¿Qué
tal has dormido? Cada vez veo más gente que, antes de contestar, mira el reloj
o el móvil y contesta: Pues… seis horas y cuarenta y tres minutos. Sueño
profundo: una hora y doce. Calidad del sueño: 81%.
Me
pregunto si, sin esa pantalla, sabríamos responder.
Quizá
antes diríamos algo mucho más sencillo: he descansado; me he levantado cansado;
me noto pesado; hoy tengo mucha energía.
Lo
mismo ocurre con los pasos. Terminamos el día y, antes de preguntarnos cómo
están nuestras piernas o cómo nos sentimos, miramos el reloj para comprobar si
hemos llegado a los diez mil pasos.
Las
herramientas tecnológicas pueden ser muy útiles. Nos aportan información
valiosa. El problema aparece cuando dejamos de escucharnos para escuchar
únicamente los datos.
Algo
parecido ha ocurrido con el GPS. Nos lleva exactamente a donde queremos ir,
pero muchos hemos perdido parte de la capacidad para orientarnos. Cuanto más
dependemos de la tecnología, menos entrenamos ese "mapa interno".
Con el
cuerpo puede estar sucediendo algo parecido:
- En lugar de preguntarnos "¿cómo estoy?", preguntamos al reloj.
- En lugar de sentir el cansancio, consultamos una gráfica.
- En lugar de notar la respiración, esperamos a que una aplicación nos diga si estamos estresados.
Sin
embargo, el cuerpo suele saber muchas cosas antes que nuestra cabeza.
Cuando
volvemos a escucharlo empezamos a
descubrir relaciones que antes pasaban desapercibidas. Hoy he dormido mal…
¿ha sido por el calor? ¿Porque cené demasiado tarde? ¿Porque llevo varios días
preocupado? ¿Porque necesito descansar más?
A
veces podremos cambiar la causa, otras no, pero comprender de dónde viene lo
que sentimos ya cambia nuestra manera de vivirlo.
Además,
el cuerpo siempre vive en el presente.
Mientras la mente viaja constantemente al pasado o al futuro, el cuerpo solo
puede estar aquí y ahora. Por eso, cuando conectamos con él, también nos
resulta más fácil salir del piloto automático y volver a este instante.
Reconectar
con el cuerpo también nos ayuda a
reconectar con los demás. Cuando aprendemos a reconocer nuestras propias
emociones, nos resulta mucho más fácil percibir las del otro. Comprendemos
mejor un silencio, una mirada, un gesto o un cambio en el tono de voz. Esa
capacidad de resonar con quien tenemos delante nace, en gran medida, de haber
aprendido antes a escucharnos a nosotros mismos.
Las
emociones se sienten antes de pensarse. El mejor sensor que tenemos para
entender nuestra vida no está en la muñeca, está dentro de nosotros.
Los
relojes inteligentes pueden decirnos cuántas horas hemos dormido o cuántos
pasos hemos dado. Pero todavía no existe ningún dispositivo capaz de medir la
paz, la serenidad, la ilusión o el bienestar de sentir que estamos viviendo la
vida que queremos vivir.
Hoy,
antes de mirar el reloj, prueba a hacer una pausa. Pregúntate simplemente: ¿Cómo estoy?
Escucha
la respuesta antes de buscarla en una pantalla.
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