lunes, 24 de agosto de 2026

50 años volviendo a elegirse

Hace nueve días, el 15 de agosto, hemos celebrado las bodas de oro de mis tíos Florines y Dori. Cincuenta años de casados, ¡se dice pronto!

Cincuenta años dan para mucho. Para momentos buenos y malos. Para épocas en las que todo parece fluir y otras en las que seguramente hay que remar. Para celebrar, discutir, adaptarse, ceder, cambiar, criar hijos, despedir a personas queridas, recibir a otras nuevas y aprender a convivir no solo con quien tienes al lado, sino también con la persona en la que se va convirtiendo con los años.

Porque quizá ese sea uno de los grandes retos de una relación tan larga: no permanecemos cincuenta años siendo las mismas personas.

En su caso, además, la historia comenzó uniendo dos lugares y dos culturas bastante diferentes. Mi tío Florines, de Burgos. Mi tía Dori, de Fuerteventura. La Castilla de tierra adentro y una isla en medio del Atlántico. Distintas costumbres, familias, formas de hablar, maneras de relacionarse y probablemente también distintas formas de entender algunas cosas de la vida.

Cuando dos personas se unen, de alguna manera también se encuentran dos familias y dos historias. Construir una familia no consiste en conseguir que esas diferencias desaparezcan. Quizá consista precisamente en aprender a hacerles sitio.

Integrar formas diferentes de pensar, aceptar que el otro no tiene por qué ver el mundo como tú, negociar, ceder unas veces y mantenerse firme otras, incorporar tradiciones ajenas hasta que dejan de ser ajenas. Crear, poco a poco, una cultura nueva que ya no pertenece completamente a ninguno de los dos, sino a la familia que han construido juntos.

Me gustan especialmente este tipo de celebraciones. Una boda de oro no es solamente la celebración de dos personas que llevan cincuenta años casadas. Es también la celebración de todo lo que se ha construido alrededor de aquella decisión.

Hijos, parejas, nietos, familias de origen, amigos… Una enorme red de relaciones y de historias que probablemente no existiría de la misma manera si hace cincuenta años dos personas no hubieran decidido compartir su vida.

La celebración nos ha permitido reunir de nuevo a esa gran familia repartida entre Burgos y Fuerteventura. Para mí ha significado también reencontrarme con personas a las que veo cada ciertos años, pero que forman parte de mi historia desde que nací.

Cuando vuelves a encontrarte, aparecen recuerdos de diferentes momentos de tu vida. Personas que te conocieron de niño, con las que compartiste veranos, comidas, celebraciones o acontecimientos familiares. Mientras hablamos del presente, de alguna manera también estamos recorriendo nuestra propia biografía.

Las familias son también depositarias de nuestra memoria.

Me emocionó especialmente ver a mis tíos volver a hacer sus votos. Unos votos nuevos, que recogen lo vivido durante más 18.000 días, como recordó Florines.

Al comenzar los votos están llenos de futuro, de proyectos, expectativas y cosas todavía por descubrir. Cincuenta años después están llenas de pasado, además de volver a mirar a ese nuevo futuro juntos. Ya conocen las alegrías y las dificultades. Ya saben lo que ha significado convivir. Ya han visto cambiar al otro y han cambiado ellos mismos. Ya no prometen desde lo que imaginan que será la vida, sino desde todo lo que la vida realmente ha sido. Aun así, vuelven a decirse que sí.

Me parece una imagen preciosa: volver a elegirse después de conocer el camino.

No sé si el éxito de una pareja consiste simplemente en durar cincuenta años, seguramente no. Pero sí creo que hay algo admirable en construir juntos durante tanto tiempo, atravesando etapas y haciendo sitio a las diferencias, a los cambios y a todo lo inesperado que inevitablemente trae una vida.

Vivimos en una época en la que hablamos mucho de empezar de nuevo, cambiar, buscar otras experiencias o reinventarnos. Y todo eso puede ser necesario y valioso. Pero también merece la pena reconocer el valor de permanecer, cuidar y construir.

Porque hay cosas importantes que no se consiguen rápidamente, necesitan tiempo, mucho tiempo. Una familia es una de ellas.

