Hace
tres semanas me caí de la bicicleta y me fracturé la cabeza del radio. No era
la mejor noticia, pero parecía una lesión relativamente sencilla: paciencia,
algo de dolor, rehabilitación y poco a poco volver a la normalidad. Al menos
ese era el plan.
Durante
estas semanas he ido adaptándome. Escribir con la izquierda, hacer algunas
cosas más despacio, pedir ayuda para otras y asumir ciertas limitaciones
temporales. No era agradable, pero parecía que el camino estaba claro.
Sin
embargo, en la revisión me encontré con una sorpresa. El diagnóstico no era
exactamente el que pensábamos. Hay fragmentos sueltos de la cabeza del radio y
finalmente será necesaria una operación.
Cuando parece que ya has entendido lo que
está pasando, la vida vuelve a cambiar el guion.
Yo ya
había construido mentalmente una historia: la fractura estaba ahí, la
recuperación estaba en marcha y era cuestión de tiempo; Había aceptado ese
escenario. Lo que me costó fue descubrir que la historia era otra, he necesitado
un tiempo para adaptarme. Muchas veces sufrimos más por nuestras expectativas
que por la realidad.
La
realidad no tiene la obligación de cumplir nuestros planes, ni
nuestros plazos, ni nuestras previsiones, ni nuestras ganas de que todo vuelva
a ser como antes.
Quizá
por eso una de las asignaturas más difíciles de la vida sea la paciencia. Una
materia que casi nadie quiere estudiar y en la que, tarde o temprano, todos
acabamos matriculándonos.
Lo que más cuesta muchas veces no es el dolor, lo difícil es esperar: pruebas, resultados, una llamada, una operación, a recuperar movilidad, a volver a hacer cosas que dabas por hechas.
Vivimos
en una cultura que premia la velocidad. Queremos respuestas inmediatas,
entregas en un día, mensajes contestados en minutos y soluciones rápidas para
cualquier problema.
Pero la vida tiene sus plazos.
Hay
procesos que solo avanzan al ritmo que pueden avanzar. Como una planta. Podemos
regarla, cuidarla y procurar que tenga buena tierra, pero no podemos hacerla
crecer más rápido tirando del tallo. De hecho, si tiramos demasiado,
probablemente la arranquemos.
Con
las personas sucede algo parecido. Hay heridas que necesitan tiempo, aprendizajes
que necesitan tiempo, recuperaciones que necesitan tiempo.
Hay momentos en los que la mejor
estrategia no consiste en hacer más, sino en desesperarse menos.
No
significa resignarse. Significa aceptar la realidad tal como es para poder
actuar sobre lo que sí depende de nosotros.
En mi
caso, ahora toca seguir las indicaciones de quienes saben más que yo, cuidar lo
que puedo cuidar, agradecer el trabajo de los profesionales que me están
atendiendo y dejarme ayudar por las personas que tengo alrededor.
Porque
otra cosa que estas situaciones recuerdan es que nadie sale adelante
completamente solo. Cuando las fuerzas, la movilidad o la autonomía disminuyen,
descubres cuánto valen quienes te acompañan.
Aunque
el camino no sea el que habíamos imaginado, podemos seguir avanzando paso a
paso. Aunque sea más despacio de lo que nos gustaría.
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