lunes, 2 de noviembre de 2026

Cuando no hacemos nada, algo se hace en nosotros

Este fin de semana me he permitido estar en el no hacer.

La noche del sábado al domingo la he pasado sentado alrededor de un fuego, acompañado de un grupo de personas. Celebrábamos la Noche de Muertos, una noche especial para recordar a quienes nos precedieron, sentirlos cerca acompañándonos y acompañarlos. Para volver a conectar con nuestras raíces y con ese largo linaje de personas que, de una forma u otra, nos ha hecho ser quienes somos.

Porque no empezamos en nosotros mismos. Somos también el resultado de las vidas de quienes estuvieron antes, de sus decisiones, sus esfuerzos, sus alegrías y sus sufrimientos. Llevamos algo de todos ellos dentro de nosotros. Y recordarlos es también una manera de agradecer lo recibido y reconocer de dónde venimos.

Nos sentamos alrededor del fuego poco después de que anocheciera y permanecimos allí hasta que llegaron las primeras luces del amanecer.

Toda una noche sin hacer nada.

Sin móviles, sin tareas pendientes, sin ningún lugar al que llegar. Simplemente estar. Contemplar las llamas, escuchar el crepitar de la leña y dejar que las horas transcurrieran. Una de las personas se encargaba de mantener vivo el fuego. Los demás permanecíamos en silencio o cantando todos juntos.

Sin embargo, en aquella aparente quietud estaban sucediendo muchas cosas.

A medida que avanzaba la noche, algo parecía ir aclarándose dentro de mí. Sin buscar respuestas, algunas fueron apareciendo. Sin intentar ordenar mis pensamientos, fueron encontrando su lugar. Fui sintiendo con más claridad dónde estoy, cómo estoy y hacia dónde quiero caminar.

Quizá recordar de dónde venimos también nos ayuda a comprender hacia dónde queremos ir.

Cuando llegó el amanecer, la experiencia todavía no había terminado. Preparamos un temazcal, una ceremonia ancestral en la que el calor, el vapor y la oscuridad nos invitan a mirar hacia dentro. Fue como cerrar un círculo. Durante la noche habíamos dejado que algo se moviera dentro de nosotros. Ahora llegaba el momento de limpiar, de soltar, de dejar marchar aquello que ya no necesitábamos seguir cargando.

Primero dejar que las cosas aparezcan. Después, permitir que algunas se vayan.

Recordé entonces una idea de Claudio Naranjo, que defendía el valor del no hacer. Una idea que podría resumirse así: cuando nosotros no hacemos nada, algo se hace en nosotros.

Vivimos en una sociedad que nos empuja constantemente a hacer. Producir, resolver, contestar, avanzar, aprovechar cada minuto. Incluso cuando descansamos, parece que necesitamos justificar ese descanso por lo que nos permitirá hacer después.

Nos cuesta estar sin hacer nada. Nos incomoda el silencio. Nos inquieta la sensación de estar perdiendo el tiempo. Pero quizá no todo se consigue haciendo más.

A veces necesitamos dejar de intervenir, de controlar, de buscar soluciones. Permitir que las cosas reposen. Dar tiempo a que las emociones se asienten, a que las ideas maduren y a que aparezca lo que el ruido cotidiano no nos deja escuchar.

Como sucede con el agua turbia, que necesita permanecer quieta para que los sedimentos se depositen y podamos ver con claridad lo que hay en el fondo.

Quizá también nosotros necesitamos detenernos para poder ver con claridad.

Me gusta planificar, tener claros mis objetivos y saber hacia dónde quiero caminar. Pero cada vez soy más consciente de que, para saber hacia dónde queremos ir, a veces necesitamos dejar de caminar.

Este fin de semana he pasado una noche entera sin hacer nada y tengo la sensación de haber aprovechado profundamente ese tiempo. Al salir del temazcal, sentí que algo dentro de mí estaba más claro y que algo de lo que llevaba encima pesaba un poco menos.

A veces, para avanzar en la vida, necesitamos detenernos, recordar de dónde venimos, dejar que algo se haga en nosotros y soltar lo que ya no necesitamos para seguir caminando.

