En
unos días nos íbamos de vacaciones. Era un plan esperado desde hace tiempo.
Descansar, desconectar, estar con la familia y disfrutar de unos días sin
horarios.
Sin embargo,
este año las vacaciones han llegado acompañadas de otra realidad.
He
empezado la rehabilitación del codo después de la operación. Y justo ahora
aparece una decisión incómoda: si me voy de vacaciones, interrumpo la
rehabilitación durante esos días. Si me quedo, mantengo el tratamiento, pero
renuncio a compartir ese tiempo con mi familia.
Existe
una tercera opción (casi siempre existe). Volver para hacer la rehabilitación y
regresar de nuevo con ellos. Un viaje de cuatro horas para cuarenta y cinco minutos
de ejercicios. Al día siguiente, otra vez; y de nuevo volver. No parece la
alternativa más cómoda, pero finalmente tomo esta opción.
No es
perfecta. Me habría gustado pasar todas las vacaciones con mi familia, sin
interrupciones. Pero ahora mismo hay algo que tiene más prioridad. Recuperar
bien el codo.
Eso no
significa que las vacaciones hayan dejado de ser importantes. Siguen siéndolo.
Descansar y compartir tiempo con quienes quieres siempre merece la pena. Lo que
ocurre es que, en este momento, ha aparecido algo que pesa más en la balanza.
Y eso
me ha hecho pensar que la importancia nunca es absoluta. Es comparativa, es
relativa.
La
vida reorganiza nuestras prioridades con una rapidez sorprendente. El problema
aparece cuando seguimos dedicando tiempo y energía a lo que ayer era
importante, aunque hoy ya no lo sea.
Muchas veces no necesitamos hacer más
cosas.
Necesitamos decidir mejor cuáles merecen
realmente nuestro tiempo.
Cuando
las prioridades están claras, muchas decisiones dejan de ser tan difíciles.
Puede que no nos gusten. Puede que impliquen renuncias. Pero al menos sabemos
por qué las tomamos.
En mi
caso, la prioridad ahora es la rehabilitación, después vendrá todo lo demás.
Y
dentro de ese "todo lo demás", intentaré hacer lo mejor posible.
Compartiré con mi familia todos los momentos que pueda, disfrutaré de los días
que estemos juntos, descansaré cuando sea posible.
No
será el verano que imaginábamos. Puede ser el mejor verano posible dadas las
circunstancias.
Quizá
esa sea una buena forma de ordenar la vida, colocar primero lo prioritario. Y, con el tiempo que queda, hacer lo
mejor que podamos con todo lo demás.
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