martes, 17 de marzo de 2026

Elegir para vivir

La idea de esta entrada me la sugirió un mensaje de voz de una amiga. Me contaba que últimamente le están saliendo muchos planes: gente que la llama, propuestas distintas, actividades que le apetecen… y a veces se encuentra dudando entre varias opciones que le gustan.

Creo que, en parte, le pasa porque está explorando qué es lo que realmente le gusta (para esto también hay que practicar). Cuando uno abre etapas nuevas en la vida, empiezan a aparecer más caminos, más posibilidades, más invitaciones. Y eso, que en el fondo es algo bueno, también puede traer cierta confusión.

A veces me pasa algo parecido.

De pronto tengo varios planes que me apetecen: una quedada con amigos en la ciudad, un paseo por el campo bien acompañado, un taller de esos que me gusta hacer, ir al teatro…

Las opciones pueden ser muchas. Demasiadas.

Y en el fondo ese es uno de los dilemas de nuestra sociedad: queremos llegar a todo. No solo en lo laboral. También como padres, como pareja, como amigos, como personas con inquietudes. Queremos trabajar bien, estar presentes en casa, cuidar las amistades, formarnos, hacer deporte, viajar, leer…

Y claro, cuando todo es interesante, todo apetece, aparece la sensación de que no deberíamos perdernos nada.

A esto se le ha puesto incluso un nombre: FOMO (Fear Of Missing Out), el miedo a perderse algo. Se suele asociar a las redes sociales, esa sensación de que otros están viviendo cosas que tú no, pero en realidad también aparece en nuestra vida cotidiana.

Ese pensamiento de: “¿Y si el plan al que no voy resulta ser el mejor?”.

Entonces intentamos hacerlo todo. Y ahí empieza el problema.

Es como quien va de viaje a Roma y quiere verlo absolutamente todo: el Coliseo, el Vaticano, las plazas, los museos, las fuentes, cada iglesia, cada rincón. Va corriendo de un sitio a otro, mirando el reloj, haciendo fotos rápidas… Y al final necesita vacaciones… para descansar del viaje.

Con los planes cotidianos pasa algo parecido.

Si tengo cuatro opciones que me apetecen, puedo intentar encajarlas todas. Pero entonces probablemente no estaré realmente presente en ninguna. Mientras estoy en una, ya estoy pensando en la siguiente. Llegaré justo, con prisa, mirando el móvil.

Y así, paradójicamente, termino perdiéndome lo que sí he elegido.

La alternativa más sencilla puede ser también la más sabia: si varias opciones son buenas, elige una y suelta las demás. Dedica dos minutos a decidir. Déjate llevar por el instinto. Y después comprométete con la elección.

Porque muchas veces la energía mental que gastamos dudando es mayor que el beneficio de encontrar la opción “perfecta”.

Además, siendo honestos, la opción perfecta no existe. La experiencia depende mucho más de cómo estés tú por dentro que del plan en sí. El mismo paseo puede ser maravilloso o irrelevante dependiendo de si estás presente o distraído. La misma cena puede ser un recuerdo precioso o un trámite más. No lo determina tanto el plan… como tu forma de vivirlo.

Por eso, cuando tengas varias opciones buenas delante, prueba algo distinto:

  • Elige sin dar demasiadas vueltas.
  • No te quedes rumiando lo que podrías haber hecho.
  • No revises mentalmente las alternativas descartadas.

Disfruta de la elegida.

Y, sobre todo, reconoce el privilegio: tener varias buenas opciones entre las que escoger es, en realidad, una suerte.

Así que elige. Suelta lo demás. Y vive lo que has elegido con presencia. Porque la vida no se vive intentando llegar a todo. Se vive estando de verdad en lo que decides vivir.

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martes, 10 de marzo de 2026

Cuando el cuerpo insiste, es que algo en mí pide verdad

Ayer, en una conversación tranquila, una amiga me soltó una frase que me hizo pensar y pregunté si podía escribir sobre ello. No fue un “tienes que…” ni un consejo con prisa. Fue “en el fondo sabemos que es lo que tenemos que hacer”.

