martes, 21 de abril de 2026

Vida antes o después de la muerte

Hay una pregunta que ha acompañado al ser humano desde siempre:

¿Hay vida después de la muerte?

Religión y filosofía han dedicado siglos a intentar responderla. Algunas tradiciones dibujan un más allá lleno de sentido, otras lo dejan en el misterio, y otras directamente lo niegan. Y, en función de lo que creemos que hay después, organizamos en parte cómo vivimos ahora.

Pero últimamente me ronda otra pregunta que, sin hacer tanto ruido, me parece más urgente:

¿Hay vida antes de la muerte?

Puede parecer obvia, claro que la hay. Estamos aquí, respiramos, hacemos cosas, nos movemos. Pero si miramos un poco más de cerca, la respuesta ya no es tan evidente.

Porque muchas veces no estamos viviendo… estamos esperando.

  • Esperando a acabar de estudiar.
  • Esperando a que los hijos crezcan.
  • Esperando a tener más tiempo.
  • Esperando a cambiar de trabajo.
  • Esperando a jubilarnos.

Siempre hay un “después” que parece el momento adecuado para empezar a vivir de verdad.

Y así, casi sin darnos cuenta, vamos aplazando la vida, la dejamos en pausa. La empujamos hacia adelante como si fuera un asunto que ya atenderemos más tarde, cuando las condiciones sean mejores, cuando haya menos ruido, cuando todo esté más ordenado.

Pero la vida no es eso que empieza cuando todo encaja. La vida es esto que está pasando ahora, con lo que hay, con lo que falta, con lo que duele y con lo que ilusiona.

A veces incluso llevamos esa lógica al extremo: organizamos nuestra vida aquí pensando en lo que pueda venir después de la muerte. Y no digo que esa pregunta no tenga valor, lo tiene y mucho. Pero puede convertirse en una trampa si nos hace descuidar lo único seguro que tenemos: este momento.

Porque mientras pensamos en el “luego”, el “ahora” se nos escapa; y el ahora no vuelve. No se recupera cuando tengamos más tiempo, no se compra cuando tengamos más dinero, no aparece el día que nos jubilemos. El ahora es el único lugar donde la vida ocurre.

Quizá no se trata tanto de resolver qué pasará después de la muerte, sino de no llegar a ella con la sensación de no haber vivido antes.

  • De no haber dicho lo que queríamos decir.
  • De no haber hecho lo que sabíamos que nos hacía bien.
  • De no haber estado donde realmente queríamos estar.

Porque en el fondo, lo sabemos. Sabemos qué nos sienta bien, sabemos qué estamos posponiendo, sabemos dónde nos estamos contando historias para no movernos. Y, aun así, muchas veces no lo hacemos. No por falta de claridad, sino por inercia, miedo, comodidad o seguir el ritmo que toca.

Pero hay una buena noticia: no hace falta cambiarlo todo de golpe, puede bastar con dejar de posponer una cosa: una llamada, un plan…

La vida no empieza después, no empieza cuando todo esté listo, empieza cuando dejas de aplazarla. Y eso siempre puede ser ahora.

Ya lo decía Pau Donés y lo llevo escrito en una camiseta que me regaló una buena amiga: “Vivir es urgente”. Me gusta ponérmela para que no se me olvide. Que no se te olvide a ti tampoco.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

domingo, 12 de abril de 2026

La libertad que da vértigo

Hoy es domingo. Ese día que en muchos entornos aparece como el gran símbolo de la libertad. No hay horarios estrictos, no hay reuniones, no hay jefes esperando respuesta. En teoría, es el día para hacer lo que uno quiera.

Y, sin embargo, no siempre es tan sencillo.

A veces, con todo ese tiempo por delante, me descubro dejándome caer en el sofá. Sin mucha intención, sin demasiada conciencia, simplemente dejando pasar el día. Puede que lo necesite, puede que sea descanso… o puede que haya otras formas de descansar que me dejen más lleno por dentro.

Entre semana, la vida viene bastante pautada. Hay estructura. Hay obligaciones. Hay un guion más o menos claro que seguir. Y eso, aunque a veces pese, también sostiene. Te quita la necesidad de decidir constantemente. Pero llega el domingo… y con él, la libertad.

Y con la libertad, una pregunta incómoda: ¿Qué quiero hacer realmente con mi vida… o al menos, con este día? No siempre es fácil responderla. Porque esa pregunta abre un espacio que puede dar vértigo. Un espacio donde ya no hay excusas. Donde elegir implica renunciar. Donde aparece, aunque sea de forma sutil, la responsabilidad.

Quizá por eso, muchas veces, nos refugiamos en la pereza o en el consumo pasivo. Pantallas, scroll infinito, contenido que entra sin pedir permiso. Horas que pasan sin apenas darnos cuenta. La sensación de “no hacer nada”… que en realidad es hacer algo que no hemos elegido del todo.

La libertad, cuando no está acompañada de intención, se diluye. Queremos libertad, pero cuando la tenemos… no siempre sabemos qué hacer con ella.

Porque ser libres también significa hacernos cargo. De lo que hacemos… y de lo que no hacemos. De en qué invertimos nuestro tiempo. De hacia dónde nos movemos.

A veces incluso preferimos la jaula conocida al vértigo de decidir. Una jaula con normas, con horarios, con caminos marcados. Más previsible, más cómoda, más tranquila; que una selva llena de posibilidades.

