sábado, 26 de septiembre de 2026

Entre fluir y planificar

Hay una paradoja interesante: queremos que el tiempo libre siga siendo libre, pero encontrarnos con otros requiere reservarle un lugar. Ninguna de las dos necesidades es caprichosa. Después de una semana llena de horarios, apetece decidir sobre la marcha; al mismo tiempo, si todos esperamos a ver qué nos apetece en el último momento, quizá no lleguemos a vernos.

Me gusta dejar algunas tardes y algunos fines de semana sin planes; de hecho, ahora tengo este y los dos próximos sin planificar, libres de todo compromiso. No porque no quiera hacer nada, sino para ir viendo qué surge. A veces termino dando un paseo, leyendo o encontrándome con alguien de forma inesperada. Otras, simplemente descubro que necesitaba descansar. Creo que es lo que necesito.

Vivimos con la agenda bastante llena. Por eso, cuando aparece un hueco libre, apetece dejarlo en blanco. Fluir nos da un descanso de los horarios, deja espacio a la espontaneidad y nos permite atender a cómo estamos ese día. A mí me gusta tener ese margen para preguntarme “¿qué me apetece hoy?” y poder hacerle caso a la respuesta.

También sé que un plan demasiado cerrado puede pesar. Si llega el día y ya no tenemos ganas o energía, algo que nos apetecía puede empezar a sentirse como una obligación. Y cuando eso ocurre, pierde parte de su sabor.

Pero también hay otra cosa que observo: si dejo todo para cuando surja, algunos encuentros que deseo no llegan a suceder. Una conversación larga, una excursión o una comida con alguien a quien hace tiempo que no veo necesitan que coincidamos. Y, con la vida que lleva cada uno, coincidir por casualidad no siempre es fácil.

Además, detrás de nuestras ganas de fluir puede haber motivos distintos. A veces necesitamos libertad de verdad: no sabemos cómo llegaremos al fin de semana y agradecemos no haber decidido por adelantado. Otras veces queremos mantener abiertas todas las opciones hasta descubrir cuál nos apetece más cuando llegue el momento. Yo también puedo reconocerme ahí. Es comprensible, aunque conviene recordar que quizá otra persona esté esperando una respuesta para organizar su tiempo.

Con la planificación ocurre algo parecido. A veces proponemos una fecha porque nos ilusiona ver a alguien y queremos hacerle sitio. Otras, porque nos incomoda la incertidumbre y necesitamos saber ya qué haremos. Vale la pena preguntarnos desde dónde estamos decidiendo, sin juzgar ninguna de esas necesidades.

Quizá esa sea la paradoja: a veces necesitamos poner una fecha para poder encontrarnos y, una vez juntos, fluir. Podemos quedar para dar un paseo sin decidir la ruta, o reservar una tarde sin saber todavía en qué acabará. El acuerdo hace posible el encuentro; no tiene por qué dictar lo que ocurrirá después.

No siempre sé encontrar el equilibrio. Hay fines de semana en los que agradezco no tener nada previsto y otros en los que echo de menos haber hecho sitio a alguien. Tal vez se trate de escuchar ambas necesidades: dejar aire en la agenda y cuidar los encuentros que nos importan.

¿Para qué necesitas una fecha y qué prefieres dejar abierto?

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martes, 15 de septiembre de 2026

Del ritual a la vida

El domingo participé en una Ceremonia de Fuego Maya-Tsotsil, guiada por Josefa, una mujer de Fuego Maya-Tsotsil, llegada desde México para compartir parte de la sabiduría recibida de su tradición.

Podría hablar del fuego, del Calendario Maya, de los ancestros, de las ofrendas o de muchas de las cosas que nos ha explicado y han sucedido durante la mañana. Pero me quedo especialmente con algo aparentemente más sencillo: la importancia de los rituales.

Los pueblos ancestrales llevan miles de años utilizándolos. Hay mucho que podemos aprender de ellos.

En nuestra cultura también los tenemos. Yo he crecido dentro de la tradición católica y, aunque muchas veces podamos realizar sus ritos casi automáticamente, si los observamos con atención están llenos de símbolos: el agua, el pan, el vino, las velas, el incienso, imponer las manos, guardar silencio, caminar en procesión... No todo se explica. Hay cosas que también se representan, se celebran y se viven con el cuerpo.

Creo que ahí hay un aprendizaje que trasciende las creencias concretas. Vivimos en una sociedad en la que intentamos comprender casi todo desde la cabeza. Leemos, pensamos, analizamos, hablamos, hacemos cursos, escuchamos podcasts... Pero una cosa es entender algo y otra bastante diferente integrarlo y llevarlo a la vida.

Los rituales son una forma de tender un puente entre la cabeza y la vida; entre la mente y el cuerpo.

Un ritual nos obliga a detenernos. Crea un espacio y un tiempo diferentes. Pone atención donde normalmente habría prisa y convierte una intención en un gesto. Algo que podríamos pensar durante unos segundos adquiere otra importancia cuando lo escribimos, lo pronunciamos, lo compartimos o lo representamos simbólicamente.

Durante la ceremonia de hoy han aparecido dos preguntas que ya me he encontrado en otros momentos y que me parecen especialmente poderosas: ¿qué necesitas soltar? y ¿cuál es tu intención?

Qué te está lastrando y hacia dónde quieres ir.

Necesitamos las dos cosas. Podemos tener muy claro aquello que queremos dejar atrás, pero no saber hacia dónde dirigirnos. Y también podemos saber perfectamente dónde queremos llegar mientras continuamos cargando con cosas que dificultan el camino.

