Ayer,
en una conversación tranquila, una amiga me soltó una frase que me hizo pensar y pregunté si podía escribir sobre ello. No fue un “tienes que…” ni un consejo
con prisa. Fue “en el fondo sabemos que
es lo que tenemos que hacer”.
La
verdad resuena en esa frase, porque sí, lo sabemos, lo sabes. Lo sabes cuando sigues
diciendo “ya lo pensaré”, cuando pones la vida en modo “luego”, cuando te
entretienes para no mirar de frente lo que incomoda.
“El cuerpo
hace de mensajero cuando la mente se entretiene”
El
cuerpo no quiere tener razón, solo quiere que lo escuches. Si no lo escuchamos,
a veces, el cuerpo va subiendo de volumen. A veces olvidamos que no somos una
cabeza con patas. Somos un conjunto y si nos empeñamos en vivir contra lo que
sentimos, o en vivir sin sentir, algo se desajusta.
El
cuerpo puede avisar en tres niveles: primero susurra (cansancio, incomodidad
leve, sueño raro), luego insiste (dolores, contracturas, nudo en el estómago) y
si seguimos sin escuchar… grita.
Escuchar
no es obsesionarse, escuchar es respetar. El cuerpo es una brújula para empezar
a preguntarte. Sin olvidar que, si un síntoma es intenso, nuevo, preocupa o se
mantiene, merece consulta profesional, porque cuidarse también es eso.
A mí
me ayuda una idea que he comentado en el blog otras veces y que funciona como
botón de “volver”: parar, respirar, reflexionar y elegir. Dejar un poco de
espacio para notar “qué emoción me despierta” algo y “qué me está diciendo el
cuerpo”.
- Preguntarme: ¿Qué
estoy evitando? ¿Qué quiero realmente? ¿Qué conversación me debo?
- Bajando
el ruido: menos pantallas un rato, menos multitarea, menos “tengo
que”. El cuerpo agradece el silencio.
- Tratar
el cuerpo como aliado: agua, comida que siente bien, paseo, sueño.
No como una máquina a la que se le exige rendimiento.
No
hace falta una revolución, hace falta honestidad. A veces la vida no nos pide
grandes gestas, sino esa valentía discreta de hacer lo que ya sabemos.
Y
cuando lo hacemos… algo se ordena. No porque todo se vuelva fácil, sino porque
dejamos de empujarnos “en contra”. Como si, por fin, cuerpo y mente dejaran de
discutir y se sentaran en el mismo lado de la mesa.
Aunque
tras un cambio, una decisión difícil, la adaptación puede llevar tiempo, volver
a casa lleva tiempo.
Si hoy
notas una señal (un dolor, una tensión, un insomnio que se repite) quizá no sea
el enemigo. Quizá sea el mensajero, quizá hoy baste con empezar así: Parar,
respirar y preguntarse con cariño: ¿Qué verdad estoy listo para escuchar?
Porque
muchas veces la vida no cambia cuando encontramos una respuesta.
Cambia
cuando dejamos de ignorar la pregunta.
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