Hay un
dicho que siempre me ha gustado: “Si
quieres ir deprisa, vísteme despacio”. Estos días está cobrando para mí un
significado especial.
Desde
el accidente de bicicleta tengo algunas limitaciones que me obligan a hacer las
cosas de otra manera. Entre ellas, escribir con la mano izquierda. Y resulta
curioso lo que ocurre cuando escribir te cuesta más: piensas mejor lo que vas a
escribir.
Las
palabras salen más despacio, corriges menos, te das cuenta de que no merece la
pena escribir tres veces una frase porque antes de empezar ya la has pensado un
poco más. Lo mismo ocurre con muchas otras tareas. Cuando no puedes hacerlas
con la misma facilidad de siempre, te
paras a valorar si realmente merece la pena hacerlas.
Vivimos
en una época que premia la velocidad. Contestar rápido, decidir rápido,
producir rápido. Sin embargo, muchas veces esa prisa nos hace dar rodeos.
Hacemos algo deprisa, detectamos errores, corregimos, volvemos a revisar y
terminamos dedicando más tiempo del que habríamos empleado si hubiéramos ido un
poco más despacio desde el principio.
También
estoy descubriendo otra consecuencia inesperada de esta situación. Como no
puedo hacer todo lo que normalmente haría, la priorización se vuelve mucho más
clara.
Cuando
tienes menos capacidad disponible,
empiezas a distinguir mejor entre lo
importante y lo accesorio. Algunas cosas que parecían urgentes dejan de
parecerlo. Algunas tareas que llenaban la agenda desaparecen sin que ocurra
ninguna tragedia. Y otras, en cambio, muestran claramente que sí merecen
atención.
La
paradoja es que esta lección no solo sirve cuando uno está limitado
físicamente. También es válida cuando estamos perfectamente bien. La diferencia
es que, cuando tenemos toda nuestra energía disponible, solemos olvidar que
sigue siendo imposible hacerlo todo. Entonces llenamos los días de compromisos,
tareas y proyectos hasta que volvemos a sentir que nos falta tiempo.
Creo
que este periodo va a ser, en parte, un tiempo de reflexión. Una parada
obligatoria de la que espero sacar fruto. Un tiempo para observar qué merece
realmente mi atención y qué puedo dejar pasar. Un tiempo para salir con las
ideas más claras y con una selección más consciente de lo que hago y de lo que
no hago.
Porque
a veces la vida nos obliga a bajar el ritmo para enseñarnos algo que la prisa
no nos deja ver.
Mi
recomendación es sencilla: no esperes a tener un accidente, una enfermedad o un
agotamiento para darte cuenta de que no puedes hacerlo todo. Puedes parar un momento hoy mismo. Revisar
tus compromisos. Preguntarte qué es realmente importante. Y elegir con más
calma.
Muchas
veces, la forma más rápida de avanzar consiste precisamente en ir un poco más
despacio.
Si
quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu,
puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.
