Hay
una pregunta aparentemente sencilla que, a determinadas alturas de la vida,
puede resultar sorprendentemente difícil de responder: ¿Qué quieres?
No qué
debes hacer, no qué esperan de ti, no qué sería lo más razonable, no qué
conviene a los demás, no qué toca ahora. ¿Qué
quieres tú?
Cuántas
veces he oído “No sé lo que quiero” y cuánta gente ni siquiera se lo plantea. Parece
fácil, prueba a responder sin pensar demasiado.
Durante
buena parte de nuestra vida aprendemos a movernos alrededor del “debo”: debo
estudiar, debo trabajar, debo ser responsable, debo ocuparme de mis hijos, debo
atender a mis padres, debo cumplir con mis compromisos, debo terminar esto, debo
contestar aquello, debo aprovechar el tiempo, debo hacer ejercicio, debo comer
mejor, debo llamar a no sé quién...
Muchos
de esos “debo” son necesarios, incluso elegidos. Forman parte de hacernos
responsables de nuestra propia vida y de convivir con otras personas.
El
problema aparece cuando el “debo” ocupa tanto espacio que dejamos de escuchar
el “quiero”.
Podemos
acostumbrarnos tanto a responder a obligaciones, compromisos y expectativas
que, cuando finalmente aparece un espacio vacío, no sabemos qué hacer con él.
Imagínate que mañana tienes una tarde completamente libre. Nadie te necesita, no tienes trabajo pendiente, no hay recados ni compromisos familiares. No tienes que aprovecharla para nada. ¿Qué harías? Quizá la primera respuesta sea precisamente buscar algo que hacer.
Ordenar
un armario, adelantar trabajo, responder unos correos, hacer esa compra que
tienes pendiente, aprovechar para hacer deporte. Es curioso: incluso cuando
desaparecen temporalmente las obligaciones, podemos inventarnos otras nuevas.
Nos
hemos acostumbrado tanto a hacer lo que toca que hemos olvidado preguntarnos
qué nos apetece. De tanto atender al
deber, podemos perder el contacto con nuestro propio deseo.
Cuando
somos pequeños solemos tener bastante claro lo que queremos: quiero jugar, quiero salir, quiero ese
juguete, quiero quedarme un rato más... Después aprendemos que no siempre
podemos hacer lo que queremos. Y menos mal. Aprendemos a esperar, a renunciar,
a cumplir obligaciones, a tener en cuenta a otras personas y a aceptar que
vivir supone también hacer muchas cosas que no nos apetecen. Forma parte de
madurar.
Pero
quizá podemos pasarnos de frenada: aprendemos
a no hacer siempre lo que queremos y podemos terminar sin saber qué queremos.
Hay
personas tremendamente responsables que llevan años cumpliendo perfectamente con
todo lo que se supone que tienen que hacer. Y un día se preguntan: ¿Y ahora qué quiero yo? Y no encuentran
una respuesta clara.
Reconectar
con lo que queremos no significa convertirnos en personas caprichosas ni
empezar a abandonar nuestras responsabilidades. No se trata de sustituir todos los “debo” por “quiero”. Se trata de
recuperar cierto equilibrio.
Volver
a escuchar esa parte de nosotros que sabe (o alguna vez supo) qué cosas nos
producen curiosidad, ilusión, placer, energía o ganas de vivir.
No
hace falta empezar preguntándonos por las grandes decisiones: ¿Qué quiero hacer
con mi vida? Podemos empezar mucho más cerca: ¿qué me apetece hacer esta tarde?,
¿con quién quiero pasar tiempo?, ¿qué conversación llevo tiempo queriendo
tener?, ¿qué me gustaría aprender?, ¿a qué lugar me apetecería volver?, ¿qué
actividad abandoné y echo de menos?, ¿qué hago únicamente porque llevo muchos
años haciéndolo?, ¿qué incorporaría a mi vida si tuviera un poco más de
espacio? Podemos hacer algo simplemente porque nos gusta.
Reconectar
con el deseo tiene que ver con hacer sitio en la agenda y en la mente. Cuando
vivimos permanentemente ocupados, resulta difícil escuchar qué queremos.
También
necesita cierta valentía, porque descubrir lo que queremos puede resultar
incómodo: podemos descubrir que queremos cambiar cosas, que algunas actividades
ya no nos interesan, que determinadas relaciones necesitan más espacio y otras
menos o que aquello que queríamos hace veinte años ya no es lo que queremos
ahora. Nosotros cambiamos y nuestros
deseos también.
No
creo que una buena vida consista en hacer siempre lo que queremos, ni tampoco en
hacer siempre lo que debemos. Probablemente se construya en algún lugar entre el “debo” y el “quiero”.
Podemos
pasar tantos años siendo responsables de nuestra vida que terminemos
olvidándonos de vivirla. Así que quizá merezca la pena reservar de vez en
cuando unos minutos para una pregunta aparentemente sencilla:
Si
por un momento dejara de pensar en todo lo que debo hacer, ¿qué querría hacer?
Y
después esperar un poco, sin responder demasiado rápido, a ver qué aparece.
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