Todavía no me lo creo. Me cuesta asumir que Francis, mi
primo, ya no está. Que no volveremos a encontrarnos en Quintanilla, ni tampoco
en Fuerteventura.
Ojalá hubiéramos tenido más tiempo.
Más tiempo para conversar, para encontrarnos, para compartir
momentos. Más tiempo para seguir haciendo planes, para disfrutar de la familia,
para vivir.
¡Qué putada!
Hay muertes que llegan demasiado pronto. Que nos parecen
injustas, que no encajan en el orden natural de las cosas. Y esta es una de
ellas.
El pasado 4 de octubre Francis cumplió 47 años. Compartía
fecha de cumpleaños y el nombre de Francisco con nuestro tío Francisco Javier,
Javi, que nos dejó hace no tanto tiempo y con quien siempre tuvo una relación
muy especial.
Apenas unos días después de su cumpleaños, un infarto
mientras montaba en bicicleta acabó arrebatándonoslo. Un amigo consiguió
reanimarlo, sacarlo de aquella primera parada cardíaca, pero finalmente no pudo
salir adelante.
Así de frágil es la vida. Un día sales a montar en bicicleta, como tantas otras veces, y de repente todo cambia. Para ti y para todos los que te quieren.
Francis era un hombre sencillo, tradicional, introvertido,
de pocas palabras, y con una bonita sonrisa. Amigo de sus amigos y, sobre todo,
un padre entregado a sus hijos.
No necesitaba grandes discursos ni llamar la atención. Era
de esas personas con las que se está a gusto, con las que no hace falta hablar
continuamente para disfrutar de su compañía.
Compartimos muchos veranos, especialmente en Quintanilla,
aunque también en Fuerteventura. Recuerdo cuando éramos pequeños y nos
mojábamos los pies en el río de Quintanilla, cuando íbamos a bañarnos a Los
Molinos, aquellos días largos de verano en los que parecía que el tiempo no se
acababa nunca. Entonces no éramos conscientes de que estábamos construyendo
recuerdos que nos acompañarían toda la vida.
Después fuimos creciendo, viviendo en lugares diferentes.
Muchos kilómetros separan Burgos de Fuerteventura, pero nunca fueron tantos
como para borrar el cariño. Hay relaciones que no necesitan verse todos los
días para seguir estando ahí. Basta con reencontrarse para recuperar esa
cercanía que siempre ha existido.
Este verano Francis estuvo de nuevo en Burgos, en
Quintanilla. Y me alegro muchísimo de haber podido compartir tiempo con él, de
haber conversado tranquilamente, de haber hablado de sus proyectos, de sus
ilusiones, de lo que quería hacer.
Quién me iba a decir entonces que aquella sería nuestra última
conversación.
A veces no somos conscientes del valor de los momentos
mientras los estamos viviendo. Una conversación cualquiera, una comida
familiar, una tarde compartida pueden convertirse, de repente, en recuerdos que
guardaríamos para siempre. Me habría gustado tener muchas más conversaciones
con Francis, pero hoy agradezco especialmente aquella.
Dicen que si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes.
Y es verdad que hacemos planes como si tuviéramos garantizado el mañana.
Pensamos en las próximas vacaciones, en lo que haremos el año que viene, en los
proyectos que queremos desarrollar, en todo aquello para lo que creemos que
tendremos tiempo.
Pero no siempre lo tenemos.
Francis tenía muchos planes por delante. Tenía una vida que
vivir, unos hijos que ver crecer, una pareja con la que seguir compartiendo el
camino, una familia y unos amigos que le querían. Tenía muchas cosas
pendientes. Demasiadas para marcharse ahora.
Se ha ido a destiempo.
Es el primero de los veinte primos que nos deja. Nunca
habíamos tenido que enfrentarnos a una ausencia así entre nosotros. De alguna
manera, aunque sabemos que la muerte forma parte de la vida, seguimos pensando
que todavía no nos toca, que estas cosas les pasan a otros, que aún somos
demasiado jóvenes para despedirnos.
Su marcha también me ha hecho recordar a Gonzalo, que nos
dejó en 1986, hace ya casi cuarenta años. También demasiado pronto. Y que sigue
estando presente en nuestros recuerdos. El tiempo ha pasado, hemos seguido
viviendo, pero no lo hemos olvidado. Hay personas que dejan una huella que los
años no consiguen borrar.
