sábado, 7 de noviembre de 2026

Ser suficientemente bueno puede ser suficiente

Vivimos rodeados de exigencias. Queremos hacer bien nuestro trabajo, ser buenos padres, buenas parejas, buenos amigos, cuidar nuestra salud, atender nuestras responsabilidades y encontrar tiempo para todo.

Muchas veces, por mucho que hagamos, tenemos la sensación de que no es suficiente. Siempre podríamos haber hecho algo más, haberlo hecho mejor o haber dedicado más tiempo a alguna de las personas o actividades que nos importan.

El pediatra y psicoanalista Donald Winnicott introdujo el concepto de madre suficientemente buena. Una madre que no necesita ser perfecta, que puede equivocarse, que no siempre acierta, pero que ofrece a su hijo el cuidado, la atención y la seguridad que necesita para desarrollarse. Una madre que, además, va adaptándose a las necesidades de su hijo, permitiéndole experimentar pequeñas frustraciones y aprender a desenvolverse por sí mismo.

Me gusta este concepto y creo que podemos extenderlo a muchos otros ámbitos de nuestra vida.

Podemos ser profesionales suficientemente buenos, sin necesidad de hacerlo todo de manera impecable. Amigos suficientemente buenos, sin estar siempre disponibles ni encontrar siempre las palabras adecuadas. Parejas suficientemente buenas, sin acertar en todas nuestras decisiones, pero procurando cuidar la relación. Padres suficientemente buenos, sin tener todas las respuestas ni saber siempre qué es lo mejor para nuestros hijos.

Ser suficientemente bueno no significa conformarse con cualquier cosa ni renunciar a mejorar. Significa hacer las cosas lo mejor que podamos, con los recursos, el tiempo y las circunstancias que tenemos, sin exigirnos una perfección que difícilmente podremos alcanzar.

Tenemos que aprender a aceptar nuestras limitaciones. No podemos estar en todas partes, atender todas las necesidades, cumplir todas las expectativas ni dar el cien por cien en todos los ámbitos de nuestra vida. Habrá días en los que tengamos más energía para el trabajo y otros en los que necesitemos dedicar más tiempo a nuestra familia o, simplemente, a nosotros mismos. Habrá momentos en los que, por mucho que queramos, no podamos con todo.

Elegir dedicar tiempo a algo supone, inevitablemente, dejar de dedicarlo a otras cosas. No tenemos por qué sentirnos culpables por ello.

Ser suficientemente buenos también implica aceptar que nos vamos a equivocar. En ocasiones diremos algo que haga daño, tomaremos una decisión equivocada, no estaremos cuando alguien nos necesite o no responderemos como nos habría gustado. Lo importante no es conseguir que eso nunca suceda, sino aprender a reconocer nuestros errores, pedir perdón y tratar de reparar el daño que hayamos podido causar.

No se trata de justificar nuestros errores, sino de asumir nuestra responsabilidad y aprender de ellos.

A veces, la búsqueda de la perfección nos impide disfrutar de lo que ya tenemos y de lo que ya somos. Terminamos tan pendientes de lo que nos falta por hacer, de aquello en lo que deberíamos mejorar o de lo que podríamos haber hecho de otra manera, que nos olvidamos de reconocer todo lo que sí estamos haciendo bien.

Me gusta pensar que podemos aspirar a ser mejores personas sin vivir permanentemente insatisfechos con quienes somos. Una vida que no necesita ser perfecta para merecer ser vivida y disfrutada; para ser suficientemente buena.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí y conecta conmigo.

lunes, 2 de noviembre de 2026

Cuando no hacemos nada, algo se hace en nosotros

Este fin de semana me he permitido estar en el no hacer.

La noche del sábado al domingo la he pasado sentado alrededor de un fuego, acompañado de un grupo de personas. Celebrábamos la Noche de Muertos, una noche especial para recordar a quienes nos precedieron, sentirlos cerca acompañándonos y acompañarlos. Para volver a conectar con nuestras raíces y con ese largo linaje de personas que, de una forma u otra, nos ha hecho ser quienes somos.