Felicidades, tíos, por estos cincuenta años.

Gracias por recordarnos que compartir una vida no consiste únicamente en elegirse una vez. Consiste, quizá, en aprender a volver a elegirse muchas veces a lo largo del camino.

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viernes, 14 de agosto de 2026

La paradoja de la flexibilidad. El problema “Tú que puedes…”

Hay una frase que probablemente hayan escuchado muchas veces los autónomos, profesionales liberales y, en general, quienes tienen cierta flexibilidad para organizar su tiempo: "Ya que tú puedes...".

Es el problema que yo denomino “Tú que puedes…”; que yo también he sufrido porque tengo flexibilidad:

  • Ya que tú puedes, lleva el coche al taller.
  • Ya que tú puedes, acompaña al niño al médico.
  • Ya que tú puedes, recoge este paquete.
  • Ya que tú puedes, haz esta gestión.

Es verdad, puedes. Lo que es una ventaja envenenada, porque hay veces que poder hacer algo termina convirtiéndose en tener que hacerlo.

Quien tiene un horario de trabajo tiene una magnífica respuesta: "No puedo, estoy trabajando".

Quien organiza su propio horario lo tiene más complicado: "Podría, pero estoy trabajando".

Porque puedes ir al médico a las once, puedes hacer una gestión a las doce, puedes recoger al niño a las dos. Pero después tienes que trabajar.

El informe sigue esperando, los correos siguen llegando, el cliente necesita una respuesta. El trabajo no desaparece, simplemente se desplaza.

Paradójicamente, quien tiene más flexibilidad puede terminar teniendo más dificultades para organizar su tiempo.

Algo parecido ocurre con el teletrabajo. Como estás en casa, parece que estás disponible. Pero flexibilidad no significa disponibilidad.

  • La flexibilidad consiste en poder decidir cómo organizas tu tiempo.
  • La disponibilidad supone que ese tiempo está a disposición de los demás.

También nosotros contribuimos a veces al problema. Como podemos trabajar después, aceptamos el recado. Como podemos recuperar esas dos horas por la tarde, interrumpimos lo que estamos haciendo. Y terminamos trabajando cuando los demás ya han terminado.

Quizá la solución sea sencilla: poner horario también a lo que no tiene horario. Si has decidido trabajar de nueve a doce, esas horas están ocupadas, aunque estés en casa, aunque puedas salir, aunque técnicamente puedas hacer el recado.

No se trata de perder la flexibilidad, se trata de decidir tú cuándo utilizarla.

Habrá ocasiones en las que merezca la pena aprovecharla para acompañar a alguien al médico o resolver una gestión. Esa es precisamente una de sus ventajas.

Pero debería ser una elección, no una obligación.

Quizá tengamos que aprender a responder alguna vez al "ya que tú puedes...": "Sí, puedo. Pero ahora estoy trabajando".

Porque tener flexibilidad con tu tiempo no significa que tu tiempo esté siempre disponible.

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martes, 28 de julio de 2026

Descubrir formas de relacionarse con las personas y el entorno

El incendio de la Sierra de Ávila obligaba, el sábado, a evacuar el encuentro de adolescentes de la Fundación Claudio Naranjo en el que estaba participando mi hija Sofía.

Desde el jueves convivíamos con una cierta incertidumbre por la evolución del incendio. Ayudaba saber que estaban bien y confiar en un equipo que supo gestionar la situación con una serenidad admirable.

Zaida, una de las madres del encuentro, abrió las puertas de su casa para acoger a los cincuenta adolescentes y a todo el equipo. Gracias a ese gesto pudieron pasar allí la noche con tranquilidad hasta que, al día siguiente, los padres fuimos para recogerlos.

No es un gesto cualquiera. Abrir la puerta de tu casa a cincuenta adolescentes no es solo ofrecer un techo, es abrir un espacio de confianza, es decir con los hechos: "Aquí cabéis todos". Eso habla de una manera de relacionarse.

El domingo, mientras compartíamos tiempo al recogerles, nos informaron de que “El Corralón”, en Casavieja, el lugar donde habían vivido el encuentro durante toda la semana, había sido arrasado por el fuego.

