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domingo, 12 de abril de 2026

La libertad que da vértigo

Hoy es domingo. Ese día que en muchos entornos aparece como el gran símbolo de la libertad. No hay horarios estrictos, no hay reuniones, no hay jefes esperando respuesta. En teoría, es el día para hacer lo que uno quiera.

Y, sin embargo, no siempre es tan sencillo.

A veces, con todo ese tiempo por delante, me descubro dejándome caer en el sofá. Sin mucha intención, sin demasiada conciencia, simplemente dejando pasar el día. Puede que lo necesite, puede que sea descanso… o puede que haya otras formas de descansar que me dejen más lleno por dentro.

Entre semana, la vida viene bastante pautada. Hay estructura. Hay obligaciones. Hay un guion más o menos claro que seguir. Y eso, aunque a veces pese, también sostiene. Te quita la necesidad de decidir constantemente. Pero llega el domingo… y con él, la libertad.

Y con la libertad, una pregunta incómoda: ¿Qué quiero hacer realmente con mi vida… o al menos, con este día? No siempre es fácil responderla. Porque esa pregunta abre un espacio que puede dar vértigo. Un espacio donde ya no hay excusas. Donde elegir implica renunciar. Donde aparece, aunque sea de forma sutil, la responsabilidad.

Quizá por eso, muchas veces, nos refugiamos en la pereza o en el consumo pasivo. Pantallas, scroll infinito, contenido que entra sin pedir permiso. Horas que pasan sin apenas darnos cuenta. La sensación de “no hacer nada”… que en realidad es hacer algo que no hemos elegido del todo.

La libertad, cuando no está acompañada de intención, se diluye. Queremos libertad, pero cuando la tenemos… no siempre sabemos qué hacer con ella.

Porque ser libres también significa hacernos cargo. De lo que hacemos… y de lo que no hacemos. De en qué invertimos nuestro tiempo. De hacia dónde nos movemos.

A veces incluso preferimos la jaula conocida al vértigo de decidir. Una jaula con normas, con horarios, con caminos marcados. Más previsible, más cómoda, más tranquila; que una selva llena de posibilidades.

¿La jaula conocida o la selva de posibilidades?
No es casualidad. Llevamos toda la vida entrenados para cumplir. Desde pequeños: horarios, asignaturas, objetivos, itinerarios claros. Pocas veces nos enseñan a elegir de verdad, a priorizar, a decir “sí” a algo… sabiendo que eso implica decir “no” a muchas otras cosas. No nos entrenan para la libertad.

La libertad también se puede entrenar. Igual que aprendimos a montar en bici cayéndonos, dudando, probando… aprender a decidir requiere práctica. No es algo que se resuelva pensando mucho, sino viviendo, equivocándose, ajustando.

Por eso, quizá el domingo no es solo un día para descansar. Puede ser también un pequeño laboratorio. Un espacio para parar un momento y preguntarte:

  • ¿Qué me apetece de verdad?
  • ¿Qué necesito hoy?
  • ¿Hacia dónde me gustaría ir, aunque sea un paso pequeño?

Y después… no quedarse demasiado tiempo en la duda. Elegir, incluso con incertidumbre, incluso sin tenerlo claro del todo, dar un paso.

Porque no tenemos el control absoluto de lo que pasará, pero sí tenemos influencia. Y esa influencia empieza en decisiones pequeñas, aparentemente insignificantes, como qué haces con un domingo.

Así que te propongo algo sencillo, practica: para, déjate sentir que te apetece, piensa que quieres, donde te puede llevar cada decisión… No te atasques ahí, decide, incluso con dudas… Empieza a caminar y acepta la responsabilidad de que tienes influencia en tu futuro

Poco a poco, la libertad dejará de ser un vértigo… para convertirse en un camino.

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jueves, 1 de enero de 2026

Propósito de año nuevo (un poco peculiar): hacer un poquito lo que me venga en gana

Puede sonar extraño, incluso provocador, empezar el año con un propósito así: hacer un poquito lo que me venga en gana. No habla de disciplina, ni de grandes metas, ni de versiones mejoradas de uno mismo. Habla, sencillamente, de dar espacio a las ganas. A lo que quiero. A lo que me apetece. Y cuanto más lo pienso, más claro lo veo: dar espacio a lo que quieres es una forma profunda de cuidarte.