Y ahora Francis se incorpora a esa memoria familiar que
vamos construyendo entre todos, hecha de personas, lugares, historias,
encuentros y ausencias.
Pero hay algo que me resulta especialmente difícil de
sostener: el dolor de quienes se quedan.
Pienso mucho en Dori y Florines, sus padres. Durante
cincuenta años han construido y mantenido unida una gran familia. Han sido un
punto de encuentro, un hogar al que volver, el vínculo que ha permitido que
tantas personas sigamos sintiéndonos parte de algo común. Y ahora les toca
afrontar algo que ningún padre ni ninguna madre debería tener que vivir:
despedir a un hijo.
No encuentro palabras que puedan aliviar un dolor así. Quizá
no las haya. Solo espero que todo el cariño que han sembrado durante tantos
años vuelva ahora hacia ellos, que puedan sentirse acompañados y sostenidos por
esa familia que tanto han cuidado. Que no tengan que atravesar solos un
sufrimiento tan grande.
Pienso también en su pareja, Yeni, en la vida que
compartían, en esa presencia cotidiana que muchas veces damos por supuesta
hasta que nos falta. En lo difícil que debe de ser volver a casa y encontrarse
con una ausencia tan grande. En todos esos pequeños momentos del día en los
que, de repente, se hace evidente que la persona con la que compartías la vida
ya no está.
Y, sobre todo, pienso en sus hijos, Alexia y Aimar. En lo
injusto que resulta que tengan que crecer sin su padre. En todos los momentos
que Francis habría querido compartir con ellos y que ya no podrá vivir. En los
abrazos, las conversaciones, los juegos, los consejos y tantas cosas que
quedaron pendientes.
Me gustaría que recuerden cuánto quería su padre a sus
hijos. Que sepan que era un hombre bueno, sencillo, querido por su familia y
sus amigos. Que su sonrisa y su manera de ser permanecen en la memoria de
quienes tuvimos la suerte de conocerlo.
Y que sepan también que el amor de su padre no desaparece
con su muerte. Permanece en lo que les dio, en los recuerdos que conserven, en
las historias que les contaremos y en todas las personas que seguirán
queriéndolos también por él.
Confío en que Francis esté en un lugar mejor. No sé cómo
será ese lugar, pero me gusta imaginar que Javi lo ha recibido con los brazos
abiertos. Que ese tío con el que compartía nombre, cumpleaños y una relación
especial vuelve a estar a su lado, cuidándolo como siempre lo quiso.
Algo me reconforta en medio de tanto dolor. Francis, incluso
al marcharse, va a regalar vida. Su hígado, sus dos riñones y, posiblemente,
uno de sus pulmones permitirán que otras personas tengan una nueva oportunidad.
Que puedan seguir viviendo, haciendo planes, abrazando a quienes quieren y
compartiendo ese tiempo que a nosotros nos habría gustado seguir compartiendo
con él. Me emociona pensar que, de alguna manera, el tiempo que a Francis le ha
faltado se convertirá en tiempo de vida para otras personas. No compensa su
ausencia, nada puede hacerlo, pero saber que una parte de él seguirá dando vida
a otros me parece un último y precioso regalo.
Tengo la certeza de que las personas que queremos siguen
viviendo, de alguna manera, mientras permanecen en nuestros recuerdos. Francis
seguirá estando presente cuando recordemos aquellos veranos en Quintanilla,
cuando hablemos de Fuerteventura, cuando contemos alguna anécdota familiar o
cuando sus hijos quieran saber más de su padre. Seguirá viviendo en las
historias que compartamos, en las sonrisas que nos provoquen sus recuerdos y en
todo el cariño que ha dejado sembrado.
No sabemos cuánto tiempo tenemos. No podemos elegir cuánto
durará nuestro camino ni garantizar que todos nuestros planes se cumplan. Pero
sí podemos intentar estar presentes, disfrutar de quienes queremos, decirles
que los queremos y no dejar siempre para mañana los encuentros y las
conversaciones importantes.
Ojalá hubiéramos tenido más tiempo, Francis.


