Me
operaron el jueves, la operación fue bien y eso es lo importante. Sin embargo, tenía
la expectativa de un proceso más fácil y de que a estas alturas estaría
bastante mejor. Imaginaba que tendría menos dolor, que me movería con más
facilidad y que la recuperación sería más rápida. Incluso pensaba que el
viernes me darían el alta para poder atender un compromiso que tenía pendiente
y que el sábado podría acercarme, aunque solo fuera un rato, a un bautizo y al
cincuenta cumpleaños de una buena amiga.
La
realidad ha sido otra. He vuelto, en cierto modo, a la situación en la que
estaba hace un mes, justo después de la caída de la bicicleta. Otra vez con el
brazo inmovilizado, con dificultades para escribir (solo con la mano izquierda),
con dolor y con la sensación de que cualquier tarea sencilla requiere un
esfuerzo enorme.
Mucho
tiempo sentado en el sofá, con pocas ganas de recibir visitas y dejando pasar
los días con el único objetivo de recuperarme. Además, apareció una reacción
alérgica que no esperaba y que hizo el proceso todavía un poco más incómodo.
Me doy
cuenta de que buena parte del malestar no viene solo del dolor o de las
limitaciones. También nace de la distancia que hay entre la realidad y las
expectativas que me había construido. Cuando esperas estar mejor y descubres
que no lo estás, la frustración encuentra un terreno muy fértil.
Durante
estos días me he sorprendido pensando más en todo lo que no voy a poder hacer
que en lo que sí puedo hacer. Me acordaba del taller al que tenía muchas ganas
de asistir y que ahora tendré que perderme, de los planes cancelados, de las
personas a las que no voy a ver, de todas esas pequeñas cosas que uno da por
hechas hasta que la vida decide cambiarlas de un día para otro. Y eso que sigo
confiando en la recuperación, cuando otras personas no pueden tener esa
expectativa.
Quizá
eso es lo que puedo cambiar. No el de tener expectativas, porque todos las
necesitamos para mirar hacia delante, sino el de seguir aferrándome a unas
expectativas que ya no encajan con la realidad.
Cuando
encuentras una carretera cortada no consiste en insistir una y otra vez en ir
por allí. Simplemente, hay que recalcular la ruta, como en esta y otras
ocasiones.
En
Vivir tu tiempo he escrito muchas veces sobre poner el foco en aquello que
depende de nosotros, hoy me toca recordármelo a mí mismo. No puedo acelerar la
recuperación ni hacer desaparecer el dolor antes de tiempo, pero sí puedo
decidir cómo vivir este proceso.
Puedo
agradecer que la operación haya salido bien, que el sábado ya estuviera en casa
y que hoy me haya levantado con ganas de escribir estas líneas. También puedo
aprovechar este tiempo para descansar, leer, pensar y aceptar que, durante una
temporada, mi trabajo principal es recuperarme.
Soy un
afortunado. La operación ha ido bien, estoy en casa y, aunque más despacio de
lo que me gustaría, cada día voy dando un pequeño paso hacia adelante. Hoy ese
paso ha sido escribir esta reflexión. Mañana será otro distinto.
Y así,
poco a poco, iré sustituyendo las expectativas que ya no sirven por otras
nuevas, más ajustadas a la realidad.
Porque
vivir tu tiempo no consiste en que las cosas sucedan como esperabas, sino en
aprender a vivir plenamente el tiempo que la vida te pone hoy por delante.
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