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miércoles, 6 de mayo de 2026

No es lo que pasa, es cómo te lo tomas

Ayer tuve un buen día. No pasó nada extraordinario ni cerré ningún proyecto brillante, no tuve una conversación que cambiara mi vida, ni el mundo se alineó especialmente a mi favor. Pero tenía buen humor y eso lo cambia casi todo.

Porque el humor con el que te levantas, o el que decides sostener durante el día, condiciona mucho más de lo que creemos cómo vives lo que te pasa. No tanto lo que ocurre, sino cómo lo interpretas, cómo reaccionas y cómo te posicionas ante ello.

Trabajo en la Universidad de Burgos y, como en muchas organizaciones, hay procedimientos que hay que seguir. Para cualquier gasto por encima de 1.000 €, hay que tramitar un expediente de contratación menor antes de ejecutar el gasto. Tenía una factura prevista por algo menos… pero al final fueron 1.003 €.

Me llegó un correo: no se podía tramitar. En otro día distinto, quizá habría resoplado, me habría enfadado o habría pensado aquello de “siempre igual”. Incluso podría haberme quedado un rato atascado en la queja, perdiendo energía en algo que no iba a cambiar.

Pero ayer no, me pilló de buen humor y me lo tomé de otra manera. Pensé: “Vale, esto es lo que hay… ¿cómo lo solucionamos?”. Y ese pequeño giro cambia todo. Pasas de chocar contra el obstáculo a buscar el camino.

Ahí apareció Alejandro, un compañero de la Universidad al que no conozco personalmente. Me explicó con claridad los pasos, me orientó en la tramitación y, además, me facilitó incluso la redacción del expediente. Gracias a él, lo que podría haber sido un problema enquistado se convirtió en algo manejable.

Entonces te das cuenta de que cuando tú estás en buena disposición, también te relacionas mejor, es más fácil encontrar ayuda. Preguntas mejor, escuchas mejor, agradeces más… y eso hace que los demás también respondan mejor.

Esto mismo pasa en casa. Llegas un día de buen humor y tu hijo tira un vaso de agua en la mesa. Vas a por una bayeta, lo recoges y, si acaso, haces una broma. No pasa nada, a cualquiera le puede ocurrir.

Pero prueba a imaginar esa misma escena en un día torcido. Cansancio, prisa, mil cosas en la cabeza… y el vaso que se cae. La reacción puede ser muy distinta. La situación es la misma, pero la respuesta no y las consecuencias tampoco.

Somos así de simples. Y, a la vez, así de complejos.

Por eso, más allá de intentar controlar todo lo que nos pasa, que es imposible, quizá tenga más sentido prestar atención a desde dónde lo vivimos. Porque ahí sí tenemos margen.

La recomendación es sencilla, aunque no siempre fácil: la próxima vez que te ocurra algo inconveniente, cuando aparezca un obstáculo o un contratiempo, para un momento, date cuenta de que tienes una elección.

Puedes reaccionar desde el enfado, la queja o la resistencia… o puedes intentar encararlo como si estuvieses de buen humor.

No hace falta que lo sientas de verdad en ese momento. A veces basta con actuar “como si”, casi seguro que te irá mejor. Además, los que están a tu alrededor también lo notarán.

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sábado, 17 de mayo de 2025

Al mal tiempo, buena cara

El martes 13 de mayo llegué a Buenos Aires desde España a primera hora. Tenía que coger un vuelo interno a Tucumán, y ya había pasado todos los controles cuando llegó la noticia: el vuelo se cancelaba. “En martes y 13 ni te cases ni te embarques”, dice el refrán… y se cumplió al pie de la letra.

En un primer momento me invadió la frustración. Estaba tan cerca de embarcar que podía visualizar el despegue. Pero respiré hondo. Podía quedarme enganchado en la queja o decidir ocuparme de lo que sí estaba en mis manos. Elegí lo segundo.

Mientras otros se enfadaban con razón, aunque sin solución, yo intenté mantener la calma. La persona que me atendió estaba desbordada, como tantas veces ocurre en estos casos. Aun así, fue amable. Me explicó que la opción más temprana para volar a Tucumán era el día 15 a las seis de la mañana. ¿De qué me servía enfadarme con alguien que no tenía la culpa?

Pedí lo justo: alojamiento, comida y los traslados en Buenos Aires durante ese día y medio. No fue fácil encontrar alojamiento disponible, y la responsable tuvo que intentarlo varias veces. Agradezco su esfuerzo y su trato, incluso bajo presión.

Y en medio del caos, algunas lecciones comenzaron a tomar forma:

  • Que a veces no merece la pena enfadarse. Es mejor poner la energía en lo que puedes resolver y soltar lo que no está bajo tu control.
  • Que reconocer la amabilidad del otro y ser amable tú también, incluso en medio de la tensión, abre puertas. Motiva.
  • Que pedir lo justo, ni más ni menos, suele ser el camino más eficaz. No se trata de resignarse, sino de negociar con sensatez y sin venganza.

Con ese día inesperado en Buenos Aires, aproveché para visitar la Universidad en la que trabajaré esta semana que empieza. Me ubiqué, practiqué los trayectos, y me sentí más preparado. Al final, ese imprevisto me sirvió de orientación.

