lunes, 5 de octubre de 2026

Cuando la ilusión hace que te esfuerces de más

En 2019 empecé el Camino de Santiago con mi hija Sofía. Tenía diez añitos cuando salimos de Roncesvalles y, desde entonces, hemos ido avanzando poco a poco, compartiendo kilómetros, conversaciones y tiempo juntos. Una experiencia inolvidable que recomiendo sin dudarlo.

Despacio hemos ido llegando. Este fin de semana nos quedaban las dos últimas etapas, de Arzúa a Santiago de Compostela (42 kilómetros). Después de tantos años, tener la meta tan cerca nos hacía mucha ilusión. Quizá tanta que acabamos olvidándonos un poco de cómo estábamos llegando.

El viernes fuimos a dormir a Arzúa y el sábado salimos a las ocho menos veinte. La idea era caminar unos veinte kilómetros hasta O Pedrouzo y dejar otros veinte para el domingo. Un reparto bastante razonable de los aproximadamente cuarenta kilómetros que nos quedaban. Pero a las doce ya estábamos en O Pedrouzo, nos encontrábamos bien y caminábamos a buen ritmo. Como tampoco habíamos reservado alojamiento, teníamos libertad para continuar. Y continuamos.

Al principio, seguir parecía una buena idea. Santiago estaba cada vez más cerca y las ganas de llegar nos empujaban. Pero cuando llevábamos entre veinticinco y treinta kilómetros, mi rodilla, que no llevo demasiado bien, empezó a protestar. A Sofía le empezó a doler el tobillo. Lo hablamos y llegamos a una conclusión compartida: somos bastante brutos y cabezones. Nos reconocimos en esa descripción y seguimos andando.

Al final llegamos al Monte del Gozo después de caminar 37 kilómetros desde Arzúa (demasiados). Llegamos destrozados, muy cansados y doloridos. Solo quedaban cuatro kilómetros para Santiago, pero decidimos dejarlos para el domingo. Después de tantos años avanzando despacio, habíamos querido concentrar casi todo el último tramo en un día. La cercanía de la meta nos había hecho alargar la jornada bastante más de lo que habíamos previsto.

Descansamos por la noche y, el domingo, nos levantamos y desayunamos. Cuando fui a coger la mochila, me dio un latigazo lumbar que me dejó bastante tocado. Aun así, nuestra cabezonería seguía dispuesta a llegar a Santiago. Por suerte, al salir encontramos un taxi y lo interpretamos como una señal divina. Esta vez sí hicimos caso a la señal. Esos cuatro kilómetros los recorrimos en taxi; después caminamos un rato por Santiago y regresamos a Burgos.

Aquí estoy ahora, con lumbago y haciendo lo que puedo. Este final del Camino me ha dejado una reflexión: hay sobreesfuerzos que hacemos por ilusión y que después nos pasan factura. Cuando algo nos entusiasma, cuesta parar. Queremos aprovechar, avanzar, llegar. A veces, las ganas de llegar nos hacen dejar de escucharnos. Y el entusiasmo que sentimos puede convivir con un cansancio que necesita descanso. Parar a tiempo también forma parte del camino.

El miércoles tengo una formación de gestión del tiempo en Hiperbaric que me hace mucha ilusión impartir. Quiero recuperarme para poder disfrutarla y haré lo posible por llegar en buenas condiciones. Ahora me toca aplicar la lección también aquí: cuidar la recuperación, hacer lo que pueda y aceptar lo que hoy no puedo hacer. Porque no se puede hacer lo que no se puede hacer, por muchas ganas que tengamos.

Me quedo con algunas lecciones de este final del Camino, que también sirven para otros caminos de la vida:

  • Guardar fuerzas para mañana: Encontrarnos bien a mediodía era una buena noticia; convenía recordar que todavía teníamos otro día por delante.
  • Escuchar las señales cuando aparecen: El dolor de rodilla y de tobillo merecía más atención de la que le dimos.
  • Cambiar el plan cuando lo necesitamos: Parar antes o aceptar aquel taxi eran formas de cuidar de nosotros y del camino que estábamos compartiendo.
  • Dar tiempo a la recuperación: Ahora toca tener paciencia y cuidar el cuerpo, también por todas esas cosas que nos ilusiona seguir haciendo.

