sábado, 10 de octubre de 2026

¿Tienes 16 horas para recuperar tu tiempo?

Llevo muchos años obsesionado con el tiempo. Escribo en este blog desde 2014, con casi cuatrocientas entradas (esta es la 399), y empecé a impartir formaciones sobre este tema años antes. Durante este recorrido he ido comprendiendo algo que hoy da nombre al curso: el tiempo es vida. Lo que hacemos con nuestras horas acaba siendo lo que hacemos con nuestra vida. Por eso creo que aprender a gestionarlas puede aportarnos tanto.

Quizá te resulte familiar llegar al final del día cansado, después de haber hecho muchas cosas, y sentir que apenas has avanzado en lo importante. Se acumulan tareas, respondes a lo que va llegando y dejas para después ese proyecto, el ejercicio, una conversación o un rato para ti. Ese “cuando tenga tiempo” puede durar años. En el curso “Gestión del tiempo, gestión de vida” vamos a detenernos a mirar qué está pasando y qué podemos cambiar.

Empezaremos por conocernos: dónde se van nuestras horas, qué hábitos nos ayudan y cuáles nos complican el día. También qué responsabilidades asumimos y qué creencias nos cargan de más: “tengo que hacerlo todo yo”, “debo estar siempre disponible” o “no puedo decir que no”. Observar cómo usamos el tiempo permite descubrir cambios que, mientras seguimos corriendo, nos pasan inadvertidos.

Después toca elegir dirección. ¿Qué quieres conseguir? ¿Qué merece tener un lugar en tu agenda? A veces necesitamos una brújula para decidir hacia dónde caminar. Si todo parece prioritario, acabamos atendiendo lo que más ruido hace. Trabajaremos cómo definir objetivos y dar espacio a lo importante, tanto en el trabajo como en nuestra vida personal.

Con esa dirección podremos planificar: convertir un proyecto grande en pasos manejables, saber por dónde empezar y decidir qué toca hacer hoy. Como en el Camino de Santiago, conocer el destino ayuda, pero necesitamos saber cuál es nuestra siguiente etapa. Una planificación realista también deja margen para los imprevistos; llenar cada minuto de la agenda nos lo pone difícil desde el principio.

Y habrá que andar. Abordaremos esa tendencia a posponer lo que nos cuesta, la dificultad para empezar y el perfeccionismo que nos impide terminar. Buscaremos formas de avanzar y construir hábitos que faciliten hacerlo con menos esfuerzo. También aprenderemos a proteger la atención, gestionar interrupciones y poner límites: cada compromiso que aceptamos ocupa un tiempo que tendremos que sacar de algún sitio.

Para mí, uno de los grandes retos actuales es gestionar el tiempo con otros. Gran parte de nuestro trabajo depende de cómo nos comunicamos, colaboramos y delegamos. Un encargo ambiguo puede acabar en horas de trabajo que después hay que repetir. Un correo poco claro genera nuevas preguntas. Una reunión sin propósito consume el tiempo de varias personas. Engrasar esas relaciones puede ayudarnos a ser más productivos a todos.

También miraremos cómo comprender lo que nuestro jefe necesita y acordar prioridades, resultados y plazos. Podemos dedicar mucho esfuerzo a algo que no era lo más necesario. Aclararlo a tiempo ahorra trabajo y frustración. Y si diriges personas, cómo organizas, escuchas y delegas influye en el tiempo de todo tu equipo. Cuidar el tiempo de los demás forma parte de cuidar el propio.

El otro gran reto es la gestión del cambio. Aunque hagamos planes, llegan novedades: tecnologías, nuevas tareas, cambios en el equipo, necesidades familiares o circunstancias que no esperábamos. Trabajaremos cómo revisar el rumbo, aprender y adaptar nuestros planes. Tener una dirección clara puede ayudarnos a decidir qué mantener y qué cambiar cuando el camino deja de ser el previsto.

La tecnología merece también nuestra atención. Puede ahorrarnos trabajo y facilitarnos la vida, pero el correo, los mensajes y las notificaciones pueden mantenernos ocupados durante horas. Nos preguntaremos cómo hacer que las herramientas trabajen a nuestro favor y cómo evitar que cada aviso decida qué hacemos a continuación.

Y cuidaremos la energía con la que recorremos todo esto. Dormir, descansar, movernos, disfrutar y encontrarnos con quienes nos importan necesitan su espacio. Aprender a gestionar el tiempo puede ayudarnos a trabajar mejor y a llegar al final del día con algo de nosotros disponible para vivirlo.

