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domingo, 5 de julio de 2026

No hay mal que por bien no venga

Hace unos días que la vida decidió bajar mi ritmo. O, mejor dicho, obligarme a bajarlo. Un brazo inmovilizado, una operación en la cabeza del radio y muchas de esas pequeñas cosas cotidianas que de repente dejan de ser tan pequeñas cuando no puedes hacerlas con normalidad: vestirse, abrir un bote, cortar un trozo de pan, escribir, conducir, dormir sin acordarte del brazo.

Uno descubre enseguida hasta qué punto damos por hechas muchas cosas.

En estos días me he acordado varias veces de mis abuelos. Pertenecían a una generación que convivía con lo que había. No recuerdo que perdieran demasiado tiempo preguntándose si una situación era justa o injusta. Si llovía, había que buscar qué hacer bajo techo. Si una herramienta se rompía, se arreglaba. Y si no tenía arreglo, se encontraba otra manera de hacer las cosas.

Había menos control con mucha más adaptación y aceptación.

Nunca los oí hablar de resiliencia, ni de mindfulness, que practicaban todos los días. Estar en lo que hay, en lo que sucede. No elegían las circunstancias, elegían qué hacer con ellas.

Estos días, la fractura me ha quitado bastantes cosas. He tenido que cancelar viajes, renunciar a talleres, dejar la bicicleta aparcada, olvidarme del gimnasio y aceptar una dependencia que no me resulta especialmente cómoda.

Pero, curiosamente, también están apareciendo algunos efectos secundarios que no esperaba. Uno de ellos me hace hasta sonreír, estoy adelgazando.

No porque haga más ejercicio, prácticamente no me muevo. Lo que ocurre es que muchas de las cosas que más me apetecen entre horas requieren precisamente ese brazo: cortar un poco de queso, un poco de chorizo, preparar un bocadillo, hasta pelar una naranja…

Entre la incomodidad y la pereza, muchas veces se me quitan las ganas. Resulta que, sin buscarlo, estoy encontrando una forma más saludable de comer y la báscula empieza a bajar. Espero convertirla en hábito.

No recomiendo romperse un brazo como método de adelgazamiento. Hay opciones bastante mejores. Pero me llama la atención cómo funciona a veces la vida. Entre lo que nos pasa aparece algún regalo inesperado escondido entre las dificultades.

Quizá sucede más veces de las que pensamos. Solo que estamos tan ocupados mirando lo que hemos perdido que no alcanzamos a ver lo que hemos ganado.

No siempre podremos elegir lo que nos ocurre. A veces la vida cambia nuestros planes sin pedir permiso.

Pero sí podemos entrenar la mirada para descubrir qué oportunidades, qué aprendizajes o qué pequeños regalos vienen escondidos dentro de cada contratiempo.

Mis abuelos seguramente no habrían escrito un artículo sobre todo esto. Lo habrían resumido con la sabiduría sencilla que da una vida entera aprendiendo a adaptarse. El famoso dicho:

No hay mal que por bien no venga.

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viernes, 19 de junio de 2026

Paciencia: esa asignatura que nadie quiere estudiar

Hace tres semanas me caí de la bicicleta y me fracturé la cabeza del radio. No era la mejor noticia, pero parecía una lesión relativamente sencilla: paciencia, algo de dolor, rehabilitación y poco a poco volver a la normalidad. Al menos ese era el plan.

Durante estas semanas he ido adaptándome. Escribir con la izquierda, hacer algunas cosas más despacio, pedir ayuda para otras y asumir ciertas limitaciones temporales. No era agradable, pero parecía que el camino estaba claro.

Sin embargo, en la revisión me encontré con una sorpresa. El diagnóstico no era exactamente el que pensábamos. Hay fragmentos sueltos de la cabeza del radio y finalmente será necesaria una operación.

Cuando parece que ya has entendido lo que está pasando, la vida vuelve a cambiar el guion.

Yo ya había construido mentalmente una historia: la fractura estaba ahí, la recuperación estaba en marcha y era cuestión de tiempo; Había aceptado ese escenario. Lo que me costó fue descubrir que la historia era otra, he necesitado un tiempo para adaptarme. Muchas veces sufrimos más por nuestras expectativas que por la realidad.

La realidad no tiene la obligación de cumplir nuestros planes, ni nuestros plazos, ni nuestras previsiones, ni nuestras ganas de que todo vuelva a ser como antes.

Quizá por eso una de las asignaturas más difíciles de la vida sea la paciencia. Una materia que casi nadie quiere estudiar y en la que, tarde o temprano, todos acabamos matriculándonos.


Lo que más cuesta muchas veces no es el dolor, lo difícil es esperar: pruebas, resultados, una llamada, una operación, a recuperar movilidad, a volver a hacer cosas que dabas por hechas.

