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jueves, 27 de agosto de 2026

Tanto tiempo haciendo lo que debo que no sé lo que quiero

Hay una pregunta aparentemente sencilla que, a determinadas alturas de la vida, puede resultar sorprendentemente difícil de responder: ¿Qué quieres?

No qué debes hacer, no qué esperan de ti, no qué sería lo más razonable, no qué conviene a los demás, no qué toca ahora. ¿Qué quieres tú?

Cuántas veces he oído “No sé lo que quiero” y cuánta gente ni siquiera se lo plantea. Parece fácil, prueba a responder sin pensar demasiado.

Durante buena parte de nuestra vida aprendemos a movernos alrededor del “debo”: debo estudiar, debo trabajar, debo ser responsable, debo ocuparme de mis hijos, debo atender a mis padres, debo cumplir con mis compromisos, debo terminar esto, debo contestar aquello, debo aprovechar el tiempo, debo hacer ejercicio, debo comer mejor, debo llamar a no sé quién...

Muchos de esos “debo” son necesarios, incluso elegidos. Forman parte de hacernos responsables de nuestra propia vida y de convivir con otras personas.

El problema aparece cuando el “debo” ocupa tanto espacio que dejamos de escuchar el “quiero”.

Podemos acostumbrarnos tanto a responder a obligaciones, compromisos y expectativas que, cuando finalmente aparece un espacio vacío, no sabemos qué hacer con él.


Imagínate que mañana tienes una tarde completamente libre. Nadie te necesita, no tienes trabajo pendiente, no hay recados ni compromisos familiares. No tienes que aprovecharla para nada. ¿Qué harías? Quizá la primera respuesta sea precisamente buscar algo que hacer.

Ordenar un armario, adelantar trabajo, responder unos correos, hacer esa compra que tienes pendiente, aprovechar para hacer deporte. Es curioso: incluso cuando desaparecen temporalmente las obligaciones, podemos inventarnos otras nuevas.

Nos hemos acostumbrado tanto a hacer lo que toca que hemos olvidado preguntarnos qué nos apetece. De tanto atender al deber, podemos perder el contacto con nuestro propio deseo.

Cuando somos pequeños solemos tener bastante claro lo que queremos:  quiero jugar, quiero salir, quiero ese juguete, quiero quedarme un rato más... Después aprendemos que no siempre podemos hacer lo que queremos. Y menos mal. Aprendemos a esperar, a renunciar, a cumplir obligaciones, a tener en cuenta a otras personas y a aceptar que vivir supone también hacer muchas cosas que no nos apetecen. Forma parte de madurar.

Pero quizá podemos pasarnos de frenada: aprendemos a no hacer siempre lo que queremos y podemos terminar sin saber qué queremos.

Hay personas tremendamente responsables que llevan años cumpliendo perfectamente con todo lo que se supone que tienen que hacer. Y un día se preguntan: ¿Y ahora qué quiero yo? Y no encuentran una respuesta clara.

Reconectar con lo que queremos no significa convertirnos en personas caprichosas ni empezar a abandonar nuestras responsabilidades. No se trata de sustituir todos los “debo” por “quiero”. Se trata de recuperar cierto equilibrio.

Volver a escuchar esa parte de nosotros que sabe (o alguna vez supo) qué cosas nos producen curiosidad, ilusión, placer, energía o ganas de vivir.

No hace falta empezar preguntándonos por las grandes decisiones: ¿Qué quiero hacer con mi vida? Podemos empezar mucho más cerca: ¿qué me apetece hacer esta tarde?, ¿con quién quiero pasar tiempo?, ¿qué conversación llevo tiempo queriendo tener?, ¿qué me gustaría aprender?, ¿a qué lugar me apetecería volver?, ¿qué actividad abandoné y echo de menos?, ¿qué hago únicamente porque llevo muchos años haciéndolo?, ¿qué incorporaría a mi vida si tuviera un poco más de espacio? Podemos hacer algo simplemente porque nos gusta.

Reconectar con el deseo tiene que ver con hacer sitio en la agenda y en la mente. Cuando vivimos permanentemente ocupados, resulta difícil escuchar qué queremos.

También necesita cierta valentía, porque descubrir lo que queremos puede resultar incómodo: podemos descubrir que queremos cambiar cosas, que algunas actividades ya no nos interesan, que determinadas relaciones necesitan más espacio y otras menos o que aquello que queríamos hace veinte años ya no es lo que queremos ahora. Nosotros cambiamos y nuestros deseos también.

No creo que una buena vida consista en hacer siempre lo que queremos, ni tampoco en hacer siempre lo que debemos. Probablemente se construya en algún lugar entre el “debo” y el “quiero”.

Podemos pasar tantos años siendo responsables de nuestra vida que terminemos olvidándonos de vivirla. Así que quizá merezca la pena reservar de vez en cuando unos minutos para una pregunta aparentemente sencilla:

Si por un momento dejara de pensar en todo lo que debo hacer, ¿qué querría hacer?

Y después esperar un poco, sin responder demasiado rápido, a ver qué aparece.

