martes, 21 de julio de 2026

La vida no siempre pide cita previa

Hay personas que disfrutan planificando hasta el último detalle. Otras prefieren levantarse sin saber muy bien cómo acabará el día. No creo que exista una única forma correcta de hacerlo.

Planificar tiene muchas ventajas: Nos ayuda a avanzar, a priorizar lo importante y a no dejar que las urgencias decidan por nosotros. El problema no suele ser el plan.

El problema aparece cuando nos aferramos tanto a él que dejamos de ver todo lo que ocurre alrededor.

Si programas cada minuto del día, ¿Dónde cabe una conversación que merece prolongarse un poco más? ¿Dónde entra ese amigo que te llama para tomar un café? ¿Qué haces cuando descubres un lugar precioso que no estaba en tu itinerario y no puedes detenerte porque "no toca"?

A veces, la agenda se convierte en una especie de camisa de fuerza. En lugar de ser una herramienta para vivir mejor, acaba diciéndonos cómo tenemos que vivir.

Y eso ocurre tanto en el trabajo como fuera de él. En el trabajo nos enseñan a planificar proyectos, reuniones, entregas y objetivos. Y es necesario hacerlo. Aunque también he comprobado que muchas de las mejores ideas nacen cuando alguien hace una pregunta inesperada, cuando una conversación deriva hacia otro tema o cuando una visita improvisada nos hace ver un problema desde una perspectiva completamente distinta.

También sucede en las vacaciones. Conozco personas que vuelven agotadas de recorrer cinco ciudades en seis días. Han visto todo lo que figuraba en la guía de viaje, pero apenas recuerdan un momento especial. Han estado tan pendientes de cumplir el plan que no han tenido tiempo para disfrutar del camino.

Sin embargo, muchas veces lo que permanece en la memoria no es el monumento más famoso, sino aquella terraza en la que terminaste hablando con un desconocido, el pueblo al que llegaste por equivocación, la playa que encontraste porque decidiste desviarte unos kilómetros o esa sobremesa que se alargó sin mirar el reloj.

Lo mejor del viaje, con frecuencia, no estaba previsto.

Pensamos que controlar cada detalle nos dará más tranquilidad. Pero controlar tanto, también tiene un precio: reduce el espacio para la sorpresa, para la creatividad, para la espontaneidad y para esos pequeños regalos que la vida ofrece cuando no estamos demasiado ocupados intentando que todo salga exactamente como habíamos imaginado.

No estoy proponiendo vivir sin organización. De hecho, me gusta planificar. Pero intento dejar algunos huecos sin rellenar.

He descubierto que esos espacios vacíos no son tiempo perdido. Son el lugar donde muchas veces aparece lo que realmente merece la pena.

¿Cuánto espacio quieres dejar para que la vida pueda sorprenderte?

Cada persona necesita un equilibrio diferente. Hay quien funciona mejor con una estructura muy marcada y quien necesita más libertad para sentirse vivo. Ninguna opción es mejor que la otra, siempre que haya sido elegida conscientemente y no por costumbre.

Al fin y al cabo, una agenda completamente llena transmite una sensación de control. Pero una agenda con algunos huecos transmite algo quizá todavía más valioso: tiempo para aquello que todavía no sabes que va a ocurrir.

¿Cuánto espacio dejas en tu vida para lo inesperado? ¿Necesitas más planificación… o un poco más de flexibilidad?

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sábado, 18 de julio de 2026

Cuando dar un paso al lado también es avanzar

Hay decisiones que sorprenden más que cualquier ascenso. No porque sean difíciles de entender, sino porque van en dirección contraria a lo que la mayoría espera.

Durante años nos preparan para asumir más responsabilidades. Primero coordinas un pequeño equipo, después diriges un servicio, un departamento o una empresa. Desde fuera parece el camino natural, cada nuevo cargo es un reconocimiento al trabajo realizado.

Pero casi nadie habla del momento en que uno siente que esa etapa ha terminado. No porque haya salido mal, ni porque exista un conflicto, tampoco porque se haya perdido la ilusión por el proyecto o el cariño por las personas. Simplemente porque descubre que quiere aportar desde otro lugar.

Me recuerda, salvando todas las distancias, a esas parejas que se aprecian profundamente, que se desean lo mejor y que, aun así, comprenden que ya no quieren seguir siendo pareja. No hay enfado, no hay reproches, solo la certeza de que la relación necesita transformarse.

Con los puestos de responsabilidad puede ocurrir algo parecido. Uno puede sentirse orgulloso de lo vivido, agradecer la confianza recibida y seguir apreciando enormemente a sus compañeros. Y, al mismo tiempo, sentir que ha llegado el momento de dejar de dirigir para volver a disfrutar del trabajo de base.

Porque dirigir tiene muchas satisfacciones, pero también un peso que casi nunca se ve: Las decisiones difíciles, los conflictos que hay que mediar, la preocupación por el equipo, los problemas que te acompañan de camino a casa (incluso de vacaciones) y que, muchas veces, siguen contigo cuando intentas dormir.

Hay trabajos que terminan cuando sales por la puerta y responsabilidades que ocupan también una parte de la noche.

