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sábado, 25 de julio de 2026

La vida no siempre pide cita previa

En unos días nos íbamos de vacaciones. Era un plan esperado desde hace tiempo. Descansar, desconectar, estar con la familia y disfrutar de unos días sin horarios.

Sin embargo, este año las vacaciones han llegado acompañadas de otra realidad.

He empezado la rehabilitación del codo después de la operación. Y justo ahora aparece una decisión incómoda: si me voy de vacaciones, interrumpo la rehabilitación durante esos días. Si me quedo, mantengo el tratamiento, pero renuncio a compartir ese tiempo con mi familia.

Existe una tercera opción (casi siempre existe). Volver para hacer la rehabilitación y regresar de nuevo con ellos. Un viaje de cuatro horas para cuarenta y cinco minutos de ejercicios. Al día siguiente, otra vez; y de nuevo volver. No parece la alternativa más cómoda, pero finalmente tomo esta opción.

No es perfecta. Me habría gustado pasar todas las vacaciones con mi familia, sin interrupciones. Pero ahora mismo hay algo que tiene más prioridad. Recuperar bien el codo.

Eso no significa que las vacaciones hayan dejado de ser importantes. Siguen siéndolo. Descansar y compartir tiempo con quienes quieres siempre merece la pena. Lo que ocurre es que, en este momento, ha aparecido algo que pesa más en la balanza.

Y eso me ha hecho pensar que la importancia nunca es absoluta. Es comparativa, es relativa.

Algo nos parece muy importante... hasta que sucede otra cosa que cambia completamente el orden de nuestras prioridades. Un problema de salud, un accidente, una enfermedad de alguien cercano o una situación inesperada pueden hacer que aquello que ocupaba el primer lugar pase, de repente, al segundo, al tercero o incluso deje de tener relevancia.

La vida reorganiza nuestras prioridades con una rapidez sorprendente. El problema aparece cuando seguimos dedicando tiempo y energía a lo que ayer era importante, aunque hoy ya no lo sea.

Muchas veces no necesitamos hacer más cosas.

Necesitamos decidir mejor cuáles merecen realmente nuestro tiempo.

Cuando las prioridades están claras, muchas decisiones dejan de ser tan difíciles. Puede que no nos gusten. Puede que impliquen renuncias. Pero al menos sabemos por qué las tomamos.

En mi caso, la prioridad ahora es la rehabilitación, después vendrá todo lo demás.

Y dentro de ese "todo lo demás", intentaré hacer lo mejor posible. Compartiré con mi familia todos los momentos que pueda, disfrutaré de los días que estemos juntos, descansaré cuando sea posible.

No será el verano que imaginábamos. Puede ser el mejor verano posible dadas las circunstancias.

Quizá esa sea una buena forma de ordenar la vida, colocar primero lo prioritario. Y, con el tiempo que queda, hacer lo mejor que podamos con todo lo demás.

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viernes, 22 de mayo de 2026

El tiempo que dedicamos muestra la importancia que le damos

Hay una conversación que se da de vez en cuando y que siempre me hace pensar.

  • Le escribo a alguien: “¿Tomamos un café?”.
  • Y me responde: “No tengo tiempo”.

Entonces yo suelo contestarle, medio en broma:

  • “Eso significa que tienes otras cosas más importantes que yo”.

La persona protesta enseguida, me dice que no es así, que simplemente va hasta arriba y no le da la vida. Y probablemente sea verdad, no hay mala intención en la respuesta y el aprecio existe, sino no me atrevería a decirlo tan explícitamente. Aun así, hay una parte incómoda que sigue siendo cierta: el tiempo que dedicamos a algo muestra la importancia real que tiene para nosotros.

Porque todos tenemos exactamente las mismas horas al día. Eso es quizá lo más democrático que existe. Da igual el dinero, el cargo, el talento o el lugar donde hayas nacido: cada mañana recibimos 24 horas, ni una más, ni una menos. Con sus 60 minutos cada una.

La diferencia no está en tener tiempo, la diferencia está en cómo decidimos emplearlo, en qué colocamos delante, en qué dejamos fuera, en qué estamos dispuestos a sacrificar para hacer hueco a algo.

Cuando algo nos interesa de verdad, encontramos tiempo.

Cada pequeño hueco se transforma en una oportunidad.

Lo vemos continuamente. Hay personas capaces de quedarse viendo una serie hasta las dos de la mañana, pero que “no tienen tiempo” para leer diez páginas de un libro. Personas que pasan una hora en redes sociales, pero no encuentran veinte minutos para hacer ejercicio. Personas que dicen que quieren ponerse en forma, aprender inglés o cambiar de vida… pero nunca consiguen reservar un rato para empezar.

