lunes, 29 de junio de 2026

Recalculando expectativas

Me operaron el jueves, la operación fue bien y eso es lo importante. Sin embargo, tenía la expectativa de un proceso más fácil y de que a estas alturas estaría bastante mejor. Imaginaba que tendría menos dolor, que me movería con más facilidad y que la recuperación sería más rápida. Incluso pensaba que el viernes me darían el alta para poder atender un compromiso que tenía pendiente y que el sábado podría acercarme, aunque solo fuera un rato, a un bautizo y al cincuenta cumpleaños de una buena amiga.

La realidad ha sido otra. He vuelto, en cierto modo, a la situación en la que estaba hace un mes, justo después de la caída de la bicicleta. Otra vez con el brazo inmovilizado, con dificultades para escribir (solo con la mano izquierda), con dolor y con la sensación de que cualquier tarea sencilla requiere un esfuerzo enorme.

Mucho tiempo sentado en el sofá, con pocas ganas de recibir visitas y dejando pasar los días con el único objetivo de recuperarme. Además, apareció una reacción alérgica que no esperaba y que hizo el proceso todavía un poco más incómodo.

Me doy cuenta de que buena parte del malestar no viene solo del dolor o de las limitaciones. También nace de la distancia que hay entre la realidad y las expectativas que me había construido. Cuando esperas estar mejor y descubres que no lo estás, la frustración encuentra un terreno muy fértil.

Durante estos días me he sorprendido pensando más en todo lo que no voy a poder hacer que en lo que sí puedo hacer. Me acordaba del taller al que tenía muchas ganas de asistir y que ahora tendré que perderme, de los planes cancelados, de las personas a las que no voy a ver, de todas esas pequeñas cosas que uno da por hechas hasta que la vida decide cambiarlas de un día para otro. Y eso que sigo confiando en la recuperación, cuando otras personas no pueden tener esa expectativa.

Quizá eso es lo que puedo cambiar. No el de tener expectativas, porque todos las necesitamos para mirar hacia delante, sino el de seguir aferrándome a unas expectativas que ya no encajan con la realidad.

Cuando encuentras una carretera cortada no consiste en insistir una y otra vez en ir por allí. Simplemente, hay que recalcular la ruta, como en esta y otras ocasiones.

En Vivir tu tiempo he escrito muchas veces sobre poner el foco en aquello que depende de nosotros, hoy me toca recordármelo a mí mismo. No puedo acelerar la recuperación ni hacer desaparecer el dolor antes de tiempo, pero sí puedo decidir cómo vivir este proceso.

Puedo agradecer que la operación haya salido bien, que el sábado ya estuviera en casa y que hoy me haya levantado con ganas de escribir estas líneas. También puedo aprovechar este tiempo para descansar, leer, pensar y aceptar que, durante una temporada, mi trabajo principal es recuperarme.

Creo que toda pérdida, todo contratiempo y todo cambio importante nos obligan a recalibrar nuestras expectativas. La tristeza forma parte de ese proceso porque necesita despedirse de la vida que habíamos imaginado para hacer sitio a la que realmente tenemos delante. Solo cuando dejamos de luchar contra lo que no puede ser empezamos a descubrir lo que sí es posible.

Soy un afortunado. La operación ha ido bien, estoy en casa y, aunque más despacio de lo que me gustaría, cada día voy dando un pequeño paso hacia adelante. Hoy ese paso ha sido escribir esta reflexión. Mañana será otro distinto.

Y así, poco a poco, iré sustituyendo las expectativas que ya no sirven por otras nuevas, más ajustadas a la realidad.

Porque vivir tu tiempo no consiste en que las cosas sucedan como esperabas, sino en aprender a vivir plenamente el tiempo que la vida te pone hoy por delante.

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martes, 23 de junio de 2026

El tren correcto… hasta que deja de serlo

Durante unos años viajé con frecuencia en tren desde Burgos hasta Lisboa. Era un trayecto largo, de esos que te permiten leer, pensar, mirar por la ventana y dejar que el tiempo vaya a otro ritmo.

