jueves, 4 de junio de 2026

El regalo inesperado de bajar el ritmo

Hay un dicho que siempre me ha gustado: “Si quieres ir deprisa, vísteme despacio”. Estos días está cobrando para mí un significado especial.

Desde el accidente de bicicleta tengo algunas limitaciones que me obligan a hacer las cosas de otra manera. Entre ellas, escribir con la mano izquierda. Y resulta curioso lo que ocurre cuando escribir te cuesta más: piensas mejor lo que vas a escribir.

Las palabras salen más despacio, corriges menos, te das cuenta de que no merece la pena escribir tres veces una frase porque antes de empezar ya la has pensado un poco más. Lo mismo ocurre con muchas otras tareas. Cuando no puedes hacerlas con la misma facilidad de siempre, te paras a valorar si realmente merece la pena hacerlas.

Vivimos en una época que premia la velocidad. Contestar rápido, decidir rápido, producir rápido. Sin embargo, muchas veces esa prisa nos hace dar rodeos. Hacemos algo deprisa, detectamos errores, corregimos, volvemos a revisar y terminamos dedicando más tiempo del que habríamos empleado si hubiéramos ido un poco más despacio desde el principio.

También estoy descubriendo otra consecuencia inesperada de esta situación. Como no puedo hacer todo lo que normalmente haría, la priorización se vuelve mucho más clara.

Cuando tienes menos capacidad disponible, empiezas a distinguir mejor entre lo importante y lo accesorio. Algunas cosas que parecían urgentes dejan de parecerlo. Algunas tareas que llenaban la agenda desaparecen sin que ocurra ninguna tragedia. Y otras, en cambio, muestran claramente que sí merecen atención.

El accidente no ha sido bueno. Nadie desea una caída ni las molestias que vienen después. Pero dentro de lo que ha ocurrido, sí me está regalando algo valioso: más claridad para elegir. Más conciencia de que no puedo hacerlo todo. Más permiso para centrarme en aquello que realmente aporta valor.

La paradoja es que esta lección no solo sirve cuando uno está limitado físicamente. También es válida cuando estamos perfectamente bien. La diferencia es que, cuando tenemos toda nuestra energía disponible, solemos olvidar que sigue siendo imposible hacerlo todo. Entonces llenamos los días de compromisos, tareas y proyectos hasta que volvemos a sentir que nos falta tiempo.

Creo que este periodo va a ser, en parte, un tiempo de reflexión. Una parada obligatoria de la que espero sacar fruto. Un tiempo para observar qué merece realmente mi atención y qué puedo dejar pasar. Un tiempo para salir con las ideas más claras y con una selección más consciente de lo que hago y de lo que no hago.

Porque a veces la vida nos obliga a bajar el ritmo para enseñarnos algo que la prisa no nos deja ver.

Mi recomendación es sencilla: no esperes a tener un accidente, una enfermedad o un agotamiento para darte cuenta de que no puedes hacerlo todo. Puedes parar un momento hoy mismo. Revisar tus compromisos. Preguntarte qué es realmente importante. Y elegir con más calma.

Muchas veces, la forma más rápida de avanzar consiste precisamente en ir un poco más despacio.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.


No hay comentarios:

Publicar un comentario