¿Sabemos parar cuando algo nos ilusiona tanto que solo pensamos en llegar?

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sábado, 26 de septiembre de 2026

Entre fluir y planificar

Hay una paradoja interesante: queremos que el tiempo libre siga siendo libre, pero encontrarnos con otros requiere reservarle un lugar. Ninguna de las dos necesidades es caprichosa. Después de una semana llena de horarios, apetece decidir sobre la marcha; al mismo tiempo, si todos esperamos a ver qué nos apetece en el último momento, quizá no lleguemos a vernos.

Me gusta dejar algunas tardes y algunos fines de semana sin planes; de hecho, ahora tengo este y los dos próximos sin planificar, libres de todo compromiso. No porque no quiera hacer nada, sino para ir viendo qué surge. A veces termino dando un paseo, leyendo o encontrándome con alguien de forma inesperada. Otras, simplemente descubro que necesitaba descansar. Creo que es lo que necesito.

Vivimos con la agenda bastante llena. Por eso, cuando aparece un hueco libre, apetece dejarlo en blanco. Fluir nos da un descanso de los horarios, deja espacio a la espontaneidad y nos permite atender a cómo estamos ese día. A mí me gusta tener ese margen para preguntarme “¿qué me apetece hoy?” y poder hacerle caso a la respuesta.

También sé que un plan demasiado cerrado puede pesar. Si llega el día y ya no tenemos ganas o energía, algo que nos apetecía puede empezar a sentirse como una obligación. Y cuando eso ocurre, pierde parte de su sabor.

Pero también hay otra cosa que observo: si dejo todo para cuando surja, algunos encuentros que deseo no llegan a suceder. Una conversación larga, una excursión o una comida con alguien a quien hace tiempo que no veo necesitan que coincidamos. Y, con la vida que lleva cada uno, coincidir por casualidad no siempre es fácil.

Además, detrás de nuestras ganas de fluir puede haber motivos distintos. A veces necesitamos libertad de verdad: no sabemos cómo llegaremos al fin de semana y agradecemos no haber decidido por adelantado. Otras veces queremos mantener abiertas todas las opciones hasta descubrir cuál nos apetece más cuando llegue el momento. Yo también puedo reconocerme ahí. Es comprensible, aunque conviene recordar que quizá otra persona esté esperando una respuesta para organizar su tiempo.

Con la planificación ocurre algo parecido. A veces proponemos una fecha porque nos ilusiona ver a alguien y queremos hacerle sitio. Otras, porque nos incomoda la incertidumbre y necesitamos saber ya qué haremos. Vale la pena preguntarnos desde dónde estamos decidiendo, sin juzgar ninguna de esas necesidades.

Quizá esa sea la paradoja: a veces necesitamos poner una fecha para poder encontrarnos y, una vez juntos, fluir. Podemos quedar para dar un paseo sin decidir la ruta, o reservar una tarde sin saber todavía en qué acabará. El acuerdo hace posible el encuentro; no tiene por qué dictar lo que ocurrirá después.

No siempre sé encontrar el equilibrio. Hay fines de semana en los que agradezco no tener nada previsto y otros en los que echo de menos haber hecho sitio a alguien. Tal vez se trate de escuchar ambas necesidades: dejar aire en la agenda y cuidar los encuentros que nos importan.

¿Para qué necesitas una fecha y qué prefieres dejar abierto?

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martes, 15 de septiembre de 2026

Del ritual a la vida

El domingo participé en una Ceremonia de Fuego Maya-Tsotsil, guiada por Josefa, una mujer de Fuego Maya-Tsotsil, llegada desde México para compartir parte de la sabiduría recibida de su tradición.