Había un momento especialmente curioso del viaje. En un punto del recorrido, el tren se dividía en dos. Una parte continuaba hacia Galicia, al norte de España, y la otra seguía rumbo a Lisboa. Los vagones se separaban y cada mitad tomaba un destino diferente.

Más de una vez vi a viajeros descubrir demasiado tarde que estaban en el vagón equivocado.

Algunos se daban cuenta enseguida y conseguían cambiarse a tiempo. Otros, confiados, seguían sentados pensando que todo iba bien. Hasta que alguien les preguntaba dónde iban y descubrían que se dirigían exactamente en la dirección contraria a la que querían.

Siempre me llamó la atención esa escena porque, en realidad, la vida se parece bastante a ese tren.

Hay una idea muy conocida que habla de los trenes perdidos. De las oportunidades que dejamos escapar. De esa llamada que no hicimos, de ese proyecto que no iniciamos, de esa persona a la que no dijimos lo que sentíamos o de ese cambio que fuimos aplazando durante años.

Todos conocemos las lamentaciones de los trenes que no cogimos. A veces la vida nos ofrece una oportunidad y pensamos que ya habrá otra, que más adelante tendremos tiempo, que no es el momento. Y algunos trenes vuelven a pasar, pero otros no.

Sin embargo, hay otra reflexión sobre los trenes que me parece todavía más interesante. Mi amigo Jesús me envió una imagen con una supuesta leyenda japonesa que decía:

"Si te subes al tren equivocado, bájate en la siguiente estación. Cuanto más tardes en bajarte, más caro será el billete de vuelta."

No sé si realmente es una leyenda japonesa. Pero sí sé que contiene una sabiduría que muchas veces olvidamos aplicar en nuestra propia vida.

Porque no siempre sufrimos por los trenes que dejamos escapar. En ocasiones sufrimos por seguir montados en trenes que hace tiempo sabemos que no nos llevan donde queremos ir. Y, sin embargo, seguimos avanzando en ellos.

Pienso en personas que permanecen durante años en un trabajo que ya no les aporta nada. No porque necesiten ese empleo para sobrevivir, sino porque les da miedo explorar alternativas. Cada año que pasa aumenta la sensación de dependencia, disminuye la confianza para dar el paso y se hace más difícil abandonar una situación que dejó de tener sentido mucho tiempo atrás.

También ocurre en las relaciones. A veces una relación cumple una función importante durante una etapa de nuestra vida. Nos acompaña, nos ayuda a crecer y nos aporta experiencias valiosas. Pero puede llegar un momento en el que ambos caminan en direcciones diferentes. Cuando eso sucede, seguir por inercia suele ser más cómodo a corto plazo, pero también suele hacer más dolorosa la despedida cuando finalmente llega.

Lo mismo sucede con proyectos, responsabilidades o compromisos que asumimos hace años. Decisiones que fueron correctas en un determinado momento, pero que quizá ya no encajan con quienes somos hoy. Sin embargo, nos cuesta soltarlas porque hemos invertido demasiado tiempo, demasiada energía o demasiadas expectativas en ellas.

Es curioso cómo funciona nuestra mente. A veces sabemos perfectamente que estamos en el tren equivocado, pero nos convencemos de que lo razonable es continuar porque ya hemos recorrido mucho camino. Como si la distancia recorrida justificara seguir avanzando en una dirección que ya no queremos.

En psicología se habla de la trampa de la inversión hecha. Cuanto más invertimos, cuanto más tiempo permanecemos en un lugar equivocado, más difícil parece abandonarlo. Más explicaciones tenemos que dar, más cambios debemos afrontar y mayor es la sensación de pérdida. Por eso la leyenda habla del coste del billete de vuelta. Cada estación aumenta el precio de reconocer que necesitamos cambiar de rumbo.

Esto no significa abandonar a la primera dificultad. No se trata de convertirnos en personas que saltan de un tren a otro cada vez que aparece un problema. Hay una diferencia importante entre perseverar y obstinarse. Perseverar consiste en mantener el rumbo cuando el destino sigue teniendo sentido. Obstinarse consiste en seguir avanzando cuando ya sabemos que nos estamos alejando de él.