Quizá por eso llega un momento en que algunos médicos desean volver a centrarse en sus pacientes. Algunos profesores prefieren dedicar más tiempo a enseñar e investigar que a gestionar reuniones. Algunos ingenieros disfrutan más resolviendo problemas que organizando agendas.

No porque dirigir sea peor. Simplemente porque descubren que aquello que les hizo enamorarse de su profesión sigue estando en el trabajo cotidiano.

Lo curioso es que esta decisión puede generar incomprensión. "Pero ¿cómo vas a dejarlo si lo estás haciendo bien?"

Una organización también necesita personas que sepan cuándo ha llegado el momento de facilitar el relevo. Permanecer indefinidamente no siempre es la mejor forma de servir. A veces, el mayor acto de liderazgo consiste en confiar en que otros también pueden hacerlo bien.

No somos directores, jefes o responsables, solo desempeñamos ese papel durante un tiempo. Cuando dejamos de ocuparlo, seguimos siendo la misma persona, con la misma experiencia, con el mismo compromiso. Solo cambia el lugar desde el que contribuimos.

En el Camino de Santiago aprendí que ningún peregrino pretende quedarse para siempre en el albergue donde mejor le trataron. Lo agradece, descansa, da las gracias... y continúa caminando.

Tal vez los puestos de responsabilidad se parezcan un poco a esos albergues. Son etapas, no destinos.

Quizá una vida bien vivida no consista en subir cada vez más alto, sino en elegir, una y otra vez, el lugar desde el que queremos seguir aportando.

Porque, al final, no siempre avanzar significa ocupar un puesto más importante.

A veces, avanzar consiste simplemente en recuperar aquello que un día nos hizo disfrutar de nuestro trabajo.

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martes, 14 de julio de 2026

Reconectar con el cuerpo

¿Qué tal has dormido? Cada vez veo más gente que, antes de contestar, mira el reloj o el móvil y contesta: Pues… seis horas y cuarenta y tres minutos. Sueño profundo: una hora y doce. Calidad del sueño: 81%.

Me pregunto si, sin esa pantalla, sabríamos responder.

Quizá antes diríamos algo mucho más sencillo: he descansado; me he levantado cansado; me noto pesado; hoy tengo mucha energía.

Lo mismo ocurre con los pasos. Terminamos el día y, antes de preguntarnos cómo están nuestras piernas o cómo nos sentimos, miramos el reloj para comprobar si hemos llegado a los diez mil pasos.

Las herramientas tecnológicas pueden ser muy útiles. Nos aportan información valiosa. El problema aparece cuando dejamos de escucharnos para escuchar únicamente los datos.

Algo parecido ha ocurrido con el GPS. Nos lleva exactamente a donde queremos ir, pero muchos hemos perdido parte de la capacidad para orientarnos. Cuanto más dependemos de la tecnología, menos entrenamos ese "mapa interno".

Con el cuerpo puede estar sucediendo algo parecido:

  • En lugar de preguntarnos "¿cómo estoy?", preguntamos al reloj.
  • En lugar de sentir el cansancio, consultamos una gráfica.
  • En lugar de notar la respiración, esperamos a que una aplicación nos diga si estamos estresados.

Sin embargo, el cuerpo suele saber muchas cosas antes que nuestra cabeza.

Cuando volvemos a escucharlo empezamos a descubrir relaciones que antes pasaban desapercibidas. Hoy he dormido mal… ¿ha sido por el calor? ¿Porque cené demasiado tarde? ¿Porque llevo varios días preocupado? ¿Porque necesito descansar más?

A veces podremos cambiar la causa, otras no, pero comprender de dónde viene lo que sentimos ya cambia nuestra manera de vivirlo.

El cuerpo también nos avisa mucho antes de que seamos conscientes de lo que nos ocurre. Unos hombros que llevan días tensos, una mandíbula apretada, un nudo en el estómago o una respiración cada vez más superficial suelen ser mensajes que pasamos por alto. Si aprendemos a escucharlos, muchas veces podemos cuidar de nosotros antes de que el malestar acabe convirtiéndose en agotamiento, ansiedad o enfermedad.

Además, el cuerpo siempre vive en el presente. Mientras la mente viaja constantemente al pasado o al futuro, el cuerpo solo puede estar aquí y ahora. Por eso, cuando conectamos con él, también nos resulta más fácil salir del piloto automático y volver a este instante.

Reconectar con el cuerpo también nos ayuda a reconectar con los demás. Cuando aprendemos a reconocer nuestras propias emociones, nos resulta mucho más fácil percibir las del otro. Comprendemos mejor un silencio, una mirada, un gesto o un cambio en el tono de voz. Esa capacidad de resonar con quien tenemos delante nace, en gran medida, de haber aprendido antes a escucharnos a nosotros mismos.

Las emociones se sienten antes de pensarse. El mejor sensor que tenemos para entender nuestra vida no está en la muñeca, está dentro de nosotros.

Los relojes inteligentes pueden decirnos cuántas horas hemos dormido o cuántos pasos hemos dado. Pero todavía no existe ningún dispositivo capaz de medir la paz, la serenidad, la ilusión o el bienestar de sentir que estamos viviendo la vida que queremos vivir.

Hoy, antes de mirar el reloj, prueba a hacer una pausa. Pregúntate simplemente: ¿Cómo estoy?

Escucha la respuesta antes de buscarla en una pantalla.

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