Dicen que si quieres hacer reír a Dios, le cuentes tus planes. Esta semana me ha tocado comprobarlo de primera mano.
El
miércoles, después de impartir una sesión del curso de gestión del tiempo en
Norsol, salí a dar una vuelta en bicicleta. Tenía muchos planes para estos días
y para la semana siguiente. Temas personales, trabajo pendiente, proyectos en
marcha, compromisos cerrados, ideas que quería desarrollar y unas cuantas cosas
que me apetecía hacer.
Pero en cuestión de segundos todo cambió.
Una
caída me llevó a urgencias y el diagnóstico fue una fractura de la cabeza del
radio. Nada especialmente grave dentro de lo que cabe, pero suficiente para
obligarme a parar. No puedo conducir, muchas actividades quedan temporalmente
descartadas y mi agenda ha tenido que ser replanteada por completo.
Y
entonces la vida nos recuerda que no siempre funciona así.
Una de
las cosas que más me ha llegado estos días ha sido la atención y la ayuda recibida;
empezando por urgencias. La profesionalidad, la cercanía y la tranquilidad con la que te atienden cuando estás dolorido.
Solemos acordarnos de estos servicios cuando los necesitamos, pero conviene
recordar la enorme suerte que tenemos de vivir en un lugar donde, cuando ocurre
algo así, hay personas preparadas para ayudarte de inmediato.
No es
perfecto, como nada lo es, pero merece la pena detenerse un momento para
agradecerlo.
Si
algo me quedó claro desde el mismo momento de la caída es la importancia de no estar solo.
Tuve
la enorme suerte de ir acompañado por Rodrigo, no podía haber llevado mejor
compañía. Cuando te caes, te haces daño y las cosas se complican de repente,
tener a alguien al lado no cambia lo ocurrido, pero sí cambia mucho cómo lo
vives. Te ayuda a relativizar, a quitarle peso a la situación y, sobre todo, a
sentirte acompañado cuando estás más vulnerable.
Además,
apareció otra de esas personas que la vida te pone delante en el momento
adecuado. Un caminante que pasaba por allí, Fernando "Tito", se
ofreció a ayudarnos y nos acompañó llevando la bicicleta. Probablemente para él
fue un gesto sencillo, pero para mí significó mucho más de lo que imagina. Hay
ayudas que resuelven un problema práctico y además te reconcilian con la bondad de las personas.
Y la
cadena de ayuda continuó y continua. Juan se encargó de recoger la bicicleta en
urgencias y de acercarme el DNI cuando hizo falta. Sofía estuvo pendiente de
las cosas de casa y ayudando en todo lo que podía. Y quiero agradecer
especialmente a mi hermana Yolanda que viniera a acompañarme en urgencias.
Además de su cariño, contaba con la tranquilidad que da conocer bien ese
entorno después de haber trabajado allí durante años.
También
agradezco mucho a Mónica, que trabaja allí, que pasara a estar. Cuando estás en
urgencias, encontrarte con una cara conocida siempre aporta tranquilidad. En
momentos así, cualquier palabra de calma, cualquier gesto de cercanía o
simplemente la compañía de alguien que te aprecia tiene mucho más valor del que
solemos reconocer.
Por
eso, además del excelente trato profesional que recibí en urgencias, me llevo
la sensación de haber estado extraordinariamente bien acompañado. Y cuando uno está más débil o más vulnerable,
descubrir que hay tantas personas dispuestas a echar una mano es una de las
mejores medicinas que existen.
También
quiero dar las gracias a tantos amigos y amigas que me han escrito, llamado o
se han ofrecido para ayudar en lo que hiciera falta. Es difícil expresar lo
reconfortante que resulta sentir tanto cariño cuando las cosas se tuercen un
poco. Me siento profundamente afortunado por poder contar con tanta gente buena
a mi alrededor.
Muchas
veces hablamos de productividad, de autonomía o de independencia como si fueran
ideales absolutos. Pero la realidad es que todos somos vulnerables en algún
momento, todos necesitamos ayuda alguna vez.
Una de
las lecciones más importantes de estos días para mí está siendo precisamente
esa. Normalmente tendemos a fijarnos en lo que no podemos hacer. Yo también
podría estar pensando continuamente en las limitaciones que me impone ahora el
brazo y las demás secuelas, en los planes cancelados o en todo lo que se retrasa.
Sin
embargo, me estoy encontrando con otra oportunidad: aprender a dejarme ayudar.
Pedir
ayuda no siempre es fácil. A veces cuesta más pedirla que ofrecerla. Estamos
acostumbrados a ser nosotros quienes resolvemos, quienes organizamos, quienes
echamos una mano a los demás. Pero la vida tiene la costumbre de enseñarnos
también la otra cara: la de aceptar el apoyo que nos ofrecen. Y no solo
aceptarlo, sino agradecerlo.
Estoy
especialmente agradecido a mis hijos. Ver cómo están pendientes, cómo ayudan y
cómo intentan hacerme la vida más fácil me recuerda que el cariño que sembramos
durante años acaba apareciendo cuando más falta hace.
Pero
esta experiencia también me está permitiendo dejarme ayudar por mis padres,
algo que no ocurre todos los días y que tiene un valor especial. Estos días han
venido a casa y me he encontrado a mi madre cortándome el filete. Me hizo
sonreír porque probablemente no lo hacía desde que yo era un niño.
Quizá
por eso, cuando sucede algo inesperado, una de las preguntas importantes no es
qué hemos perdido temporalmente, sino con quién contamos para atravesarlo.
Porque las dificultades pasan mejor cuando
no se caminan solo.
Los
planes son útiles, pero la vida siempre tiene la última palabra. Cuando la vida
cambia los planes, lo verdaderamente importante no es aferrarse a lo que ya no
puede ser, sino adaptarse a lo que toca vivir.
Ahora
toca parar, descansar y recuperarse.
Dejar que otros ayuden, tener paciencia y aprovechar también esta pausa
obligatoria para hacer algunas cosas que normalmente nunca encuentran hueco en
la agenda.
Mi
recomendación es sencilla: cuida tus
relaciones antes de necesitarlas. Dedica tiempo a la familia, a los amigos
y a las personas importantes de tu vida cuando todo va bien. Aprende también a
pedir ayuda y a dejarte ayudar. Porque cuando la vida te obligue a parar (y
antes o después a todos nos ocurre) descubrirás que uno de los mayores tesoros
no es lo que tienes en la agenda, sino las personas que aparecen para ayudarte
a seguir adelante.
Y si
quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes. Pero no olvides darle las
gracias por las personas que pone a tu lado cuando esos planes cambian.
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