martes, 28 de abril de 2026

La sana ambición marca la diferencia

Este fin de semana he compartido tiempo con compañeros de mis años universitarios, de cuando estudiábamos Ingeniería Industrial. Hace casi treinta años de aquello. Treinta años, dicho así impresiona. Porque uno mira atrás y parece ayer cuando andábamos entre apuntes, exámenes, cafeterías y conversaciones. Sin embargo, han pasado tres décadas de decisiones, hábitos, renuncias, intentos, tropiezos y constancia.

Cuando te reencuentras después de tanto tiempo aparece algo muy evidente: treinta años marcan una diferencia brutal en resultados. No hablo solo de dinero o puestos profesionales, que también. Hablo de seguridad interior, de serenidad, de amplitud de vida, de relaciones construidas, de salud cuidada o descuidada, de proyectos emprendidos, de experiencias vividas y de cuánto se ha desarrollado cada uno como persona.

Y viendo esas trayectorias, una palabra me rondaba por dentro: ambición.

Sé que es una palabra sospechosa para mucha gente. Parece que si hablas de ambición hablas de egoísmo, de codicia o de pasar por encima de otros. Pero existe otra ambición, una ambición sana: la de quien quiere aprovechar los talentos que la vida le dio, la de quien siente que no ha venido aquí solo a ir tirando, la de quien quiere crecer, aportar, aprender, explorar sus posibilidades y vivir con más plenitud.

Porque no todos estos años dependen de la suerte. Influyen muchas cosas, por supuesto. Pero también influye cuánto empuje has puesto en desarrollar tu potencial. Cuánto has insistido cuando era incómodo. Cuánto has aprendido cuando otros se acomodaban. Cuánto te has atrevido a cambiar cuando algo ya no encajaba. Cuánto has sembrado mientras otros solo esperaban recoger.

Hay personas que se conforman no por paz, sino por miedo. Se esconden detrás de frases bonitas: “yo soy sencillo”, “no necesito más”, “me vale así”. Y a veces será verdad. Pero otras veces no es humildad, es renuncia disfrazada, es miedo a exponerse, a fallar, a intentarlo de verdad.

No siempre es humildad, a veces es miedo disfrazado

La sana ambición no consiste en competir con nadie. No necesita ganar al vecino ni presumir en redes sociales. Consiste en no traicionarte, en no quedarte pequeño por costumbre, en no mirar dentro de diez años hacia atrás preguntándote qué habría pasado si hubieras sido más valiente.

Además, tiene un componente profundamente disfrutable: desarrollarse y aprender da alegría, crecer bien sienta bien, descubrir capacidades nuevas, mejorar en algo, ampliar la mirada, crear proyectos, madurar por dentro… todo eso alimenta la vida. Hay un placer noble en desplegarse.

No toda ambición merece tu tiempo, eso sí. Hay ambiciones prestadas: aparentar, impresionar, acumular símbolos vacíos. Y hay ambiciones propias: vivir con sentido, hacer un buen trabajo, amar mejor, crear algo valioso, sentirte libre, aprovechar tus dones. Conviene distinguir unas de otras.

Por eso hoy te propongo algo sencillo y potente: párate a discernir qué ambicionas de verdad. No lo que esperan de ti, no lo que queda bien, no lo que otros aplauden. Lo que de verdad te llama por dentro.

¿Dónde te gustaría estar dentro de unos años? ¿Qué versión de ti te gustaría haber construido? ¿Qué capacidades sabes que podrías desarrollar si dejaras de posponerlo? ¿Qué vida intuyes posible y todavía no te atreves a habitar?

Y después de responderte, deja de esconderte. Quizá no te falta capacidad, te falta permiso para llegar allí donde quieres, y donde puedes, llegar.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

martes, 21 de abril de 2026

Vida antes o después de la muerte

Hay una pregunta que ha acompañado al ser humano desde siempre:

¿Hay vida después de la muerte?

Religión y filosofía han dedicado siglos a intentar responderla. Algunas tradiciones dibujan un más allá lleno de sentido, otras lo dejan en el misterio, y otras directamente lo niegan. Y, en función de lo que creemos que hay después, organizamos en parte cómo vivimos ahora.

Pero últimamente me ronda otra pregunta que, sin hacer tanto ruido, me parece más urgente:

¿Hay vida antes de la muerte?

Puede parecer obvia, claro que la hay. Estamos aquí, respiramos, hacemos cosas, nos movemos. Pero si miramos un poco más de cerca, la respuesta ya no es tan evidente.

Porque muchas veces no estamos viviendo… estamos esperando.

  • Esperando a acabar de estudiar.
  • Esperando a que los hijos crezcan.
  • Esperando a tener más tiempo.
  • Esperando a cambiar de trabajo.
  • Esperando a jubilarnos.

Siempre hay un “después” que parece el momento adecuado para empezar a vivir de verdad.

Y así, casi sin darnos cuenta, vamos aplazando la vida, la dejamos en pausa. La empujamos hacia adelante como si fuera un asunto que ya atenderemos más tarde, cuando las condiciones sean mejores, cuando haya menos ruido, cuando todo esté más ordenado.

Pero la vida no es eso que empieza cuando todo encaja. La vida es esto que está pasando ahora, con lo que hay, con lo que falta, con lo que duele y con lo que ilusiona.

