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martes, 28 de julio de 2026

Descubrir formas de relacionarse con las personas y el entorno

El incendio de la Sierra de Ávila obligaba, el sábado, a evacuar el encuentro de adolescentes de la Fundación Claudio Naranjo en el que estaba participando mi hija Sofía.

Desde el jueves convivíamos con una cierta incertidumbre por la evolución del incendio. Ayudaba saber que estaban bien y confiar en un equipo que supo gestionar la situación con una serenidad admirable.

Zaida, una de las madres del encuentro, abrió las puertas de su casa para acoger a los cincuenta adolescentes y a todo el equipo. Gracias a ese gesto pudieron pasar allí la noche con tranquilidad hasta que, al día siguiente, los padres fuimos para recogerlos.

No es un gesto cualquiera. Abrir la puerta de tu casa a cincuenta adolescentes no es solo ofrecer un techo, es abrir un espacio de confianza, es decir con los hechos: "Aquí cabéis todos". Eso habla de una manera de relacionarse.

El domingo, mientras compartíamos tiempo al recogerles, nos informaron de que “El Corralón”, en Casavieja, el lugar donde habían vivido el encuentro durante toda la semana, había sido arrasado por el fuego.

La tristeza por la pérdida se podía sentir. Algunos lugares dejan de ser solo un edificio para convertirse en el escenario donde suceden experiencias que cambian a las personas.

Durante esos días y en años anteriores, aquel lugar había acogido experiencias, conversaciones, silencios, risas, lágrimas, abrazos y descubrimientos. Había sido el hogar temporal de cincuenta adolescentes que estaban aprendiendo algo que rara vez se enseña en un aula.

Caricatura inspirada en el encuentro de adolescentes de la Fundacion en el año 2025
Estos días los han dedicado especialmente a observar cómo se relacionan consigo mismos, cómo se relacionan con otros adolescentes, con sus padres, con sus hermanos y con los adultos. A descubrir desde dónde se relacionan y hacia dónde quieren caminar. Me parece una propuesta preciosa.

Invertimos muchos años en enseñar conocimientos a nuestros hijos. Matemáticas, idiomas, tecnología... Y apenas dedicamos tiempo a ayudarles a comprender cómo viven sus relaciones, cuando probablemente de ellas dependa buena parte de su bienestar. Algo que también nos puede venir bien a los mayores.

Siento que ya el año pasado mi hija Sofía descubrió nuevas formas de relacionarse. Parece una obviedad, pero no lo es. Cuando somos adolescentes (y muchas veces también cuando somos adultos) tendemos a pensar que la forma en la que vivimos las relaciones en casa, en el colegio o en nuestro grupo de amigos es simplemente "lo normal".

Hasta que un día descubres personas que escuchan antes de responder, que pueden discrepar sin atacar, poner límites sin dejar de cuidar o mostrar lo que sienten sin necesidad de esconderse. Entonces entiendes que no existe una única manera de relacionarse

Existen otras formas de relacionarse, y puedes elegir cómo quieres hacerlo tú. Puedes decidir qué tipo de relaciones quieres construir y con qué personas quieres compartirlas.

Creo que ese descubrimiento, con diecisiete años, es un regalo para toda la vida.

Las relaciones no solo transforman a las personas, también crean comunidades. Quizá por eso Zaida abrió las puertas de su casa sin pensárselo demasiado. Quizá por eso tantos antiguos participantes, familias y amigos se han ofrecido ya para ayudar a recuperar El Corralón. Un espacio con el que también nos relacionamos.

Cuando un lugar ha sido construido para favorecer encuentros auténticos, termina generando una comunidad, que también cuida de ese lugar. Los edificios pueden quemarse y las relaciones permanecen.

Por eso estoy convencido de que El Corralón volverá a levantarse. No solo porque se reconstruyan unas paredes, sino porque detrás hay una comunidad que cree profundamente en lo que allí sucede.

Con seguridad voy a volver a ese lugar que ya siento un poco mío y que forma parte de la historia de vida de mi hija.

No quiero terminar sin expresar un profundo agradecimiento a la Fundación Claudio Naranjo y, muy especialmente, al equipo encabezado por Martín, Patricia y María, junto con el resto de monitores y guías.

Ellos no solo han acompañado a nuestros hijos. También nos han acompañado a los padres durante unos días especialmente difíciles. La información llegó cuando tenía que llegar, con cercanía, serenidad y transparencia. En medio de la incertidumbre supieron transmitir confianza.

Y, sobre todo, quiero agradecerles algo más profundo: la forma de estar con los adolescentes. En el encuentro no solo hablaron de las relaciones, las vivieron.