Me llama la atención como no tenemos tiempo para otras cosas, pero sí reservamos cada día varias horas para trabajar. Ahí solemos ser bastante disciplinados, es algo sagrado (y lo entiendo).

Aunque nadie nos obliga a ir, podríamos no hacerlo, aunque tendría consecuencias. No cobraríamos, no podríamos pagar facturas, quizá perderíamos estabilidad o proyectos importantes. Y precisamente por eso elegimos dedicarle tiempo.

No sé si lo importante es el trabajo en sí o las consecuencias de no hacerlo, pero el resultado es el mismo: hacemos espacio para aquello que consideramos prioritario, en este caso el trabajo.

También se da a menudo otra contradicción frecuente. Muchas personas afirman que su familia es lo más importante de su vida… pero apenas están presentes, siempre cansados, siempre con prisa, siempre pensando en lo siguiente. A veces compartiendo espacio físico, pero no atención real.

Al final, la importancia de las cosas no se mide tanto por lo que decimos. Se mide por el tiempo que les entregamos.

Por eso quizá conviene hacerse dos preguntas incómodas:

  • ¿A qué le estás dando importancia realmente?
  • ¿Y a qué te gustaría dársela?

¿Coinciden las respuestas?

Porque, aunque nos cueste admitirlo, tu agenda y tu tiempo cuentan muchas veces una verdad que tus palabras intentan suavizar.

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domingo, 12 de abril de 2026

La libertad que da vértigo

Hoy es domingo. Ese día que en muchos entornos aparece como el gran símbolo de la libertad. No hay horarios estrictos, no hay reuniones, no hay jefes esperando respuesta. En teoría, es el día para hacer lo que uno quiera.

Y, sin embargo, no siempre es tan sencillo.

A veces, con todo ese tiempo por delante, me descubro dejándome caer en el sofá. Sin mucha intención, sin demasiada conciencia, simplemente dejando pasar el día. Puede que lo necesite, puede que sea descanso… o puede que haya otras formas de descansar que me dejen más lleno por dentro.

Entre semana, la vida viene bastante pautada. Hay estructura. Hay obligaciones. Hay un guion más o menos claro que seguir. Y eso, aunque a veces pese, también sostiene. Te quita la necesidad de decidir constantemente. Pero llega el domingo… y con él, la libertad.

Y con la libertad, una pregunta incómoda: ¿Qué quiero hacer realmente con mi vida… o al menos, con este día? No siempre es fácil responderla. Porque esa pregunta abre un espacio que puede dar vértigo. Un espacio donde ya no hay excusas. Donde elegir implica renunciar. Donde aparece, aunque sea de forma sutil, la responsabilidad.

Quizá por eso, muchas veces, nos refugiamos en la pereza o en el consumo pasivo. Pantallas, scroll infinito, contenido que entra sin pedir permiso. Horas que pasan sin apenas darnos cuenta. La sensación de “no hacer nada”… que en realidad es hacer algo que no hemos elegido del todo.

La libertad, cuando no está acompañada de intención, se diluye. Queremos libertad, pero cuando la tenemos… no siempre sabemos qué hacer con ella.

Porque ser libres también significa hacernos cargo. De lo que hacemos… y de lo que no hacemos. De en qué invertimos nuestro tiempo. De hacia dónde nos movemos.

A veces incluso preferimos la jaula conocida al vértigo de decidir. Una jaula con normas, con horarios, con caminos marcados. Más previsible, más cómoda, más tranquila; que una selva llena de posibilidades.

¿La jaula conocida o la selva de posibilidades?
No es casualidad. Llevamos toda la vida entrenados para cumplir. Desde pequeños: horarios, asignaturas, objetivos, itinerarios claros. Pocas veces nos enseñan a elegir de verdad, a priorizar, a decir “sí” a algo… sabiendo que eso implica decir “no” a muchas otras cosas. No nos entrenan para la libertad.

La libertad también se puede entrenar. Igual que aprendimos a montar en bici cayéndonos, dudando, probando… aprender a decidir requiere práctica. No es algo que se resuelva pensando mucho, sino viviendo, equivocándose, ajustando.

Por eso, quizá el domingo no es solo un día para descansar. Puede ser también un pequeño laboratorio. Un espacio para parar un momento y preguntarte:

  • ¿Qué me apetece de verdad?
  • ¿Qué necesito hoy?
  • ¿Hacia dónde me gustaría ir, aunque sea un paso pequeño?

Y después… no quedarse demasiado tiempo en la duda. Elegir, incluso con incertidumbre, incluso sin tenerlo claro del todo, dar un paso.