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viernes, 22 de mayo de 2026

El tiempo que dedicamos muestra la importancia que le damos

Hay una conversación que se da de vez en cuando y que siempre me hace pensar.

  • Le escribo a alguien: “¿Tomamos un café?”.
  • Y me responde: “No tengo tiempo”.

Entonces yo suelo contestarle, medio en broma:

  • “Eso significa que tienes otras cosas más importantes que yo”.

La persona protesta enseguida, me dice que no es así, que simplemente va hasta arriba y no le da la vida. Y probablemente sea verdad, no hay mala intención en la respuesta y el aprecio existe, sino no me atrevería a decirlo tan explícitamente. Aun así, hay una parte incómoda que sigue siendo cierta: el tiempo que dedicamos a algo muestra la importancia real que tiene para nosotros.

Porque todos tenemos exactamente las mismas horas al día. Eso es quizá lo más democrático que existe. Da igual el dinero, el cargo, el talento o el lugar donde hayas nacido: cada mañana recibimos 24 horas, ni una más, ni una menos. Con sus 60 minutos cada una.

La diferencia no está en tener tiempo, la diferencia está en cómo decidimos emplearlo, en qué colocamos delante, en qué dejamos fuera, en qué estamos dispuestos a sacrificar para hacer hueco a algo.

Cuando algo nos interesa de verdad, encontramos tiempo.

Cada pequeño hueco se transforma en una oportunidad.

Lo vemos continuamente. Hay personas capaces de quedarse viendo una serie hasta las dos de la mañana, pero que “no tienen tiempo” para leer diez páginas de un libro. Personas que pasan una hora en redes sociales, pero no encuentran veinte minutos para hacer ejercicio. Personas que dicen que quieren ponerse en forma, aprender inglés o cambiar de vida… pero nunca consiguen reservar un rato para empezar.

Me llama la atención como no tenemos tiempo para otras cosas, pero sí reservamos cada día varias horas para trabajar. Ahí solemos ser bastante disciplinados, es algo sagrado (y lo entiendo).

Aunque nadie nos obliga a ir, podríamos no hacerlo, aunque tendría consecuencias. No cobraríamos, no podríamos pagar facturas, quizá perderíamos estabilidad o proyectos importantes. Y precisamente por eso elegimos dedicarle tiempo.

No sé si lo importante es el trabajo en sí o las consecuencias de no hacerlo, pero el resultado es el mismo: hacemos espacio para aquello que consideramos prioritario, en este caso el trabajo.

También se da a menudo otra contradicción frecuente. Muchas personas afirman que su familia es lo más importante de su vida… pero apenas están presentes, siempre cansados, siempre con prisa, siempre pensando en lo siguiente. A veces compartiendo espacio físico, pero no atención real.

Al final, la importancia de las cosas no se mide tanto por lo que decimos. Se mide por el tiempo que les entregamos.

Por eso quizá conviene hacerse dos preguntas incómodas:

  • ¿A qué le estás dando importancia realmente?
  • ¿Y a qué te gustaría dársela?

¿Coinciden las respuestas?

Porque, aunque nos cueste admitirlo, tu agenda y tu tiempo cuentan muchas veces una verdad que tus palabras intentan suavizar.

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sábado, 16 de mayo de 2026

La ansiedad baja cuando recuperas el control

Como soy bastante “animado”, me entusiasmo con facilidad y me animo con demasiadas cosas a la vez. Nuevos proyectos, ideas, colaboraciones, cursos, artículos pendientes, personas con las que quiero quedar, compromisos que me parecen interesantes…

Durante un tiempo incluso disfruto de esa intensidad, pero llega un momento en que voy como un coche a demasiada velocidad, vibrando por exceso. Y ahí aparece cierta sobreactivación, cierta ansiedad y la sensación de que no llego a todo.

En estas ocasiones me recuerdo que cuando tienes o sientes control, la ansiedad baja. O quizá habría que decir: cuando recuperas sensación de control. Porque muchas veces la ansiedad no aparece simplemente por tener mucho que hacer, sino por la sensación de que todo se mezcla, se acumula y empieza a escaparse de las manos.

“El caos mental pesa más que la cantidad de trabajo”

En esos momentos, lo peor que puedo hacer es seguir acelerando, lo que toca es parar y recuperar control. Sacar las cosas de la cabeza y ponerlas delante. Hacer una lista de pendientes, definir qué tengo que hacer exactamente con cada asunto, clarificar prioridades, eliminar tareas que ya no merece la pena hacer, decidir qué puede esperar y también delegar algunas cosas, incluso pagando, si otra persona puede hacerlas mejor o más rápido que yo.

Algo cambia cuando haces eso. No necesariamente desaparece el trabajo, pero baja el nerviosismo, recuperas foco, la cabeza deja de dar vueltas sin dirección.

Muchas veces el problema no es tanto la cantidad de cosas que tenemos, sino la sensación de caos y falta de manejo sobre ellas.