Acompañar así no consiste únicamente en organizar actividades. Requiere haber recorrido antes un camino de trabajo personal. Porque resulta muy difícil ayudar a otros a relacionarse si antes no has aprendido a relacionarte contigo mismo y con los demás.

Los adolescentes aprenden mucho menos de lo que les decimos que de cómo nos ven relacionarnos. Lo más valioso de este encuentro ha sido mostrarles con el ejemplo formas de relacionarse, tanto con las personas como con los lugares y las situaciones.

Las personas construimos relaciones, y las buenas relaciones terminan construyendo comunidades.

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viernes, 22 de mayo de 2026

El tiempo que dedicamos muestra la importancia que le damos

Hay una conversación que se da de vez en cuando y que siempre me hace pensar.

  • Le escribo a alguien: “¿Tomamos un café?”.
  • Y me responde: “No tengo tiempo”.

Entonces yo suelo contestarle, medio en broma:

  • “Eso significa que tienes otras cosas más importantes que yo”.

La persona protesta enseguida, me dice que no es así, que simplemente va hasta arriba y no le da la vida. Y probablemente sea verdad, no hay mala intención en la respuesta y el aprecio existe, sino no me atrevería a decirlo tan explícitamente. Aun así, hay una parte incómoda que sigue siendo cierta: el tiempo que dedicamos a algo muestra la importancia real que tiene para nosotros.

Porque todos tenemos exactamente las mismas horas al día. Eso es quizá lo más democrático que existe. Da igual el dinero, el cargo, el talento o el lugar donde hayas nacido: cada mañana recibimos 24 horas, ni una más, ni una menos. Con sus 60 minutos cada una.

La diferencia no está en tener tiempo, la diferencia está en cómo decidimos emplearlo, en qué colocamos delante, en qué dejamos fuera, en qué estamos dispuestos a sacrificar para hacer hueco a algo.

Cuando algo nos interesa de verdad, encontramos tiempo.

Cada pequeño hueco se transforma en una oportunidad.

Lo vemos continuamente. Hay personas capaces de quedarse viendo una serie hasta las dos de la mañana, pero que “no tienen tiempo” para leer diez páginas de un libro. Personas que pasan una hora en redes sociales, pero no encuentran veinte minutos para hacer ejercicio. Personas que dicen que quieren ponerse en forma, aprender inglés o cambiar de vida… pero nunca consiguen reservar un rato para empezar.

Me llama la atención como no tenemos tiempo para otras cosas, pero sí reservamos cada día varias horas para trabajar. Ahí solemos ser bastante disciplinados, es algo sagrado (y lo entiendo).

Aunque nadie nos obliga a ir, podríamos no hacerlo, aunque tendría consecuencias. No cobraríamos, no podríamos pagar facturas, quizá perderíamos estabilidad o proyectos importantes. Y precisamente por eso elegimos dedicarle tiempo.

No sé si lo importante es el trabajo en sí o las consecuencias de no hacerlo, pero el resultado es el mismo: hacemos espacio para aquello que consideramos prioritario, en este caso el trabajo.

También se da a menudo otra contradicción frecuente. Muchas personas afirman que su familia es lo más importante de su vida… pero apenas están presentes, siempre cansados, siempre con prisa, siempre pensando en lo siguiente. A veces compartiendo espacio físico, pero no atención real.

Al final, la importancia de las cosas no se mide tanto por lo que decimos. Se mide por el tiempo que les entregamos.

Por eso quizá conviene hacerse dos preguntas incómodas:

  • ¿A qué le estás dando importancia realmente?
  • ¿Y a qué te gustaría dársela?

¿Coinciden las respuestas?

Porque, aunque nos cueste admitirlo, tu agenda y tu tiempo cuentan muchas veces una verdad que tus palabras intentan suavizar.

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jueves, 9 de abril de 2026

¿A quién tienes delante cuando miras al móvil?

Ayer, al salir de clase, me encontré con una escena que empieza a ser demasiado habitual. Siete alumnos esperando para entrar a la siguiente clase. Siete, cada uno con su móvil, mirando la pantalla. Nadie hablaba con nadie. Silencio compartido… pero no compartido del todo.

Caricatura basada en la imagen de ayer al salir de clase
Cuando yo estudiaba esos ratos eran otra cosa. Hablabas con el de al lado, aunque no le conocieras mucho. Comentabas la clase anterior, el examen que venía, cualquier tontería. De ahí salían conversaciones, y de ahí, muchas veces, amistades.

Ayer les dije que había hecho una foto y les pregunté si les importaba que la compartiera. Nadie contestó. Me quedé un rato hablando con ellos. La mayoría guardaron el móvil y escucharon. Pero nadie contestó. Ese silencio me llamó la atención.

