Durante
unos años viajé con frecuencia en tren desde Burgos hasta Lisboa. Era un
trayecto largo, de esos que te permiten leer, pensar, mirar por la ventana y
dejar que el tiempo vaya a otro ritmo.
Había
un momento especialmente curioso del viaje. En un punto del recorrido, el tren
se dividía en dos. Una parte continuaba hacia Galicia, al norte de España, y la
otra seguía rumbo a Lisboa. Los vagones se separaban y cada mitad tomaba un
destino diferente.
Más de
una vez vi a viajeros descubrir demasiado tarde que estaban en el vagón
equivocado.
Algunos
se daban cuenta enseguida y conseguían cambiarse a tiempo. Otros, confiados,
seguían sentados pensando que todo iba bien. Hasta que alguien les preguntaba
dónde iban y descubrían que se dirigían exactamente en la dirección contraria a la que querían.
Siempre
me llamó la atención esa escena porque, en realidad, la vida se parece bastante
a ese tren.
Todos
conocemos las lamentaciones de los
trenes que no cogimos. A veces la vida nos ofrece una oportunidad y
pensamos que ya habrá otra, que más adelante tendremos tiempo, que no es el
momento. Y algunos trenes vuelven a pasar, pero otros no.
Sin embargo, hay otra reflexión sobre los trenes que me parece todavía más interesante. Mi amigo Jesús me envió una imagen con una supuesta leyenda japonesa que decía:
"Si te subes al tren equivocado, bájate en la
siguiente estación. Cuanto más tardes en bajarte, más caro será el billete de
vuelta."
No sé
si realmente es una leyenda japonesa. Pero sí sé que contiene una sabiduría que
muchas veces olvidamos aplicar en nuestra propia vida.
Porque
no siempre sufrimos por los trenes que dejamos escapar. En ocasiones sufrimos
por seguir montados en trenes que hace tiempo sabemos que no nos llevan donde
queremos ir. Y, sin embargo, seguimos avanzando en ellos.
Pienso
en personas que permanecen durante años en un trabajo que ya no les aporta
nada. No porque necesiten ese empleo para sobrevivir, sino porque les da miedo
explorar alternativas. Cada año que pasa aumenta la sensación de dependencia,
disminuye la confianza para dar el paso y se hace más difícil abandonar una
situación que dejó de tener sentido mucho tiempo atrás.
También
ocurre en las relaciones. A veces una relación cumple una función importante
durante una etapa de nuestra vida. Nos acompaña, nos ayuda a crecer y nos
aporta experiencias valiosas. Pero puede llegar un momento en el que ambos
caminan en direcciones diferentes. Cuando eso sucede, seguir por inercia suele
ser más cómodo a corto plazo, pero también suele hacer más dolorosa la
despedida cuando finalmente llega.
Lo
mismo sucede con proyectos, responsabilidades o compromisos que asumimos hace
años. Decisiones que fueron correctas en un determinado momento, pero que quizá
ya no encajan con quienes somos hoy. Sin embargo, nos cuesta soltarlas porque
hemos invertido demasiado tiempo, demasiada energía o demasiadas expectativas
en ellas.
Es
curioso cómo funciona nuestra mente. A veces sabemos perfectamente que estamos
en el tren equivocado, pero nos convencemos de que lo razonable es continuar
porque ya hemos recorrido mucho camino. Como si la distancia recorrida
justificara seguir avanzando en una dirección que ya no queremos.
En
psicología se habla de la trampa de la inversión hecha. Cuanto más invertimos, cuanto
más tiempo permanecemos en un lugar equivocado, más difícil parece abandonarlo.
Más explicaciones tenemos que dar, más cambios debemos afrontar y mayor es la
sensación de pérdida. Por eso la leyenda habla del coste del billete de vuelta. Cada estación aumenta el
precio de reconocer que necesitamos cambiar de rumbo.
Esto
no significa abandonar a la primera dificultad. No se trata de convertirnos en
personas que saltan de un tren a otro cada vez que aparece un problema. Hay una
diferencia importante entre perseverar y obstinarse. Perseverar consiste en
mantener el rumbo cuando el destino sigue teniendo sentido. Obstinarse consiste
en seguir avanzando cuando ya sabemos que nos estamos alejando de él.
La
vida no suele dividirse entre trenes correctos y trenes equivocados. Muchas
veces el tren en el que estamos era exactamente el que necesitábamos coger.
Gracias a él hemos aprendido, hemos crecido, hemos conocido personas importantes
y hemos llegado hasta donde estamos hoy. No fue una mala decisión, fue la
decisión adecuada para una etapa concreta de nuestra vida.
El
problema es que los destinos cambian, nosotros cambiamos. Lo que ayer nos
acercaba a nuestros sueños puede alejarnos de ellos mañana, porque los sueños
también cambian.
Por
eso recuerdo con frecuencia aquellos viajes a Lisboa. Porque en realidad no
había un único tren, había un momento del trayecto en el que el convoy se
dividía y cada parte seguía una dirección diferente. Hasta esa estación todos
viajaban correctamente. El error aparecía cuando alguien no se daba cuenta de
que el recorrido acababa de cambiar.
Quizá
eso también nos ocurra a nosotros. A veces el tren en el que te has montado es
el correcto, pero solo hasta una determinada estación, después cambia de rumbo.
Entonces la pregunta ya no es si acertaste al subirte, la pregunta es si serás
capaz de darte cuenta de que ha llegado
el momento de cambiar de vagón o de tren.
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