Porque no tenemos el control absoluto de lo que pasará, pero sí tenemos influencia. Y esa influencia empieza en decisiones pequeñas, aparentemente insignificantes, como qué haces con un domingo.

Así que te propongo algo sencillo, practica: para, déjate sentir que te apetece, piensa que quieres, donde te puede llevar cada decisión… No te atasques ahí, decide, incluso con dudas… Empieza a caminar y acepta la responsabilidad de que tienes influencia en tu futuro

Poco a poco, la libertad dejará de ser un vértigo… para convertirse en un camino.

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sábado, 4 de abril de 2026

El tiempo compartido riega las relaciones

A veces me doy cuenta de que hay personas con las que me cuesta quedar, incluso hablar. No porque no haya intención, o eso quiero pensar, sino porque siempre están ocupadas, siempre hay algo más urgente, algo que se interpone. Y pasan los días, las semanas, y ese “a ver si nos vemos” se queda flotando, sin aterrizar nunca. No es un reproche, es más bien una observación que, cuando se repite, acaba diciendo cosas.

El tiempo, al final, es una forma de cariño. Es una de las maneras más claras que tenemos de decirle a alguien “me importas”. Porque el tiempo es limitado para todos. No podemos multiplicarlo, solo decidir dónde lo ponemos. Y cuando alguien encuentra un hueco, cuando reorganiza su agenda, cuando hace el esfuerzo de verse contigo… ahí hay algo valioso, aunque no se diga con palabras.

En el fondo, dedicamos tiempo a lo que consideramos importante, aunque no siempre lo hagamos de forma consciente. Nuestra agenda acaba siendo un reflejo bastante fiel de nuestras prioridades reales, no de las que decimos tener. Y, al mismo tiempo, ocurre algo curioso: aquello a lo que le vamos dando tiempo, acaba ganando peso en nuestra vida. Lo cuidamos, lo alimentamos, y sin darnos cuenta, se convierte en importante precisamente porque le hemos hecho espacio.

También es cierto que no todo es tan simple. Muchas veces ese aparente desinterés no es tal. Puede haber exceso de ocupación, falta de organización, etapas vitales más complicadas o simplemente personas que quieren, pero no saben bien cómo sostener los vínculos en medio del ruido. A veces hay razones objetivas que dificultan el encuentro, y conviene no juzgar demasiado rápido.

Pero, aun teniendo esto en cuenta, hay una diferencia que se siente. Hay personas con las que es fácil, que encuentran un momento, que ajustan lo que haga falta, que incluso hacen un pequeño esfuerzo extra sin que se lo pidas. El fin de semana pasado me pasó en Madrid con Luis Alberto: le llamé casi sobre la marcha, cuando ya estaba llegando, y dos horas después estábamos sentados comiendo juntos. Sin grandes planes, sin complicaciones. Solo ganas de verse.

Y no solo ocurre en los encuentros puntuales. También hay relaciones más habituales en las que, sin darnos cuenta, uno de los dos acaba adaptándose casi siempre. Se ajusta a los horarios del otro, a su ritmo, a sus ocupaciones. A veces porque tiene un trabajo más flexible, más energía o mayor disponibilidad; a veces porque le sale de forma natural cuidar ese vínculo. Y puede estar bien durante un tiempo, pero si siempre es así, si el movimiento va en una sola dirección, conviene pararse a mirarlo. No tanto para reprochar, sino para tomar conciencia de cómo se está sosteniendo esa relación.

Y ahí es donde uno puede empezar a elegir. Porque muchas veces, sin darnos cuenta, somos siempre los mismos los que nos adaptamos, los que proponemos, los que insistimos un poco más. Y no pasa nada… hasta que pasa, hasta que cansa, hasta que empiezas a preguntarte si ese esfuerzo está bien colocado.

Quizá no se trata de dejar de intentarlo con todo el mundo, pero sí de observar, de ver qué relaciones fluyen y cuáles siempre cuestan. De aceptar que no todas están en el mismo momento, ni tienen el mismo espacio. Y de decidir, con cierta serenidad, dónde quieres poner tu tiempo.

Las relaciones, como las plantas, necesitan agua. Necesitan presencia, encuentros, momentos compartidos. Cuando se riegan, crecen. Cuando no, se van apagando poco a poco, sin ruido. No suele haber un gran final, simplemente se enfrían.

Por eso, elegir con quién te relacionas no es una mala idea. No desde el juicio, sino desde el cuidado. Porque tu tiempo también es limitado. Porque tu vida también está hecha de esos ratos que compartes. Y porque, al final, qué fácil es todo cuando es fácil.