Llego la compañera que iba a dar clase después, iba a hablar sobre la escucha, comentamos con ellos, que escucharon y no hablaron. Por la tarde me mandó otra imagen: Una familia en una terraza, los padres con un niño pequeño, cada uno con su pantalla.

Esto ya no es algo puntual. Lo vemos en el metro, en las salas de espera, en las terrazas, en casa. Incluso cuando estamos con gente conocida.

Hemos dejado de interactuar con quien tenemos al lado… para interactuar con una pantalla.

Escuché a Pau Doménech decir algo que me hizo mucho sentido: el móvil nos aleja de quien tenemos cerca para “acercarnos” a quien está lejos. Y tiene algo de paradoja. Porque muchas veces, en ese acercarnos a lo lejano, nos estamos perdiendo lo cercano.

Por la tarde estuve con mi primo Francisco. Me contó que había desinstalado varias aplicaciones del móvil. Redes sociales, algún juego… cosas con las que sentía que estaba enganchado.

Ahora está incómodo. Tiene el impulso de coger el móvil y no encontrar lo que antes estaba ahí. Está, como él dice, “con el mono”. Pero también sabe algo importante: el mono se pasa. Está en ese momento incómodo en el que se rompe un hábito, en el que eliges no hacer lo automático, en el que empiezas a recuperar espacio y tiempo.

Y eso me hizo conectar las dos escenas del día.

  • Por un lado, la inercia: sacar el móvil sin pensar, refugiarnos en la pantalla, evitar el vacío, el silencio o incluso el contacto.
  • Por otro, la decisión: parar, revisar, quitar lo que no suma, recuperar la atención.

No se trata de demonizar el móvil. Es una herramienta increíble. Nos conecta, nos facilita, nos acerca a muchas cosas valiosas. Pero también nos distrae, nos engancha y, a veces, nos aleja de lo que tenemos justo delante.

Mi sensación, y puedo estar equivocado, es que cuando estás esperando para entrar en clase, puedes hacer amigos si hablas con quien tienes al lado. Que en una terraza puedes compartir de verdad con quien estás. Que en una sala de espera puedes cruzar una conversación inesperada.

Que hay muchas cosas que solo pasan… si estás presente.

Hoy te invito a algo muy sencillo: Para dos minutos, mira tu móvil y pregúntate, ¿todo lo que tengo aquí me compensa? Quizá no hace falta desinstalar nada, o quizá sí, quizá te venga bien probar, eliminar una, dos aplicaciones.

Darte un poco de espacio, pasar por ese pequeño “mono”. En dos semanas probablemente ya no las eches de menos. (Aunque esto no es matemático, cada uno lleva su ritmo).

Y quizá, en ese espacio que se abre, vuelva algo sencillo: Mirar alrededor, levantar la cabeza, hablar con quien tienes al lado. Porque la vida, muchas veces, no está en la pantalla, está justo delante.

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sábado, 4 de abril de 2026

El tiempo compartido riega las relaciones

A veces me doy cuenta de que hay personas con las que me cuesta quedar, incluso hablar. No porque no haya intención, o eso quiero pensar, sino porque siempre están ocupadas, siempre hay algo más urgente, algo que se interpone. Y pasan los días, las semanas, y ese “a ver si nos vemos” se queda flotando, sin aterrizar nunca. No es un reproche, es más bien una observación que, cuando se repite, acaba diciendo cosas.

El tiempo, al final, es una forma de cariño. Es una de las maneras más claras que tenemos de decirle a alguien “me importas”. Porque el tiempo es limitado para todos. No podemos multiplicarlo, solo decidir dónde lo ponemos. Y cuando alguien encuentra un hueco, cuando reorganiza su agenda, cuando hace el esfuerzo de verse contigo… ahí hay algo valioso, aunque no se diga con palabras.

En el fondo, dedicamos tiempo a lo que consideramos importante, aunque no siempre lo hagamos de forma consciente. Nuestra agenda acaba siendo un reflejo bastante fiel de nuestras prioridades reales, no de las que decimos tener. Y, al mismo tiempo, ocurre algo curioso: aquello a lo que le vamos dando tiempo, acaba ganando peso en nuestra vida. Lo cuidamos, lo alimentamos, y sin darnos cuenta, se convierte en importante precisamente porque le hemos hecho espacio.

También es cierto que no todo es tan simple. Muchas veces ese aparente desinterés no es tal. Puede haber exceso de ocupación, falta de organización, etapas vitales más complicadas o simplemente personas que quieren, pero no saben bien cómo sostener los vínculos en medio del ruido. A veces hay razones objetivas que dificultan el encuentro, y conviene no juzgar demasiado rápido.

