Hay
celebraciones que, aunque duren unas horas, condensan muchos años de vida. El
viernes tuvimos celebración en casa y también en el colegio. Mi hija Sofía
celebraba su graduación de 2º de Bachillerato.
Quince
años que empezaron en primero de infantil. Después vinieron primaria,
secundaria y finalmente bachillerato. Quince años que dan para mucho: alegrías,
amistades, nervios, descubrimientos, cambios, inseguridades, ilusiones, algún
golpe y muchísimo aprendizaje.
Quince
años de mañanas corriendo, mochilas, reuniones, excursiones, exámenes
(¡cuantísimos exámenes!; y en cada uno parecía que te jugabas la vida), abrazos
en días difíciles y celebraciones en días buenos.
Y de
repente, casi sin darte cuenta, llega una graduación y entiendes algo que
muchos padres descubren demasiado rápido: el tiempo no pasa… vuela. Parece que
fue ayer cuando la llevaba al colegio y ahora la miro dando pasos cada vez más
propios, más libres y más conscientes. Con más posibilidades delante, con más
vida por estrenar.
A
veces hablamos mucho de productividad, objetivos o gestión del tiempo, pero hay
momentos que te recuerdan qué es realmente importante: estar, acompañar, mirar
con calma cómo alguien crece.
Mi
madre sigue diciendo una frase que siempre me ha gustado: “Que crezca en edad,
sabiduría y gracia”. Quizá ahí haya una brújula bastante buena para vivir.
Porque
crecer no es solo cumplir años, es aprender, es ganar criterio, es desarrollar
sensibilidad, humanidad y capacidad de disfrutar la vida sin perderse a uno
mismo.
También
pensé algo más durante estos días de celebración. Muchas veces, cuando
alcanzamos un objetivo importante, casi no nos detenemos a saborearlo.
Terminamos una etapa y enseguida queremos correr hacia la siguiente. Como si
parar a celebrar fuera perder el tiempo.
- Acabamos un proyecto… y pensamos en el próximo.
- Terminamos una carrera… y ya estamos preocupados por el trabajo.
- Logramos algo que nos costó años… y apenas nos damos permiso para sentirlo.
Es
cierto que el camino es más importante que la meta, aun así, es una pena no
pararse a saborear los logros, pasar la celebración por encima, como si fuese
una tarea más.
El camino recorrido merece ser reconocido
cuando llegamos a ciertos lugares.
Celebrar
es honrar el esfuerzo, agradecer lo vivido y tomar conciencia del trayecto
recorrido; disfrutando de mirar hacia atrás y hacia delante.
Quizá
por eso las celebraciones importantes nos emocionan tanto. Porque no celebran
solo un resultado, celebran todo lo invisible que hubo detrás: las veces que se
siguió adelante, las dudas superadas, el cansancio, la constancia, las personas
que acompañaron y la transformación que ocurrió durante el proceso.
Además,
celebrar los cierres ayuda a abrir mejor lo siguiente.
Hay
personas que viven saltando de objetivo en objetivo sin detenerse nunca. Como
si la vida fuera únicamente una lista interminable de tareas pendientes. Pero
vivir no es avanzar, también necesitamos mirar atrás de vez en cuando y decir:
“Todo esto lo hemos recorrido”. Sentir un orgullo sano, agradecimiento,
alegría; para después continuar el camino.
Hoy me
siento profundamente agradecido por el privilegio de haber acompañado una parte
del crecimiento de Sofía. También por comprobar que llega un momento en el que
los hijos empiezan a volar… y eso, aunque dé vértigo, es buena señal.
Disfrutad
las etapas, incluso las que parecen pequeñas mientras ocurren. Un día descubres
que eran enormes.
No
olvidéis celebrar los cierres de cada etapa. Porque muchas veces, mientras
celebramos una meta, en realidad estamos agradeciendo toda una vida compartida.
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