La verdad resuena en esa frase, porque sí, lo sabemos, lo sabes. Lo sabes cuando sigues diciendo “ya lo pensaré”, cuando pones la vida en modo “luego”, cuando te entretienes para no mirar de frente lo que incomoda.

Y el cuerpo avisa antes de que nos atrevamos a aceptar la verdad o si no queremos mirarla. Empieza a doler ese hombro, la cabeza, o empezamos con problemas digestivos, fatiga, dificultades para dormir; cada uno somatiza de una forma. Cuerpo, mente y emoción se influyen, están conectados. El cuerpo habla cuando el corazón se queda sin voz.

“El cuerpo hace de mensajero cuando la mente se entretiene”

El cuerpo no quiere tener razón, solo quiere que lo escuches. Si no lo escuchamos, a veces, el cuerpo va subiendo de volumen. A veces olvidamos que no somos una cabeza con patas. Somos un conjunto y si nos empeñamos en vivir contra lo que sentimos, o en vivir sin sentir, algo se desajusta.

El cuerpo puede avisar en tres niveles: primero susurra (cansancio, incomodidad leve, sueño raro), luego insiste (dolores, contracturas, nudo en el estómago) y si seguimos sin escuchar… grita.

Escuchar no es obsesionarse, escuchar es respetar. El cuerpo es una brújula para empezar a preguntarte. Sin olvidar que, si un síntoma es intenso, nuevo, preocupa o se mantiene, merece consulta profesional, porque cuidarse también es eso.

A mí me ayuda una idea que he comentado en el blog otras veces y que funciona como botón de “volver”: parar, respirar, reflexionar y elegir. Dejar un poco de espacio para notar “qué emoción me despierta” algo y “qué me está diciendo el cuerpo”.

  • Preguntarme: ¿Qué estoy evitando? ¿Qué quiero realmente? ¿Qué conversación me debo?
  • Bajando el ruido: menos pantallas un rato, menos multitarea, menos “tengo que”. El cuerpo agradece el silencio.
  • Tratar el cuerpo como aliado: agua, comida que siente bien, paseo, sueño. No como una máquina a la que se le exige rendimiento.

No hace falta una revolución, hace falta honestidad. A veces la vida no nos pide grandes gestas, sino esa valentía discreta de hacer lo que ya sabemos.

Y cuando lo hacemos… algo se ordena. No porque todo se vuelva fácil, sino porque dejamos de empujarnos “en contra”. Como si, por fin, cuerpo y mente dejaran de discutir y se sentaran en el mismo lado de la mesa.

Aunque tras un cambio, una decisión difícil, la adaptación puede llevar tiempo, volver a casa lleva tiempo.

Si hoy notas una señal (un dolor, una tensión, un insomnio que se repite) quizá no sea el enemigo. Quizá sea el mensajero, quizá hoy baste con empezar así: Parar, respirar y preguntarse con cariño: ¿Qué verdad estoy listo para escuchar?

Porque muchas veces la vida no cambia cuando encontramos una respuesta.

Cambia cuando dejamos de ignorar la pregunta.

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viernes, 6 de marzo de 2026

A hombros de gigantes (y bien acompañados)

Ayer fue un buen día para mí en la Universidad de Burgos. De esos días que te recuerdan por qué merece la pena el tiempo invertido en la universidad, en la docencia, en la investigación… y sobre todo en las personas.

Ayer mi compañera Virginia Ahedo, después de años de trabajo intenso y constante, se consolidó como Profesora Titular de Universidad. Y fue bonito presenciarlo.

Tuve además el placer de formar parte de la Comisión de Selección, presidida por mi compañera Susana García, también de la Universidad de Burgos. En la comisión participaron además colegas que se desplazaron desde lejos para acompañar el proceso: Mareva Alemany y Ana Esteso desde Valencia, y Alejandro Escudero desde Sevilla/Huelva. A todos ellos, gracias por el tiempo, la profesionalidad y el cuidado con el que se desarrolló todo el proceso.