La vida no suele dividirse entre trenes correctos y trenes equivocados. Muchas veces el tren en el que estamos era exactamente el que necesitábamos coger. Gracias a él hemos aprendido, hemos crecido, hemos conocido personas importantes y hemos llegado hasta donde estamos hoy. No fue una mala decisión, fue la decisión adecuada para una etapa concreta de nuestra vida.

El problema es que los destinos cambian, nosotros cambiamos. Lo que ayer nos acercaba a nuestros sueños puede alejarnos de ellos mañana, porque los sueños también cambian.

Por eso recuerdo con frecuencia aquellos viajes a Lisboa. Porque en realidad no había un único tren, había un momento del trayecto en el que el convoy se dividía y cada parte seguía una dirección diferente. Hasta esa estación todos viajaban correctamente. El error aparecía cuando alguien no se daba cuenta de que el recorrido acababa de cambiar.

Quizá eso también nos ocurra a nosotros. A veces el tren en el que te has montado es el correcto, pero solo hasta una determinada estación, después cambia de rumbo. Entonces la pregunta ya no es si acertaste al subirte, la pregunta es si serás capaz de darte cuenta de que ha llegado el momento de cambiar de vagón o de tren.

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viernes, 19 de junio de 2026

Paciencia: esa asignatura que nadie quiere estudiar

Hace tres semanas me caí de la bicicleta y me fracturé la cabeza del radio. No era la mejor noticia, pero parecía una lesión relativamente sencilla: paciencia, algo de dolor, rehabilitación y poco a poco volver a la normalidad. Al menos ese era el plan.

Durante estas semanas he ido adaptándome. Escribir con la izquierda, hacer algunas cosas más despacio, pedir ayuda para otras y asumir ciertas limitaciones temporales. No era agradable, pero parecía que el camino estaba claro.

Sin embargo, en la revisión me encontré con una sorpresa. El diagnóstico no era exactamente el que pensábamos. Hay fragmentos sueltos de la cabeza del radio y finalmente será necesaria una operación.

Cuando parece que ya has entendido lo que está pasando, la vida vuelve a cambiar el guion.

Yo ya había construido mentalmente una historia: la fractura estaba ahí, la recuperación estaba en marcha y era cuestión de tiempo; Había aceptado ese escenario. Lo que me costó fue descubrir que la historia era otra, he necesitado un tiempo para adaptarme. Muchas veces sufrimos más por nuestras expectativas que por la realidad.

La realidad no tiene la obligación de cumplir nuestros planes, ni nuestros plazos, ni nuestras previsiones, ni nuestras ganas de que todo vuelva a ser como antes.

Quizá por eso una de las asignaturas más difíciles de la vida sea la paciencia. Una materia que casi nadie quiere estudiar y en la que, tarde o temprano, todos acabamos matriculándonos.


Lo que más cuesta muchas veces no es el dolor, lo difícil es esperar: pruebas, resultados, una llamada, una operación, a recuperar movilidad, a volver a hacer cosas que dabas por hechas.

Vivimos en una cultura que premia la velocidad. Queremos respuestas inmediatas, entregas en un día, mensajes contestados en minutos y soluciones rápidas para cualquier problema.

Pero la vida tiene sus plazos.

Hay procesos que solo avanzan al ritmo que pueden avanzar. Como una planta. Podemos regarla, cuidarla y procurar que tenga buena tierra, pero no podemos hacerla crecer más rápido tirando del tallo. De hecho, si tiramos demasiado, probablemente la arranquemos.

Con las personas sucede algo parecido. Hay heridas que necesitan tiempo, aprendizajes que necesitan tiempo, recuperaciones que necesitan tiempo.

Hay momentos en los que la mejor estrategia no consiste en hacer más, sino en desesperarse menos.

No significa resignarse. Significa aceptar la realidad tal como es para poder actuar sobre lo que sí depende de nosotros.

En mi caso, ahora toca seguir las indicaciones de quienes saben más que yo, cuidar lo que puedo cuidar, agradecer el trabajo de los profesionales que me están atendiendo y dejarme ayudar por las personas que tengo alrededor.