Será un curso práctico, en el que trabajarás sobre tu propia situación. Haremos ejercicios, compartiremos experiencias y construirás un plan de acción personal. Las ocho semanas nos permitirán probar cambios entre sesiones, observar qué funciona y ajustar lo que necesites. La intención es que lo aprendido se vaya convirtiendo en una forma de hacer.

Son 16 horas que confío en que te compensarán con creces a medio plazo, por el tiempo que puedas ahorrar y por cómo vivas el que tienes. También pueden compensarle a tu jefe si decide facilitarte esta formación: mejorar tus prioridades, tu comunicación y tu manera de trabajar puede beneficiar a todo el equipo. Dedicar tiempo a aprender puede evitar muchas horas de esfuerzo mal dirigido.

Empezamos el próximo miércoles 14 de octubre, en Burgos. Nos encontraremos los miércoles, de 18:00 a 20:00, hasta el 2 de diciembre, en la Escuela Politécnica Superior, avenida Cantabria. Si te has reconocido en estas líneas, te animo a hacerte ese hueco y venir. Puedes consultar la información y acceder a la matrícula aquí:

https://www.ubu.es/te-interesa/gestion-del-tiempo-gestion-de-vida-iii-edicion.

¿Qué te gustaría recuperar en tu vida si empezaras a disponer mejor de tu tiempo?

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lunes, 5 de octubre de 2026

Cuando la ilusión hace que te esfuerces de más

En 2019 empecé el Camino de Santiago con mi hija Sofía. Tenía diez añitos cuando salimos de Roncesvalles y, desde entonces, hemos ido avanzando poco a poco, compartiendo kilómetros, conversaciones y tiempo juntos. Una experiencia inolvidable que recomiendo sin dudarlo.

Despacio hemos ido llegando. Este fin de semana nos quedaban las dos últimas etapas, de Arzúa a Santiago de Compostela (42 kilómetros). Después de tantos años, tener la meta tan cerca nos hacía mucha ilusión. Quizá tanta que acabamos olvidándonos un poco de cómo estábamos llegando.

El viernes fuimos a dormir a Arzúa y el sábado salimos a las ocho menos veinte. La idea era caminar unos veinte kilómetros hasta O Pedrouzo y dejar otros veinte para el domingo. Un reparto bastante razonable de los aproximadamente cuarenta kilómetros que nos quedaban. Pero a las doce ya estábamos en O Pedrouzo, nos encontrábamos bien y caminábamos a buen ritmo. Como tampoco habíamos reservado alojamiento, teníamos libertad para continuar. Y continuamos.

Al principio, seguir parecía una buena idea. Santiago estaba cada vez más cerca y las ganas de llegar nos empujaban. Pero cuando llevábamos entre veinticinco y treinta kilómetros, mi rodilla, que no llevo demasiado bien, empezó a protestar. A Sofía le empezó a doler el tobillo. Lo hablamos y llegamos a una conclusión compartida: somos bastante brutos y cabezones. Nos reconocimos en esa descripción y seguimos andando.

Al final llegamos al Monte del Gozo después de caminar 37 kilómetros desde Arzúa (demasiados). Llegamos destrozados, muy cansados y doloridos. Solo quedaban cuatro kilómetros para Santiago, pero decidimos dejarlos para el domingo. Después de tantos años avanzando despacio, habíamos querido concentrar casi todo el último tramo en un día. La cercanía de la meta nos había hecho alargar la jornada bastante más de lo que habíamos previsto.

Descansamos por la noche y, el domingo, nos levantamos y desayunamos. Cuando fui a coger la mochila, me dio un latigazo lumbar que me dejó bastante tocado. Aun así, nuestra cabezonería seguía dispuesta a llegar a Santiago. Por suerte, al salir encontramos un taxi y lo interpretamos como una señal divina. Esta vez sí hicimos caso a la señal. Esos cuatro kilómetros los recorrimos en taxi; después caminamos un rato por Santiago y regresamos a Burgos.

Aquí estoy ahora, con lumbago y haciendo lo que puedo. Este final del Camino me ha dejado una reflexión: hay sobreesfuerzos que hacemos por ilusión y que después nos pasan factura. Cuando algo nos entusiasma, cuesta parar. Queremos aprovechar, avanzar, llegar. A veces, las ganas de llegar nos hacen dejar de escucharnos. Y el entusiasmo que sentimos puede convivir con un cansancio que necesita descanso. Parar a tiempo también forma parte del camino.