Vivimos en una cultura que premia la velocidad. Queremos respuestas inmediatas, entregas en un día, mensajes contestados en minutos y soluciones rápidas para cualquier problema.

Pero la vida tiene sus plazos.

Hay procesos que solo avanzan al ritmo que pueden avanzar. Como una planta. Podemos regarla, cuidarla y procurar que tenga buena tierra, pero no podemos hacerla crecer más rápido tirando del tallo. De hecho, si tiramos demasiado, probablemente la arranquemos.

Con las personas sucede algo parecido. Hay heridas que necesitan tiempo, aprendizajes que necesitan tiempo, recuperaciones que necesitan tiempo.

Hay momentos en los que la mejor estrategia no consiste en hacer más, sino en desesperarse menos.

No significa resignarse. Significa aceptar la realidad tal como es para poder actuar sobre lo que sí depende de nosotros.

En mi caso, ahora toca seguir las indicaciones de quienes saben más que yo, cuidar lo que puedo cuidar, agradecer el trabajo de los profesionales que me están atendiendo y dejarme ayudar por las personas que tengo alrededor.

Porque otra cosa que estas situaciones recuerdan es que nadie sale adelante completamente solo. Cuando las fuerzas, la movilidad o la autonomía disminuyen, descubres cuánto valen quienes te acompañan.

Aunque el camino no sea el que habíamos imaginado, podemos seguir avanzando paso a paso. Aunque sea más despacio de lo que nos gustaría.

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domingo, 15 de septiembre de 2024

Descanso, aceptación y suficiente

Ayer estaba fundido, me quede dormido antes de las diez de la noche en el sofá. Me despertó una llamada a eso de las diez y tuve la fuerza suficiente para subirme a la cama. He dormido casi 10 horas, un montón para lo que duermo normalmente. Para mucha gente dormir más de 10 horas el fin de semana es lo normal, creo que para todas mis hermanas es así, no es mi caso.

Afortunadamente he aprendido a escuchar un poco más mi cuerpo, a sentir el cansancio y descansar. Aunque a veces se me olvida. No hace tantos años, era frecuente, al llegar las vacaciones, que me pusiese enfermo, así no tenía otra opción que descansar. El cuerpo es sabio y nos dice muchas cosas si le aprendemos a escuchar.

El cansancio de ayer se debía no solo al exceso de actividad de la semana, también era un cansancio físico de disfrutar de una buena caminata por el cañón del Ebro, a su paso por la provincia de Burgos. La cabeza descanso, pero se cansaron las piernas.

Vistas del cañón del Ebro (Valdelateja). Tomada de Confederación hidrográfica del Ebro
La falta de descanso está muy ligada a la autoexigencia, al cada vez más, más tareas, más objetivos, sentimiento de culpa al parar. Acostumbrados a tratar de hacerlo todo nos cuesta decir que no al sentirnos cansados, cuando sentimos que no es el momento. Incluso a veces nos pasamos ese sentimiento por encima. Ayer me alegre cuando una compañera de trabajo me decía que había dicho que no a una tarea, después de pensárselo unos días. En otro caso habría estado tres semanas sin dar abasto.

El viernes estuve con Emilio Adrián dando una vuelta en bici, le cito porque me dijo que lo pusiese en los créditos. Me decía que antes de plantearse más objetivos hay que pasar por la aceptación. Ver que no aceptamos de nosotros y que nos sentaría bien aceptar.

Sin aceptar, sin disfrutar de lo que ya tenemos, nos metemos en la guerra del más. Cada vez más objetivos, detrás de cada reto conseguido encontramos nuevos retos, nuevos desafíos. En la rueda del hámster, cuanto antes conseguimos algo, antes vamos a por lo siguiente.

La clave es descubrir cuando es suficiente ¿Cuánto es suficiente para ti? Cuando es momento de parar, descansar, saborear el punto en el que estás. Dejarte sentir cuando el próximo reto te resta más de lo que te aporta, abandonar el automático por tomar más conciencia de tus necesidades, algunas tan simples como descansar.

Recuerdo mis tiempos más jóvenes, sentado al lado del superjefe a nivel europeo del Boston Consulting Group, donde había empezado a trabajar. Me dijo que lo que más disfrutaba era sentarse en verano, a la puerta de casa, en un pueblo de montaña, a leer y a charlar con los vecinos que pasaban. Me dije, eso lo tengo bien fácil volviendo a mi pueblo de la España vaciada, las decisiones desde allí vinieron solas.

Teniendo claro lo que quieres es más fácil decidir qué haces.

Autoexigencia y búsqueda constante de más objetivos impiden el descanso adecuado. Saber cuándo es suficiente para disfrutar, sin caer en la “rueda del hámster” de la productividad continua.

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