Pero, aun teniendo esto en cuenta, hay una diferencia que se siente. Hay personas con las que es fácil, que encuentran un momento, que ajustan lo que haga falta, que incluso hacen un pequeño esfuerzo extra sin que se lo pidas. El fin de semana pasado me pasó en Madrid con Luis Alberto: le llamé casi sobre la marcha, cuando ya estaba llegando, y dos horas después estábamos sentados comiendo juntos. Sin grandes planes, sin complicaciones. Solo ganas de verse.

Y no solo ocurre en los encuentros puntuales. También hay relaciones más habituales en las que, sin darnos cuenta, uno de los dos acaba adaptándose casi siempre. Se ajusta a los horarios del otro, a su ritmo, a sus ocupaciones. A veces porque tiene un trabajo más flexible, más energía o mayor disponibilidad; a veces porque le sale de forma natural cuidar ese vínculo. Y puede estar bien durante un tiempo, pero si siempre es así, si el movimiento va en una sola dirección, conviene pararse a mirarlo. No tanto para reprochar, sino para tomar conciencia de cómo se está sosteniendo esa relación.

Y ahí es donde uno puede empezar a elegir. Porque muchas veces, sin darnos cuenta, somos siempre los mismos los que nos adaptamos, los que proponemos, los que insistimos un poco más. Y no pasa nada… hasta que pasa, hasta que cansa, hasta que empiezas a preguntarte si ese esfuerzo está bien colocado.

Quizá no se trata de dejar de intentarlo con todo el mundo, pero sí de observar, de ver qué relaciones fluyen y cuáles siempre cuestan. De aceptar que no todas están en el mismo momento, ni tienen el mismo espacio. Y de decidir, con cierta serenidad, dónde quieres poner tu tiempo.

Las relaciones, como las plantas, necesitan agua. Necesitan presencia, encuentros, momentos compartidos. Cuando se riegan, crecen. Cuando no, se van apagando poco a poco, sin ruido. No suele haber un gran final, simplemente se enfrían.

Por eso, elegir con quién te relacionas no es una mala idea. No desde el juicio, sino desde el cuidado. Porque tu tiempo también es limitado. Porque tu vida también está hecha de esos ratos que compartes. Y porque, al final, qué fácil es todo cuando es fácil.

Si tuviera que resumir todo esto en algo sencillo, te diría que te relaciones con quien te sienta bien. Con quien no tengas que empujar siempre, con quien el encuentro no sea una batalla contra la agenda, con quien estar no requiera tanto esfuerzo como explicación.

Porque la vida ya tiene suficiente ruido, suficiente exigencia, suficiente prisa. Y en medio de todo eso, hay personas que suman calma, presencia y facilidad. Personas con las que el tiempo no pesa, sino que se disfruta.

Quizá no se trata de tener muchas relaciones, sino de cuidar bien las que realmente te hacen bien. De elegir espacios donde puedas ser, donde haya reciprocidad, donde el tiempo compartido tenga sentido.

Al final, no es solo con quién pasas el tiempo. Es cómo te sientes cuando lo haces, aunque sea de año en año. Y eso, conviene no olvidarlo.

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sábado, 18 de octubre de 2025

Encontrar tu ritmo de vida y de relaciones

Hoy vivimos más desconectados de la naturaleza y de sus ritmos. La mayoría habitamos en ciudades, lejos del campo, y la luz del sol ya no marca nuestros horarios, ni siquiera para los que viven en el pueblo. La luz artificial prolonga los días, acorta las noches y difumina la frontera entre descanso y actividad. Creemos que dominamos la naturaleza, pero en realidad lo que hacemos es separarnos de ella.

Me encanta compartir tiempo, experiencias y conversación con quienes todavía viven en los pueblos. Ellos siguen atentos al cielo, conscientes de si llueve o no, de cómo viene el viento o de cuándo llega la cosecha. Todavía conservan esa conexión con los ciclos naturales, quizá por eso viven más despacio, con menos prisa.

Seguro que se sorprenden al visitar una gran ciudad, como yo me sorprendo cada vez que visito Madrid y me paro a mirar. Todos caminan rápido, con la mirada fija en lo inmediato, casi sin verse. Es curioso, entre tanta gente, es más fácil estar y sentirse solo. No es así en un pueblo de cinco habitantes, donde conoces a todos y donde, si faltas, alguien te echa de menos.

Los ritmos naturales y las conexiones sociales van de la mano. También las relaciones humanas necesitan su tiempo: dejar que florezcan sin forzarlas, cuidarlas sin abrumar ni olvidar. Igual que una planta, una amistad necesita su espacio, su agua justa, su luz.