Si tuviera que resumir todo esto en algo sencillo, te diría que te relaciones con quien te sienta bien. Con quien no tengas que empujar siempre, con quien el encuentro no sea una batalla contra la agenda, con quien estar no requiera tanto esfuerzo como explicación.

Porque la vida ya tiene suficiente ruido, suficiente exigencia, suficiente prisa. Y en medio de todo eso, hay personas que suman calma, presencia y facilidad. Personas con las que el tiempo no pesa, sino que se disfruta.

Quizá no se trata de tener muchas relaciones, sino de cuidar bien las que realmente te hacen bien. De elegir espacios donde puedas ser, donde haya reciprocidad, donde el tiempo compartido tenga sentido.

Al final, no es solo con quién pasas el tiempo. Es cómo te sientes cuando lo haces, aunque sea de año en año. Y eso, conviene no olvidarlo.

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viernes, 5 de septiembre de 2025

Con menos tiempo tenemos más foco

Siempre me llama la atención lo productivo que soy justo antes de irme de vacaciones. Esa última semana suelo entrar en un modo de foco absoluto: priorizo lo importante, elimino lo accesorio y avanzo en tareas que quizá llevaba semanas aplazando. ¿Por qué? Porque quiero dejar todo listo, cerrar asuntos pendientes y marcharme tranquilo. De repente, el tiempo limitado, la cuenta atrás hacia el descanso, se convierte en mi mejor aliado para organizarme y rendir al máximo.

Lo curioso es que, a la vuelta de vacaciones, muchas veces perdemos ese impulso. Volvemos con la idea de que “hay tiempo”, que lo que no hagamos hoy podremos hacerlo mañana. Y en ese exceso de confianza en que el tiempo siempre estará disponible, vamos dejando que se diluya el foco que tanto nos ayudó antes de marcharnos.

Ahora que septiembre está aquí y muchos regresamos a la rutina, es buen momento para recordarlo: cuando sentimos que el tiempo es limitado, trabajamos mejor. Nos volvemos más selectivos, más claros y más decididos. Al contrario, cuando creemos que tenemos horas y días de sobra, caemos fácilmente en el autoengaño del “ya lo haré”.

No es casualidad el dicho popular: “Si quieres que algo se haga, encárgaselo a una persona ocupada”. Quien está ocupado no puede permitirse perder tiempo; quien tiene poco espacio en la agenda suele ser quien mejor lo aprovecha. Mientras tanto, quien está demasiado ocioso acaba postergando, atrapado en esa falsa comodidad de que siempre habrá un mañana.

La paradoja es evidente: con menos horas, respetamos más cada hora. Con menos tiempo, le damos más valor al tiempo. Y ese principio no solo aplica al trabajo: también a la vida misma. La consciencia de que el tiempo no es infinito nos ayuda a cuidarlo más, a priorizar lo que de verdad importa y a evitar perderlo en lo irrelevante.

Con menos horas disponibles:

  • Priorizas lo esencial.
  • Dices no a lo accesorio.
  • Tomas decisiones rápidas.
  • Evitas distracciones porque sabes que no puedes permitirte ese lujo.

Quizá la clave para mantener el foco de septiembre sea simple: vivir cada día como si estuviéramos a punto de irnos. Con la claridad de que no podemos abarcarlo todo, pero sí podemos dar lo mejor en lo esencial.

No se trata de vivir con prisa, sino con consciencia. Menos horas, bien enfocadas, producen mejores resultados que muchas horas diluidas. Y menos vida desperdiciada en lo irrelevante deja más espacio para lo que de verdad nos llena.

Porque el tiempo limitado no es una condena, es una brújula. Y nos recuerda lo que realmente merece nuestra atención.

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domingo, 27 de octubre de 2024

El día de 25 horas del cambio de hora

Te imaginas los días de 25 horas, una hora más al día para lo que quieras. A veces pregunto ¿Qué harías si tuvieses una hora más al día? Las respuestas más comunes incluyen dormir más, descansar, leer, hacer ejercicio, pasar tiempo con los seres queridos, cocinar con tranquilidad.

Cambio de hora de otoño - creada con ChatGPT

La respuesta revela lo que echamos de menos, lo que sentimos que necesitamos, lo que nos falta.

Pues hoy es el día, estamos en el cambio de hora de otoño. Esta noche cuando daban las tres teníamos que volver los relojes a las dos. Me encantaba cuando era más joven y eso significaba una hora más de fiesta.

