domingo, 10 de mayo de 2026

La importancia de celebrar los cierres

Hay celebraciones que, aunque duren unas horas, condensan muchos años de vida. El viernes tuvimos celebración en casa y también en el colegio. Mi hija Sofía celebraba su graduación de 2º de Bachillerato.

Y mientras la veía cerrar una etapa y abrir otra, pensé en todo lo que realmente significa ese momento. Porque no hablamos solo de terminar un curso, hablamos de quince años de camino.

Quince años que empezaron en primero de infantil. Después vinieron primaria, secundaria y finalmente bachillerato. Quince años que dan para mucho: alegrías, amistades, nervios, descubrimientos, cambios, inseguridades, ilusiones, algún golpe y muchísimo aprendizaje.

Quince años de mañanas corriendo, mochilas, reuniones, excursiones, exámenes (¡cuantísimos exámenes!; y en cada uno parecía que te jugabas la vida), abrazos en días difíciles y celebraciones en días buenos.

Y de repente, casi sin darte cuenta, llega una graduación y entiendes algo que muchos padres descubren demasiado rápido: el tiempo no pasa… vuela. Parece que fue ayer cuando la llevaba al colegio y ahora la miro dando pasos cada vez más propios, más libres y más conscientes. Con más posibilidades delante, con más vida por estrenar.

A veces hablamos mucho de productividad, objetivos o gestión del tiempo, pero hay momentos que te recuerdan qué es realmente importante: estar, acompañar, mirar con calma cómo alguien crece.

Mi madre sigue diciendo una frase que siempre me ha gustado: “Que crezca en edad, sabiduría y gracia”. Quizá ahí haya una brújula bastante buena para vivir.

Porque crecer no es solo cumplir años, es aprender, es ganar criterio, es desarrollar sensibilidad, humanidad y capacidad de disfrutar la vida sin perderse a uno mismo.

También pensé algo más durante estos días de celebración. Muchas veces, cuando alcanzamos un objetivo importante, casi no nos detenemos a saborearlo. Terminamos una etapa y enseguida queremos correr hacia la siguiente. Como si parar a celebrar fuera perder el tiempo.

  • Acabamos un proyecto… y pensamos en el próximo.
  • Terminamos una carrera… y ya estamos preocupados por el trabajo.
  • Logramos algo que nos costó años… y apenas nos damos permiso para sentirlo.

Es cierto que el camino es más importante que la meta, aun así, es una pena no pararse a saborear los logros, pasar la celebración por encima, como si fuese una tarea más.

El camino recorrido merece ser reconocido cuando llegamos a ciertos lugares.

Celebrar es honrar el esfuerzo, agradecer lo vivido y tomar conciencia del trayecto recorrido; disfrutando de mirar hacia atrás y hacia delante.

Quizá por eso las celebraciones importantes nos emocionan tanto. Porque no celebran solo un resultado, celebran todo lo invisible que hubo detrás: las veces que se siguió adelante, las dudas superadas, el cansancio, la constancia, las personas que acompañaron y la transformación que ocurrió durante el proceso.

Además, celebrar los cierres ayuda a abrir mejor lo siguiente.

Hay personas que viven saltando de objetivo en objetivo sin detenerse nunca. Como si la vida fuera únicamente una lista interminable de tareas pendientes. Pero vivir no es avanzar, también necesitamos mirar atrás de vez en cuando y decir: “Todo esto lo hemos recorrido”. Sentir un orgullo sano, agradecimiento, alegría; para después continuar el camino.

Hoy me siento profundamente agradecido por el privilegio de haber acompañado una parte del crecimiento de Sofía. También por comprobar que llega un momento en el que los hijos empiezan a volar… y eso, aunque dé vértigo, es buena señal.

Disfrutad las etapas, incluso las que parecen pequeñas mientras ocurren. Un día descubres que eran enormes.

No olvidéis celebrar los cierres de cada etapa. Porque muchas veces, mientras celebramos una meta, en realidad estamos agradeciendo toda una vida compartida.

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miércoles, 6 de mayo de 2026

No es lo que pasa, es cómo te lo tomas

Ayer tuve un buen día. No pasó nada extraordinario ni cerré ningún proyecto brillante, no tuve una conversación que cambiara mi vida, ni el mundo se alineó especialmente a mi favor. Pero tenía buen humor y eso lo cambia casi todo.

Porque el humor con el que te levantas, o el que decides sostener durante el día, condiciona mucho más de lo que creemos cómo vives lo que te pasa. No tanto lo que ocurre, sino cómo lo interpretas, cómo reaccionas y cómo te posicionas ante ello.

Trabajo en la Universidad de Burgos y, como en muchas organizaciones, hay procedimientos que hay que seguir. Para cualquier gasto por encima de 1.000 €, hay que tramitar un expediente de contratación menor antes de ejecutar el gasto. Tenía una factura prevista por algo menos… pero al final fueron 1.003 €.

Me llegó un correo: no se podía tramitar. En otro día distinto, quizá habría resoplado, me habría enfadado o habría pensado aquello de “siempre igual”. Incluso podría haberme quedado un rato atascado en la queja, perdiendo energía en algo que no iba a cambiar.

Pero ayer no, me pilló de buen humor y me lo tomé de otra manera. Pensé: “Vale, esto es lo que hay… ¿cómo lo solucionamos?”. Y ese pequeño giro cambia todo. Pasas de chocar contra el obstáculo a buscar el camino.

