sábado, 25 de julio de 2026

La vida no siempre pide cita previa

En unos días nos íbamos de vacaciones. Era un plan esperado desde hace tiempo. Descansar, desconectar, estar con la familia y disfrutar de unos días sin horarios.

Sin embargo, este año las vacaciones han llegado acompañadas de otra realidad.

He empezado la rehabilitación del codo después de la operación. Y justo ahora aparece una decisión incómoda: si me voy de vacaciones, interrumpo la rehabilitación durante esos días. Si me quedo, mantengo el tratamiento, pero renuncio a compartir ese tiempo con mi familia.

Existe una tercera opción (casi siempre existe). Volver para hacer la rehabilitación y regresar de nuevo con ellos. Un viaje de cuatro horas para cuarenta y cinco minutos de ejercicios. Al día siguiente, otra vez; y de nuevo volver. No parece la alternativa más cómoda, pero finalmente tomo esta opción.

No es perfecta. Me habría gustado pasar todas las vacaciones con mi familia, sin interrupciones. Pero ahora mismo hay algo que tiene más prioridad. Recuperar bien el codo.

Eso no significa que las vacaciones hayan dejado de ser importantes. Siguen siéndolo. Descansar y compartir tiempo con quienes quieres siempre merece la pena. Lo que ocurre es que, en este momento, ha aparecido algo que pesa más en la balanza.

Y eso me ha hecho pensar que la importancia nunca es absoluta. Es comparativa, es relativa.

Algo nos parece muy importante... hasta que sucede otra cosa que cambia completamente el orden de nuestras prioridades. Un problema de salud, un accidente, una enfermedad de alguien cercano o una situación inesperada pueden hacer que aquello que ocupaba el primer lugar pase, de repente, al segundo, al tercero o incluso deje de tener relevancia.

La vida reorganiza nuestras prioridades con una rapidez sorprendente. El problema aparece cuando seguimos dedicando tiempo y energía a lo que ayer era importante, aunque hoy ya no lo sea.

Muchas veces no necesitamos hacer más cosas.

Necesitamos decidir mejor cuáles merecen realmente nuestro tiempo.

Cuando las prioridades están claras, muchas decisiones dejan de ser tan difíciles. Puede que no nos gusten. Puede que impliquen renuncias. Pero al menos sabemos por qué las tomamos.

En mi caso, la prioridad ahora es la rehabilitación, después vendrá todo lo demás.

Y dentro de ese "todo lo demás", intentaré hacer lo mejor posible. Compartiré con mi familia todos los momentos que pueda, disfrutaré de los días que estemos juntos, descansaré cuando sea posible.

No será el verano que imaginábamos. Puede ser el mejor verano posible dadas las circunstancias.

Quizá esa sea una buena forma de ordenar la vida, colocar primero lo prioritario. Y, con el tiempo que queda, hacer lo mejor que podamos con todo lo demás.

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martes, 21 de julio de 2026

La vida no siempre pide cita previa

Hay personas que disfrutan planificando hasta el último detalle. Otras prefieren levantarse sin saber muy bien cómo acabará el día. No creo que exista una única forma correcta de hacerlo.

Planificar tiene muchas ventajas: Nos ayuda a avanzar, a priorizar lo importante y a no dejar que las urgencias decidan por nosotros. El problema no suele ser el plan.

El problema aparece cuando nos aferramos tanto a él que dejamos de ver todo lo que ocurre alrededor.

Si programas cada minuto del día, ¿Dónde cabe una conversación que merece prolongarse un poco más? ¿Dónde entra ese amigo que te llama para tomar un café? ¿Qué haces cuando descubres un lugar precioso que no estaba en tu itinerario y no puedes detenerte porque "no toca"?

A veces, la agenda se convierte en una especie de camisa de fuerza. En lugar de ser una herramienta para vivir mejor, acaba diciéndonos cómo tenemos que vivir.

Y eso ocurre tanto en el trabajo como fuera de él. En el trabajo nos enseñan a planificar proyectos, reuniones, entregas y objetivos. Y es necesario hacerlo. Aunque también he comprobado que muchas de las mejores ideas nacen cuando alguien hace una pregunta inesperada, cuando una conversación deriva hacia otro tema o cuando una visita improvisada nos hace ver un problema desde una perspectiva completamente distinta.

También sucede en las vacaciones. Conozco personas que vuelven agotadas de recorrer cinco ciudades en seis días. Han visto todo lo que figuraba en la guía de viaje, pero apenas recuerdan un momento especial. Han estado tan pendientes de cumplir el plan que no han tenido tiempo para disfrutar del camino.

Sin embargo, muchas veces lo que permanece en la memoria no es el monumento más famoso, sino aquella terraza en la que terminaste hablando con un desconocido, el pueblo al que llegaste por equivocación, la playa que encontraste porque decidiste desviarte unos kilómetros o esa sobremesa que se alargó sin mirar el reloj.

