jueves, 9 de abril de 2026

¿A quién tienes delante cuando miras al móvil?

Ayer, al salir de clase, me encontré con una escena que empieza a ser demasiado habitual. Siete alumnos esperando para entrar a la siguiente clase. Siete, cada uno con su móvil, mirando la pantalla. Nadie hablaba con nadie. Silencio compartido… pero no compartido del todo.

Caricatura basada en la imagen de ayer al salir de clase
Cuando yo estudiaba esos ratos eran otra cosa. Hablabas con el de al lado, aunque no le conocieras mucho. Comentabas la clase anterior, el examen que venía, cualquier tontería. De ahí salían conversaciones, y de ahí, muchas veces, amistades.

Ayer les dije que había hecho una foto y les pregunté si les importaba que la compartiera. Nadie contestó. Me quedé un rato hablando con ellos. La mayoría guardaron el móvil y escucharon. Pero nadie contestó. Ese silencio me llamó la atención.

Llego la compañera que iba a dar clase después, iba a hablar sobre la escucha, comentamos con ellos, que escucharon y no hablaron. Por la tarde me mandó otra imagen: Una familia en una terraza, los padres con un niño pequeño, cada uno con su pantalla.

Esto ya no es algo puntual. Lo vemos en el metro, en las salas de espera, en las terrazas, en casa. Incluso cuando estamos con gente conocida.

Hemos dejado de interactuar con quien tenemos al lado… para interactuar con una pantalla.

Escuché a Pau Doménech decir algo que me hizo mucho sentido: el móvil nos aleja de quien tenemos cerca para “acercarnos” a quien está lejos. Y tiene algo de paradoja. Porque muchas veces, en ese acercarnos a lo lejano, nos estamos perdiendo lo cercano.

Por la tarde estuve con mi primo Francisco. Me contó que había desinstalado varias aplicaciones del móvil. Redes sociales, algún juego… cosas con las que sentía que estaba enganchado.

Ahora está incómodo. Tiene el impulso de coger el móvil y no encontrar lo que antes estaba ahí. Está, como él dice, “con el mono”. Pero también sabe algo importante: el mono se pasa. Está en ese momento incómodo en el que se rompe un hábito, en el que eliges no hacer lo automático, en el que empiezas a recuperar espacio y tiempo.

Y eso me hizo conectar las dos escenas del día.

  • Por un lado, la inercia: sacar el móvil sin pensar, refugiarnos en la pantalla, evitar el vacío, el silencio o incluso el contacto.
  • Por otro, la decisión: parar, revisar, quitar lo que no suma, recuperar la atención.

No se trata de demonizar el móvil. Es una herramienta increíble. Nos conecta, nos facilita, nos acerca a muchas cosas valiosas. Pero también nos distrae, nos engancha y, a veces, nos aleja de lo que tenemos justo delante.

Mi sensación, y puedo estar equivocado, es que cuando estás esperando para entrar en clase, puedes hacer amigos si hablas con quien tienes al lado. Que en una terraza puedes compartir de verdad con quien estás. Que en una sala de espera puedes cruzar una conversación inesperada.

Que hay muchas cosas que solo pasan… si estás presente.

Hoy te invito a algo muy sencillo: Para dos minutos, mira tu móvil y pregúntate, ¿todo lo que tengo aquí me compensa? Quizá no hace falta desinstalar nada, o quizá sí, quizá te venga bien probar, eliminar una, dos aplicaciones.

Darte un poco de espacio, pasar por ese pequeño “mono”. En dos semanas probablemente ya no las eches de menos. (Aunque esto no es matemático, cada uno lleva su ritmo).

Y quizá, en ese espacio que se abre, vuelva algo sencillo: Mirar alrededor, levantar la cabeza, hablar con quien tienes al lado. Porque la vida, muchas veces, no está en la pantalla, está justo delante.

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