Ahí apareció Alejandro, un compañero de la Universidad al que no conozco personalmente. Me explicó con claridad los pasos, me orientó en la tramitación y, además, me facilitó incluso la redacción del expediente. Gracias a él, lo que podría haber sido un problema enquistado se convirtió en algo manejable.

Entonces te das cuenta de que cuando tú estás en buena disposición, también te relacionas mejor, es más fácil encontrar ayuda. Preguntas mejor, escuchas mejor, agradeces más… y eso hace que los demás también respondan mejor.

Esto mismo pasa en casa. Llegas un día de buen humor y tu hijo tira un vaso de agua en la mesa. Vas a por una bayeta, lo recoges y, si acaso, haces una broma. No pasa nada, a cualquiera le puede ocurrir.

Pero prueba a imaginar esa misma escena en un día torcido. Cansancio, prisa, mil cosas en la cabeza… y el vaso que se cae. La reacción puede ser muy distinta. La situación es la misma, pero la respuesta no y las consecuencias tampoco.

Somos así de simples. Y, a la vez, así de complejos.

Por eso, más allá de intentar controlar todo lo que nos pasa, que es imposible, quizá tenga más sentido prestar atención a desde dónde lo vivimos. Porque ahí sí tenemos margen.

La recomendación es sencilla, aunque no siempre fácil: la próxima vez que te ocurra algo inconveniente, cuando aparezca un obstáculo o un contratiempo, para un momento, date cuenta de que tienes una elección.

Puedes reaccionar desde el enfado, la queja o la resistencia… o puedes intentar encararlo como si estuvieses de buen humor.

No hace falta que lo sientas de verdad en ese momento. A veces basta con actuar “como si”, casi seguro que te irá mejor. Además, los que están a tu alrededor también lo notarán.

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domingo, 3 de mayo de 2026

No te juegas la vida en un examen

En casa estamos respirando estos días ese ambiente especial de mayo y junio con final de curso, tengo una hija que está acabando su etapa en el instituto. Por una parte, preparando la fiesta de graduación y por otra, en el horizonte, la prueba de acceso a la Universidad. La veo tranquila y me alegro.

Quizá ayuda que, en su caso, solo necesita aprobar para estudiar lo que quiere. No depende de una nota imposible ni de una décima para entrar en una carrera concreta. Eso cambia bastante las cosas, cuando el horizonte no está lleno de amenaza, se estudia de otra manera, con menos nudo en el pecho.

Me hace pensar en tantos chicos y chicas de segundo de Bachillerato que viven estas semanas con mucha más tensión de la necesaria. Lo veo especialmente en las chicas.

Algunas han sido siempre buenas estudiantes y ahora sienten que no les cunde. Estudian muchas horas, se esfuerzan, renuncian a planes, pero las notas no acompañan como antes y eso les desconcierta. Empiezan a pensar que les pasa algo, que se han vuelto peores, que no dan la talla.

No es eso, muchas veces es simplemente el peso que llevan encima, la presión por sacar nota, la comparación con otros, el miedo a decepcionar, la sensación de que se están jugando el futuro en unos pocos días, la incertidumbre de no tener claro qué estudiar. Todo eso ocupa espacio mental, roba energía y dificulta rendir.

Esfuerzo sincero, cansancio acumulado y esa noche larga que tantos estudiantes conocen
La cabeza, cuando vive en amenaza, funciona peor. Por eso a veces no falta estudio, falta calma.

La ansiedad y el cansancio roban concentración.

Conviene recordar algo importante: sí, esta prueba tiene relevancia, pero no decide toda una vida. Es una puerta, no el edificio entero. No escoges una única puerta y cierras para siempre todas las demás.

A esa edad parece que elegir carrera es elegir destino final y la realidad suele ser mucho más abierta. Después hay cambios de rumbo, nuevas oportunidades, descubrimientos tardíos, profesiones que hoy ni imaginan y aprendizajes que llegan por caminos inesperados.

Si yo volviese atrás, seguramente elegiría otros estudios. Y, sin embargo, no me ha ido mal con lo que hice. Desde ahí he seguido aprendiendo, estudiando otras cosas, ampliando horizontes y encontrando nuevas formas de vivir y trabajar.

El camino no suele verse entero desde el inicio, el camino se va haciendo al andar.

Por eso, si estás en esta etapa, te diría algo sencillo: haz lo mejor que puedas (y no más), pero no conviertas un examen en una sentencia.

Estudia con compromiso, sí. Además, duerme, descansa, haz ejercicio, respira, sal con los amigos, camina, habla con alguien, haz cosas que te gusten. Recuerda que tu valor no sube ni baja por una nota.

Haz lo mejor que puedas, pero no conviertas estos meses en una condena.

Y si no tienes claro qué estudiar, tampoco te castigues por ello. No tenerlo claro a los 17 o 18 años entra dentro de la normalidad (mis hijas dicen que como van a saber ellas que quieren hacer si no lo sé yo con más de 50; y es así, ¡anda que no me quedan caminos por recorrer!). Elige lo que hoy tenga más sentido… y ya irás corrigiendo el rumbo si hace falta.

Hay muchos caminos buenos.

Y casi ninguno se recorre sin curvas. Casi todos se descubren andando.

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