Hay decisiones que sorprenden más que cualquier ascenso. No porque sean difíciles de entender, sino porque van en dirección contraria a lo que la mayoría espera.
Durante
años nos preparan para asumir más responsabilidades. Primero coordinas un
pequeño equipo, después diriges un servicio, un departamento o una empresa.
Desde fuera parece el camino natural, cada nuevo cargo es un reconocimiento al
trabajo realizado.
Pero
casi nadie habla del momento en que uno
siente que esa etapa ha terminado. No porque haya salido mal, ni porque
exista un conflicto, tampoco porque se haya perdido la ilusión por el proyecto
o el cariño por las personas. Simplemente porque descubre que quiere aportar
desde otro lugar.
Me
recuerda, salvando todas las distancias, a esas parejas que se aprecian
profundamente, que se desean lo mejor y que, aun así, comprenden que ya no
quieren seguir siendo pareja. No hay enfado, no hay reproches, solo la certeza
de que la relación necesita transformarse.
Con
los puestos de responsabilidad puede ocurrir algo parecido. Uno puede sentirse
orgulloso de lo vivido, agradecer la confianza recibida y seguir apreciando
enormemente a sus compañeros. Y, al mismo tiempo, sentir que ha llegado el
momento de dejar de dirigir para volver a disfrutar del trabajo de base.
Porque
dirigir tiene muchas satisfacciones,
pero también un peso que casi nunca se ve: Las decisiones difíciles, los
conflictos que hay que mediar, la preocupación por el equipo, los problemas que
te acompañan de camino a casa (incluso de vacaciones) y que, muchas veces,
siguen contigo cuando intentas dormir.
Hay
trabajos que terminan cuando sales por la puerta y responsabilidades que ocupan
también una parte de la noche.
Quizá
por eso llega un momento en que algunos médicos desean volver a centrarse en
sus pacientes. Algunos profesores prefieren dedicar más tiempo a enseñar e
investigar que a gestionar reuniones. Algunos ingenieros disfrutan más
resolviendo problemas que organizando agendas.
No
porque dirigir sea peor. Simplemente porque descubren que aquello que les hizo
enamorarse de su profesión sigue estando en el trabajo cotidiano.
Una
organización también necesita personas que sepan cuándo ha llegado el momento
de facilitar el relevo. Permanecer indefinidamente no siempre es la mejor forma
de servir. A veces, el mayor acto de liderazgo consiste en confiar en que otros
también pueden hacerlo bien.
No
somos directores, jefes o responsables, solo desempeñamos ese papel durante un
tiempo. Cuando dejamos de ocuparlo, seguimos siendo la misma persona, con la
misma experiencia, con el mismo compromiso. Solo cambia el lugar desde el que
contribuimos.
En el
Camino de Santiago aprendí que ningún peregrino pretende quedarse para siempre
en el albergue donde mejor le trataron. Lo agradece, descansa, da las
gracias... y continúa caminando.
Tal
vez los puestos de responsabilidad se parezcan un poco a esos albergues. Son etapas, no destinos.
Quizá
una vida bien vivida no consista en subir cada vez más alto, sino en elegir,
una y otra vez, el lugar desde el que queremos seguir aportando.
Porque,
al final, no siempre avanzar significa ocupar un puesto más importante.
A
veces, avanzar consiste simplemente en recuperar aquello que un día nos hizo
disfrutar de nuestro trabajo.
Si
quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu,
puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario