lunes, 31 de agosto de 2026

Volver de vacaciones y no morir en el intento

Volver de vacaciones tiene algo curioso: regresas descansado… y basta con abrir el correo para que se te pase un poco. 😅

Mensajes sin leer, tareas pendientes, cosas que se quedaron a medias antes de irte, otras que han aparecido mientras no estabas, reuniones que hay que preparar, llamadas que devolver… De repente, parece que todo es urgente y que todo debería estar hecho ya.

Es fácil sentirse abrumado, incluso empezar a ponerse nervioso pensando en todo lo que hay que hacer. Puede surgir una idea aparentemente razonable: “Hoy me pongo al día”.

Por ahí puede empezar el problema. Porque cuanto más intentas abarcar, más fácil es saltar de una cosa a otra, empezar muchas y terminar pocas, y así acabar el día agotado, frustrado y con la sensación de que sigues teniendo demasiadas cosas pendientes.

Volver de vacaciones y querer recuperar en un solo día todo lo que no has hecho durante dos o tres semanas suele ser una pésima idea.

Hay algo que intento recordarme cuando me encuentro ante una montaña de pendientes: No tienes que hacerlo todo, solo tienes que hacer lo siguiente.

Ponerse al día también lleva su tiempo. Primero hay que mirar qué tienes delante, ordenar, distinguir lo importante de lo que simplemente hace ruido y decidir por dónde empezar. Después, ir resolviendo las cosas de una en una y asumir que algunas pueden esperar un día más. Y probablemente otras puedan esperar bastante más.

No intentes recuperar en dos días todo lo que se ha acumulado durante semanas. Recupera primero tu ritmo, vuelve a tus rutinas, establece prioridades, reserva tiempo para lo importante y deja que los días hagan su trabajo.

Porque muchas veces el problema no es la cantidad de cosas pendientes, sino querer resolverlas todas mentalmente al mismo tiempo.

Dentro de unos días mirarás atrás y probablemente descubrirás que aquella montaña que parecía enorme ha ido desapareciendo casi sin darte cuenta.

No necesitas ponerte al día hoy, necesitas empezar hoy a ponerte al día.

¿También te abruma la vuelta de vacaciones cuando ves todo lo que te espera?

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sábado, 29 de agosto de 2026

Vivir 365 días o vivir el mismo día 365 veces

Escribo todos los días una breve reflexión en LinkedIn. Hace unos diez días, por la mañana, mi hermana me dijo que empezaba a resultar un poco repetitivo escribiendo tanto sobre gestión del tiempo, la vida y esas cosas sobre las que suelo escribir. Por la tarde, un amigo remató la faena: “Es que escribes todos los días. Al final cansa”.

Mi respuesta fue sencilla: no hace falta que me leáis todos los días 😂.

Después me quedé pensando en eso de la repetición. La vida está llena de cosas que repetimos: dormimos todos los días, comemos todos los días, nos duchamos, trabajamos, hablamos con las mismas personas, recorremos muchas veces los mismos caminos. Y no pasa nada.

Hay cosas que merece la pena repetir, incluso algunas funcionan precisamente porque las repetimos.

Desde hace unas semanas, por ejemplo, todos los días hago prácticamente los mismos ejercicios para recuperar mi codo. Los repito conscientemente porque sé para qué los hago y porque esa repetición, poco a poco, produce resultados.

Hacer ejercicio, leer, aprender, cuidar a alguien, decir te quiero, quedar con los amigos… Hay repeticiones que construyen nuestra vida.

El problema no es repetir, el problema es repetir sin darnos cuenta lo que ni nos gusta ni nos aporta.

Todos hemos vivido alguna vez esa sensación extraña de llegar al trabajo y apenas recordar el camino que hemos recorrido. Hemos conducido, parado en los semáforos, girado donde correspondía y aparcado. Pero como hacemos el mismo trayecto todos los días, nuestro cerebro ha puesto el piloto automático.

Algo parecido puede ocurrirnos con la vida. Levantarnos, trabajar, comer, mirar el móvil, cenar, acostarnos… y volver a empezar. Un día detrás de otro. Hasta que un año puede terminar siendo el mismo día vivido 365 veces.

Vivir no consiste en buscar permanentemente cosas nuevas. Tampoco necesitamos 365 aventuras diferentes. Se trata más bien de estar presentes en aquello que hacemos, aunque lo hayamos hecho cientos de veces. Y, de vez en cuando, introducir algo que haga que hoy no sea simplemente una copia de ayer.

Porque hay una gran diferencia entre vivir 365 días y vivir el mismo día 365 veces.

Por cierto, mañana probablemente volveré a hacer mis ejercicios del codo y también volveré a escribir. Lo llevo haciendo estos diez días, para eso he esperado, para ver como me sienta la repetición.

Mi hermana y mi amigo ya saben que, aunque escriba, no tienen por qué leerlo 😜.

Te invito a hacerte una pregunta: ¿Qué cosas repites conscientemente y cuáles haces ya con el piloto automático?

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jueves, 27 de agosto de 2026

Tanto tiempo haciendo lo que debo que no sé lo que quiero

Hay una pregunta aparentemente sencilla que, a determinadas alturas de la vida, puede resultar sorprendentemente difícil de responder: ¿Qué quieres?

No qué debes hacer, no qué esperan de ti, no qué sería lo más razonable, no qué conviene a los demás, no qué toca ahora. ¿Qué quieres tú?

Cuántas veces he oído “No sé lo que quiero” y cuánta gente ni siquiera se lo plantea. Parece fácil, prueba a responder sin pensar demasiado.

Durante buena parte de nuestra vida aprendemos a movernos alrededor del “debo”: debo estudiar, debo trabajar, debo ser responsable, debo ocuparme de mis hijos, debo atender a mis padres, debo cumplir con mis compromisos, debo terminar esto, debo contestar aquello, debo aprovechar el tiempo, debo hacer ejercicio, debo comer mejor, debo llamar a no sé quién...

Muchos de esos “debo” son necesarios, incluso elegidos. Forman parte de hacernos responsables de nuestra propia vida y de convivir con otras personas.

El problema aparece cuando el “debo” ocupa tanto espacio que dejamos de escuchar el “quiero”.

Podemos acostumbrarnos tanto a responder a obligaciones, compromisos y expectativas que, cuando finalmente aparece un espacio vacío, no sabemos qué hacer con él.


Imagínate que mañana tienes una tarde completamente libre. Nadie te necesita, no tienes trabajo pendiente, no hay recados ni compromisos familiares. No tienes que aprovecharla para nada. ¿Qué harías? Quizá la primera respuesta sea precisamente buscar algo que hacer.

Ordenar un armario, adelantar trabajo, responder unos correos, hacer esa compra que tienes pendiente, aprovechar para hacer deporte. Es curioso: incluso cuando desaparecen temporalmente las obligaciones, podemos inventarnos otras nuevas.

Nos hemos acostumbrado tanto a hacer lo que toca que hemos olvidado preguntarnos qué nos apetece. De tanto atender al deber, podemos perder el contacto con nuestro propio deseo.

Cuando somos pequeños solemos tener bastante claro lo que queremos:  quiero jugar, quiero salir, quiero ese juguete, quiero quedarme un rato más... Después aprendemos que no siempre podemos hacer lo que queremos. Y menos mal. Aprendemos a esperar, a renunciar, a cumplir obligaciones, a tener en cuenta a otras personas y a aceptar que vivir supone también hacer muchas cosas que no nos apetecen. Forma parte de madurar.

Pero quizá podemos pasarnos de frenada: aprendemos a no hacer siempre lo que queremos y podemos terminar sin saber qué queremos.

Hay personas tremendamente responsables que llevan años cumpliendo perfectamente con todo lo que se supone que tienen que hacer. Y un día se preguntan: ¿Y ahora qué quiero yo? Y no encuentran una respuesta clara.

Reconectar con lo que queremos no significa convertirnos en personas caprichosas ni empezar a abandonar nuestras responsabilidades. No se trata de sustituir todos los “debo” por “quiero”. Se trata de recuperar cierto equilibrio.

Volver a escuchar esa parte de nosotros que sabe (o alguna vez supo) qué cosas nos producen curiosidad, ilusión, placer, energía o ganas de vivir.

No hace falta empezar preguntándonos por las grandes decisiones: ¿Qué quiero hacer con mi vida? Podemos empezar mucho más cerca: ¿qué me apetece hacer esta tarde?, ¿con quién quiero pasar tiempo?, ¿qué conversación llevo tiempo queriendo tener?, ¿qué me gustaría aprender?, ¿a qué lugar me apetecería volver?, ¿qué actividad abandoné y echo de menos?, ¿qué hago únicamente porque llevo muchos años haciéndolo?, ¿qué incorporaría a mi vida si tuviera un poco más de espacio? Podemos hacer algo simplemente porque nos gusta.

Reconectar con el deseo tiene que ver con hacer sitio en la agenda y en la mente. Cuando vivimos permanentemente ocupados, resulta difícil escuchar qué queremos.

También necesita cierta valentía, porque descubrir lo que queremos puede resultar incómodo: podemos descubrir que queremos cambiar cosas, que algunas actividades ya no nos interesan, que determinadas relaciones necesitan más espacio y otras menos o que aquello que queríamos hace veinte años ya no es lo que queremos ahora. Nosotros cambiamos y nuestros deseos también.

No creo que una buena vida consista en hacer siempre lo que queremos, ni tampoco en hacer siempre lo que debemos. Probablemente se construya en algún lugar entre el “debo” y el “quiero”.

Podemos pasar tantos años siendo responsables de nuestra vida que terminemos olvidándonos de vivirla. Así que quizá merezca la pena reservar de vez en cuando unos minutos para una pregunta aparentemente sencilla:

Si por un momento dejara de pensar en todo lo que debo hacer, ¿qué querría hacer?

Y después esperar un poco, sin responder demasiado rápido, a ver qué aparece.

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