Ayer,
al salir de clase, me encontré con una escena que empieza a ser demasiado
habitual. Siete alumnos esperando para entrar a la siguiente clase. Siete, cada
uno con su móvil, mirando la pantalla. Nadie hablaba con nadie. Silencio
compartido… pero no compartido del todo.
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| Caricatura basada en la imagen de ayer al salir de clase |
Ayer
les dije que había hecho una foto y les pregunté si les importaba que la
compartiera. Nadie contestó. Me quedé un rato hablando con ellos. La mayoría
guardaron el móvil y escucharon. Pero nadie contestó. Ese silencio me llamó la
atención.
Llego
la compañera que iba a dar clase después, iba a hablar sobre la escucha,
comentamos con ellos, que escucharon y no hablaron. Por la tarde me mandó otra
imagen: Una familia en una terraza, los padres con un niño pequeño, cada uno
con su pantalla.
Esto
ya no es algo puntual. Lo vemos en el metro, en las salas de espera, en las
terrazas, en casa. Incluso cuando estamos con gente conocida.
Hemos
dejado de interactuar con quien tenemos al lado… para interactuar con una
pantalla.
Escuché
a Pau Doménech decir algo que me hizo mucho sentido: el móvil nos aleja de
quien tenemos cerca para “acercarnos” a quien está lejos. Y tiene algo de
paradoja. Porque muchas veces, en ese acercarnos a lo lejano, nos estamos
perdiendo lo cercano.
Por la
tarde estuve con mi primo Francisco. Me contó que había desinstalado varias
aplicaciones del móvil. Redes sociales, algún juego… cosas con las que sentía
que estaba enganchado.
Ahora
está incómodo. Tiene el impulso de coger el móvil y no encontrar lo que antes
estaba ahí. Está, como él dice, “con el mono”. Pero también sabe algo
importante: el mono se pasa. Está en ese momento incómodo en el que se rompe un
hábito, en el que eliges no hacer lo automático, en el que empiezas a recuperar
espacio y tiempo.
Y eso
me hizo conectar las dos escenas del día.
- Por un lado, la inercia: sacar el móvil sin pensar, refugiarnos en la pantalla, evitar el vacío, el silencio o incluso el contacto.
- Por otro, la decisión: parar, revisar, quitar lo que no suma, recuperar la atención.
No se trata de demonizar el móvil. Es una herramienta increíble. Nos conecta, nos facilita, nos acerca a muchas cosas valiosas. Pero también nos distrae, nos engancha y, a veces, nos aleja de lo que tenemos justo delante.
Mi
sensación, y puedo estar equivocado, es que cuando estás esperando para entrar
en clase, puedes hacer amigos si hablas con quien tienes al lado. Que en una
terraza puedes compartir de verdad con quien estás. Que en una sala de espera
puedes cruzar una conversación inesperada.
Que hay muchas cosas que solo pasan… si estás
presente.
Hoy te
invito a algo muy sencillo: Para dos minutos, mira tu móvil y pregúntate, ¿todo
lo que tengo aquí me compensa? Quizá no hace falta desinstalar nada, o quizá sí,
quizá te venga bien probar, eliminar una, dos aplicaciones.
Darte
un poco de espacio, pasar por ese pequeño “mono”. En dos semanas probablemente
ya no las eches de menos. (Aunque esto no es matemático, cada uno lleva su
ritmo).
Y
quizá, en ese espacio que se abre, vuelva algo sencillo: Mirar alrededor, levantar
la cabeza, hablar con quien tienes al lado. Porque la vida, muchas veces, no está en la pantalla, está justo delante.
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