El miércoles tengo una formación de gestión del tiempo en Hiperbaric que me hace mucha ilusión impartir. Quiero recuperarme para poder disfrutarla y haré lo posible por llegar en buenas condiciones. Ahora me toca aplicar la lección también aquí: cuidar la recuperación, hacer lo que pueda y aceptar lo que hoy no puedo hacer. Porque no se puede hacer lo que no se puede hacer, por muchas ganas que tengamos.

Me quedo con algunas lecciones de este final del Camino, que también sirven para otros caminos de la vida:

  • Guardar fuerzas para mañana: Encontrarnos bien a mediodía era una buena noticia; convenía recordar que todavía teníamos otro día por delante.
  • Escuchar las señales cuando aparecen: El dolor de rodilla y de tobillo merecía más atención de la que le dimos.
  • Cambiar el plan cuando lo necesitamos: Parar antes o aceptar aquel taxi eran formas de cuidar de nosotros y del camino que estábamos compartiendo.
  • Dar tiempo a la recuperación: Ahora toca tener paciencia y cuidar el cuerpo, también por todas esas cosas que nos ilusiona seguir haciendo.

¿Sabemos parar cuando algo nos ilusiona tanto que solo pensamos en llegar?

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sábado, 26 de septiembre de 2026

Entre fluir y planificar

Hay una paradoja interesante: queremos que el tiempo libre siga siendo libre, pero encontrarnos con otros requiere reservarle un lugar. Ninguna de las dos necesidades es caprichosa. Después de una semana llena de horarios, apetece decidir sobre la marcha; al mismo tiempo, si todos esperamos a ver qué nos apetece en el último momento, quizá no lleguemos a vernos.

Me gusta dejar algunas tardes y algunos fines de semana sin planes; de hecho, ahora tengo este y los dos próximos sin planificar, libres de todo compromiso. No porque no quiera hacer nada, sino para ir viendo qué surge. A veces termino dando un paseo, leyendo o encontrándome con alguien de forma inesperada. Otras, simplemente descubro que necesitaba descansar. Creo que es lo que necesito.

Vivimos con la agenda bastante llena. Por eso, cuando aparece un hueco libre, apetece dejarlo en blanco. Fluir nos da un descanso de los horarios, deja espacio a la espontaneidad y nos permite atender a cómo estamos ese día. A mí me gusta tener ese margen para preguntarme “¿qué me apetece hoy?” y poder hacerle caso a la respuesta.

También sé que un plan demasiado cerrado puede pesar. Si llega el día y ya no tenemos ganas o energía, algo que nos apetecía puede empezar a sentirse como una obligación. Y cuando eso ocurre, pierde parte de su sabor.

Pero también hay otra cosa que observo: si dejo todo para cuando surja, algunos encuentros que deseo no llegan a suceder. Una conversación larga, una excursión o una comida con alguien a quien hace tiempo que no veo necesitan que coincidamos. Y, con la vida que lleva cada uno, coincidir por casualidad no siempre es fácil.

Además, detrás de nuestras ganas de fluir puede haber motivos distintos. A veces necesitamos libertad de verdad: no sabemos cómo llegaremos al fin de semana y agradecemos no haber decidido por adelantado. Otras veces queremos mantener abiertas todas las opciones hasta descubrir cuál nos apetece más cuando llegue el momento. Yo también puedo reconocerme ahí. Es comprensible, aunque conviene recordar que quizá otra persona esté esperando una respuesta para organizar su tiempo.

Con la planificación ocurre algo parecido. A veces proponemos una fecha porque nos ilusiona ver a alguien y queremos hacerle sitio. Otras, porque nos incomoda la incertidumbre y necesitamos saber ya qué haremos. Vale la pena preguntarnos desde dónde estamos decidiendo, sin juzgar ninguna de esas necesidades.

Quizá esa sea la paradoja: a veces necesitamos poner una fecha para poder encontrarnos y, una vez juntos, fluir. Podemos quedar para dar un paseo sin decidir la ruta, o reservar una tarde sin saber todavía en qué acabará. El acuerdo hace posible el encuentro; no tiene por qué dictar lo que ocurrirá después.

No siempre sé encontrar el equilibrio. Hay fines de semana en los que agradezco no tener nada previsto y otros en los que echo de menos haber hecho sitio a alguien. Tal vez se trate de escuchar ambas necesidades: dejar aire en la agenda y cuidar los encuentros que nos importan.

¿Para qué necesitas una fecha y qué prefieres dejar abierto?

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