Lo mejor del viaje, con frecuencia, no estaba previsto.

Pensamos que controlar cada detalle nos dará más tranquilidad. Pero controlar tanto, también tiene un precio: reduce el espacio para la sorpresa, para la creatividad, para la espontaneidad y para esos pequeños regalos que la vida ofrece cuando no estamos demasiado ocupados intentando que todo salga exactamente como habíamos imaginado.

No estoy proponiendo vivir sin organización. De hecho, me gusta planificar. Pero intento dejar algunos huecos sin rellenar.

He descubierto que esos espacios vacíos no son tiempo perdido. Son el lugar donde muchas veces aparece lo que realmente merece la pena.

¿Cuánto espacio quieres dejar para que la vida pueda sorprenderte?

Cada persona necesita un equilibrio diferente. Hay quien funciona mejor con una estructura muy marcada y quien necesita más libertad para sentirse vivo. Ninguna opción es mejor que la otra, siempre que haya sido elegida conscientemente y no por costumbre.

Al fin y al cabo, una agenda completamente llena transmite una sensación de control. Pero una agenda con algunos huecos transmite algo quizá todavía más valioso: tiempo para aquello que todavía no sabes que va a ocurrir.

¿Cuánto espacio dejas en tu vida para lo inesperado? ¿Necesitas más planificación… o un poco más de flexibilidad?

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sábado, 18 de julio de 2026

Cuando dar un paso al lado también es avanzar

Hay decisiones que sorprenden más que cualquier ascenso. No porque sean difíciles de entender, sino porque van en dirección contraria a lo que la mayoría espera.

Durante años nos preparan para asumir más responsabilidades. Primero coordinas un pequeño equipo, después diriges un servicio, un departamento o una empresa. Desde fuera parece el camino natural, cada nuevo cargo es un reconocimiento al trabajo realizado.

Pero casi nadie habla del momento en que uno siente que esa etapa ha terminado. No porque haya salido mal, ni porque exista un conflicto, tampoco porque se haya perdido la ilusión por el proyecto o el cariño por las personas. Simplemente porque descubre que quiere aportar desde otro lugar.

Me recuerda, salvando todas las distancias, a esas parejas que se aprecian profundamente, que se desean lo mejor y que, aun así, comprenden que ya no quieren seguir siendo pareja. No hay enfado, no hay reproches, solo la certeza de que la relación necesita transformarse.

Con los puestos de responsabilidad puede ocurrir algo parecido. Uno puede sentirse orgulloso de lo vivido, agradecer la confianza recibida y seguir apreciando enormemente a sus compañeros. Y, al mismo tiempo, sentir que ha llegado el momento de dejar de dirigir para volver a disfrutar del trabajo de base.

Porque dirigir tiene muchas satisfacciones, pero también un peso que casi nunca se ve: Las decisiones difíciles, los conflictos que hay que mediar, la preocupación por el equipo, los problemas que te acompañan de camino a casa (incluso de vacaciones) y que, muchas veces, siguen contigo cuando intentas dormir.

Hay trabajos que terminan cuando sales por la puerta y responsabilidades que ocupan también una parte de la noche.

Quizá por eso llega un momento en que algunos médicos desean volver a centrarse en sus pacientes. Algunos profesores prefieren dedicar más tiempo a enseñar e investigar que a gestionar reuniones. Algunos ingenieros disfrutan más resolviendo problemas que organizando agendas.

No porque dirigir sea peor. Simplemente porque descubren que aquello que les hizo enamorarse de su profesión sigue estando en el trabajo cotidiano.

Lo curioso es que esta decisión puede generar incomprensión. "Pero ¿cómo vas a dejarlo si lo estás haciendo bien?"

Una organización también necesita personas que sepan cuándo ha llegado el momento de facilitar el relevo. Permanecer indefinidamente no siempre es la mejor forma de servir. A veces, el mayor acto de liderazgo consiste en confiar en que otros también pueden hacerlo bien.

No somos directores, jefes o responsables, solo desempeñamos ese papel durante un tiempo. Cuando dejamos de ocuparlo, seguimos siendo la misma persona, con la misma experiencia, con el mismo compromiso. Solo cambia el lugar desde el que contribuimos.

En el Camino de Santiago aprendí que ningún peregrino pretende quedarse para siempre en el albergue donde mejor le trataron. Lo agradece, descansa, da las gracias... y continúa caminando.

Tal vez los puestos de responsabilidad se parezcan un poco a esos albergues. Son etapas, no destinos.

Quizá una vida bien vivida no consista en subir cada vez más alto, sino en elegir, una y otra vez, el lugar desde el que queremos seguir aportando.

Porque, al final, no siempre avanzar significa ocupar un puesto más importante.

A veces, avanzar consiste simplemente en recuperar aquello que un día nos hizo disfrutar de nuestro trabajo.

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