Esa hora extra es una oportunidad, tiempo para descansar más, para hacer algo que posponemos o simplemente para disfrutar de una mañana más tranquila. Esta hora disfrutada puede generar emociones positivas, como alivio, relajación e incluso gratitud. Puede generar la sensación de tener un regalo de tiempo, lo cual puede mejorar temporalmente el estado de ánimo.

También pone de manifiesto como la hora de reloj es algo artificial, es una convección social, para llegar todos al cole en un momento determinado o a otras citas. Nuestro cuerpo no sigue inmediatamente ese nuevo horario, necesita unos días para adaptarse.

Quizá esta noche tengamos sueño antes. Si nos íbamos a la cama a las 23, pues a las 22 de reloj el cuerpo estará pidiendo cama, es su costumbre, no le vale que el reloj diga otra cosa. Es un pequeño mini-jetlag de solo una hora. Distinto de cuando cambiamos volando varios husos horarios.

Durante esta transición, algunas personas pueden experimentar irritabilidad, fatiga, o falta de motivación, sintiéndose desorientadas o “fuera de ritmo” en sus actividades diarias. Date tiempo, especialmente si tienes más años, con la edad, la adaptación nos suele costar más.

Con el cambio de horario de otoño, los días se nos hacen más cortos, anochece más temprano, lo cual puede afectar el ánimo. Un recordatorio del invierno que se avecina.

Espero que esta hora extra te haya sentado bien. Yo he dormido un poco más y después, pensando que hoy el día era más largo, he ido más relajado. Al final una hora más no se nota en el día, sigo haciendo más o menos las mismas cosas.

A ver si soy capaz de mantener el horario de verano, irme un poco antes a la cama y seguir levantándome a la misma hora, a leer un rato ¿Cómo piensas tú disfrutar de este cambio de hora?

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domingo, 20 de octubre de 2024

Corre que vuela

"Distintos tiempos, la misma mirada" - imagen cedida por el autor (Gabriel Briones Mardones)


Un poema, regalo de mi amigo Gabi

Por los viejos tiempos, por los tiempos que corren, por los tiempos venideros


Ser un ladrón de tiempo

al tiempo.

 

Apostar para ganarlo

para exprimirlo,

hasta el final.


No dejar las horas pasar para

sacarlo de donde no hay.


Para no perderlo

llegar siempre en hora.


Si ya ha pasado

no mueve relojes,

aunque si pasa,

todo lo cura.


Evitar momentos muertos,

sin matar el que te queda.


Poder disfrutarlo,

sin horarios.


Disponer de él,

sin que corra.


Impedir que vuele

pues oro es.


Abrazarlo para

que no escape.


Aprovecharlo sin restricciones,

para así poder tenerlo,

para ti,

para mi,

para siempre,

el tiempo.


Se volverá una macabra obsesión,

atenazante presión,

desde cuando un buen día,

algún inesperado suceso,

ponga sobre la mesa,

en plato frío y sin cubiertos,

la certeza de que

cada amanecer será uno menos

y que los días están,

ya todos,

contados.


El poema habla por si solo, así que no añado más. “A buen entendedor pocas palabras bastan”. Espero esa próxima publicación de su libro de poemas y de otros más, en los que espero ver esta poesía con su firma.

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miércoles, 11 de septiembre de 2024

Felicidad o/y tranquilidad

Esta semana escribo en miércoles en lugar de en domingo. De viernes a martes he estado completando un proceso de autoconocimiento, que empecé hace casi 10 años. Estos días he estado con el SAT5 del programa SAT (buscadores de la verdad) de Claudio Naranjo.

Más que completar creo que queda mejor expresado diciendo que siento que he dado un paso más en el camino que me ayuda a conocerme y a comprenderme. Un proceso que no acaba, que no se completa, como quitar una capa más a la cebolla.

Es difícil de explicar con palabras. Me ha acercado un poco más a la tranquilidad, que me ayuda a relacionarme de manera más amplia, más espontanea, primero conmigo mismo y después, también, con los demás. Una puerta a un mundo de posibilidades.

Conocernos nos libera. Libera energía creativa que teníamos atascada. Nos permite saber lo que queremos e ir a por ello, disfrutando por el camino, siguiendo la dirección que nos marcamos. También a saber lo que no queremos.

Vivir tu tiempo va de esto, de vivir el tiempo, que es vida, en tus propios términos, soltando los automatismos, las presiones sociales. Dándote cuenta de tus pensamientos, de tus sentimientos y emociones, de tu instinto, para actuar en consecuencia.

Me encantan unas frases que encontré en internet atribuidas a Wüicho Villegas y que te comparto:

“La verdadera felicidad, es la tranquilidad.