Porque otra cosa que estas situaciones recuerdan es que nadie sale adelante completamente solo. Cuando las fuerzas, la movilidad o la autonomía disminuyen, descubres cuánto valen quienes te acompañan.

Aunque el camino no sea el que habíamos imaginado, podemos seguir avanzando paso a paso. Aunque sea más despacio de lo que nos gustaría.

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miércoles, 17 de junio de 2026

¿Estás viviendo tu vida… o la que otros esperan de ti?

Hace unos años me encontré en un taller diciendo que no sabía lo que quería… Ahora me doy cuenta de que puede ser una excusa para seguir con el piloto automático.

La excusa de "no sé lo que quiero" suele ser más cómoda de lo que parece. Mientras tanto, seguimos avanzando por inercia. Aceptamos un trabajo porque era la opción más lógica, compramos cosas porque las tiene todo el mundo, llenamos los fines de semana de actividades porque es lo que se supone que hay que hacer, vemos las series que todo el mundo comenta, perseguimos objetivos que nunca nos hemos parado a cuestionar y organizamos nuestra vida según expectativas ajenas.

No elegimos conscientemente, simplemente seguimos la corriente. Y el problema no es que esas decisiones sean necesariamente malas; el problema es que muchas veces ni siquiera son nuestras. Cuando dejamos de preguntarnos qué queremos, el piloto automático toma el control y acabamos viviendo una vida diseñada por la costumbre, la presión social o el algoritmo de turno.

Una de las preguntas más incómodas que podemos hacernos es también una de las más importantes:

¿Estás viviendo tu vida… o la que otros esperan de ti?

Vivimos en una sociedad que continuamente nos dice cómo deberíamos vivir. Qué estudiar, qué trabajo buscar, qué coche comprar, dónde viajar, cómo vestir, qué opinar o incluso qué debería hacernos felices. Antes eran la familia, el entorno cercano o la televisión. Ahora también se han sumado las redes sociales y unos algoritmos que conocen bastante bien cómo captar nuestra atención.

La influencia siempre ha existido. El problema no es que exista. El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos qué queremos nosotros.

A veces llevamos tanto tiempo atendiendo las expectativas de otros que acabamos perdiendo el contacto con nuestros propios deseos.

Pero hay una realidad incómoda: cuando no decides tú, alguien termina decidiendo por ti.

La cultura, la publicidad, las modas, las expectativas de los demás deciden. Poco a poco acabas viviendo una vida que parece correcta desde fuera, pero que quizá no termina de sentirse tuya por dentro.

Por eso es tan importante parar de vez en cuando: para escuchar, para sentir, para hacerse preguntas que no siempre tienen una respuesta inmediata:

·       ¿Qué cosas me hacen sentir vivo?

·       ¿Qué hago porque realmente lo deseo?

·       ¿Qué mantengo solo por costumbre?

·       ¿Qué seguiría haciendo si nadie me estuviera mirando?

Son preguntas sencillas, que a veces no son fáciles de contestar.

La paradoja es que muchas personas pasan años buscando tiempo para vivir, cuando en realidad ya están viviendo. Lo que ocurre es que, a veces, están viviendo la vida que otros esperan de ellas.

Y el tiempo sigue pasando igual.

Cada día que no elegimos conscientemente también es una elección.

Por eso, de vez en cuando, merece la pena detenerse y preguntarse:

Si nadie esperara nada de mí, ¿cómo elegiría vivir este próximo año?

Tal vez puedas empezar a dar pequeños pasos en la dirección de una vida más tuya.

Porque vivir tu tiempo no consiste en llenar la agenda. Consiste en asegurarte de que aquello que llena tu tiempo responde, cada vez más, a quien realmente eres.

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viernes, 12 de junio de 2026

Cumplir años

Hoy cumplo 53 años. Cuantos más años cumplo, más convencido estoy de que cumplirlos es un privilegio.

No todos llegan hasta aquí. Algunas personas de mi edad que quiero ya no están. Este año se fueron Gabi y Juan. Por eso, cuando llega un cumpleaños siento una profunda sensación de agradecimiento. Seguir cumpliendo años es, probablemente, el mejor regalo que podemos recibir.

