viernes, 14 de agosto de 2026

La paradoja de la flexibilidad. El problema “Tú que puedes…”

Hay una frase que probablemente hayan escuchado muchas veces los autónomos, profesionales liberales y, en general, quienes tienen cierta flexibilidad para organizar su tiempo: "Ya que tú puedes...".

Es el problema que yo denomino “Tú que puedes…”; que yo también he sufrido porque tengo flexibilidad:

  • Ya que tú puedes, lleva el coche al taller.
  • Ya que tú puedes, acompaña al niño al médico.
  • Ya que tú puedes, recoge este paquete.
  • Ya que tú puedes, haz esta gestión.

Es verdad, puedes. Lo que es una ventaja envenenada, porque hay veces que poder hacer algo termina convirtiéndose en tener que hacerlo.

Quien tiene un horario de trabajo tiene una magnífica respuesta: "No puedo, estoy trabajando".

Quien organiza su propio horario lo tiene más complicado: "Podría, pero estoy trabajando".

Porque puedes ir al médico a las once, puedes hacer una gestión a las doce, puedes recoger al niño a las dos. Pero después tienes que trabajar.

El informe sigue esperando, los correos siguen llegando, el cliente necesita una respuesta. El trabajo no desaparece, simplemente se desplaza.

Paradójicamente, quien tiene más flexibilidad puede terminar teniendo más dificultades para organizar su tiempo.

Algo parecido ocurre con el teletrabajo. Como estás en casa, parece que estás disponible. Pero flexibilidad no significa disponibilidad.

  • La flexibilidad consiste en poder decidir cómo organizas tu tiempo.
  • La disponibilidad supone que ese tiempo está a disposición de los demás.

También nosotros contribuimos a veces al problema. Como podemos trabajar después, aceptamos el recado. Como podemos recuperar esas dos horas por la tarde, interrumpimos lo que estamos haciendo. Y terminamos trabajando cuando los demás ya han terminado.

Quizá la solución sea sencilla: poner horario también a lo que no tiene horario. Si has decidido trabajar de nueve a doce, esas horas están ocupadas, aunque estés en casa, aunque puedas salir, aunque técnicamente puedas hacer el recado.

No se trata de perder la flexibilidad, se trata de decidir tú cuándo utilizarla.

Habrá ocasiones en las que merezca la pena aprovecharla para acompañar a alguien al médico o resolver una gestión. Esa es precisamente una de sus ventajas.

Pero debería ser una elección, no una obligación.

Quizá tengamos que aprender a responder alguna vez al "ya que tú puedes...": "Sí, puedo. Pero ahora estoy trabajando".

Porque tener flexibilidad con tu tiempo no significa que tu tiempo esté siempre disponible.

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martes, 28 de julio de 2026

Descubrir formas de relacionarse con las personas y el entorno

El incendio de la Sierra de Ávila obligaba, el sábado, a evacuar el encuentro de adolescentes de la Fundación Claudio Naranjo en el que estaba participando mi hija Sofía.

Desde el jueves convivíamos con una cierta incertidumbre por la evolución del incendio. Ayudaba saber que estaban bien y confiar en un equipo que supo gestionar la situación con una serenidad admirable.

Zaida, una de las madres del encuentro, abrió las puertas de su casa para acoger a los cincuenta adolescentes y a todo el equipo. Gracias a ese gesto pudieron pasar allí la noche con tranquilidad hasta que, al día siguiente, los padres fuimos para recogerlos.

No es un gesto cualquiera. Abrir la puerta de tu casa a cincuenta adolescentes no es solo ofrecer un techo, es abrir un espacio de confianza, es decir con los hechos: "Aquí cabéis todos". Eso habla de una manera de relacionarse.

El domingo, mientras compartíamos tiempo al recogerles, nos informaron de que “El Corralón”, en Casavieja, el lugar donde habían vivido el encuentro durante toda la semana, había sido arrasado por el fuego.

La tristeza por la pérdida se podía sentir. Algunos lugares dejan de ser solo un edificio para convertirse en el escenario donde suceden experiencias que cambian a las personas.

Durante esos días y en años anteriores, aquel lugar había acogido experiencias, conversaciones, silencios, risas, lágrimas, abrazos y descubrimientos. Había sido el hogar temporal de cincuenta adolescentes que estaban aprendiendo algo que rara vez se enseña en un aula.

Caricatura inspirada en el encuentro de adolescentes de la Fundacion en el año 2025
Estos días los han dedicado especialmente a observar cómo se relacionan consigo mismos, cómo se relacionan con otros adolescentes, con sus padres, con sus hermanos y con los adultos. A descubrir desde dónde se relacionan y hacia dónde quieren caminar. Me parece una propuesta preciosa.

Invertimos muchos años en enseñar conocimientos a nuestros hijos. Matemáticas, idiomas, tecnología... Y apenas dedicamos tiempo a ayudarles a comprender cómo viven sus relaciones, cuando probablemente de ellas dependa buena parte de su bienestar. Algo que también nos puede venir bien a los mayores.

Siento que ya el año pasado mi hija Sofía descubrió nuevas formas de relacionarse. Parece una obviedad, pero no lo es. Cuando somos adolescentes (y muchas veces también cuando somos adultos) tendemos a pensar que la forma en la que vivimos las relaciones en casa, en el colegio o en nuestro grupo de amigos es simplemente "lo normal".

