jueves, 26 de marzo de 2026

Hacer lo que te sienta bien (que ya sabes lo que es)

Llevo cuatro días haciendo yoga en casa. Lo había dejado y mi espalda empezaba a recordármelo. Nada dramático, pero sí ese aviso suave que, si lo ignoras, acaba subiendo el volumen.

He vuelto a algo muy sencillo, entre 20 y 30 minutos al día, sin épica, sin matarme y en cuatro días… he mejorado un montón. Conclusión: hacer yoga me sienta bien.

Lo sé y aun así no lo hago con la regularidad que me vendría bien. Y esto no solo me pasa a mí.

Hace tiempo, en un café, un compañero me dijo que desde que había dejado de correr por las mañanas se encontraba peor. Pregunté: “¿Y por qué no vuelves?”. Me dijo que le costaba, que iba a las 6 de la mañana. Mi respuesta fue sencilla: “Bueno… pero dices que te sienta bien”. Volvió a correr y ahí sigue, feliz, le felicito por ello.

La mayoría de las cosas que nos sientan bien son sencillas. No suelen ser grandes decisiones ni cambios radicales. A veces es: un paseo corto al sol, parar cinco minutos antes de empezar el día (quizá meditar), charlar con alguien con calma, cenar una manzana y un yogurt, moverte un poco. Cada uno tiene las suyas.

Lo interesante es que, en el fondo, lo sabemos. Y aun así… no lo hacemos. Nos entretenemos, nos dispersamos, nos liamos con otras cosas. A veces porque lo que nos apetece no es lo que nos sienta bien. Otras veces porque hacer lo que te sienta bien implica dejar de hacer lo que no. Y eso ya cuesta más.

A veces hace falta un esfuerzo. Yo suelo decir (medio en broma, medio en serio) que a mí no me gusta ir al gimnasio… a mí lo que me gusta es haber ido al gimnasio. Porque cuando sales, lo notas, en el cuerpo, en la cabeza. Curiosamente, cuando repites… empieza a gustarte también el proceso, hasta ir al gimnasio.

No hace falta complicarlo, cuidarte no tiene por qué llevar horas, ni requiere un plan perfecto. Empieza por algo sencillo. De hecho, puede ser tan simple como esto: Haz una lista de cosas que sabes que te sientan bien. Y luego… haz alguna, al menos una hoy.

Porque cuando haces lo que te sienta bien: tienes más energía, estás de mejor humor, y eso… cambia muchas cosas.

Si quieres encontrarte mejor, seguramente ya sabes lo que te sienta bien.

Hoy te dejo una invitación sencilla: haz algo que te siente bien.

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domingo, 22 de marzo de 2026

El foco y la constancia abren puertas que no te esperas

Ayer acompañé a mi amigo Félix a un taller de respiración en Burgos, al que asistió otro grupo de amigos, que nos encontramos de vez en cuando (gracias a CISA-Aspanias por abrir el espacio).

Félix lleva tiempo formándose, tiempo invirtiendo en afinar su manera de acompañar. Y eso se nota. No solo en lo que hace, sino en cómo está, en la calma, en la presencia, en la forma de sostener el espacio.

El resultado fue claro: una experiencia profundamente nutritiva para quienes estuvimos.

Esto es lo que ocurrió ayer, que parece magia. Para entenderlo hay que mirar todo lo que pasó antes. Porque lo que vivimos no fue solo “respirar”, fue parar, fue escucharnos. Fue permitir que el cuerpo hablara. Y el cuerpo, muchas veces, sabe antes que la cabeza.

En https://breathworkmadrid.com/ Félix explica cómo a través de la respiración, puedes influir en cómo te sientes, reducir el estrés, soltar tensión, aclarar lo que llevas dentro. Y, en muchas ocasiones, conectar con algo importante: qué necesitas y hacia dónde quieres ir.

Ese fue el ejercicio de ayer, practicar a escucharte, a parar, a elegir desde un lugar más consciente. En un espacio cuidado, con música inmersiva, combinado con los olores adecuados y con una guía en la forma de respirar. Cuando bajas el ruido, aparece la claridad. Y con ella, el propósito.

Como chiste se contaba que llevamos toda la vida respirando y a ver si ahora íbamos a aprender. Resulta que tenemos una herramienta sencilla que es probable estemos desaprovechando.

Félix tiene claro su propósito, que no es otro que acompañar a personas. En este caso a través de una vía concreta, la respiración.