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viernes, 30 de octubre de 2026

Ser fuerte no significa no necesitar que me cuiden

A veces, quienes nos rodean se acostumbran tanto a nuestra fortaleza que dejan de ver nuestra fragilidad.

Si eres de esas personas que siempre están disponibles, que resuelven problemas, que escuchan, que ayudan, que cuidan de los demás y que parecen poder con todo, es fácil que quienes te rodean terminen acostumbrándose a verte así. Como alguien que siempre está bien, que tiene recursos para salir adelante y que no necesita demasiada ayuda.

Poco a poco, esa fortaleza que los demás reconocen en ti puede convertirse en una especie de obligación. Parece que tienes que seguir siendo fuerte, incluso cuando estás cansado, cuando las cosas se complican o cuando simplemente no puedes más.

Porque ser fuerte no significa no ser vulnerable. Y cuidar de los demás no significa no necesitar que alguien te cuide.

Todos tenemos momentos difíciles. Días en los que nos faltan las fuerzas, en los que las preocupaciones se acumulan, en los que nos sentimos desbordados o en los que algo nos duele por dentro, aunque por fuera sigamos sonriendo y haciendo lo que tenemos que hacer.

Sin embargo, cuando los demás están acostumbrados a nuestra fortaleza, puede resultar difícil que perciban ese sufrimiento. No necesariamente porque no les importemos, sino porque han aprendido a vernos de una determinada manera. Nos han colocado, quizá sin darse cuenta, en el papel de quienes siempre pueden con todo.

A veces incluso nosotros mismos contribuimos a mantener esa imagen. Nos cuesta reconocer que estamos mal, pedir ayuda o mostrar nuestra fragilidad. Tal vez porque no queremos preocupar a nadie, porque pensamos que hay personas que están peor o porque sentimos que deberíamos ser capaces de afrontar solos lo que nos sucede.

No necesitamos demostrar que nuestro sufrimiento es suficientemente importante como para merecer cariño. No hace falta llegar al límite, derrumbarse o tener un problema extraordinariamente grave para necesitar atención, compañía o un abrazo.

Lo que nos duele, nos duele. Y eso ya es motivo suficiente para que merezca ser escuchado. A veces no necesitamos tanto pedir que nos cuiden como sentir que alguien se da cuenta de que necesitamos cuidados. A veces, sentirse visto ya es una forma de sentirse cuidado.

Que alguien nos mire con atención y nos pregunte cómo estamos. Que no se conforme con nuestro habitual “bien” y se interese de verdad por lo que nos pasa. Que se acerque, que nos escuche, que nos dedique un rato de su tiempo o que simplemente se siente a nuestro lado. En ocasiones basta con sentir que no estamos solos, que alguien se ha dado cuenta de que estamos atravesando un momento complicado y quiere acompañarnos.

Por supuesto, los demás no pueden adivinar lo que sentimos ni lo que necesitamos. También es nuestra responsabilidad aprender a expresar nuestras emociones, reconocer nuestras limitaciones y pedir ayuda cuando la necesitamos. Esperar que los demás descubran siempre lo que nos pasa puede llevarnos a sentirnos incomprendidos y generar frustración.

Esta reflexión me invita a mirar de otra manera a quienes tenemos cerca. Especialmente a esas personas que siempre están ahí cuando las necesitamos, que parecen tenerlo todo bajo control y que rara vez se quejan.

Porque detrás de alguien que siempre sonríe puede haber tristeza. Detrás de quien siempre ayuda puede haber cansancio. Y detrás de quien parece tener una fortaleza inagotable puede haber alguien que está deseando que, por una vez, sea otro quien se ocupe de él.

Quizá hoy sea un buen día para acercarnos a alguna de esas personas que siempre están pendientes de los demás y hacerles una pregunta sencilla, pero sincera:

¿Y tú, cómo estás?

Y, sobre todo, quedarnos el tiempo suficiente para escuchar la respuesta.

Porque ser fuerte no significa no necesitar que me cuiden. Y porque, a veces, lo que más necesitamos no es que alguien nos ayude a seguir siendo fuertes, sino que nos permita, por un momento, no tener que serlo.

