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martes, 28 de julio de 2026

Descubrir formas de relacionarse con las personas y el entorno

El incendio de la Sierra de Ávila obligaba, el sábado, a evacuar el encuentro de adolescentes de la Fundación Claudio Naranjo en el que estaba participando mi hija Sofía.

Desde el jueves convivíamos con una cierta incertidumbre por la evolución del incendio. Ayudaba saber que estaban bien y confiar en un equipo que supo gestionar la situación con una serenidad admirable.

Zaida, una de las madres del encuentro, abrió las puertas de su casa para acoger a los cincuenta adolescentes y a todo el equipo. Gracias a ese gesto pudieron pasar allí la noche con tranquilidad hasta que, al día siguiente, los padres fuimos para recogerlos.

No es un gesto cualquiera. Abrir la puerta de tu casa a cincuenta adolescentes no es solo ofrecer un techo, es abrir un espacio de confianza, es decir con los hechos: "Aquí cabéis todos". Eso habla de una manera de relacionarse.

El domingo, mientras compartíamos tiempo al recogerles, nos informaron de que “El Corralón”, en Casavieja, el lugar donde habían vivido el encuentro durante toda la semana, había sido arrasado por el fuego.

La tristeza por la pérdida se podía sentir. Algunos lugares dejan de ser solo un edificio para convertirse en el escenario donde suceden experiencias que cambian a las personas.

Durante esos días y en años anteriores, aquel lugar había acogido experiencias, conversaciones, silencios, risas, lágrimas, abrazos y descubrimientos. Había sido el hogar temporal de cincuenta adolescentes que estaban aprendiendo algo que rara vez se enseña en un aula.

Caricatura inspirada en el encuentro de adolescentes de la Fundacion en el año 2025
Estos días los han dedicado especialmente a observar cómo se relacionan consigo mismos, cómo se relacionan con otros adolescentes, con sus padres, con sus hermanos y con los adultos. A descubrir desde dónde se relacionan y hacia dónde quieren caminar. Me parece una propuesta preciosa.

Invertimos muchos años en enseñar conocimientos a nuestros hijos. Matemáticas, idiomas, tecnología... Y apenas dedicamos tiempo a ayudarles a comprender cómo viven sus relaciones, cuando probablemente de ellas dependa buena parte de su bienestar. Algo que también nos puede venir bien a los mayores.

Siento que ya el año pasado mi hija Sofía descubrió nuevas formas de relacionarse. Parece una obviedad, pero no lo es. Cuando somos adolescentes (y muchas veces también cuando somos adultos) tendemos a pensar que la forma en la que vivimos las relaciones en casa, en el colegio o en nuestro grupo de amigos es simplemente "lo normal".

Hasta que un día descubres personas que escuchan antes de responder, que pueden discrepar sin atacar, poner límites sin dejar de cuidar o mostrar lo que sienten sin necesidad de esconderse. Entonces entiendes que no existe una única manera de relacionarse

Existen otras formas de relacionarse, y puedes elegir cómo quieres hacerlo tú. Puedes decidir qué tipo de relaciones quieres construir y con qué personas quieres compartirlas.

Creo que ese descubrimiento, con diecisiete años, es un regalo para toda la vida.

Las relaciones no solo transforman a las personas, también crean comunidades. Quizá por eso Zaida abrió las puertas de su casa sin pensárselo demasiado. Quizá por eso tantos antiguos participantes, familias y amigos se han ofrecido ya para ayudar a recuperar El Corralón. Un espacio con el que también nos relacionamos.

Cuando un lugar ha sido construido para favorecer encuentros auténticos, termina generando una comunidad, que también cuida de ese lugar. Los edificios pueden quemarse y las relaciones permanecen.

Por eso estoy convencido de que El Corralón volverá a levantarse. No solo porque se reconstruyan unas paredes, sino porque detrás hay una comunidad que cree profundamente en lo que allí sucede.

Con seguridad voy a volver a ese lugar que ya siento un poco mío y que forma parte de la historia de vida de mi hija.

No quiero terminar sin expresar un profundo agradecimiento a la Fundación Claudio Naranjo y, muy especialmente, al equipo encabezado por Martín, Patricia y María, junto con el resto de monitores y guías.