El resultado no es casualidad, es elección, práctica y camino. Muchas veces pensamos que las oportunidades aparecen de repente. Que “se abren puertas” y no vemos el trabajo silencioso que hay antes. Las horas, la constancia y el foco. La apuesta por seguir cuando no hay aplausos.

Cuando dudas, cuando no sabes si esto llevará a algún sitio, y aun así, sigues. Hasta que un día, la puerta se abre y desde fuera parece suerte, pero no lo es. Es el resultado de haber estado llamando mucho tiempo.

Vivir tu tiempo también es esto: elegir en qué inviertes tu energía, sostenerlo y confiar en el proceso.

A veces no necesitas hacer más. Necesitas parar, respirar y escucharte. Y desde ahí… seguir caminando. Ayer lo vivimos en primera persona, fue un gusto acompañar a Félix y al resto del grupo.

Seguro que repetiremos.

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martes, 17 de marzo de 2026

Elegir para vivir

La idea de esta entrada me la sugirió un mensaje de voz de una amiga. Me contaba que últimamente le están saliendo muchos planes: gente que la llama, propuestas distintas, actividades que le apetecen… y a veces se encuentra dudando entre varias opciones que le gustan.

Creo que, en parte, le pasa porque está explorando qué es lo que realmente le gusta (para esto también hay que practicar). Cuando uno abre etapas nuevas en la vida, empiezan a aparecer más caminos, más posibilidades, más invitaciones. Y eso, que en el fondo es algo bueno, también puede traer cierta confusión.

A veces me pasa algo parecido.

De pronto tengo varios planes que me apetecen: una quedada con amigos en la ciudad, un paseo por el campo bien acompañado, un taller de esos que me gusta hacer, ir al teatro…

Las opciones pueden ser muchas. Demasiadas.

Y en el fondo ese es uno de los dilemas de nuestra sociedad: queremos llegar a todo. No solo en lo laboral. También como padres, como pareja, como amigos, como personas con inquietudes. Queremos trabajar bien, estar presentes en casa, cuidar las amistades, formarnos, hacer deporte, viajar, leer…

Y claro, cuando todo es interesante, todo apetece, aparece la sensación de que no deberíamos perdernos nada.

A esto se le ha puesto incluso un nombre: FOMO (Fear Of Missing Out), el miedo a perderse algo. Se suele asociar a las redes sociales, esa sensación de que otros están viviendo cosas que tú no, pero en realidad también aparece en nuestra vida cotidiana.

Ese pensamiento de: “¿Y si el plan al que no voy resulta ser el mejor?”.

Entonces intentamos hacerlo todo. Y ahí empieza el problema.

Es como quien va de viaje a Roma y quiere verlo absolutamente todo: el Coliseo, el Vaticano, las plazas, los museos, las fuentes, cada iglesia, cada rincón. Va corriendo de un sitio a otro, mirando el reloj, haciendo fotos rápidas… Y al final necesita vacaciones… para descansar del viaje.

Con los planes cotidianos pasa algo parecido.

Si tengo cuatro opciones que me apetecen, puedo intentar encajarlas todas. Pero entonces probablemente no estaré realmente presente en ninguna. Mientras estoy en una, ya estoy pensando en la siguiente. Llegaré justo, con prisa, mirando el móvil.

Y así, paradójicamente, termino perdiéndome lo que sí he elegido.

La alternativa más sencilla puede ser también la más sabia: si varias opciones son buenas, elige una y suelta las demás. Dedica dos minutos a decidir. Déjate llevar por el instinto. Y después comprométete con la elección.

Porque muchas veces la energía mental que gastamos dudando es mayor que el beneficio de encontrar la opción “perfecta”.

Además, siendo honestos, la opción perfecta no existe. La experiencia depende mucho más de cómo estés tú por dentro que del plan en sí. El mismo paseo puede ser maravilloso o irrelevante dependiendo de si estás presente o distraído. La misma cena puede ser un recuerdo precioso o un trámite más. No lo determina tanto el plan… como tu forma de vivirlo.

Por eso, cuando tengas varias opciones buenas delante, prueba algo distinto:

  • Elige sin dar demasiadas vueltas.
  • No te quedes rumiando lo que podrías haber hecho.
  • No revises mentalmente las alternativas descartadas.

Disfruta de la elegida.

Y, sobre todo, reconoce el privilegio: tener varias buenas opciones entre las que escoger es, en realidad, una suerte.

Así que elige. Suelta lo demás. Y vive lo que has elegido con presencia. Porque la vida no se vive intentando llegar a todo. Se vive estando de verdad en lo que decides vivir.

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