La tristeza por la pérdida se podía sentir. Algunos lugares dejan de ser solo un edificio para convertirse en el escenario donde suceden experiencias que cambian a las personas.

Durante esos días y en años anteriores, aquel lugar había acogido experiencias, conversaciones, silencios, risas, lágrimas, abrazos y descubrimientos. Había sido el hogar temporal de cincuenta adolescentes que estaban aprendiendo algo que rara vez se enseña en un aula.

Caricatura inspirada en el encuentro de adolescentes de la Fundacion en el año 2025
Estos días los han dedicado especialmente a observar cómo se relacionan consigo mismos, cómo se relacionan con otros adolescentes, con sus padres, con sus hermanos y con los adultos. A descubrir desde dónde se relacionan y hacia dónde quieren caminar. Me parece una propuesta preciosa.

Invertimos muchos años en enseñar conocimientos a nuestros hijos. Matemáticas, idiomas, tecnología... Y apenas dedicamos tiempo a ayudarles a comprender cómo viven sus relaciones, cuando probablemente de ellas dependa buena parte de su bienestar. Algo que también nos puede venir bien a los mayores.

Siento que ya el año pasado mi hija Sofía descubrió nuevas formas de relacionarse. Parece una obviedad, pero no lo es. Cuando somos adolescentes (y muchas veces también cuando somos adultos) tendemos a pensar que la forma en la que vivimos las relaciones en casa, en el colegio o en nuestro grupo de amigos es simplemente "lo normal".

Hasta que un día descubres personas que escuchan antes de responder, que pueden discrepar sin atacar, poner límites sin dejar de cuidar o mostrar lo que sienten sin necesidad de esconderse. Entonces entiendes que no existe una única manera de relacionarse

Existen otras formas de relacionarse, y puedes elegir cómo quieres hacerlo tú. Puedes decidir qué tipo de relaciones quieres construir y con qué personas quieres compartirlas.

Creo que ese descubrimiento, con diecisiete años, es un regalo para toda la vida.

Las relaciones no solo transforman a las personas, también crean comunidades. Quizá por eso Zaida abrió las puertas de su casa sin pensárselo demasiado. Quizá por eso tantos antiguos participantes, familias y amigos se han ofrecido ya para ayudar a recuperar El Corralón. Un espacio con el que también nos relacionamos.

Cuando un lugar ha sido construido para favorecer encuentros auténticos, termina generando una comunidad, que también cuida de ese lugar. Los edificios pueden quemarse y las relaciones permanecen.

Por eso estoy convencido de que El Corralón volverá a levantarse. No solo porque se reconstruyan unas paredes, sino porque detrás hay una comunidad que cree profundamente en lo que allí sucede.

Con seguridad voy a volver a ese lugar que ya siento un poco mío y que forma parte de la historia de vida de mi hija.

No quiero terminar sin expresar un profundo agradecimiento a la Fundación Claudio Naranjo y, muy especialmente, al equipo encabezado por Martín, Patricia y María, junto con el resto de monitores y guías.

Ellos no solo han acompañado a nuestros hijos. También nos han acompañado a los padres durante unos días especialmente difíciles. La información llegó cuando tenía que llegar, con cercanía, serenidad y transparencia. En medio de la incertidumbre supieron transmitir confianza.

Y, sobre todo, quiero agradecerles algo más profundo: la forma de estar con los adolescentes. En el encuentro no solo hablaron de las relaciones, las vivieron.

Acompañar así no consiste únicamente en organizar actividades. Requiere haber recorrido antes un camino de trabajo personal. Porque resulta muy difícil ayudar a otros a relacionarse si antes no has aprendido a relacionarte contigo mismo y con los demás.

Los adolescentes aprenden mucho menos de lo que les decimos que de cómo nos ven relacionarnos. Lo más valioso de este encuentro ha sido mostrarles con el ejemplo formas de relacionarse, tanto con las personas como con los lugares y las situaciones.

Las personas construimos relaciones, y las buenas relaciones terminan construyendo comunidades.

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