Hacer lo que te apetece no como consigna bonita, sino como algo muy concreto. A veces parece que, si no es una necesidad evidente, no tienes derecho a hacer lo que quieres, incluso cuando no perjudica a nadie y los demás también se permiten hacer lo que les viene en gana.

No sé porque, a veces, hacer lo que quieres incomoda, aunque no afecte a nadie.

Estas Navidades he ido diciendo, casi como quien lanza un globo sonda, que el año que viene me gustaría irme a Canarias. Solo, o con quien quiera acompañarme. Sin dramas. Sin huidas. Sin intención de hacer daño a nadie. Simplemente porque me apetece.

Y, curiosamente, eso ha removido mucho más de lo que esperaba.

He escuchado reproches envueltos en palabras como tradición, egoísmo, no valorar lo importante. A veces creo que vienen desde el cariño de “queremos que estés aquí”, y otras desde intereses propios de los que ni siquiera somos conscientes. Lo más llamativo es que mi familia más cercana lo entiende: mi mujer y mis hijos lo comprenden y me apoyan. Esto me ha hecho pensar.

La Navidad es tiempo de cercanía y contradicciones. La Navidad puede ser un tiempo muy valioso. Especialmente cuando el resto del año vivimos lejos de lo que decimos que es importante. Quizá por eso se carga de tanta expectativa: es el momento en el que hay que verse, encontrarse, sentirse cerca.

Si la presencia se cultiva durante todo el año, la Navidad no tiene que sostenerlo todo. Puede sumar, no compensar. Aunque también entiendo que, para algunas personas, es la única ocasión en la que pueden, o se permiten, acercarse a quienes consideran importantes. A veces solo en la idea, porque de la idea a la acción hay un buen trecho.

Cualquier momento es bueno para acercarse, verse, charlar, no solo la Navidad. Quizá el ajetreo y las multitudes de la Navidad hacen  que ni siquiera sea el mejor momento para poder encontrarse de verdad.

Entre comidas interminables y compromisos no cuestionados aparecen el cansancio, las discusiones, las pequeñas riñas. No porque no haya cariño, sino porque hay demasiada pseudoobligación. Porque muchas veces estamos más pendientes de cumplir que de estar.

Yo sigo viendo el valor del reencuentro en Navidad, y me gusta. Pero ahora mismo siento que me apetece estar en otro sitio. Y también siento que no pasa nada. Otra cosa es si eso será respetado o será juzgado, eso ya no es cosa mía.

Lo que sí veo claro es esto: muchas veces no nos quedamos donde estamos por convicción, sino por el qué dirán, que funciona como una herramienta de presión muy eficaz.

Esto no pasa solo en Navidad. Pasa en muchas áreas de la vida. En lo que hacemos por costumbre, por inercia, por imposición social, familiar o laboral. En el grupo de amigos, en el trabajo, en dinámicas tan pequeñas como participar en un “amigo invisible” aunque no te apetezca nada.

A veces todo el mundo participa porque todo el mundo se siente obligado. Porque está en juego la pertenencia al grupo.

Y entonces me pregunto: ¿Qué tal hacer tabla rasa de vez en cuando y preguntarnos qué es lo que realmente nos apetece y qué aporta de verdad al entorno?

Todo esto me ha recordado dos libros que, cada uno a su manera, apuntan a lo mismo. Algo que desde su título puede parecer antisocial pero que desde mi punto de vista equilibra las presiones externas, las expectativas, con lo que realmente quieres. Al menos a mí me hicieron pensar.

  • Por un lado, Fuck It, de John C. Parkin, que invita a soltar el peso de expectativas, miedos y obligaciones autoimpuestas para vivir con más autenticidad y menos tensión. No como un acto de rebeldía infantil, sino como un gesto de honestidad profunda: dejar de hacer lo que no quieres hacer y atreverte a hacer lo que siempre has querido.
  • Por otro, El sutil arte de que (casi todo) te importe una mierda, de Mark Manson, que plantea algo igualmente incómodo y liberador: si todo te importa demasiado, acabas sufriendo por todo. Vivir bien no es que nada importe, sino elegir con cuidado qué merece de verdad tu energía.

Ambos libros coinciden en algo esencial: cuando no eliges tú lo que es importante, el mundo lo elige por ti. Y casi nunca acierta.

Dar espacio a lo que quieres no es desentenderte de los demás. Es dejar de abandonarte a ti. Es ponerte el oxígeno antes, para poder acompañar después. Es salir del piloto automático y revisar si lo que haces suma vida o solo cumple expectativas ajenas. Aunque se pueda ver como un acto de rebeldía.