Porque no empezamos en nosotros mismos. Somos también el resultado de las vidas de quienes estuvieron antes, de sus decisiones, sus esfuerzos, sus alegrías y sus sufrimientos. Llevamos algo de todos ellos dentro de nosotros. Y recordarlos es también una manera de agradecer lo recibido y reconocer de dónde venimos.

Nos sentamos alrededor del fuego poco después de que anocheciera y permanecimos allí hasta que llegaron las primeras luces del amanecer.

Toda una noche sin hacer nada.

Sin móviles, sin tareas pendientes, sin ningún lugar al que llegar. Simplemente estar. Contemplar las llamas, escuchar el crepitar de la leña y dejar que las horas transcurrieran. Una de las personas se encargaba de mantener vivo el fuego. Los demás permanecíamos en silencio o cantando todos juntos.

Sin embargo, en aquella aparente quietud estaban sucediendo muchas cosas.

A medida que avanzaba la noche, algo parecía ir aclarándose dentro de mí. Sin buscar respuestas, algunas fueron apareciendo. Sin intentar ordenar mis pensamientos, fueron encontrando su lugar. Fui sintiendo con más claridad dónde estoy, cómo estoy y hacia dónde quiero caminar.

Quizá recordar de dónde venimos también nos ayuda a comprender hacia dónde queremos ir.

Cuando llegó el amanecer, la experiencia todavía no había terminado. Preparamos un temazcal, una ceremonia ancestral en la que el calor, el vapor y la oscuridad nos invitan a mirar hacia dentro. Fue como cerrar un círculo. Durante la noche habíamos dejado que algo se moviera dentro de nosotros. Ahora llegaba el momento de limpiar, de soltar, de dejar marchar aquello que ya no necesitábamos seguir cargando.

Primero dejar que las cosas aparezcan. Después, permitir que algunas se vayan.

Recordé entonces una idea de Claudio Naranjo, que defendía el valor del no hacer. Una idea que podría resumirse así: cuando nosotros no hacemos nada, algo se hace en nosotros.

Vivimos en una sociedad que nos empuja constantemente a hacer. Producir, resolver, contestar, avanzar, aprovechar cada minuto. Incluso cuando descansamos, parece que necesitamos justificar ese descanso por lo que nos permitirá hacer después.

Nos cuesta estar sin hacer nada. Nos incomoda el silencio. Nos inquieta la sensación de estar perdiendo el tiempo. Pero quizá no todo se consigue haciendo más.

A veces necesitamos dejar de intervenir, de controlar, de buscar soluciones. Permitir que las cosas reposen. Dar tiempo a que las emociones se asienten, a que las ideas maduren y a que aparezca lo que el ruido cotidiano no nos deja escuchar.

Como sucede con el agua turbia, que necesita permanecer quieta para que los sedimentos se depositen y podamos ver con claridad lo que hay en el fondo.

Quizá también nosotros necesitamos detenernos para poder ver con claridad.

Me gusta planificar, tener claros mis objetivos y saber hacia dónde quiero caminar. Pero cada vez soy más consciente de que, para saber hacia dónde queremos ir, a veces necesitamos dejar de caminar.

Este fin de semana he pasado una noche entera sin hacer nada y tengo la sensación de haber aprovechado profundamente ese tiempo. Al salir del temazcal, sentí que algo dentro de mí estaba más claro y que algo de lo que llevaba encima pesaba un poco menos.

A veces, para avanzar en la vida, necesitamos detenernos, recordar de dónde venimos, dejar que algo se haga en nosotros y soltar lo que ya no necesitamos para seguir caminando.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí y conecta conmigo. 

viernes, 30 de octubre de 2026

Ser fuerte no significa no necesitar que me cuiden

A veces, quienes nos rodean se acostumbran tanto a nuestra fortaleza que dejan de ver nuestra fragilidad.