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domingo, 18 de octubre de 2026

Ojalá hubiéramos tenido más tiempo

Todavía no me lo creo. Me cuesta asumir que Francis, mi primo, ya no está. Que no volveremos a encontrarnos en Quintanilla, ni tampoco en Fuerteventura.

Ojalá hubiéramos tenido más tiempo.

Más tiempo para conversar, para encontrarnos, para compartir momentos. Más tiempo para seguir haciendo planes, para disfrutar de la familia, para vivir.

¡Qué putada!

Hay muertes que llegan demasiado pronto. Que nos parecen injustas, que no encajan en el orden natural de las cosas. Y esta es una de ellas.

El pasado 4 de octubre Francis cumplió 47 años. Compartía fecha de cumpleaños y el nombre de Francisco con nuestro tío Francisco Javier, Javi, que nos dejó hace no tanto tiempo y con quien siempre tuvo una relación muy especial.

Apenas unos días después de su cumpleaños, un infarto mientras montaba en bicicleta acabó arrebatándonoslo. Un amigo consiguió reanimarlo, sacarlo de aquella primera parada cardíaca, pero finalmente no pudo salir adelante.

Así de frágil es la vida. Un día sales a montar en bicicleta, como tantas otras veces, y de repente todo cambia. Para ti y para todos los que te quieren.

Francis era un hombre sencillo, tradicional, introvertido, de pocas palabras, y con una bonita sonrisa. Amigo de sus amigos y, sobre todo, un padre entregado a sus hijos.

No necesitaba grandes discursos ni llamar la atención. Era de esas personas con las que se está a gusto, con las que no hace falta hablar continuamente para disfrutar de su compañía.

Compartimos muchos veranos, especialmente en Quintanilla, aunque también en Fuerteventura. Recuerdo cuando éramos pequeños y nos mojábamos los pies en el río de Quintanilla, cuando íbamos a bañarnos a Los Molinos, aquellos días largos de verano en los que parecía que el tiempo no se acababa nunca. Entonces no éramos conscientes de que estábamos construyendo recuerdos que nos acompañarían toda la vida.

Después fuimos creciendo, viviendo en lugares diferentes. Muchos kilómetros separan Burgos de Fuerteventura, pero nunca fueron tantos como para borrar el cariño. Hay relaciones que no necesitan verse todos los días para seguir estando ahí. Basta con reencontrarse para recuperar esa cercanía que siempre ha existido.

Este verano Francis estuvo de nuevo en Burgos, en Quintanilla. Y me alegro muchísimo de haber podido compartir tiempo con él, de haber conversado tranquilamente, de haber hablado de sus proyectos, de sus ilusiones, de lo que quería hacer.

Quién me iba a decir entonces que aquella sería nuestra última conversación.

A veces no somos conscientes del valor de los momentos mientras los estamos viviendo. Una conversación cualquiera, una comida familiar, una tarde compartida pueden convertirse, de repente, en recuerdos que guardaríamos para siempre. Me habría gustado tener muchas más conversaciones con Francis, pero hoy agradezco especialmente aquella.

Dicen que si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes. Y es verdad que hacemos planes como si tuviéramos garantizado el mañana. Pensamos en las próximas vacaciones, en lo que haremos el año que viene, en los proyectos que queremos desarrollar, en todo aquello para lo que creemos que tendremos tiempo.

Pero no siempre lo tenemos.

Francis tenía muchos planes por delante. Tenía una vida que vivir, unos hijos que ver crecer, una pareja con la que seguir compartiendo el camino, una familia y unos amigos que le querían. Tenía muchas cosas pendientes. Demasiadas para marcharse ahora.

Se ha ido a destiempo.

Es el primero de los veinte primos que nos deja. Nunca habíamos tenido que enfrentarnos a una ausencia así entre nosotros. De alguna manera, aunque sabemos que la muerte forma parte de la vida, seguimos pensando que todavía no nos toca, que estas cosas les pasan a otros, que aún somos demasiado jóvenes para despedirnos.