Soltar peso y elegir dirección.

El fuego de hoy permitía representar ambas cosas. Y ahí entiendo mejor la fuerza del ritual: no porque el fuego vaya a resolver aquello que nosotros no resolvamos, sino porque convierte una idea en una experiencia. Hace visible algo que estaba dentro. Le da un momento, un gesto y un lugar. Y quizá por eso sea más fácil recordarlo cuando volvamos a nuestra vida cotidiana.

Porque al terminar cualquier ceremonia volvemos a la misma vida. Ahí empieza lo importante.

De poco sirve quemar simbólicamente aquello que quiero soltar si mañana vuelvo a agarrarlo con las dos manos. De poco sirve expresar una intención si después mis decisiones siguen llevándome en dirección contraria.

El ritual puede ayudarnos a tomar conciencia. La vida es donde tenemos que ponerlo en práctica.

Todas las culturas han creado ceremonias para acompañar los grandes momentos: nacimientos, paso a la edad adulta, matrimonios, muerte, despedidas, comienzos, agradecimientos, pérdidas o celebraciones. Las formas cambian, las creencias cambian, los símbolos cambian, pero parece permanecer una misma necesidad humana: marcar determinados momentos para poder darles significado e integrarlos.

Tenemos mucho que aprender de los pueblos ancestrales. Y quizá también tengamos mucho que redescubrir en nuestras propias tradiciones, incluso en aquellos ritos que hemos repetido tantas veces que hemos dejado de preguntarnos qué significan.

Hoy, alrededor del fuego, me he quedado con eso: no siempre basta con comprender algo, a veces necesitamos representarlo, sentirlo y ritualizarlo para hacerlo nuestro.

Y después, cuando el fuego se apaga y termina la ceremonia, queda lo verdaderamente difícil: llevarlo a la vida.

¿Qué necesitas soltar tú? ¿Y hacia dónde quieres ir?

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sábado, 5 de septiembre de 2026

Los domingos, descanso

Llevo una temporada escribiendo todos los días en LinkedIn y con bastante frecuencia también en este blog, de lunes a domingo.

Me gusta escribir, no lo vivo como una obligación. Es una forma de ordenar mis ideas, reflexionar sobre lo que me ocurre y compartir algunas de las cosas que voy aprendiendo. Pero precisamente porque algo te gusta puedes terminar ocupando con ello todos los espacios. Y creo que necesitamos espacios vacíos.

Hace no mucho, Nacho Garbe, un amigo con el que he compartido muchas experiencias, proponía algo aparentemente sencillo: desconectar los domingos y alejarse de las pantallas. La idea se me quedó rondando.

Durante mucho tiempo el domingo fue, para muchas personas, un día claramente diferente. Cerraban los comercios, no había correos que contestar y el trabajo, salvo excepciones, esperaba al lunes. Hoy podemos trabajar, comprar, responder mensajes, leer noticias, consultar las redes sociales o entretenernos exactamente igual un domingo que un martes.

La tecnología nos ha dado muchas posibilidades, pero también ha borrado algunas fronteras. Quizá necesitemos volver a dibujarlas.

No necesariamente tiene que ser el domingo, cada uno tendrá que encontrar su momento. Lo importante es reservar periódicamente un espacio en el que no haya que producir, responder, publicar, avanzar ni aprovechar el tiempo.

Descansar no consiste simplemente en cambiar de actividad. Puedes dejar de trabajar y pasarte tres horas mirando el teléfono. El cuerpo estará sentado en el sofá, pero tu atención seguirá recibiendo estímulos continuamente.

Alejarte de pantallas permite descansar la cabeza, pasear sin mirar cuánto has caminado, leer sin necesidad de aprender nada, estar con alguien sin tener el teléfono encima de la mesa. Cocinar, conversar, dormir la siesta, mirar por la ventana o aburrirte un rato. Incluso permitir que llegue ese pequeño vacío que tantas veces llenamos automáticamente sacando el móvil del bolsillo.

Paradójicamente, para vivir nuestro tiempo necesitamos momentos en los que dejemos de intentar aprovecharlo.

Por eso voy a probar el reto de Nacho. Para estar lejos de las pantallas los domingos no escribiré en LinkedIn ni publicaré en el blog. Mantendré el teléfono, el ordenador y la tele alejados de mí (mañana, domingo, empiezo).

No sé cuánto me costará. Precisamente por eso me parece interesante probarlo.

Supongo que aparecerá alguna vez el impulso de mirar si alguien ha escrito, comprobar algo, buscar cualquier información o pensar: "esto podría ser una buena entrada". Ahí estará parte del experimento: dejarlo pasar y descubrir qué aparece cuando la pantalla desaparece.

Porque cuando quitamos algo de nuestra vida también hacemos sitio para otras cosas.

Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a aprovechar cada minuto, mejorar continuamente y ser más productivos. Incluso el descanso termina convirtiéndose en una herramienta para rendir más al día siguiente.

Pero no tenemos que justificar el descanso por lo que produciremos después. Desconectar y descansar merece la pena por sí mismo.

Así que voy a probar un pequeño espacio semanal para cambiar de ritmo y prestar atención a otras cosas. A ver qué tal va el reto.

Quizá descubra que el domingo sin pantallas no es un día en el que hago menos cosas, quizá sea simplemente un día en el que estoy más presente en lo que hago.

¿Tienes algún momento de la semana en el que desconectas de verdad?

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