Si eres de esas personas que siempre están disponibles, que resuelven problemas, que escuchan, que ayudan, que cuidan de los demás y que parecen poder con todo, es fácil que quienes te rodean terminen acostumbrándose a verte así. Como alguien que siempre está bien, que tiene recursos para salir adelante y que no necesita demasiada ayuda.

Poco a poco, esa fortaleza que los demás reconocen en ti puede convertirse en una especie de obligación. Parece que tienes que seguir siendo fuerte, incluso cuando estás cansado, cuando las cosas se complican o cuando simplemente no puedes más.

Porque ser fuerte no significa no ser vulnerable. Y cuidar de los demás no significa no necesitar que alguien te cuide.

Todos tenemos momentos difíciles. Días en los que nos faltan las fuerzas, en los que las preocupaciones se acumulan, en los que nos sentimos desbordados o en los que algo nos duele por dentro, aunque por fuera sigamos sonriendo y haciendo lo que tenemos que hacer.

Sin embargo, cuando los demás están acostumbrados a nuestra fortaleza, puede resultar difícil que perciban ese sufrimiento. No necesariamente porque no les importemos, sino porque han aprendido a vernos de una determinada manera. Nos han colocado, quizá sin darse cuenta, en el papel de quienes siempre pueden con todo.

A veces incluso nosotros mismos contribuimos a mantener esa imagen. Nos cuesta reconocer que estamos mal, pedir ayuda o mostrar nuestra fragilidad. Tal vez porque no queremos preocupar a nadie, porque pensamos que hay personas que están peor o porque sentimos que deberíamos ser capaces de afrontar solos lo que nos sucede.

No necesitamos demostrar que nuestro sufrimiento es suficientemente importante como para merecer cariño. No hace falta llegar al límite, derrumbarse o tener un problema extraordinariamente grave para necesitar atención, compañía o un abrazo.

Lo que nos duele, nos duele. Y eso ya es motivo suficiente para que merezca ser escuchado. A veces no necesitamos tanto pedir que nos cuiden como sentir que alguien se da cuenta de que necesitamos cuidados. A veces, sentirse visto ya es una forma de sentirse cuidado.

Que alguien nos mire con atención y nos pregunte cómo estamos. Que no se conforme con nuestro habitual “bien” y se interese de verdad por lo que nos pasa. Que se acerque, que nos escuche, que nos dedique un rato de su tiempo o que simplemente se siente a nuestro lado. En ocasiones basta con sentir que no estamos solos, que alguien se ha dado cuenta de que estamos atravesando un momento complicado y quiere acompañarnos.

Por supuesto, los demás no pueden adivinar lo que sentimos ni lo que necesitamos. También es nuestra responsabilidad aprender a expresar nuestras emociones, reconocer nuestras limitaciones y pedir ayuda cuando la necesitamos. Esperar que los demás descubran siempre lo que nos pasa puede llevarnos a sentirnos incomprendidos y generar frustración.

Esta reflexión me invita a mirar de otra manera a quienes tenemos cerca. Especialmente a esas personas que siempre están ahí cuando las necesitamos, que parecen tenerlo todo bajo control y que rara vez se quejan.

Porque detrás de alguien que siempre sonríe puede haber tristeza. Detrás de quien siempre ayuda puede haber cansancio. Y detrás de quien parece tener una fortaleza inagotable puede haber alguien que está deseando que, por una vez, sea otro quien se ocupe de él.

Quizá hoy sea un buen día para acercarnos a alguna de esas personas que siempre están pendientes de los demás y hacerles una pregunta sencilla, pero sincera:

¿Y tú, cómo estás?

Y, sobre todo, quedarnos el tiempo suficiente para escuchar la respuesta.

Porque ser fuerte no significa no necesitar que me cuiden. Y porque, a veces, lo que más necesitamos no es que alguien nos ayude a seguir siendo fuertes, sino que nos permita, por un momento, no tener que serlo.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí y conecta conmigo.