Su marcha también me ha hecho recordar a Gonzalo, que nos dejó en 1986, hace ya casi cuarenta años. También demasiado pronto. Y que sigue estando presente en nuestros recuerdos. El tiempo ha pasado, hemos seguido viviendo, pero no lo hemos olvidado. Hay personas que dejan una huella que los años no consiguen borrar.

Y ahora Francis se incorpora a esa memoria familiar que vamos construyendo entre todos, hecha de personas, lugares, historias, encuentros y ausencias.

Pero hay algo que me resulta especialmente difícil de sostener: el dolor de quienes se quedan.

Pienso mucho en Dori y Florines, sus padres. Durante cincuenta años han construido y mantenido unida una gran familia. Han sido un punto de encuentro, un hogar al que volver, el vínculo que ha permitido que tantas personas sigamos sintiéndonos parte de algo común. Y ahora les toca afrontar algo que ningún padre ni ninguna madre debería tener que vivir: despedir a un hijo.

No encuentro palabras que puedan aliviar un dolor así. Quizá no las haya. Solo espero que todo el cariño que han sembrado durante tantos años vuelva ahora hacia ellos, que puedan sentirse acompañados y sostenidos por esa familia que tanto han cuidado. Que no tengan que atravesar solos un sufrimiento tan grande.

Pienso también en su pareja, Yeni, en la vida que compartían, en esa presencia cotidiana que muchas veces damos por supuesta hasta que nos falta. En lo difícil que debe de ser volver a casa y encontrarse con una ausencia tan grande. En todos esos pequeños momentos del día en los que, de repente, se hace evidente que la persona con la que compartías la vida ya no está.

Y, sobre todo, pienso en sus hijos, Alexia y Aimar. En lo injusto que resulta que tengan que crecer sin su padre. En todos los momentos que Francis habría querido compartir con ellos y que ya no podrá vivir. En los abrazos, las conversaciones, los juegos, los consejos y tantas cosas que quedaron pendientes.

Me gustaría que recuerden cuánto quería su padre a sus hijos. Que sepan que era un hombre bueno, sencillo, querido por su familia y sus amigos. Que su sonrisa y su manera de ser permanecen en la memoria de quienes tuvimos la suerte de conocerlo.

Y que sepan también que el amor de su padre no desaparece con su muerte. Permanece en lo que les dio, en los recuerdos que conserven, en las historias que les contaremos y en todas las personas que seguirán queriéndolos también por él.

Confío en que Francis esté en un lugar mejor. No sé cómo será ese lugar, pero me gusta imaginar que Javi lo ha recibido con los brazos abiertos. Que ese tío con el que compartía nombre, cumpleaños y una relación especial vuelve a estar a su lado, cuidándolo como siempre lo quiso.

Algo me reconforta en medio de tanto dolor. Francis, incluso al marcharse, va a regalar vida. Su hígado, sus dos riñones y, posiblemente, uno de sus pulmones permitirán que otras personas tengan una nueva oportunidad. Que puedan seguir viviendo, haciendo planes, abrazando a quienes quieren y compartiendo ese tiempo que a nosotros nos habría gustado seguir compartiendo con él. Me emociona pensar que, de alguna manera, el tiempo que a Francis le ha faltado se convertirá en tiempo de vida para otras personas. No compensa su ausencia, nada puede hacerlo, pero saber que una parte de él seguirá dando vida a otros me parece un último y precioso regalo.

Tengo la certeza de que las personas que queremos siguen viviendo, de alguna manera, mientras permanecen en nuestros recuerdos. Francis seguirá estando presente cuando recordemos aquellos veranos en Quintanilla, cuando hablemos de Fuerteventura, cuando contemos alguna anécdota familiar o cuando sus hijos quieran saber más de su padre. Seguirá viviendo en las historias que compartamos, en las sonrisas que nos provoquen sus recuerdos y en todo el cariño que ha dejado sembrado.

No sabemos cuánto tiempo tenemos. No podemos elegir cuánto durará nuestro camino ni garantizar que todos nuestros planes se cumplan. Pero sí podemos intentar estar presentes, disfrutar de quienes queremos, decirles que los queremos y no dejar siempre para mañana los encuentros y las conversaciones importantes.

Ojalá hubiéramos tenido más tiempo, Francis.