, sin pasión, sin motivación ni energía. Esperando para empezar a vivir.

La pandemia con la que convivimos desde hace dos años nos ha hecho más conscientes de la muerte, se han ido muchos. Aunque con tanto miedo que arrastramos, no se si nos está permitiendo vivir o nos tiene acurrucados en una esquina, sin relacionarnos, esperando.

Para mi la muerte está conectada a la vida, saber que voy a morir me hace saborear la vida. Me interpela a no dejarla para más adelante, vivir ahora, arriesgarme ahora si es necesario.

Recordar mis sueños de niño, de joven que cree en la utopía, me impulsa a vivir. Cuantas cosas que parecían imposibles se han conseguido.

Preguntas que remueven, que ayudan ¿Qué harías si supieses que te quedan 5 años de vida? ¿Si te quedan 5 meses? Y ¿Si te quedan 5 días? Preguntas que permiten ver lo importante, lo que es importante para cada uno.

Os deseo una buena y larga vida. Una vida vivida.

sábado, 4 de abril de 2020

La muerte unida con la vida


Corren tiempos difíciles; la vulnerabilidad, la enfermedad y la muerte se sienten cerca, no solo en las frías cifras que hoy nos dicen que ya ha habido, por lo menos, 11.744 muertos por Coronavirus en España.

Cada una de esas muertes tiene una historia, toda una vida y un entorno de seres queridos que la han acompañado. Hoy escribo acordándome de mi tío Jose Mari, con el que tanto he compartido y del que tanto he aprendido.

Ha muerto en el amanecer del 2 de abril, en un momento donde el duelo es especialmente duro, por la distancia que nos separa, a pesar de las redes sociales.

Siempre recordaré su sonrisa, los chicles que nos daba en nuestra infancia, su pasión por los bolos (el me enseñó a jugar), el fútbol (su Real Madrid), la buena mesa, la buena conversación y el buen humor (pasión por la vida). Vivía en el mismo edificio, tres pisos más abajo ¡Cuántas horas he pasado en su casa jugando con sus hijos Jorge y Josemari!

Con el equipo campeón de bolos 2014 - Quintanilla Vivar
Foto tomada de idj.burgos.es (Instituto Provincial para el Deporte y la Juventud)

¿Qué dirán cuando muramos? ¿Qué nos gustaría que dijesen? Familiares, amigos, conocidos, compañeros de trabajo, aquellos con los que hemos estado compartido vida. Me gustaría oír lo que oigo de Jose Mari, una buena persona, con buen humor, siempre son la sonrisa. Con él daba gusto compartir tiempo. Era una suerte, si en una boda o evento, compartías mesa con él y con MariCruz, su mujer, el buen rato estaba garantizado. Y somos muchos los que lo sentimos así.

Con 87 años tenía más energía que otros de 20 y muchas ganas de seguir viviendo, todavía pensaba en el próximo cordero asado que iba a comer. La muerte se une a la vida, en la muerte apreciamos mejor la vida y su valor. De lo que estoy convencido es de que Jose Mari vivió, no solo dejo pasar la vida, tendría apuntados muchos momentos realmente vividos si los llevásemos por cuenta (como en el cuento de Jorge Bucay "El buscador").

Las palabras se quedan cortas para despedir a alguien querido. Alguien que sigue viviendo en nosotros, nunca lo olvidaremos.

lunes, 6 de enero de 2020

Y si no es ahora ¿Cuándo?

Me ha llevado un tiempo ponerme a escribir esta entrada. Aunque realmente, no me ha llevado tanto escribirla una vez que me he puesto a ello. De hecho, cuando empiezo, las palabras parecen fluir solas.

El 12 de diciembre, un amigo de toda la vida, que ahora vive lejos (a la suficiente distancia para no vernos a menudo) nos puso al día de sus últimos dos meses.

En esos dos meses se mezclan muerte y vida, un diagnóstico de una dolencia grave y una operación agresiva, diez días antes de que naciese su primera hija, la nueva vida que llega.