Ellos no solo han acompañado a nuestros hijos. También nos han acompañado a los padres durante unos días especialmente difíciles. La información llegó cuando tenía que llegar, con cercanía, serenidad y transparencia. En medio de la incertidumbre supieron transmitir confianza.

Y, sobre todo, quiero agradecerles algo más profundo: la forma de estar con los adolescentes. En el encuentro no solo hablaron de las relaciones, las vivieron.

Acompañar así no consiste únicamente en organizar actividades. Requiere haber recorrido antes un camino de trabajo personal. Porque resulta muy difícil ayudar a otros a relacionarse si antes no has aprendido a relacionarte contigo mismo y con los demás.

Los adolescentes aprenden mucho menos de lo que les decimos que de cómo nos ven relacionarnos. Lo más valioso de este encuentro ha sido mostrarles con el ejemplo formas de relacionarse, tanto con las personas como con los lugares y las situaciones.

Las personas construimos relaciones, y las buenas relaciones terminan construyendo comunidades.

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viernes, 19 de junio de 2026

Paciencia: esa asignatura que nadie quiere estudiar

Hace tres semanas me caí de la bicicleta y me fracturé la cabeza del radio. No era la mejor noticia, pero parecía una lesión relativamente sencilla: paciencia, algo de dolor, rehabilitación y poco a poco volver a la normalidad. Al menos ese era el plan.

Durante estas semanas he ido adaptándome. Escribir con la izquierda, hacer algunas cosas más despacio, pedir ayuda para otras y asumir ciertas limitaciones temporales. No era agradable, pero parecía que el camino estaba claro.

Sin embargo, en la revisión me encontré con una sorpresa. El diagnóstico no era exactamente el que pensábamos. Hay fragmentos sueltos de la cabeza del radio y finalmente será necesaria una operación.

Cuando parece que ya has entendido lo que está pasando, la vida vuelve a cambiar el guion.

Yo ya había construido mentalmente una historia: la fractura estaba ahí, la recuperación estaba en marcha y era cuestión de tiempo; Había aceptado ese escenario. Lo que me costó fue descubrir que la historia era otra, he necesitado un tiempo para adaptarme. Muchas veces sufrimos más por nuestras expectativas que por la realidad.

La realidad no tiene la obligación de cumplir nuestros planes, ni nuestros plazos, ni nuestras previsiones, ni nuestras ganas de que todo vuelva a ser como antes.

Quizá por eso una de las asignaturas más difíciles de la vida sea la paciencia. Una materia que casi nadie quiere estudiar y en la que, tarde o temprano, todos acabamos matriculándonos.


Lo que más cuesta muchas veces no es el dolor, lo difícil es esperar: pruebas, resultados, una llamada, una operación, a recuperar movilidad, a volver a hacer cosas que dabas por hechas.

Vivimos en una cultura que premia la velocidad. Queremos respuestas inmediatas, entregas en un día, mensajes contestados en minutos y soluciones rápidas para cualquier problema.

Pero la vida tiene sus plazos.

Hay procesos que solo avanzan al ritmo que pueden avanzar. Como una planta. Podemos regarla, cuidarla y procurar que tenga buena tierra, pero no podemos hacerla crecer más rápido tirando del tallo. De hecho, si tiramos demasiado, probablemente la arranquemos.

Con las personas sucede algo parecido. Hay heridas que necesitan tiempo, aprendizajes que necesitan tiempo, recuperaciones que necesitan tiempo.

Hay momentos en los que la mejor estrategia no consiste en hacer más, sino en desesperarse menos.

No significa resignarse. Significa aceptar la realidad tal como es para poder actuar sobre lo que sí depende de nosotros.

En mi caso, ahora toca seguir las indicaciones de quienes saben más que yo, cuidar lo que puedo cuidar, agradecer el trabajo de los profesionales que me están atendiendo y dejarme ayudar por las personas que tengo alrededor.

Porque otra cosa que estas situaciones recuerdan es que nadie sale adelante completamente solo. Cuando las fuerzas, la movilidad o la autonomía disminuyen, descubres cuánto valen quienes te acompañan.

Aunque el camino no sea el que habíamos imaginado, podemos seguir avanzando paso a paso. Aunque sea más despacio de lo que nos gustaría.