Quizá este año mi propósito no sea hacer grandes planes, sino algo mucho más simple y, a la vez, más difícil:

escuchar un poco más mis ganas y darles espacio.

No siempre. No a cualquier precio. Pero sí con honestidad.

Tal vez no guste a todo el mundo. Tal vez genere incomodidad. Pero empiezo a pensar que vivir permanentemente desde lo que otros esperan tampoco es un gran regalo para nadie.

Y tú, al empezar este año, ¿te vas a dar permiso para hacer, aunque sea un poquito, lo que te venga en gana?

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domingo, 5 de julio de 2020

Cuando tu tiempo no parece tuyo

De pequeño nos enseñan a ser educados. Así que, si alguien llama a la puerta de tu casa, un día que estás ocupado, la visita puede comenzar así:

Visitante: ¡Hola! Pasaba por aquí y me he dicho voy a saludar ¿Molesto?
Tú: ¡Qué vas a molestar! Pasa, pasa

Hasta puedes insistir si el visitante te dice que no quiere molestar, que es mala hora, que seguro que estás ocupado.

De ahí pasas a ofrecer una cerveza o un café, olvidando lo que estabas haciendo o querías hacer. Tampoco es educado invitar a nadie a que se vaya de tu casa, así que estás “atrapado” hasta que decidan irse.

Y lo más curioso es que quizá la otra persona está ahí, queriéndose ir y sintiendo que lo educado es estar una hora, ya que ha entrado de visita.

Este es solo un ejemplo, como se dan otros muchos en los más diversos ámbitos: con la familia, entre amigos, en el trabajo. Seguro que se te ocurren múltiples ejemplos.

Y el verano se presta especialmente a estas situaciones, cuando parece que tienes la obligación de divertirte o acudir a un montón de eventos, salidas, comidas, celebraciones.

Tememos que si miramos lo que queremos hacer y no es lo socialmente aceptable vamos a ser rechazados, se van a enfadar con nosotros. Qué si decimos que ahora no es buen momento nunca va a ser buen momento.

Es probable que si siempre hemos dicho que sí y empezamos a decir que “no” al principio se enfaden. Poco a poco irán respetando lo que tú quieres, tus límites, si es que los muestras. Es difícil para alguien al que siempre has dicho que sí a sus propuestas, a sus peticiones, aceptar que ya no es así. A la gente le encanta que nos comportemos del modo más conveniente para ellos, intentarán hacerte sentir mal si no lo haces, una forma de manipularte.

Lo cierto es que puedes escoger, puedes decidir no ir a esa comida, a esa salida. Puedes decir a quien viene a visitarte que en ese momento te pilla mal. Serás tú quien decidas si lo que quieres hacer es ver es película que te está esperando desde hace diez días en lugar de recibir al visitante.

La libertad es tuya si quieres cogerla. A veces somos esclavos de nosotros mismos.
Imagen de Jackie Ramirez en Pixabay 

Cuando hablo de esto en las formaciones de gestión del tiempo muchas veces surge la polémica. Me dicen que esto es egoísta, que a mí no me gustaría que me dijesen que no. Es cierto que no me gusta que me digan que no, pero lo acepto y lo respeto.

De hecho, creo que se respeta más a las personas que dicen que no de vez en cuando, lo que no quiere decir siempre. Encontrar el equilibrio entre negarte y aceptar. Me gusta la opción de decir, ahora me va mal, que te parece que nos veamos mañana.

Es tiempo de que empieces a respetar tu tiempo como respetas el de los demás. Equilibrar el respeto hacia el prójimo con el respeto a ti mismo y a tu tiempo. Jesucristo dijo, ama al prójimo como a ti mismo, pero no dijo que lo amases más que a ti mismo.

Si no proteges tú tiempo, si no decides que quieres hacer, alguien lo decidirá por ti

En nuestro tiempo con otros, todo es más fácil si cada uno dice lo que quiere, olvidándose de las expectativas de lo que quiere el otro o lo que es correcto. Ser transparentes con nuestros deseos ayudará a encontrar mejores alternativas para todos y también para ti mismo.

Mi compromiso para este verano es escuchar que es lo que quiero y decirlo si es que implica a otros. Hacer un experimento de transparencia al que te animo a unirte. Un compromiso de dos pasos, saber lo que quiero (no siempre es fácil) y ponerlo sobre la mesa.

Puedo hacer lo que quiero y aceptar las consecuencias