El
domingo participé en una Ceremonia de Fuego Maya-Tsotsil, guiada por Josefa,
una mujer de Fuego Maya-Tsotsil, llegada desde México para compartir parte de
la sabiduría recibida de su tradición.
Podría
hablar del fuego, del Calendario Maya, de los ancestros, de las ofrendas o de
muchas de las cosas que nos ha explicado y han sucedido durante la mañana. Pero
me quedo especialmente con algo aparentemente más sencillo: la importancia de
los rituales.
En
nuestra cultura también los tenemos. Yo he crecido dentro de la tradición
católica y, aunque muchas veces podamos realizar sus ritos casi
automáticamente, si los observamos con atención están llenos de símbolos: el
agua, el pan, el vino, las velas, el incienso, imponer las manos, guardar
silencio, caminar en procesión... No todo se explica. Hay cosas que también se
representan, se celebran y se viven con el cuerpo.
Creo
que ahí hay un aprendizaje que trasciende las creencias concretas. Vivimos en
una sociedad en la que intentamos comprender casi todo desde la cabeza. Leemos,
pensamos, analizamos, hablamos, hacemos cursos, escuchamos podcasts... Pero una
cosa es entender algo y otra bastante diferente integrarlo y llevarlo a la
vida.
Los
rituales son una forma de tender un puente entre la cabeza y la vida; entre la
mente y el cuerpo.
Un
ritual nos obliga a detenernos. Crea un espacio y un tiempo diferentes. Pone atención
donde normalmente habría prisa y convierte una intención en un gesto. Algo que
podríamos pensar durante unos segundos adquiere otra importancia cuando lo
escribimos, lo pronunciamos, lo compartimos o lo representamos simbólicamente.
Durante
la ceremonia de hoy han aparecido dos preguntas que ya me he encontrado en
otros momentos y que me parecen especialmente poderosas: ¿qué necesitas soltar?
y ¿cuál es tu intención?
Qué te está lastrando y hacia dónde
quieres ir.
Necesitamos
las dos cosas. Podemos tener muy claro aquello que queremos dejar atrás, pero
no saber hacia dónde dirigirnos. Y también podemos saber perfectamente dónde
queremos llegar mientras continuamos cargando con cosas que dificultan el
camino.
Soltar peso y elegir dirección.
El fuego
de hoy permitía representar ambas cosas. Y ahí entiendo mejor la fuerza del
ritual: no porque el fuego vaya a resolver aquello que nosotros no resolvamos,
sino porque convierte una idea en una experiencia. Hace visible algo que estaba
dentro. Le da un momento, un gesto y un lugar. Y quizá por eso sea más fácil
recordarlo cuando volvamos a nuestra vida cotidiana.
Porque
al terminar cualquier ceremonia volvemos a la misma vida. Ahí empieza lo
importante.
De
poco sirve quemar simbólicamente aquello que quiero soltar si mañana vuelvo a
agarrarlo con las dos manos. De poco sirve expresar una intención si después
mis decisiones siguen llevándome en dirección contraria.
El
ritual puede ayudarnos a tomar conciencia. La vida es donde tenemos que ponerlo
en práctica.
Todas
las culturas han creado ceremonias para acompañar los grandes momentos:
nacimientos, paso a la edad adulta, matrimonios, muerte, despedidas, comienzos,
agradecimientos, pérdidas o celebraciones. Las formas cambian, las creencias
cambian, los símbolos cambian, pero parece permanecer una misma necesidad
humana: marcar determinados momentos para poder darles significado e
integrarlos.
Tenemos
mucho que aprender de los pueblos ancestrales. Y quizá también tengamos mucho
que redescubrir en nuestras propias tradiciones, incluso en aquellos ritos que
hemos repetido tantas veces que hemos dejado de preguntarnos qué significan.
Hoy,
alrededor del fuego, me he quedado con eso: no siempre basta con comprender
algo, a veces necesitamos representarlo, sentirlo y ritualizarlo para hacerlo
nuestro.
Y
después, cuando el fuego se apaga y termina la ceremonia, queda lo
verdaderamente difícil: llevarlo a la vida.
¿Qué necesitas soltar tú? ¿Y hacia dónde
quieres ir?
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