Quizá los ritmos y las relaciones eran más naturales hace cincuenta años. Tal vez lo he idealizado, pero me sirve de modelo. Aquella calma, aquella cercanía con la tierra y con los demás, son recordatorios de cómo vivir en armonía con lo que somos y con lo que nos rodea.

Las cosas, cuando se hacen en el momento adecuado, son más fáciles. Las plantas, las flores y las frutas tienen su temporada. No florecen antes ni después. No podemos hacer que crezcan más rápido tirando del tallo, ni que el fruto madure por impaciencia.

Lo mismo ocurre con nosotros. Hay tiempos para sembrar, para florecer, para cosechar y para descansar. A veces insistimos en avanzar contra corriente, pero eso solo nos agota. La sabiduría está en reconocer cuándo es tiempo de actuar y cuándo es tiempo de esperar.

Ahora, en el hemisferio norte, el otoño invita a soltar, a hacer espacio, a preparar la tierra para lo nuevo. Es momento de reflexión, de gratitud, de dejar caer las hojas.

Mientras tanto, en el hemisferio sur, la primavera nos recuerda la energía de lo nuevo: abrirse, florecer, iniciar.

Encontrar tu estación interior, sea otoño o primavera exteriormente
Vivas donde vivas tú puedes estar viviendo tu otoño o tu primavera interno. Encontrar tu ritmo, el que te conviene; ver hacia donde fluye tu río interior para no nadar contracorriente; parar y sentirte. Ver también la corriente externa, de tu entorno y fluir con ella.

Cada estación tiene su propósito, su ritmo y su enseñanza. Vivir tu tiempo es aprender a escuchar lo que la vida te pide ahora, no lo que crees que debería estar pasando.

Porque, al final, cuando hacemos las cosas en su momento justo, el esfuerzo se vuelve ligero… y la vida, simplemente, fluye.

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lunes, 6 de octubre de 2025

Entre fluir y organizarse: encontrar el equilibrio que hace que las cosas sucedan

Hace unas tres semanas estuve en Tarifa unos días. Hacía tiempo que no veía a una amiga que vive en Conil, y me hacía ilusión coincidir. Se lo propuse por WhatsApp, pero no llegamos ni siquiera a encontrar un hueco para hablar por teléfono. Cada uno tenía sus líos: yo estaba en una formación, ella también con sus ocupaciones.

Una semana más tarde, en un mensaje casual me entero de que está en Madrid. Yo también estaba allí. Otra oportunidad que se escapó.

Ayer volví a Madrid y le mandé un mensaje, después de intentar llamarla, por si había suerte y nos cruzábamos. Esta vez estaba en Conil. Tampoco hablamos.

Hoy hemos medio quedado… a una hora poco concreta (¿vidas demasiado ocupadas, tal vez?). Aun así, creo que hablaremos. No hemos coincidido, pero yo la sigo queriendo y espero que ella a mí también.

Hay un equilibrio delicado entre fluir y organizarse.

Si fluyes demasiado, sin concretar cuándo verse o cuándo hablar, confías en que “ya aparecerá el momento perfecto”. Pero la realidad es que vivimos en agendas llenas, y el momento perfecto raramente aparece solo.

Por otro lado, cuando te comprometes, bloqueas un espacio. Y eso implica decir “no” a otras cosas que puedan surgir después. A veces por eso evitamos comprometernos: no queremos sentirnos atados, no queremos tener que cancelar ni fastidiar a nadie si surge algo “mejor” o ineludible.

Pero hay un problema adicional: si tú fluyes y los demás se organizan, cuando decides que “ahora” es buen momento… los demás ya tienen sus planes. Esto pasa en los viajes, en las amistades y en la vida. Dos personas que fluyen demasiado pueden no encontrarse nunca.

En el extremo opuesto, una vida excesivamente organizada también puede agobiar. Cada hueco controlado, sin espacio para lo inesperado, termina generando ansiedad.

Si de verdad quieres ver o hablar con alguien, pon día y hora. No esperes a que “surja”. Lo mismo si quieres hacer algo, aunque no implique a otras personas.

Bloquear un espacio no significa que no puedas moverlo si es necesario, pero te da una base real sobre la que construir.

Y al mismo tiempo, deja huecos libres en tu agenda: pequeños oasis de flexibilidad para que la vida también pueda sorprenderte.

La clave está en encontrar tu equilibrio. Hay épocas en las que conviene comprometerte más: reservar fechas, planificar, priorizar relaciones o proyectos. Y también hay épocas en las que lo mejor que puedes hacer es dejar espacio para descansar, desconectar y navegar la vida con lo que venga. No hay una fórmula perfecta. Lo importante es que seas tú quien decide dónde pones el foco.

