Hay
personas que disfrutan planificando hasta el último detalle. Otras prefieren
levantarse sin saber muy bien cómo acabará el día. No creo que exista una única
forma correcta de hacerlo.
Planificar
tiene muchas ventajas: Nos ayuda a avanzar, a priorizar lo
importante y a no dejar que las urgencias decidan por nosotros. El problema no
suele ser el plan.
El
problema aparece cuando nos aferramos tanto a él que dejamos de ver todo lo que
ocurre alrededor.
Si
programas cada minuto del día, ¿Dónde cabe una conversación que merece
prolongarse un poco más? ¿Dónde entra ese amigo que te llama para tomar un
café? ¿Qué haces cuando descubres un lugar precioso que no estaba en tu
itinerario y no puedes detenerte porque "no toca"?
A
veces, la agenda se convierte en una especie de camisa de fuerza. En
lugar de ser una herramienta para vivir mejor, acaba diciéndonos cómo tenemos
que vivir.
También
sucede en las vacaciones. Conozco personas que vuelven agotadas de recorrer
cinco ciudades en seis días. Han visto todo lo que figuraba en la guía de
viaje, pero apenas recuerdan un momento especial. Han estado tan pendientes de
cumplir el plan que no han tenido tiempo para disfrutar del camino.
Sin
embargo, muchas veces lo que permanece en la memoria no es el monumento más
famoso, sino aquella terraza en la que terminaste hablando con un desconocido,
el pueblo al que llegaste por equivocación, la playa que encontraste porque
decidiste desviarte unos kilómetros o esa sobremesa que se alargó sin mirar el
reloj.
Lo mejor del viaje, con frecuencia, no
estaba previsto.
Pensamos
que controlar cada detalle nos dará más tranquilidad. Pero controlar tanto, también tiene un precio: reduce el espacio para la
sorpresa, para la creatividad, para la espontaneidad y para esos pequeños
regalos que la vida ofrece cuando no estamos demasiado ocupados intentando que
todo salga exactamente como habíamos imaginado.
No
estoy proponiendo vivir sin organización. De hecho, me gusta planificar. Pero intento
dejar algunos huecos sin rellenar.
He
descubierto que esos espacios vacíos no son tiempo perdido. Son el lugar donde
muchas veces aparece lo que realmente merece la pena.
¿Cuánto espacio quieres dejar para que la
vida pueda sorprenderte?
Cada
persona necesita un equilibrio diferente. Hay quien funciona mejor con una
estructura muy marcada y quien necesita más libertad para sentirse vivo.
Ninguna opción es mejor que la otra, siempre que haya sido elegida
conscientemente y no por costumbre.
Al fin
y al cabo, una agenda completamente llena transmite una sensación de control. Pero
una agenda con algunos huecos transmite algo quizá todavía más valioso: tiempo
para aquello que todavía no sabes que va a ocurrir.
¿Cuánto
espacio dejas en tu vida para lo inesperado? ¿Necesitas más planificación… o un
poco más de flexibilidad?
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