Sin angustias en la mente. Sin presiones sociales superficiales. Sin ataduras personales hirientes. La Felicidad, no siempre es estarse riendo, cantando o saltando como demente. Tampoco es estar siempre hiperactivo. Tampoco es estar distorsionado a causa de algún exceso alegre, pues a diferencia de la alegría, la verdadera felicidad no tiene caducidad, sino que es permanente.

Un estado puro de paz, de claridad mental, de completa presencia en el presente y, por ende, de absoluto dominio de todo lo que te sucede.

Presencia en lo que piensas. Presencia en lo que dices. Presencia en lo que haces. Presencia en lo que sientes.

La Felicidad, es la tranquilidad mental que te permite disfrutar cada segundo de Vida tal y como viene.”

Te deseo mucha felicidad y tranquilidad. La aceptación de ciertas cosas ayuda.

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domingo, 1 de septiembre de 2024

¡Vete a cagar!... Sin móvil

En mi casa los tiempos en el baño se han alargado, especialmente entre los adolescentes ¿Por qué será? Seguro que te está viniendo una respuesta a la cabeza. Me da que tiene que ver con que se meten en el baño con el móvil. Hay que reconocer que ahí tienen intimidad y supongo que el tiempo que pasan dentro tiene que ver con eso.

No es solo cuestión de adolescentes. Tengo que reconocer que también es un hábito que practico, incluso cuando trato de evitarlo. Por charlas que he tenido, creo que es un hecho habitual para bastantes y bastantes casas.

El móvil, el tiempo y el baño
Ir al baño sin el móvil se está convirtiendo en extraño. Como salir de casa sin él. Cuantos hemos vuelto a casa el día que se nos ha olvidado a recogerlo, nos sentimos descolocados sin este pequeño aparatito. Por otra parte, que gusto el día que no volvemos a por él y disfrutamos de la desconexión. He tenido problemas con la batería y lo he dejado algún día en casa; la verdad es que ha estado bien, una preocupación menos, podía estar a lo que estaba, con menos interrupciones.

Además de que el baño está más ocupado que nunca hay otros motivos que aconsejan cambiar de costumbre y dejar el móvil fuera:

  • Lo que podrían haber sido dos minutos se convierten fácilmente en 15 entretenido con juegos, redes sociales u otros contenidos.
  • La postura en el inodoro con el móvil te puede generar dolores de espalda, cuello y muñecas.
  • Mucho tiempo allí sentado puede producir hemorroides. De esas que no se sufren en silencio porque se cuentan.
  • No te digo nada de la faena que supone si el móvil se cae en el inodoro.

Como ya he comentado en otras entradas, el móvil es la chupeta de los adultos. Nos la ponemos en cuanto nos aburrimos. El problema es que cuando nos ponemos la chupeta nos quedamos enganchados y los tiempos se nos alargan, además de suponer otras consecuencias.

El tema de esta entrada es un poco escatológica y también muy cierta. No se si es fácil de implementar, es simple y creo que efectiva. Un reto para el comienzo de septiembre, dejar el móvil fuera del baño, hay mucha humedad, que no sienta bien a la electrónica. Tus compañeros de hogar te lo agradecerán. (¡Vete a cagar!... Pero sin el móvil).

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lunes, 29 de julio de 2024

Perdemos mucho tiempo quejándonos

Hace unos meses estaba quejica, enfocado en lo que me molestaba, en las dificultades, en mis bloqueos. Recordé la campaña “un mundo libre de quejas”, impulsada por Will Boden, con su reto de 21 días sin quejarse. En el reto, cada vez que te quejas, criticas o murmuras, tienes que cambiarte una pulsera de brazo, hasta que consigas encadenar 21 días sin cambiarte la pulsera.

Parece fácil, tendemos a ver más lo que se quejan los demás que nuestras propias quejas. Pensamos que somos positivos. Estar todo un día sin quejarse es complicado, imagina lo que son 21 días, acostumbrarse a no quejarse.

Con el recuerdo en mente de lo que leí y experimente hace unos años con la campaña para liberarnos de la queja propia me propuse experimentarlo de nuevo.

Al quejarnos nuestra mente se enfoca en lo que está mal, nos tensamos y nos estresamos. La queja nos sienta mal, aunque creamos que nos libera. Es mucho más sano y productivo enfocarte en la solución que en la queja.

Un consejo que me dieron cuando aprendí a conducir. Enfócate en el hueco por donde vas a pasar, no en el obstáculo. Si te fijas en el obstáculo, vas hacia él. Enfocarte en lo que quieres conseguir, en el objetivo. Quejarse es enfocarse en lo contrario, en lo que no queremos, en lo que vemos mal.