La candidata con la Comisión al finalizar
Pero estos procesos tienen algo más que a veces pasa desapercibido. Más allá de la evaluación formal, estos encuentros son también una oportunidad muy valiosa para compartir tiempo, ideas y experiencias entre colegas. Cuando personas de distintas universidades se reúnen en torno a un proceso de selección, se generan conversaciones que van mucho más allá de la plaza que se evalúa.

Se comparten formas de trabajar, maneras de entender la investigación y la docencia, inquietudes comunes, dificultades que todos vivimos en nuestras universidades… y también ilusiones. En esos espacios surgen muchas veces nuevas conexiones. Conoces a personas con las que te entiendes, con las que te gustaría colaborar, con las que ves posible caminar en algún proyecto futuro.

De esos encuentros, a veces casi sin darte cuenta, nacen lazos profesionales y personales de los que luego salen proyectos, artículos, estancias, colaboraciones… y también amistades. Porque al final, investigar también es eso: caminar juntos, aprendiendo y creciendo, compartiendo retos, alegrías y dificultades.

Estas ocasiones tienen además algo muy especial. Para quienes se presentan, en este caso Virginia, es una oportunidad de repasar el camino recorrido. Su trayectoria comenzó 2011, como sintetizó en la defensa de su currículum. Años de clases, artículos, proyectos, reuniones, congresos, estudiantes, colaboraciones… En definitiva, muchas horas de trabajo y mucho tiempo compartido, como ocurre en cualquier carrera profesional.

Pero además de mirar hacia atrás, estos momentos también invitan a mirar hacia adelante. Cuando uno llega a un hito profesional importante, la pregunta ya no es solo qué he hecho hasta aquí. La pregunta crece y se amplía a: ¿qué quiero hacer ahora con todo lo aprendido?

La consolidación no es un final. En realidad, es más bien un punto de apoyo para seguir creciendo. Es un buen momento para preguntarse qué proyectos tienen más sentido, dónde merece la pena poner la energía y qué contribución queremos hacer en los próximos años.

Me gustó especialmente algo que Virginia hizo durante su exposición. Nombró a muchas de las personas que la han acompañado en el trayecto. Directores de tesis, colegas, colaboradores, estudiantes, compañeros de departamento… personas que, de una manera u otra, han ido formando parte del camino. Y eso lo resumió con dos frases que a mí también me parecen profundamente ciertas.

La primera es de Isaac Newton: “Caminamos a hombros de gigantes”. La segunda es un proverbio muy conocido, citado también por Stephen Covey en Los siete hábitos de la gente altamente efectiva: “Si quieres ir rápido, vete solo. Si quieresllegar lejos, vete acompañado

Creo que estas dos ideas resumen muy bien lo que ocurre en la universidad… y en la vida. Por eso, si tuviera que sacar una pequeña recomendación de lo vivido ayer sería esta: Rodéate de personas que te acompañen bien. Personas que te reten, que te apoyen, que te inspiren. Personas con las que pensar, discutir, construir y también celebrar los avances.

Y la recomendación tiene otra cara igual de importante: Acompaña bien también a otros. Dedicar tiempo a escuchar, orientar o apoyar a alguien que empieza su camino puede parecer un gesto pequeño… pero muchas veces marca una diferencia enorme. Todos hemos necesitado, y seguimos necesitando, personas que crean en nosotros en determinados momentos del camino.

Además, hay otra razón muy práctica para hacerlo. La investigación tiene partes apasionantes, sí. Pero también tiene muchas horas de trabajo solitario, lento y a veces bastante aburrido: leer artículos, analizar datos, revisar textos, volver a empezar… Si todo eso se hace solo, el camino se hace mucho más largo y mucho más pesado.

Construir equipo no es solo una estrategia para hacer mejores proyectos. Es también una forma mucho más humana, y mucho más agradable, de trabajar.

Porque, al final, la felicidad y el buen trayecto tiene mucho que ver con algo muy sencillo: con quién caminas.

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