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lunes, 4 de agosto de 2025

El valor de tener buena gente cerca

Este viernes salí a dar una vuelta en bici con mi amigo Emilio. Mientras pedaleábamos y hablábamos de la vida, me comentó sobre un libro que ya tengo apuntado para leer este verano: Dignos de ser humanos de Rutger Bregman. Según Emilio, el libro defiende una idea poderosa y luminosa: que la humanidad ha progresado no tanto por la competencia o la fuerza, sino por nuestra capacidad para cooperar, para ayudarnos, para cuidar unos de otros.

Me pareció una idea muy cierta. Curiosamente, unas horas antes, había tenido una experiencia que parecía sacada directamente de ese libro. Tuve un golpe con el coche y esperando la grúa. Fue un momento incómodo y bastante estresante, sobre todo porque el lunes teníamos previsto salir de vacaciones en caravana, y sin coche no había forma de movernos. Por si fuera poco, alquilar un coche con bola de remolque resultó ser misión imposible, y en el camping ya no quedaban bungalows disponibles. Todo parecía torcerse.

En medio de esa situación, pasó algo que me devolvió la calma: varias personas se acercaron a preguntarme si necesitaba algo. Una conocida incluso me ofreció el coche de su hija para el viaje. Me costaba aceptar, me parecía que era demasiado pedir, uno siente que puede estar abusando de la confianza ajena, pero su gesto fue un recordatorio de que

la ayuda a veces llega sin que la pidas, y que aceptar también es parte de la reciprocidad humana.

Finalmente fue mi primo Rodrigo quien me sacó del apuro. Me ha dejado su coche con total generosidad, confiando plenamente. Gracias a él, podremos salir de vacaciones como estaba previsto. Este gesto no solo resolvió un problema, también reforzó algo más importante: el vínculo que tenemos. Porque cuando alguien te tiende la mano, cuando confían en ti, cuando te hacen la vida más fácil sin pedir nada a cambio, se fortalecen los lazos, se construye confianza. Y eso, en el fondo, es lo que nos permite caminar con más seguridad por la vida.

A veces me abruma lo simples que se vuelven las cosas cuando recibes ayuda. Cuando no vas solo. Cuando te dejas acompañar. Cuando hay alguien que te dice: "no te preocupes, yo te ayudo". Nos cuesta aceptar la ayuda, como si hacerlo fuera un signo de debilidad. Pero lo cierto es que la vida se vuelve mucho más liviana cuando aprendemos a apoyarnos en los demás.

Estamos hechos para vivir en comunidad. Lo decía Emilio citando a Bregman: no hemos sobrevivido como especie por ser más fuertes, sino por ser más cooperativos. No por ser los más rápidos, sino por quedarnos a ayudar a quien se queda atrás.

Hoy, más que nunca, creo en eso. Me siento profundamente afortunado de tener buena gente a mi lado. Espero que tú también la tengas, que sepas reconocerla, que sepas cuidarla. Porque cuando caminas con otros, cuando compartes la carga, la vida no solo se vuelve más sencilla, se vuelve más humana.

La generosidad humana: un motor silencioso que nos empuja hacia adelante

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domingo, 3 de noviembre de 2024

La vida se escapa o cambia en un instante

Esta semana está siendo dura en España, especialmente en la zona valenciana. Los próximos meses van a ser difíciles, la vida te cambia en un instante o se te escapa en un descuido.

El lunes todo parecía tranquilo, el martes llegaron intensas lluvias que desbordaron los torrentes. Aguas abajo, donde la lluvia no era tanta, el desastre llegó de manera silenciosa. El agua aparece por los desagües, en lugar de salir por ellos.

En poco tiempo se van llenando los garajes de agua, en las calles, los coches son arrastrados como juguetes. El agua arrastra ramas, hojas y desechos. Los sótanos se convierten en pozas fangosas, trampas para quienes habían bajado a salvar el coche, sin poder imaginar la rapidez de la inundación.

Foto tomada del Heraldo de Aragón (
Desde las ventanas, algunos miran aún sin poderlo creer cómo el agua se lleva lo que encuentra a su paso. Las calles tranquilas se convierten en arroyos cargados de escombros. Ante la fuerza de la naturaleza se extiende un sentimiento de impotencia y vulnerabilidad.