Cuanto más te quejas más presente se te hace lo que está mal y menos energía tienes para enfocarte en lo que está bien y en el objetivo o la solución.

Si te acostumbras a la queja, te vuelves adicto a ella, tu cerebro va buscando más cosas de las que quejarte, así puedes entrar en las famosas competiciones de a ver quién se queja más, a ver quién está peor, que no sientan bien a ninguno de los participantes.

Puede que tengas relaciones basadas en la queja, gente con la que te juntas para quejarte sin buscar soluciones, quizá hasta sin darte cuenta. Eso te aleja de las soluciones y de lo que quieres.

Los quejicas atraen a los quejicas. Es más fácil no quejarse estando rodeado de ciertas personas. Si te rodeas de quejosos tiendes a quejarte. También si te quejas atraes las quejas de los demás.

Nuestras quejas, sin propuesta de solución, hieren al otro y también a nosotros
Si estás con alguien que se queja, en lugar de buscar algo para alimentar esa queja o sacar tú una nueva, prueba a estar callado, mantener la boca cerrada. Esperar a ver si la conversación puede ir por vías más positivas. Escuchar quejas te tienta para quejarte, no entrar al trapo, no alimentes la espiral de las quejas.

En general, preferimos estar con gente positiva, que no esté todo el día quejándose. Lo mismo les pasa a los demás, normalmente no les gusta nuestra versión quejosa. Es cansado y consume energía escuchar las quejas de otros. La queja nos resta energía a nosotros y a los que nos rodean.

Puedes pensar que quejarte de lo que ha hecho otro es la mejor forma de que cambie su comportamiento. Normalmente tiene el efecto contrario, se enfada, se defiende y persiste en su comportamiento para afirmarse. Cambia con el ejemplo y el aprecio de lo que hace bien, no por la crítica y la queja.

¿Para qué quejarse de lo que no se puede cambiar? Como por ejemplo del tiempo, quizá creemos en la magia de que si nos quejamos hará un tiempo que nos guste más ¿Esta queja lleva a algo positivo?

Cambiar la queja por el enfoque en la solución. Se enfoca en la solución, por ejemplo, decir al camarero “por favor, me puede calentar la sopa, está fría”. Esto es muy distinto de decir a quien te acompaña “menuda mierda de sopa, está fría”. En el segundo caso no sirve para solucionar el problema, simplemente sirve para enfadarnos.

Si hablas de lo que quieres en lugar de quejarte, la gente querrá trabajar y estar contigo. Hablar de cómo solucionar el problema en lugar de quejarte y de cómo será cuando se haya solucionado.

Librarse de la queja nos hace más felices y hace más felices a los que están con nosotros, mejora las relaciones. Sin quejas tendrás un impacto positivo en tu familia y en los que te rodean.

Mis palabras son poderosas y tengo la responsabilidad de escogerlas sabiamente. Conseguir algo positivo con lo que digo.

Pasados unos meses, con menos quejas y más foco en lo que quiero, avanzo más, estoy más contento y satisfecho al final del día, tengo más propósito y mejor visión. También me rodea y me rodeo de gente más positiva, mis relaciones han mejorado. Me ha sentado bien.

Dejar la queja me parece un gran reto con consecuencias muy positivas. Simple, efectivo y no tan fácil como parece ¿Quieres probar? Te reto a dejar de quejarte.

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lunes, 24 de junio de 2024

Vidas pequeñas, grandes sueños

El título de esta entrada es el título de una gran obra de teatro. Premio a la mejor obra del XXVI certamen de teatro UCM. Representada en el teatro de Bellas Artes de Madrid este 17 de junio.

No se si se volverá a representar. Es una obra ligada a su director, Jaime Cano, y al elenco que la representó. En ella se exponen, se comparten, vida, sueños, anhelos, miedos y pasiones. Una obra que hace reflexionar sobre la propia vida y la forma de vivir.

Propone la división de la vida en etapas de siete años. Idea ya propuesta por la antroposofía. En siete años nuestra realidad cambia, el entorno se modifica. Esos cambios hacen que nosotros también cambiemos, evolucionemos.

La vida como un cambio hacia la muerte, que es segura. Gastamos mucho tiempo en elegir nuestro camino, y todos los caminos llevan a la muerte. Sabiendo donde vamos a llegar ¿Para qué tener prisa? Lo último que hace falta es correr.

Foto tomada de instagram (Colegio Mayor Santa María de Europa)
¿Qué dejamos aquí tras la muerte? ¿Qué queda? ¿Por qué estoy aquí? ¿Me gustaría dejar algo? El teatro nos acerca a estas preguntas transcendentes, que nos cuestionan si nos dejamos y que pueden guiar nuestra vida.