¿La jaula conocida o la selva de posibilidades?
No es casualidad. Llevamos toda la vida entrenados para cumplir. Desde pequeños: horarios, asignaturas, objetivos, itinerarios claros. Pocas veces nos enseñan a elegir de verdad, a priorizar, a decir “sí” a algo… sabiendo que eso implica decir “no” a muchas otras cosas. No nos entrenan para la libertad.

La libertad también se puede entrenar. Igual que aprendimos a montar en bici cayéndonos, dudando, probando… aprender a decidir requiere práctica. No es algo que se resuelva pensando mucho, sino viviendo, equivocándose, ajustando.

Por eso, quizá el domingo no es solo un día para descansar. Puede ser también un pequeño laboratorio. Un espacio para parar un momento y preguntarte:

  • ¿Qué me apetece de verdad?
  • ¿Qué necesito hoy?
  • ¿Hacia dónde me gustaría ir, aunque sea un paso pequeño?

Y después… no quedarse demasiado tiempo en la duda. Elegir, incluso con incertidumbre, incluso sin tenerlo claro del todo, dar un paso.

Porque no tenemos el control absoluto de lo que pasará, pero sí tenemos influencia. Y esa influencia empieza en decisiones pequeñas, aparentemente insignificantes, como qué haces con un domingo.

Así que te propongo algo sencillo, practica: para, déjate sentir que te apetece, piensa que quieres, donde te puede llevar cada decisión… No te atasques ahí, decide, incluso con dudas… Empieza a caminar y acepta la responsabilidad de que tienes influencia en tu futuro

Poco a poco, la libertad dejará de ser un vértigo… para convertirse en un camino.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

jueves, 9 de abril de 2026

¿A quién tienes delante cuando miras al móvil?

Ayer, al salir de clase, me encontré con una escena que empieza a ser demasiado habitual. Siete alumnos esperando para entrar a la siguiente clase. Siete, cada uno con su móvil, mirando la pantalla. Nadie hablaba con nadie. Silencio compartido… pero no compartido del todo.

Caricatura basada en la imagen de ayer al salir de clase
Cuando yo estudiaba esos ratos eran otra cosa. Hablabas con el de al lado, aunque no le conocieras mucho. Comentabas la clase anterior, el examen que venía, cualquier tontería. De ahí salían conversaciones, y de ahí, muchas veces, amistades.

Ayer les dije que había hecho una foto y les pregunté si les importaba que la compartiera. Nadie contestó. Me quedé un rato hablando con ellos. La mayoría guardaron el móvil y escucharon. Pero nadie contestó. Ese silencio me llamó la atención.

Llego la compañera que iba a dar clase después, iba a hablar sobre la escucha, comentamos con ellos, que escucharon y no hablaron. Por la tarde me mandó otra imagen: Una familia en una terraza, los padres con un niño pequeño, cada uno con su pantalla.

Esto ya no es algo puntual. Lo vemos en el metro, en las salas de espera, en las terrazas, en casa. Incluso cuando estamos con gente conocida.

Hemos dejado de interactuar con quien tenemos al lado… para interactuar con una pantalla.

Escuché a Pau Doménech decir algo que me hizo mucho sentido: el móvil nos aleja de quien tenemos cerca para “acercarnos” a quien está lejos. Y tiene algo de paradoja. Porque muchas veces, en ese acercarnos a lo lejano, nos estamos perdiendo lo cercano.

Por la tarde estuve con mi primo Francisco. Me contó que había desinstalado varias aplicaciones del móvil. Redes sociales, algún juego… cosas con las que sentía que estaba enganchado.

Ahora está incómodo. Tiene el impulso de coger el móvil y no encontrar lo que antes estaba ahí. Está, como él dice, “con el mono”. Pero también sabe algo importante: el mono se pasa. Está en ese momento incómodo en el que se rompe un hábito, en el que eliges no hacer lo automático, en el que empiezas a recuperar espacio y tiempo.

Y eso me hizo conectar las dos escenas del día.

  • Por un lado, la inercia: sacar el móvil sin pensar, refugiarnos en la pantalla, evitar el vacío, el silencio o incluso el contacto.
  • Por otro, la decisión: parar, revisar, quitar lo que no suma, recuperar la atención.

No se trata de demonizar el móvil. Es una herramienta increíble. Nos conecta, nos facilita, nos acerca a muchas cosas valiosas. Pero también nos distrae, nos engancha y, a veces, nos aleja de lo que tenemos justo delante.

Mi sensación, y puedo estar equivocado, es que cuando estás esperando para entrar en clase, puedes hacer amigos si hablas con quien tienes al lado. Que en una terraza puedes compartir de verdad con quien estás. Que en una sala de espera puedes cruzar una conversación inesperada.

Que hay muchas cosas que solo pasan… si estás presente.

Hoy te invito a algo muy sencillo: Para dos minutos, mira tu móvil y pregúntate, ¿todo lo que tengo aquí me compensa? Quizá no hace falta desinstalar nada, o quizá sí, quizá te venga bien probar, eliminar una, dos aplicaciones.

Darte un poco de espacio, pasar por ese pequeño “mono”. En dos semanas probablemente ya no las eches de menos. (Aunque esto no es matemático, cada uno lleva su ritmo).

Y quizá, en ese espacio que se abre, vuelva algo sencillo: Mirar alrededor, levantar la cabeza, hablar con quien tienes al lado. Porque la vida, muchas veces, no está en la pantalla, está justo delante.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.