Cumplir años también significa hacerse mayor. Aceptar que ya no tengo la energía de los veinte, que algunas recuperaciones son más lentas y que el cuerpo empieza a recordarte que el tiempo pasa. Pero también significa seguir teniendo la oportunidad de vivir, aprender, disfrutar, equivocarme y volver a empezar.

Cada cumpleaños es un recordatorio de algo que a menudo olvidamos: el tiempo es finito y, precisamente por eso, es valioso.

Tengo la sensación de que me queda mucho por aprender, experimentar y vivir. Me siento más curioso que cuando era joven, también más consciente. Quizá porque ahora sé que no podré hacerlo todo. Y cuando descubres que no podrás hacerlo todo, empiezas a preguntarte qué merece realmente la pena.

Una amiga suele decir que con los años pierdes vista, pero ves a un tonto venir de lejos. Me hace gracia la frase, pero encierra una gran verdad. La experiencia te ayuda a distinguir mejor lo importante de lo accesorio. Te pierdes menos en discusiones inútiles, en preocupaciones que no llevan a ninguna parte o en intentar agradar a todo el mundo. Como se suele decir, llega un momento en el que estás mayor para ciertas tonterías.

Aunque, pensándolo bien, para algunas tonterías se puede estar mayor a cualquier edad. Tú escoges hasta cuando quieres aguantar tonterías.

Con los años quizá avanzas más despacio, pero también más directo. Conoces mejor el camino.

Hace tiempo, cuando preparaba una charla sobre el tiempo para un grupo numeroso de jubilados, mi hijo Juan me regaló una reflexión que no he olvidado. Me dijo que cuanto más mayor, el tiempo es más importante, porque queda menos.

A medida que cumplimos años, el tiempo disponible disminuye (aunque no sabemos cuánto nos queda). Puede parecer una idea incómoda, pero también es una invitación a vivir con más intención. No para hacer más cosas, sino para hacer más nuestras las cosas que hacemos.

Porque aprovechar el tiempo no significa lo mismo para todos. Para unos será emprender un proyecto, para otros viajar y para otros cuidar a su familia, leer un libro, pasear sin prisa o simplemente sentarse a conversar con alguien a quien quieren. Lo importante es que sea tu forma de aprovecharlo.

Llego a los 53 años con una certeza mayor que cuando cumplí 23, 33 o 43: el tiempo es demasiado valioso para vivirlo en piloto automático. Quizá por eso cada cumpleaños me parece una buena excusa para detenerme unos minutos y hacerme algunas preguntas:

  • ¿Cómo ha ido este año?
  • ¿Quién soy hoy?
  • ¿En quién me estoy convirtiendo?
  • ¿Cómo quiero vivir el año que empieza?

No siempre tengo respuestas claras. Pero cada vez estoy más convencido de que las preguntas adecuadas valen mucho más que muchas respuestas apresuradas.

Y hoy, al apagar una vela más, la pregunta que quiero llevarme al nuevo año es sencilla:

Si el tiempo es mi recurso más valioso, ¿estoy dedicándolo a aquello que de verdad importa?

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miércoles, 10 de junio de 2026

Hoy me toca renunciar

Hoy me toca renunciar a pasar unos días en Silos con un grupo de amigos y profesionales con los que, de vez en cuando, hacemos una parada en el camino. Una de esas pausas que ayudan a salir del ruido diario para preguntarnos algo tan sencillo y tan importante como: ¿de dónde vengo?, ¿dónde estoy?, ¿hacia dónde quiero ir?

Son encuentros que disfruto mucho. Salgo de ellos con más claridad, más perspectiva y, casi siempre, con alguna pregunta importante rondando por dentro.

Esta vez no podré estar. Mi cuerpo todavía no está para demasiadas aventuras. Los dolores siguen ahí, la movilidad mejora poco a poco, pero aún queda camino por recorrer. Y aunque racionalmente sé que necesito descansar y recuperarme, reconozco que me cuesta aceptarlo.

Porque renunciar a algo que te apetece nunca es fácil.

Muchas veces, a lo largo de mi vida, he cometido la misma equivocación: intentar volver antes de tiempo. Forzar, exigirme más de la cuenta, convencerme de que podía, aunque el cuerpo estuviera diciendo claramente que no.