Hasta que un día descubres personas que escuchan antes de responder, que pueden discrepar sin atacar, poner límites sin dejar de cuidar o mostrar lo que sienten sin necesidad de esconderse. Entonces entiendes que no existe una única manera de relacionarse

Existen otras formas de relacionarse, y puedes elegir cómo quieres hacerlo tú. Puedes decidir qué tipo de relaciones quieres construir y con qué personas quieres compartirlas.

Creo que ese descubrimiento, con diecisiete años, es un regalo para toda la vida.

Las relaciones no solo transforman a las personas, también crean comunidades. Quizá por eso Zaida abrió las puertas de su casa sin pensárselo demasiado. Quizá por eso tantos antiguos participantes, familias y amigos se han ofrecido ya para ayudar a recuperar El Corralón. Un espacio con el que también nos relacionamos.

Cuando un lugar ha sido construido para favorecer encuentros auténticos, termina generando una comunidad, que también cuida de ese lugar. Los edificios pueden quemarse y las relaciones permanecen.

Por eso estoy convencido de que El Corralón volverá a levantarse. No solo porque se reconstruyan unas paredes, sino porque detrás hay una comunidad que cree profundamente en lo que allí sucede.

Con seguridad voy a volver a ese lugar que ya siento un poco mío y que forma parte de la historia de vida de mi hija.

No quiero terminar sin expresar un profundo agradecimiento a la Fundación Claudio Naranjo y, muy especialmente, al equipo encabezado por Martín, Patricia y María, junto con el resto de monitores y guías.

Ellos no solo han acompañado a nuestros hijos. También nos han acompañado a los padres durante unos días especialmente difíciles. La información llegó cuando tenía que llegar, con cercanía, serenidad y transparencia. En medio de la incertidumbre supieron transmitir confianza.

Y, sobre todo, quiero agradecerles algo más profundo: la forma de estar con los adolescentes. En el encuentro no solo hablaron de las relaciones, las vivieron.

Acompañar así no consiste únicamente en organizar actividades. Requiere haber recorrido antes un camino de trabajo personal. Porque resulta muy difícil ayudar a otros a relacionarse si antes no has aprendido a relacionarte contigo mismo y con los demás.

Los adolescentes aprenden mucho menos de lo que les decimos que de cómo nos ven relacionarnos. Lo más valioso de este encuentro ha sido mostrarles con el ejemplo formas de relacionarse, tanto con las personas como con los lugares y las situaciones.

Las personas construimos relaciones, y las buenas relaciones terminan construyendo comunidades.

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sábado, 25 de julio de 2026

La vida no siempre pide cita previa

En unos días nos íbamos de vacaciones. Era un plan esperado desde hace tiempo. Descansar, desconectar, estar con la familia y disfrutar de unos días sin horarios.

Sin embargo, este año las vacaciones han llegado acompañadas de otra realidad.

He empezado la rehabilitación del codo después de la operación. Y justo ahora aparece una decisión incómoda: si me voy de vacaciones, interrumpo la rehabilitación durante esos días. Si me quedo, mantengo el tratamiento, pero renuncio a compartir ese tiempo con mi familia.

Existe una tercera opción (casi siempre existe). Volver para hacer la rehabilitación y regresar de nuevo con ellos. Un viaje de cuatro horas para cuarenta y cinco minutos de ejercicios. Al día siguiente, otra vez; y de nuevo volver. No parece la alternativa más cómoda, pero finalmente tomo esta opción.

No es perfecta. Me habría gustado pasar todas las vacaciones con mi familia, sin interrupciones. Pero ahora mismo hay algo que tiene más prioridad. Recuperar bien el codo.

Eso no significa que las vacaciones hayan dejado de ser importantes. Siguen siéndolo. Descansar y compartir tiempo con quienes quieres siempre merece la pena. Lo que ocurre es que, en este momento, ha aparecido algo que pesa más en la balanza.

Y eso me ha hecho pensar que la importancia nunca es absoluta. Es comparativa, es relativa.

Algo nos parece muy importante... hasta que sucede otra cosa que cambia completamente el orden de nuestras prioridades. Un problema de salud, un accidente, una enfermedad de alguien cercano o una situación inesperada pueden hacer que aquello que ocupaba el primer lugar pase, de repente, al segundo, al tercero o incluso deje de tener relevancia.

La vida reorganiza nuestras prioridades con una rapidez sorprendente. El problema aparece cuando seguimos dedicando tiempo y energía a lo que ayer era importante, aunque hoy ya no lo sea.

Muchas veces no necesitamos hacer más cosas.

Necesitamos decidir mejor cuáles merecen realmente nuestro tiempo.

Cuando las prioridades están claras, muchas decisiones dejan de ser tan difíciles. Puede que no nos gusten. Puede que impliquen renuncias. Pero al menos sabemos por qué las tomamos.

En mi caso, la prioridad ahora es la rehabilitación, después vendrá todo lo demás.

Y dentro de ese "todo lo demás", intentaré hacer lo mejor posible. Compartiré con mi familia todos los momentos que pueda, disfrutaré de los días que estemos juntos, descansaré cuando sea posible.

No será el verano que imaginábamos. Puede ser el mejor verano posible dadas las circunstancias.

Quizá esa sea una buena forma de ordenar la vida, colocar primero lo prioritario. Y, con el tiempo que queda, hacer lo mejor que podamos con todo lo demás.

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