Y de esto me cuesta escribir, me cuesta darme cuenta de que no somos inmortales, algo que es tan evidente, me duele sentirlo y pensarlo. Los amigos, familiares… parece que van a estar ahí siempre; parece que vamos a estar siempre ahí, nos queda tanto por vivir, tantos con los que vivir (especialmente con los hijos). Y no sabemos cuánto tiempo nos queda, hagamos que ese tiempo merezca la pena.

No somos eternos. Dibujo de Leyre Fontaneda.

Me gusta pensar que aún soy joven, igual que mis compañeros de colegio que también son jóvenes. Parece que la definición de joven es de mi edad hacia abajo. Esa parece que era la definición de mi abuelo con 90 años, donde cualquiera que tuviese menos era un chaval.

Y como somos inmortales podemos esperar para un montón de cosas, vamos dejando lo que nos importa, entretenidos con otras cosas, y ya llegará el momento, más adelante: cuando acabe la carrera, cuando me case, cuando tenga un trabajo estable, cuando tenga hijos, cuando los hijos se vayan, cuando me jubile… Dejando las cosas para ese tiempo infinito que parece el futuro.

A veces no parece buen momento y se acaba convirtiendo en que nunca es buen momento, para esa conversación, para ese viaje de cinco días, para ese reencuentro. Quizá si paramos y nos dejamos sentir, lo pensamos despacio, ese nunca es buen momento se puede convertir en que cualquier momento es bueno.

Tenemos el poder de elegir, elegir que hacemos en cada momento. El momento puede ser ahora o podemos seguir esperando, eternamente, el momento perfecto ¿A qué esperamos? ¿A qué esperas? ¿A qué espero?

Por otra parte, la vida consiste en vivir, en ser, no tanto en hacer.

La felicitación de este amigo para este año: “que el 20 traiga salud a todos… lo demás viene solo”. Qué así sea compañero J.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Tiempo de conversión

Hoy es 14 de febrero, día de San Valentín, donde los enamorados parecen obligados a celebrar su amor, como si no pudiese celebrarse todos los días.

En este 2018 ha coincidido con el miércoles de ceniza, que también se celebra hoy. Las palabras del sacerdote al imponer la ceniza “"Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás" nos recuerda nuestra finitud, nuestra cierta muerte aunque no sepamos cuándo.


Aun así vivimos como si fuésemos inmortales, dejando lo importante para más adelante… ¡Cuándo acabe mis estudios! ¡Cuándo los niños crezcan! ¡Cuándo me jubile!...

Y cómo somos mortales, no hace falta esperar al próximo 14 de febrero para celebrar el amor, lo podemos celebrar cualquier día. No hace falta esperar para tantas cosas que dejamos para luego, cómo si fuésemos inmortales, para ese tiempo futuro dónde estaremos liberados, ese tiempo que nunca llega.

Muerte y vida están unidas, la conciencia de la muerte nos ayuda a vivir la vida con mayor plenitud. Cada momento es un regalo, por eso lo llaman presente; cada día, 1.440 minutos nuevos, que podemos vivir con plenitud.

La ceniza también simboliza morir a lo viejo, a lo que queremos dejar atrás, para nacer a lo nuevo, lo que queremos incorporar en nuestra vida. Igual que podamos para que los nuevos brotes puedan salir con más fuerza.

Desde el miércoles de ceniza tenemos 40 días de cuaresma hasta la Pascua, la resurrección. Los cambios no son instantáneos, los brotes no crecen según podamos, hay que dar tiempo para que lo nuevo se desarrolle, debemos dar espacio y cuidar la semilla.

El nacer a lo nuevo, el crear nuevos hábitos, nuevas formas de vivir, requiere paciencia y cuidado, regar la semilla. No podemos tirar de la planta para que nazca más rápido, la arrancaríamos, debemos cultivarla con constancia y dejar que también el tiempo haga su trabajo.

Te invito a que escribas en un papel lo que quieres dejar atrás y lo quemes (la ceremonia del fuego)… Con el tiempo puedes crear el espacio para lo nuevo que quieres o quieras en tu vida.