Casi siempre el resultado ha sido el mismo: acabar pagando el precio después.

Con los años he aprendido que escuchar al cuerpo no es una muestra de debilidad, es una forma de inteligencia. El cuerpo suele hablar bajito al principio y, si no le hacemos caso, termina gritando.

Ahora me toca escuchar y aceptar que recuperarse también es una tarea. Que descansar también es necesario. Que hay momentos para empujar y momentos para parar. Y este es uno de esos momentos.

Os echaré mucho de menos. Sé que estos días pensaré mucho en vosotros, en las risas, el movimiento y sentimiento compartido que tendréis junto al monasterio, en los paseos, las reflexiones, las conversaciones y en los silencios que tanto enseñan.

Esta vez no estaré allí, decido quedarme con conciencia. Estaré haciendo lo que ahora mismo me toca: cuidarme para volver con más fuerza cuando llegue el momento.

Porque cuando toca descanso, toca descanso.

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jueves, 4 de junio de 2026

El regalo inesperado de bajar el ritmo

Hay un dicho que siempre me ha gustado: “Si quieres ir deprisa, vísteme despacio”. Estos días está cobrando para mí un significado especial.

Desde el accidente de bicicleta tengo algunas limitaciones que me obligan a hacer las cosas de otra manera. Entre ellas, escribir con la mano izquierda. Y resulta curioso lo que ocurre cuando escribir te cuesta más: piensas mejor lo que vas a escribir.

Las palabras salen más despacio, corriges menos, te das cuenta de que no merece la pena escribir tres veces una frase porque antes de empezar ya la has pensado un poco más. Lo mismo ocurre con muchas otras tareas. Cuando no puedes hacerlas con la misma facilidad de siempre, te paras a valorar si realmente merece la pena hacerlas.

Vivimos en una época que premia la velocidad. Contestar rápido, decidir rápido, producir rápido. Sin embargo, muchas veces esa prisa nos hace dar rodeos. Hacemos algo deprisa, detectamos errores, corregimos, volvemos a revisar y terminamos dedicando más tiempo del que habríamos empleado si hubiéramos ido un poco más despacio desde el principio.

También estoy descubriendo otra consecuencia inesperada de esta situación. Como no puedo hacer todo lo que normalmente haría, la priorización se vuelve mucho más clara.

Cuando tienes menos capacidad disponible, empiezas a distinguir mejor entre lo importante y lo accesorio. Algunas cosas que parecían urgentes dejan de parecerlo. Algunas tareas que llenaban la agenda desaparecen sin que ocurra ninguna tragedia. Y otras, en cambio, muestran claramente que sí merecen atención.

El accidente no ha sido bueno. Nadie desea una caída ni las molestias que vienen después. Pero dentro de lo que ha ocurrido, sí me está regalando algo valioso: más claridad para elegir. Más conciencia de que no puedo hacerlo todo. Más permiso para centrarme en aquello que realmente aporta valor.

La paradoja es que esta lección no solo sirve cuando uno está limitado físicamente. También es válida cuando estamos perfectamente bien. La diferencia es que, cuando tenemos toda nuestra energía disponible, solemos olvidar que sigue siendo imposible hacerlo todo. Entonces llenamos los días de compromisos, tareas y proyectos hasta que volvemos a sentir que nos falta tiempo.

Creo que este periodo va a ser, en parte, un tiempo de reflexión. Una parada obligatoria de la que espero sacar fruto. Un tiempo para observar qué merece realmente mi atención y qué puedo dejar pasar. Un tiempo para salir con las ideas más claras y con una selección más consciente de lo que hago y de lo que no hago.

Porque a veces la vida nos obliga a bajar el ritmo para enseñarnos algo que la prisa no nos deja ver.

Mi recomendación es sencilla: no esperes a tener un accidente, una enfermedad o un agotamiento para darte cuenta de que no puedes hacerlo todo. Puedes parar un momento hoy mismo. Revisar tus compromisos. Preguntarte qué es realmente importante. Y elegir con más calma.

Muchas veces, la forma más rápida de avanzar consiste precisamente en ir un poco más despacio.

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