Hace
nueve días, el 15 de agosto, hemos celebrado las bodas de oro de mis tíos
Florines y Dori. Cincuenta años de casados, ¡se dice pronto!
Cincuenta
años dan para mucho. Para momentos buenos y malos. Para épocas en las que todo
parece fluir y otras en las que seguramente hay que remar. Para celebrar,
discutir, adaptarse, ceder, cambiar, criar hijos, despedir a personas queridas,
recibir a otras nuevas y aprender a convivir no solo con quien tienes al lado,
sino también con la persona en la que se va convirtiendo con los años.
Porque
quizá ese sea uno de los grandes retos de una relación tan larga: no
permanecemos cincuenta años siendo las mismas personas.
En su
caso, además, la historia comenzó uniendo dos lugares y dos culturas bastante
diferentes. Mi tío Florines, de Burgos. Mi tía Dori, de Fuerteventura. La
Castilla de tierra adentro y una isla en medio del Atlántico. Distintas
costumbres, familias, formas de hablar, maneras de relacionarse y probablemente
también distintas formas de entender algunas cosas de la vida.
Cuando
dos personas se unen, de alguna manera también se encuentran dos familias y dos
historias. Construir una familia no consiste en conseguir que esas diferencias
desaparezcan. Quizá consista precisamente en aprender a hacerles sitio.
Integrar
formas diferentes de pensar, aceptar que el otro no tiene por qué ver el mundo
como tú, negociar, ceder unas veces y mantenerse firme otras, incorporar
tradiciones ajenas hasta que dejan de ser ajenas. Crear, poco a poco, una
cultura nueva que ya no pertenece completamente a ninguno de los dos, sino a la
familia que han construido juntos.
Me
gustan especialmente este tipo de celebraciones. Una boda de oro no es
solamente la celebración de dos personas que llevan cincuenta años casadas. Es
también la celebración de todo lo que se ha construido alrededor de aquella
decisión.
Hijos,
parejas, nietos, familias de origen, amigos… Una enorme red de relaciones y de
historias que probablemente no existiría de la misma manera si hace cincuenta
años dos personas no hubieran decidido compartir su vida.
La
celebración nos ha permitido reunir de nuevo a esa gran familia repartida entre
Burgos y Fuerteventura. Para mí ha significado también reencontrarme con
personas a las que veo cada ciertos años, pero que forman parte de mi historia
desde que nací.
Cuando
vuelves a encontrarte, aparecen recuerdos de diferentes momentos de tu vida.
Personas que te conocieron de niño, con las que compartiste veranos, comidas,
celebraciones o acontecimientos familiares. Mientras hablamos del presente, de
alguna manera también estamos recorriendo nuestra propia biografía.
Las
familias son también depositarias de nuestra memoria.
Me emocionó especialmente ver a mis tíos volver a hacer sus votos. Unos votos nuevos, que recogen lo vivido durante más 18.000 días, como recordó Florines.
Al comenzar los votos están llenos de futuro, de proyectos, expectativas y cosas todavía por descubrir. Cincuenta años después están llenas de pasado, además de volver a mirar a ese nuevo futuro juntos. Ya conocen las alegrías y las dificultades. Ya saben lo que ha significado convivir. Ya han visto cambiar al otro y han cambiado ellos mismos. Ya no prometen desde lo que imaginan que será la vida, sino desde todo lo que la vida realmente ha sido. Aun así, vuelven a decirse que sí.Me
parece una imagen preciosa: volver a
elegirse después de conocer el camino.
No sé
si el éxito de una pareja consiste simplemente en durar cincuenta años, seguramente
no. Pero sí creo que hay algo admirable en construir juntos durante tanto
tiempo, atravesando etapas y haciendo sitio a las diferencias, a los cambios y
a todo lo inesperado que inevitablemente trae una vida.
Vivimos
en una época en la que hablamos mucho de empezar de nuevo, cambiar, buscar
otras experiencias o reinventarnos. Y todo eso puede ser necesario y valioso. Pero
también merece la pena reconocer el valor de permanecer, cuidar y construir.
Porque
hay cosas importantes que no se consiguen rápidamente, necesitan tiempo, mucho
tiempo. Una familia es una de ellas.
Felicidades, tíos, por estos cincuenta
años.
Gracias
por recordarnos que compartir una vida no consiste únicamente en elegirse una
vez. Consiste, quizá, en aprender a volver a elegirse muchas veces a lo largo
del camino.
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