¿Cuándo empezamos a preocuparnos por el futuro en lugar de soñar con él? A obsesionarnos con preguntas que repetimos a los que tienen alrededor de 18 años ¿Qué quieres hacer? ¿Dónde vas a vivir? ¿Cómo te vas a ganar la vida? ¿Tendrás hijos algún día? ¿Dónde te ves dentro de 10 años? ¿10 meses? ¿10 días?

Una invitación a recobrar el presente, a aparcar la obsesión. Nos falta tiempo, para pensar, para hacerlo todo (es imposible), para saberlo todo (también imposible), para disfrutar más. Nos falta el tiempo que ya ha pasado.

Recordar lo importante, acercarnos al amor, decir a los de cerca que queremos, eso, “te quiero”. Llegado el momento nos quedamos sin palabras, lo damos por supuesto. Poner las palabras hace que se deslicen lágrimas de emoción.

Con el tiempo, las cosas que nos parecen serias, considerables, muy importantes, serán olvidadas o parecerán fútiles ¿Cómo serán dentro de 200 años?

La obra conmovió mi corazón, escuché simples verdades que me ayudaron a reflexionar, tenían que ver conmigo, con nosotros. Gracias Jaime, a los múltiples Jaimes allí mostrados, que han dado luz a esta tragicomedia. Las ideas de esta entrada son tomadas del guion de la obra vidaspequeñas, grandes sueños. Espero que también os conmuevan.

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sábado, 6 de enero de 2024

La enfermedad de la prisa, de lo corto, de lo rápido

En las noticias, decían que las canciones eran cada vez más cortas. Si no enganchan desde el principio, se abandonan, no se espera si se inician con un instrumental largo y el estribillo debe estar al principio.

Esto también pasa con los textos, si no enganchan desde el principio, se abandonan, los abandonamos. Algunos, antes de leer esta entrada del blog, habréis mirado el tiempo que se tarda en leer, si es demasiado larga, muchos la desechan (algunas redes sociales estiman el tiempo de lectura).

Hasta los vídeos que son de más de un minuto parecen demasiado largos. Han triunfado plataformas con contenidos cortos, donde se limitaba la duración de los vídeos, como TikTok. Aunque después se ha ampliado la duración permitida, siguen arrasando los vídeos cortos, que generan una gran adicción.

Twitter limitaba inicialmente las entradas a 140 caracteres, aunque después lo ha ido ampliando (Los usuarios de pago pueden escribir muchos más). Lo cierto es que demasiado texto espanta lectores.

Lo corto, lo rápido, es el nuevo mantra. Consumimos contenido sin integrarlo. Entra por un oído y sale por el otro, no queda nada. Simplemente nos distraemos, nos entretenemos y acabamos cansados de tanto estímulo. La lectura apresurada se convierte en superficial.

También triunfa la comida rápida, el aprenda un idioma en 7 días, baje peso rápidamente… ¿Te conviene ir tan rápido? ¿Te sienta bien? ¿Hay otra manera de vivir?

Invadidos por la prisa. Corriendo sin saber a donde vamos.
No puedo menos que recordar a Carl Honoré y su libro de “Elogio a la lentitud”. Honoré impulsa el movimiento “Slow”, que consistente en hacer las cosas a la velocidad justa, adecuada para cada momento (Kairos, el tiempo adecuado para cada cosa, frente a Cronos, el tiempo de reloj). Rápido si es necesario y lento cuando conviene.

Dar el tiempo adecuado a las conversaciones, a desarrollar una relación, a las comidas. Disfrutar de un buen libro, aunque tenga más de 140 caracteres. Dar el tiempo a que la historia se desarrolle en una película de hace 30, 40 o más años (ahora nos parecen lentas).

En un tiempo de cambio como el de ahora, parece que hay que ir deprisa. Sin embargo, a través de la lentitud, entendemos el cambio, el entorno, la novedad, integramos lo nuevo, evolucionamos y nos adaptamos mejor.

Puedes escuchar a Carl Honore en la entrevista de BBVA Aprendemos juntos pulsando aquí (1 hora y 10 minutos). Si no tienes tiempo, si tienes prisa, puedes escuchar el tráiler en este otro enlace (4 minutos y 26 segundos).

Las grandes damnificadas de la prisa son las relaciones, especialmente con los de cerca. La comunicación se hace superficial, nos perdemos la conexión profunda.

No me alargo, quiero que llegues al final y te tomes el tiempo para integrar lo leído, hacerlo tuyo ¿Cómo quieres vivir? A veces vamos tan rápido que nos perdemos la vida.