Porque vivir tu tiempo no es elegir entre fluir u organizarse. Es aprender a bailar entre ambos.

Si este tema te resuena y quieres aprender a gestionar mejor tu tiempo (y tu vida), te animo a participar en el curso que imparto en UBUAbierta:

👉 Gestión del tiempo, gestión de vida – I y II edición

En él trabajamos precisamente este equilibrio entre planificación y flexibilidad, aprendemos a priorizar lo importante, a crear espacios reales para lo que de verdad cuenta y a diseñar una forma de organizarse que encaje contigo. No se trata de llenar la agenda, sino de vivir con más consciencia y libertad.

Si te apetece dar ese paso, ¡te espero allí!

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lunes, 29 de julio de 2024

Perdemos mucho tiempo quejándonos

Hace unos meses estaba quejica, enfocado en lo que me molestaba, en las dificultades, en mis bloqueos. Recordé la campaña “un mundo libre de quejas”, impulsada por Will Boden, con su reto de 21 días sin quejarse. En el reto, cada vez que te quejas, criticas o murmuras, tienes que cambiarte una pulsera de brazo, hasta que consigas encadenar 21 días sin cambiarte la pulsera.

Parece fácil, tendemos a ver más lo que se quejan los demás que nuestras propias quejas. Pensamos que somos positivos. Estar todo un día sin quejarse es complicado, imagina lo que son 21 días, acostumbrarse a no quejarse.

Con el recuerdo en mente de lo que leí y experimente hace unos años con la campaña para liberarnos de la queja propia me propuse experimentarlo de nuevo.

Al quejarnos nuestra mente se enfoca en lo que está mal, nos tensamos y nos estresamos. La queja nos sienta mal, aunque creamos que nos libera. Es mucho más sano y productivo enfocarte en la solución que en la queja.

Un consejo que me dieron cuando aprendí a conducir. Enfócate en el hueco por donde vas a pasar, no en el obstáculo. Si te fijas en el obstáculo, vas hacia él. Enfocarte en lo que quieres conseguir, en el objetivo. Quejarse es enfocarse en lo contrario, en lo que no queremos, en lo que vemos mal.

Cuanto más te quejas más presente se te hace lo que está mal y menos energía tienes para enfocarte en lo que está bien y en el objetivo o la solución.

Si te acostumbras a la queja, te vuelves adicto a ella, tu cerebro va buscando más cosas de las que quejarte, así puedes entrar en las famosas competiciones de a ver quién se queja más, a ver quién está peor, que no sientan bien a ninguno de los participantes.

Puede que tengas relaciones basadas en la queja, gente con la que te juntas para quejarte sin buscar soluciones, quizá hasta sin darte cuenta. Eso te aleja de las soluciones y de lo que quieres.

Los quejicas atraen a los quejicas. Es más fácil no quejarse estando rodeado de ciertas personas. Si te rodeas de quejosos tiendes a quejarte. También si te quejas atraes las quejas de los demás.

Nuestras quejas, sin propuesta de solución, hieren al otro y también a nosotros
Si estás con alguien que se queja, en lugar de buscar algo para alimentar esa queja o sacar tú una nueva, prueba a estar callado, mantener la boca cerrada. Esperar a ver si la conversación puede ir por vías más positivas. Escuchar quejas te tienta para quejarte, no entrar al trapo, no alimentes la espiral de las quejas.

En general, preferimos estar con gente positiva, que no esté todo el día quejándose. Lo mismo les pasa a los demás, normalmente no les gusta nuestra versión quejosa. Es cansado y consume energía escuchar las quejas de otros. La queja nos resta energía a nosotros y a los que nos rodean.

Puedes pensar que quejarte de lo que ha hecho otro es la mejor forma de que cambie su comportamiento. Normalmente tiene el efecto contrario, se enfada, se defiende y persiste en su comportamiento para afirmarse. Cambia con el ejemplo y el aprecio de lo que hace bien, no por la crítica y la queja.

¿Para qué quejarse de lo que no se puede cambiar? Como por ejemplo del tiempo, quizá creemos en la magia de que si nos quejamos hará un tiempo que nos guste más ¿Esta queja lleva a algo positivo?

Cambiar la queja por el enfoque en la solución. Se enfoca en la solución, por ejemplo, decir al camarero “por favor, me puede calentar la sopa, está fría”. Esto es muy distinto de decir a quien te acompaña “menuda mierda de sopa, está fría”. En el segundo caso no sirve para solucionar el problema, simplemente sirve para enfadarnos.

Si hablas de lo que quieres en lugar de quejarte, la gente querrá trabajar y estar contigo. Hablar de cómo solucionar el problema en lugar de quejarte y de cómo será cuando se haya solucionado.