Podría hablar del fuego, del Calendario Maya, de los ancestros, de las ofrendas o de muchas de las cosas que nos ha explicado y han sucedido durante la mañana. Pero me quedo especialmente con algo aparentemente más sencillo: la importancia de los rituales.

Los pueblos ancestrales llevan miles de años utilizándolos. Hay mucho que podemos aprender de ellos.

En nuestra cultura también los tenemos. Yo he crecido dentro de la tradición católica y, aunque muchas veces podamos realizar sus ritos casi automáticamente, si los observamos con atención están llenos de símbolos: el agua, el pan, el vino, las velas, el incienso, imponer las manos, guardar silencio, caminar en procesión... No todo se explica. Hay cosas que también se representan, se celebran y se viven con el cuerpo.

Creo que ahí hay un aprendizaje que trasciende las creencias concretas. Vivimos en una sociedad en la que intentamos comprender casi todo desde la cabeza. Leemos, pensamos, analizamos, hablamos, hacemos cursos, escuchamos podcasts... Pero una cosa es entender algo y otra bastante diferente integrarlo y llevarlo a la vida.

Los rituales son una forma de tender un puente entre la cabeza y la vida; entre la mente y el cuerpo.

Un ritual nos obliga a detenernos. Crea un espacio y un tiempo diferentes. Pone atención donde normalmente habría prisa y convierte una intención en un gesto. Algo que podríamos pensar durante unos segundos adquiere otra importancia cuando lo escribimos, lo pronunciamos, lo compartimos o lo representamos simbólicamente.

Durante la ceremonia de hoy han aparecido dos preguntas que ya me he encontrado en otros momentos y que me parecen especialmente poderosas: ¿qué necesitas soltar? y ¿cuál es tu intención?

Qué te está lastrando y hacia dónde quieres ir.

Necesitamos las dos cosas. Podemos tener muy claro aquello que queremos dejar atrás, pero no saber hacia dónde dirigirnos. Y también podemos saber perfectamente dónde queremos llegar mientras continuamos cargando con cosas que dificultan el camino.

Soltar peso y elegir dirección.

El fuego de hoy permitía representar ambas cosas. Y ahí entiendo mejor la fuerza del ritual: no porque el fuego vaya a resolver aquello que nosotros no resolvamos, sino porque convierte una idea en una experiencia. Hace visible algo que estaba dentro. Le da un momento, un gesto y un lugar. Y quizá por eso sea más fácil recordarlo cuando volvamos a nuestra vida cotidiana.

Porque al terminar cualquier ceremonia volvemos a la misma vida. Ahí empieza lo importante.

De poco sirve quemar simbólicamente aquello que quiero soltar si mañana vuelvo a agarrarlo con las dos manos. De poco sirve expresar una intención si después mis decisiones siguen llevándome en dirección contraria.

El ritual puede ayudarnos a tomar conciencia. La vida es donde tenemos que ponerlo en práctica.

Todas las culturas han creado ceremonias para acompañar los grandes momentos: nacimientos, paso a la edad adulta, matrimonios, muerte, despedidas, comienzos, agradecimientos, pérdidas o celebraciones. Las formas cambian, las creencias cambian, los símbolos cambian, pero parece permanecer una misma necesidad humana: marcar determinados momentos para poder darles significado e integrarlos.

Tenemos mucho que aprender de los pueblos ancestrales. Y quizá también tengamos mucho que redescubrir en nuestras propias tradiciones, incluso en aquellos ritos que hemos repetido tantas veces que hemos dejado de preguntarnos qué significan.

Hoy, alrededor del fuego, me he quedado con eso: no siempre basta con comprender algo, a veces necesitamos representarlo, sentirlo y ritualizarlo para hacerlo nuestro.

Y después, cuando el fuego se apaga y termina la ceremonia, queda lo verdaderamente difícil: llevarlo a la vida.

¿Qué necesitas soltar tú? ¿Y hacia dónde quieres ir?

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