La vida te cambia en un instante, las preocupaciones de la semana pasada parecen tonterías. De hecho, son tonterías frente a la tragedia que enfrenta a la muerte. La vida se escapa en un suspiro, el último suspiro. Algunos amigos, vecinos, personas queridas ya no están. La corriente se los llevó, dejando atrás solo el recuerdo y la tristeza para sus seres queridos.

Después de la tormenta, el verdadero golpe de la tragedia queda claro. En un instante se puede perder todo. Las heridas seguirán sangrando. Esperar ver a los que se han ido, confiar en escuchar su voz, aunque sea para discutir. Lo irreparable de la pérdida, las cicatrices que quedarán.

Aunque el camino sea difícil, de esta salimos juntos. Agradecimiento por la solidaridad, la ayuda, de los que se lanzan a ayudar. Sentimiento de comunidad que lucha codo con codo. Cuando lo público se desborda podemos contar con el vecino.

La verdadera fuerza no es solo física: es la unión de muchas personas decididas a reconstruir, a apoyarse mutuamente y a levantar a quien más lo necesita. La unión que hace la fuerza. No estamos solos, no estás solo ni sola.

Lo perdido duele, especialmente las vidas. Ya nada será igual. En estos momentos difíciles, sentir el apoyo y el acompañamiento, ayuda a mirar hacia el futuro. La presencia de otros no elimina el sufrimiento, pero lo hace un poco más llevadero. No estamos solos en nuestra tristeza.

La vida es frágil, nuestra existencia cambiante. Volverá la rutina y nos sentiremos seguros, casi inmortales. La tragedia nos recuerda que puede desmoronarse lo que damos por sentado, nos impulsa a vivir con lo que hay, cada instante, con cada persona.

Nos prometemos ser más valientes, decir lo que sentimos, abrazar más, preocuparnos menos por lo superficial. No siempre habrá un “mañana” para hacer lo que dejamos pendiente. Ya lo decía Pau Donés, “Vivir es urgente”. No dejes para mañana lo importante.

Recordar que todo puede cambiar en un instante no es vivir con miedo, es vivir consciente. Cada día es un regalo.

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miércoles, 2 de octubre de 2024

Prepararse para el invierno. La comunidad de la leña

Nos vamos acercando al invierno. En Burgos, donde vivo, va llegando el frío. Como hacen las hormigas previsoras, esta semana ha tocado hacer acopio de leña, para calentar la casa ante la inclemencia.

La leña da calor varias veces, no solo cuando la quemas. Primero calienta cuando se corta, cuando se limpia el monte. Después calienta cuando se carga y lleva. También al deshacerla en trozos más pequeños y cuando se almacena en la leñera, hasta el día que se quema.

Los ciclos de la leña - acopio para el invierno
La forma tradicional de calentar la casa se va perdiendo ante formas más cómodas. Sin embargo, el calor de la chimenea o estufa de leña tiene una calidez especial, más allá del simple calor. Las llamas y olor de la madera crean un ambiente acogedor, conecta con una forma de vida más antigua, más cercana a la naturaleza, a los ciclos del entorno y al encuentro alrededor de la lumbre.

El proceso de hacer llegar la leña hasta el hogar, de encender el fuego y mantenerlo, es un rito que nos conecta con nuestro pasado. El fuego como fuente de supervivencia, protección y encuentro. El fuego invita a la contemplación, a la calma y a la relajación, además de ser metáfora de transformación.

Esta semana ha tocado meter la leña en casa. Ha sido una experiencia de comunidad, de conexión con las personas que pasaban. En una ciudad, como es Burgos, no conoces a quien te cruzas como en un pueblo. Muchos de los vecinos que pasaban, sin conocernos, se han ofrecido a ayudar. Muchos han comentado que bueno es el calor de la leña, los recuerdos que les traía. Otros se han ofrecido a acercar la carretilla y muchos se han acercado a hablar.

Una oportunidad para conocer a los vecinos, para charlar un rato, para construir comunidad y encuentro. La leña une, no sólo cuando la empleamos para la lumbre. La naturaleza nos une, nos conecta, con nuestro pasado, nuestra historia y con los que tenemos al lado.