A veces incluso llevamos esa lógica al extremo: organizamos nuestra vida aquí pensando en lo que pueda venir después de la muerte. Y no digo que esa pregunta no tenga valor, lo tiene y mucho. Pero puede convertirse en una trampa si nos hace descuidar lo único seguro que tenemos: este momento.

Porque mientras pensamos en el “luego”, el “ahora” se nos escapa; y el ahora no vuelve. No se recupera cuando tengamos más tiempo, no se compra cuando tengamos más dinero, no aparece el día que nos jubilemos. El ahora es el único lugar donde la vida ocurre.

Quizá no se trata tanto de resolver qué pasará después de la muerte, sino de no llegar a ella con la sensación de no haber vivido antes.

  • De no haber dicho lo que queríamos decir.
  • De no haber hecho lo que sabíamos que nos hacía bien.
  • De no haber estado donde realmente queríamos estar.

Porque en el fondo, lo sabemos. Sabemos qué nos sienta bien, sabemos qué estamos posponiendo, sabemos dónde nos estamos contando historias para no movernos. Y, aun así, muchas veces no lo hacemos. No por falta de claridad, sino por inercia, miedo, comodidad o seguir el ritmo que toca.

Pero hay una buena noticia: no hace falta cambiarlo todo de golpe, puede bastar con dejar de posponer una cosa: una llamada, un plan…

La vida no empieza después, no empieza cuando todo esté listo, empieza cuando dejas de aplazarla. Y eso siempre puede ser ahora.

Ya lo decía Pau Donés y lo llevo escrito en una camiseta que me regaló una buena amiga: “Vivir es urgente”. Me gusta ponérmela para que no se me olvide. Que no se te olvide a ti tampoco.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

domingo, 12 de abril de 2026

La libertad que da vértigo

Hoy es domingo. Ese día que en muchos entornos aparece como el gran símbolo de la libertad. No hay horarios estrictos, no hay reuniones, no hay jefes esperando respuesta. En teoría, es el día para hacer lo que uno quiera.

Y, sin embargo, no siempre es tan sencillo.

A veces, con todo ese tiempo por delante, me descubro dejándome caer en el sofá. Sin mucha intención, sin demasiada conciencia, simplemente dejando pasar el día. Puede que lo necesite, puede que sea descanso… o puede que haya otras formas de descansar que me dejen más lleno por dentro.

Entre semana, la vida viene bastante pautada. Hay estructura. Hay obligaciones. Hay un guion más o menos claro que seguir. Y eso, aunque a veces pese, también sostiene. Te quita la necesidad de decidir constantemente. Pero llega el domingo… y con él, la libertad.

Y con la libertad, una pregunta incómoda: ¿Qué quiero hacer realmente con mi vida… o al menos, con este día? No siempre es fácil responderla. Porque esa pregunta abre un espacio que puede dar vértigo. Un espacio donde ya no hay excusas. Donde elegir implica renunciar. Donde aparece, aunque sea de forma sutil, la responsabilidad.

Quizá por eso, muchas veces, nos refugiamos en la pereza o en el consumo pasivo. Pantallas, scroll infinito, contenido que entra sin pedir permiso. Horas que pasan sin apenas darnos cuenta. La sensación de “no hacer nada”… que en realidad es hacer algo que no hemos elegido del todo.

La libertad, cuando no está acompañada de intención, se diluye. Queremos libertad, pero cuando la tenemos… no siempre sabemos qué hacer con ella.

Porque ser libres también significa hacernos cargo. De lo que hacemos… y de lo que no hacemos. De en qué invertimos nuestro tiempo. De hacia dónde nos movemos.

A veces incluso preferimos la jaula conocida al vértigo de decidir. Una jaula con normas, con horarios, con caminos marcados. Más previsible, más cómoda, más tranquila; que una selva llena de posibilidades.

¿La jaula conocida o la selva de posibilidades?
No es casualidad. Llevamos toda la vida entrenados para cumplir. Desde pequeños: horarios, asignaturas, objetivos, itinerarios claros. Pocas veces nos enseñan a elegir de verdad, a priorizar, a decir “sí” a algo… sabiendo que eso implica decir “no” a muchas otras cosas. No nos entrenan para la libertad.

La libertad también se puede entrenar. Igual que aprendimos a montar en bici cayéndonos, dudando, probando… aprender a decidir requiere práctica. No es algo que se resuelva pensando mucho, sino viviendo, equivocándose, ajustando.

Por eso, quizá el domingo no es solo un día para descansar. Puede ser también un pequeño laboratorio. Un espacio para parar un momento y preguntarte:

  • ¿Qué me apetece de verdad?
  • ¿Qué necesito hoy?
  • ¿Hacia dónde me gustaría ir, aunque sea un paso pequeño?

Y después… no quedarse demasiado tiempo en la duda. Elegir, incluso con incertidumbre, incluso sin tenerlo claro del todo, dar un paso.

Porque no tenemos el control absoluto de lo que pasará, pero sí tenemos influencia. Y esa influencia empieza en decisiones pequeñas, aparentemente insignificantes, como qué haces con un domingo.

Así que te propongo algo sencillo, practica: para, déjate sentir que te apetece, piensa que quieres, donde te puede llevar cada decisión… No te atasques ahí, decide, incluso con dudas… Empieza a caminar y acepta la responsabilidad de que tienes influencia en tu futuro

Poco a poco, la libertad dejará de ser un vértigo… para convertirse en un camino.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.