Pero la aventura no terminó ahí. El día 15 fui al aeropuerto previsto… y el vuelo había cambiado de terminal. Nadie me avisó. Corrí, tomé un taxi, y por suerte tenía dinero para cubrirlo. Lo reclamaré, aunque no tengo muchas esperanzas. Aun así, agradezco poder haberlo pagado. A veces, el dinero sí soluciona cosas, y rápido.

Y ahí viene otra enseñanza: tomárselo con humor. No engancharse en el enfado, que solo desgasta y a menudo termina salpicando a los que intentan ayudarte. Si tú estás tranquilo, es más probable que el otro lo esté también. Como decía un viejo compañero de trabajo: la amabilidad llama a la amabilidad.

“El enfado a veces solo desgasta y salpica al que quiere ayudarte”

Pero cuidado: esto no es resignación. Es aceptación activa. Buscar soluciones sin perder el foco, pedir lo justo sin perder la calma. Desde ahí se decide y actúa mejor.

Y sí, muchas cosas podrían haber salido peor: el avión no se estrelló, dormí bien, comí sin problemas. Lo que hoy vemos como “normal” era impensable hace décadas. Que se lo digan a mi tío abuelo Basilio y a su mujer Lola, que tardaron semanas en cruzar el océano hace más de 80 años. Hoy, en pocos días, uno puede ir de Burgos a Tucumán.

¿Por qué, entonces, tanta atención a lo que falla? ¿Por qué no poner más el foco en lo que funciona?

Ya he pasado unos días en Tucumán, han sido estupendos (eso es otra historia). Mañana vuelvo a Buenos Aires en autobús, buscando una opción con menos probabilidad de cancelación que el avión. Aunque claro, ahora hay inundaciones y algunas rutas están cortadas, no sé si podré viajar. La aventura continúa. Haré lo que pueda. No controlo la lluvia como no controlo la mayoría de cosas.

“Aceptar lo que no controlas y fluir con lo que hay”

“Lo que hay, hay”

Lo que sí puedo es elegir cómo vivir las circunstancias. No engancharme con lo que va mal, y sí reconocer todo lo que va bien. Porque siempre hay algo que va bien. Y muchas veces, con buena cara… el mal tiempo se vuelve más llevadero.

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martes, 8 de octubre de 2024

Echarle humor y ganas a la vida

Hoy estoy triste, Javi nos ha dejado, se ha ido con los que caminaron antes que nosotros. El viernes estuvo celebrando su 79 cumpleaños, como él sabía hacerlo, rodeado de familia y gente querida, riendo, cantando y brindando por la vida. Parece mentira que todo cambie tanto en cuatro días.

Llevaba un tiempo de susto en susto, pasando por el hospital para que lo pusiesen a punto. Este enero parecía que ya se iba para el otro barrio, media familia viajó a Fuerteventura y una vez más salió adelante, contra todo pronóstico. Creo que las ganas de vivir le hacían revivir.

Veía todo desde arriba. Contaba como había visto un lago y al fondo del lago mucha gente. Puede que fuese la morfina o que ya estaba con medio pie en la próxima vida. Consiguió la prorroga en el último minuto, como hace el Madrid, su equipo, en muchas ocasiones.

Mi tío Javi ha sido ejemplo para todos de cómo llevar los reveses de la vida con buen humor y seguir adelante con lo que se tiene. En 2003 sufrió un ictus, lo que le afecto a la movilidad y el habla.

En lugar de estarse lamentando, ha vivido plenamente estos 21 años. Hablando con lengua de trapo, contando chistes y anécdotas, compartiendo en familia y con los amigos cada día.

De casta le viene al galgo. Digno heredero del abuelo Eusebio, tampoco se quería ir hasta saber en qué paraba todo esto. Encontraba la parte cómica en cada situación, sacar la sonrisa de lo a veces trágico. Hacía amigos allá por donde pasaba, hablaba con todo el mundo, con una gran espontaneidad.

Mi tío Javi, su sonrisa y buen humor, con la gorra del Madrid (su equipo)
Continúo repartiendo las morcillas “Tere”, así como hacía su padre y después ha continuado haciendo su hijo Miguel. Nos llevó a muchos en la cosechadora y en el tractor cuando éramos niños, contagiándonos la conexión con la tierra y con nuestros orígenes y raíces.

Conectado con las personas, rodeado de amor, cariño y cuidado de su mujer, sus seis hijos y sus nietos. Sus hermanos y hermanas, que son piña y ejemplo para los que venimos detrás. Con los de cerca podía sacar el enfado González, aunque enseguida se le pasaba. Hemos aprendido que también te puedes enfadar y el amor no está en cuestión.

Su ejemplo me recuerda lo importante que es cómo te tomas lo que te pasa, la buena compañía, las raíces y la familia. Confianza suficiente para enfadarte y después poder echar la partida o tomar el vermú, hacer una bromas o disentir sobre cuál es el mejor equipo de fútbol.

Es bonito sentir todo el cariño hacia Javi viendo hoy el WhatsApp. Copio lo que ha escrito mi hermana Susana: “Como diría el tío (y la canción de Rozalén, "El día que yo me muera"): "No lloren porque me fui, alcen la copa y brinden por todo lo que viví" (Javi lo podría decir perfectamente porque vivió disfrutando a tope). Se ha ido siendo muy muy querido. La gente buena no se entierra, se siembra...Hoy, ¡brindo por ti!