Hay
una paradoja interesante: queremos que el tiempo libre siga siendo libre, pero
encontrarnos con otros requiere reservarle un lugar. Ninguna de las dos
necesidades es caprichosa. Después de una semana llena de horarios, apetece
decidir sobre la marcha; al mismo tiempo, si todos esperamos a ver qué nos
apetece en el último momento, quizá no lleguemos a vernos.
Me
gusta dejar algunas tardes y algunos fines de semana sin planes; de hecho, ahora
tengo este y los dos próximos sin planificar, libres de todo compromiso. No
porque no quiera hacer nada, sino para ir viendo qué surge. A veces termino
dando un paseo, leyendo o encontrándome con alguien de forma inesperada. Otras,
simplemente descubro que necesitaba descansar. Creo que es lo que necesito.
Vivimos
con la agenda bastante llena. Por eso, cuando aparece un hueco libre, apetece
dejarlo en blanco. Fluir nos da un
descanso de los horarios, deja espacio a la espontaneidad y nos permite atender
a cómo estamos ese día. A mí me gusta tener ese margen para preguntarme “¿qué
me apetece hoy?” y poder hacerle caso a la respuesta.
También
sé que un plan demasiado cerrado puede pesar. Si llega el día y ya no tenemos
ganas o energía, algo que nos apetecía puede empezar a sentirse como una
obligación. Y cuando eso ocurre, pierde parte de su sabor.
Pero también
hay otra cosa que observo: si dejo todo para cuando surja, algunos encuentros
que deseo no llegan a suceder. Una conversación larga, una excursión o una
comida con alguien a quien hace tiempo que no veo necesitan que coincidamos. Y,
con la vida que lleva cada uno, coincidir por casualidad no siempre es fácil.
Con la
planificación ocurre algo parecido. A veces proponemos una fecha porque nos
ilusiona ver a alguien y queremos hacerle sitio. Otras, porque nos incomoda la
incertidumbre y necesitamos saber ya qué haremos. Vale la pena preguntarnos
desde dónde estamos decidiendo, sin juzgar ninguna de esas necesidades.
Quizá
esa sea la paradoja: a veces necesitamos
poner una fecha para poder encontrarnos y, una vez juntos, fluir. Podemos
quedar para dar un paseo sin decidir la ruta, o reservar una tarde sin saber
todavía en qué acabará. El acuerdo hace posible el encuentro; no tiene por qué
dictar lo que ocurrirá después.
No
siempre sé encontrar el equilibrio. Hay fines de semana en los que agradezco no
tener nada previsto y otros en los que echo de menos haber hecho sitio a
alguien. Tal vez se trate de escuchar ambas necesidades: dejar aire en la
agenda y cuidar los encuentros que nos importan.
¿Para
qué necesitas una fecha y qué prefieres dejar abierto?
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