Librarse de la queja nos hace más felices y hace más felices a los que están con nosotros, mejora las relaciones. Sin quejas tendrás un impacto positivo en tu familia y en los que te rodean.

Mis palabras son poderosas y tengo la responsabilidad de escogerlas sabiamente. Conseguir algo positivo con lo que digo.

Pasados unos meses, con menos quejas y más foco en lo que quiero, avanzo más, estoy más contento y satisfecho al final del día, tengo más propósito y mejor visión. También me rodea y me rodeo de gente más positiva, mis relaciones han mejorado. Me ha sentado bien.

Dejar la queja me parece un gran reto con consecuencias muy positivas. Simple, efectivo y no tan fácil como parece ¿Quieres probar? Te reto a dejar de quejarte.

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martes, 27 de febrero de 2024

Suéltate y vuela

¿Alguna vez has sentido que estás arrastrando una cadena pesada que te impide avanzar libremente? Esa sensación de estar encadenado a algo que te pesa, que te limita y te consume lentamente. En ocasiones, estas cadenas no son de metal, sino de emociones complicadas que atan nuestra mente y corazón. Hoy quiero hablarte sobre una de esas cadenas emocionales: las relaciones que ya no nos nutren, pero que nos cuesta dejar ir.

Hace años que tengo una relación con un amigo, hemos hecho cosas juntos, nos hemos apoyado, teníamos intereses e ilusiones comunes. Nos entendíamos bastante bien. Era alguien a quien valoraba y todavía valoro. Sin embargo, con el tiempo, algo cambió. Nuestra comunicación se volvió superficial, los intereses e ilusiones ya no son tan comunes, no siento que la relación fluya y cuando nos juntamos acabo cansado, sin energía.

Hoy, comentándolo con mi hijo Juan, ha hecho una metáfora muy certera. Es como si estuviera arrastrando una bola de hierro atada a mi tobillo. Como si algo me mantuviese atado al suelo y no me dejase volar, que es lo que yo quiero.

Intenté mantener la relación a flote, pensando que quizás era solo una fase pasajera, que todo volvería a ser como antes. Pero la realidad era otra. Cada interacción se volvía más agotadora, más difícil de sostener. Me di cuenta de que esta relación ya no me estaba nutriendo, sino que me estaba lastrando. Estaba impidiendo mi crecimiento personal, absorbiendo mi energía y limitando mi capacidad para conectar con otros.

Llega el punto en el que tengo que ser honesto conmigo mismo y reconocer que seguir aferrándome a esta relación me está causando más daño que bien. Tomar la decisión de dejar ir una relación no es fácil. Dejar ir a alguien a quien has apreciado y con quien has compartido tantos momentos duele. Pero a veces, la única forma de liberarte, es soltar lo que te está reteniendo, aunque eso signifique enfrentar el dolor de la pérdida.

Aprender a dejar ir es un proceso doloroso pero liberador. Nos permite abrir espacio para nuevas conexiones que nos nutran y nos hagan crecer. Nos enseña que es importante priorizar nuestra propia felicidad y bienestar, incluso si eso significa alejarnos de personas que alguna vez fueron importantes para nosotros. Porque al final del día, nuestra salud emocional y nuestro crecimiento personal está en juego.

Así que, si te encuentras en una situación similar, si sientes que estás arrastrando una cadena que te impide avanzar, te animo a que te des permiso para soltarla. Permítete liberarte de relaciones que ya no te compensan, por más difícil que sea. Confía en que al dejar ir lo que te pesa, estarás abriendo espacio para nuevas oportunidades y conexiones que te llevarán hacia adelante en tu camino hacia la felicidad y el crecimiento personal.

domingo, 12 de febrero de 2023

Buscando mi papel en el mundo

Se habla mucho del propósito, del papel en el mundo, de cómo podemos vivir una buena vida y contribuir. Cómo diría Francesc Miralles, encontrar tu Ikigai.

Pienso mucho en los adolescentes, en este mundo cambiante es difícil decidir el camino, encontrar tu lugar. La adolescencia es un periodo de autoconocimiento, de reflexión, también de desconcierto, que se expresa con enfados y con evasiones. Es el paso de la infancia a la vida adulta, que no siempre es fácil.

Vivimos en un mundo rodeado de estímulos y de posibilidades. En la adolescencia se agudiza la ansiedad, por los estudios (las notas y los resultados), por las relaciones ¿cómo me puedo relacionar con los de mi edad? ¿cómo me relaciono con los adultos? Algunos escapan del mundo real al entorno más seguro de las pantallas, entrando en una espiral que les atrapa cada día más, donde pueden sentirse atrapados y cómodos a la vez.