A diferencia de otros sistemas de calefacción, que son casi automáticos, la leña requiere trabajo físico, tiempo y planificación. Transforma el simple acto de calentar en algo que involucra un ciclo de preparación. No solo desde que se corta la leña, sino desde antes, cuando el árbol crece aprovechando la energía solar, esperando ese crecimiento y la renovación del bosque para poder obtener de allí la energía.

Calentarnos de forma tradicional invita a ser conscientes de estos ciclos más largos, de la pausa y una forma de vida más serena. También una vida más conectada con la naturaleza y con los demás, creando la comunidad de la leña, con el bosque y con nuestros vecinos.

Si vives en Burgos o no demasiado lejos, te invito a compartir un curso de gestión del tiempo, donde podremos reflexionar juntos y aprender a vivir nuestro tiempo. Formar parte de la Comunidad del Tiempo. Empieza el día 15 de octubre, ocho martes de 18 a 20 horas ¿Te animas? Más información y matrícula en la Fundación de la universidad de Burgos (pulsa aquí):

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domingo, 11 de septiembre de 2022

El poder del grupo, de la comunidad. Vivir acompañado

Este fin de semana he estado en Los Molinos, en Fuerteventura. Una pequeña agrupación de casitas, casi casetas, donde comparten existencia unos cuantos privilegiados.

Ha perdido parte de su encanto, hace no tanto no tenía electricidad, ni tele, ni cobertura, tampoco agua corriente. Era un lugar mágico para desconectar.

Uno de esos lugares semiaislados, donde no hace tanto, unos 100 años, vivía gran parte de la población española.

En esas condiciones era imprescindible contar con el vecino, con el que vive al lado. Si tenías un problema, era el único que podía ayudar. La ayuda mutua era la regla, más que la excepción. Ahora, podemos vivir aislados, rodeados de gente, en un edificio en donde no sabemos ni el nombre del vecino.

En la comunidad de Los Molinos se sigue viviendo con el vecino. Si hay un problema con la barca, el que está al lado te echa una mano. Si una espina de un tuno se te ha metido en el ojo, la vecina te saca la pincha. Urgencias del Hospital parece quedar muy lejos. Dos cosas que he podido vivir muy de cerca este fin de semana.

Los vecinos se acercan a echar una mano en Los Molinos - Fuerteventura

Acostumbrados a no tener todos los servicios, entre todos generan las habilidades para vivir juntos. Unos aprenden de otros, alguien trae una innovación y pronto se ve en todas las casas. Como los paneles solares que han hecho llegar la electricidad.

Creo que el milagro de los panes y los peces que se narra en la biblia es el simple milagro de compartir. Si compartimos la comida que traemos, todos comen hasta hartarse y siempre sobra. Es algo que he experimentado con los amigos en múltiples ocasiones.

Es el gran beneficio de la economía del compartir. Compartimos coche con el BlaBlaCar, compartimos casa con otras aplicaciones. El beneficio de las casas rurales está en que compartimos espacio en lugar de cada uno tener el suyo.

Provengo del pueblo de Castilla, pueblos de menos de 200 habitantes, donde te juntabas con los vecinos para hacer la matanza, para los trabajos importantes, donde todo el mundo echaba una mano.

Formar parte de un equipo te hace más fuerte. Algo que parece que se nos olvida con la cultura individualista, de cada uno a lo suyo, del corto plazo, del beneficio rápido.

La grandeza de la familia, que te da raíces, un lugar donde estar y volver, una comunidad a pesar de las discusiones. La comunidad de origen y de desarrollo, donde encontrar apoyo en los momentos difíciles.

También la familia elegida de los amigos, con los que hemos compartido etapas en la vida. A veces perdemos el contacto, a veces estamos lejos ¡qué bonito el reencuentro! Ver que están ahí para seguir caminando y compartiendo.

La vida sabe mejor acompañado, el camino se disfruta más en compañía. Aunque también hay momentos para estar solo.

En la obsesión por la gestión del tiempo, por la productividad, a veces nos olvidamos de los que nos rodean. Nos olvidamos de una de las esencias de la vida, con quién la compartimos. Nos olvidamos de vivir.

De eso se acuerdan bien en las comunidades que siempre han estado ahí, como la de LosMolinos. Por eso, venir a los Molinos me reconecta, me tranquiliza, me ayuda a disfrutar de la conversación calmada y del paseo en compañía, por un entorno idílico. Gracias por siempre encontrar las puertas abiertas.