Esto mismo lo podemos sentir los adultos. Ansiedad por resultados inciertos que no llegan; dificultades en las relaciones, con los amigos, compañeros o con el jefe; adicciones de distinto tipos y sin sustancia (a series, redes sociales…). Cuanto más difícil es esto cuando estamos saliendo del cascarón.

Llevo tiempo pensando en cómo acompañar a adolescentes a encontrar su camino o aclararlo un poco. Como creemos que el camino se hace mejor acompañado y en grupo, hemos planteado encontrarnos 8 jueves, de 19 a 21, para caminar juntos.

Taller para adolescentes
Las etapas de este viaje pueden ser comunes a cualquier edad: empezando por conocerme mejor, saber que me gusta y se me da bien, como salgo al mundo y me relaciono y hacia dónde quiero ir. En compañía iremos haciendo estas etapas:

  • Autoconocimiento: cómo me veo, cómo creo que soy, me conozco un poco más y me doy cuenta de cómo me muestro al mundo.
  • Fomento mi autoestima: cuáles son mis cualidades, mis valores, lo que se me da bien.
  • Relaciones: Cómo me relaciono con los de mi edad y con los más mayores, entre ellos con los padres, profesores y otros que me acompañan ¿Cuál creo que es la mejor manera de relacionarme?
  • Miro al futuro ¿Cómo me veo en unos años? ¿Qué sueños tengo? ¿Cómo puedo avanzar en esa dirección? ¿Cuáles son mis ilusiones?

Empezamos el 2 de marzo, si te interesa y tienes entre 15 y 18 años, puedes apuntarte en el Foro Solidario (pincha aquí). Me encantará caminar junto a ti. Y si eres padre o madre, adulto o adulta, que ves que un adolescente le puede ir bien verse, sentirse y pensarse, junto a otros y otras que están en la misma etapa, te agradecería que los animases a venir. Necesitamos redes que nos ayuden en los momentos difíciles.

Más información

lunes, 26 de septiembre de 2016

“Aprendiendo de los mejores” con Francisco Alcaide

El jueves pasado, 22 de septiembre, tuve ocasión de acompañar a Francisco Alcaide en la presentación de la décima edición de su libro “Aprendiendo de los mejores”. Un libro que lees no hace daño solo te puede llevar a seguir avanzando y mucho mejor si es cómo este.

He aprendido de uno de los buenos, de Francisco, de Paco, unas cuantas cosas, tanto en sus libros, en sus post y mucho más en las pocas conversaciones que hemos podido compartir. Así que te animo a acercarte a sus reflexiones.


De momento quiero compartir algunas ideas que se respiran al acercarte a Paco:
  • La idea que más se repitió es la generosidad, estar dispuesto a ayudar y a dar, de entrada, sin esperar recompensa. Aportar valor a aquellos a los que te acercas. Paco enseña esa generosidad con el ejemplo.
  • La importancia de las personas, un refrán indio dice “si quieres ir rápido vete sólo, si quieres ir lejos vete acompañado”. Además seguro que ir acompañado es más divertido. Desde la generosidad inicial es mucho más fácil pedir ayuda y que te ayuden cuando lo necesitas. Las muchas personas que acompañaban a Paco el jueves demuestran lo bien que sabe establecer y mantener relaciones.
  • Somos una media de las 5 personas conlas que más nos relacionamos. Mira a ver con quien te relaciones y cómo quieres ser, de quién quieres aprende y mucho mejor si te rodeas de los mejores. Solo tú puedes decir quiénes son los mejores para ti.
  • Paco es una persona que inspira y anima a hacer, empuja para que avances. Cuenta lo que haces y es lo que te lleva a obtener resultados. Y si estás paralizado por lo que van a decir, por las críticas, al final no haces nada, no consigues nada o te quedas muy lejos de lo que podrías llegar a hacer.
  • Y finalmente foco, estar enfocado, en caso contrario te dispersas y te pierdes, dejas de seguir el camino que tenías previsto. Como dijo Laura Chica, foco-Paco es un ejemplo de mantener la perseverancia en las metas, ser constante, en la persecución de tus sueños. Como pudimos ver con cada uno de los invitados a la mesa redonda de la presentación.

Son muchas más las ideas que podría destacar y me quedo con estas cinco: generosidad, personas, relaciones, actuar y foco. Todo para no dispersar ideas.

Paco, gracias porque eres uno de los máximos responsables de que escriba semana a semana este blog, igual que has animado a muchos a escribir ese libro pendiente o iniciar ese negocio que les alegraba el corazón. Gracias por ser inspiración para actuar.