Esto conecta bastante con el conocido modelo de Karasek y Johnson sobre estrés laboral. Ellos explicaban que uno de los factores que más estrés genera no es simplemente la exigencia, sino combinar alta exigencia con poca sensación de control y poco apoyo social.

En cambio, cuando recuperamos capacidad de decisión y además sentimos apoyo de otros, el malestar disminuye mucho.

Por eso ayuda tanto hablar con alguien, pedir ayuda, compartir cargas o encontrar personas en las que apoyarte. A veces basta una conversación para que algo vuelva a ordenarse por dentro.

También creo que parte de la tranquilidad pasa por distinguir sobre qué tienes control y sobre qué no. Porque hay personas que gastan enormes cantidades de energía intentando controlar lo que otros piensan, lo que quizá ocurrirá dentro de meses o situaciones sobre las que realmente no tienen influencia. Y ahí la cabeza puede convertirse en una centrifugadora permanente.

Con el tiempo voy aprendiendo que hay cosas sobre las que puedo actuar y otras que quizá toca aceptar. Y aceptar no es resignarse; muchas veces es simplemente dejar de desperdiciar energía mental en lo inmanejable. Si no tienes control ni capacidad de influencia sobre algo, quizá lo más inteligente sea soltarlo.

“La ansiedad muchas veces no baja cuando desaparecen los problemas, sino cuando recuperas sensación de dirección y apoyo”.

Y casi siempre podemos hacer algo para recuperar parte de ese control: ordenar, priorizar, decidir, pedir ayuda, delegar, descansar o simplemente empezar por lo importante.

No hace falta resolver toda la vida en una tarde. Basta con volver a poner las manos en el volante.

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sábado, 4 de abril de 2026

El tiempo compartido riega las relaciones

A veces me doy cuenta de que hay personas con las que me cuesta quedar, incluso hablar. No porque no haya intención, o eso quiero pensar, sino porque siempre están ocupadas, siempre hay algo más urgente, algo que se interpone. Y pasan los días, las semanas, y ese “a ver si nos vemos” se queda flotando, sin aterrizar nunca. No es un reproche, es más bien una observación que, cuando se repite, acaba diciendo cosas.

El tiempo, al final, es una forma de cariño. Es una de las maneras más claras que tenemos de decirle a alguien “me importas”. Porque el tiempo es limitado para todos. No podemos multiplicarlo, solo decidir dónde lo ponemos. Y cuando alguien encuentra un hueco, cuando reorganiza su agenda, cuando hace el esfuerzo de verse contigo… ahí hay algo valioso, aunque no se diga con palabras.

En el fondo, dedicamos tiempo a lo que consideramos importante, aunque no siempre lo hagamos de forma consciente. Nuestra agenda acaba siendo un reflejo bastante fiel de nuestras prioridades reales, no de las que decimos tener. Y, al mismo tiempo, ocurre algo curioso: aquello a lo que le vamos dando tiempo, acaba ganando peso en nuestra vida. Lo cuidamos, lo alimentamos, y sin darnos cuenta, se convierte en importante precisamente porque le hemos hecho espacio.

También es cierto que no todo es tan simple. Muchas veces ese aparente desinterés no es tal. Puede haber exceso de ocupación, falta de organización, etapas vitales más complicadas o simplemente personas que quieren, pero no saben bien cómo sostener los vínculos en medio del ruido. A veces hay razones objetivas que dificultan el encuentro, y conviene no juzgar demasiado rápido.

Pero, aun teniendo esto en cuenta, hay una diferencia que se siente. Hay personas con las que es fácil, que encuentran un momento, que ajustan lo que haga falta, que incluso hacen un pequeño esfuerzo extra sin que se lo pidas. El fin de semana pasado me pasó en Madrid con Luis Alberto: le llamé casi sobre la marcha, cuando ya estaba llegando, y dos horas después estábamos sentados comiendo juntos. Sin grandes planes, sin complicaciones. Solo ganas de verse.

Y no solo ocurre en los encuentros puntuales. También hay relaciones más habituales en las que, sin darnos cuenta, uno de los dos acaba adaptándose casi siempre. Se ajusta a los horarios del otro, a su ritmo, a sus ocupaciones. A veces porque tiene un trabajo más flexible, más energía o mayor disponibilidad; a veces porque le sale de forma natural cuidar ese vínculo. Y puede estar bien durante un tiempo, pero si siempre es así, si el movimiento va en una sola dirección, conviene pararse a mirarlo. No tanto para reprochar, sino para tomar conciencia de cómo se está sosteniendo esa relación.

Y ahí es donde uno puede empezar a elegir. Porque muchas veces, sin darnos cuenta, somos siempre los mismos los que nos adaptamos, los que proponemos, los que insistimos un poco más. Y no pasa nada… hasta que pasa, hasta que cansa, hasta que empiezas a preguntarte si ese esfuerzo está bien colocado.

Quizá no se trata de dejar de intentarlo con todo el mundo, pero sí de observar, de ver qué relaciones fluyen y cuáles siempre cuestan. De aceptar que no todas están en el mismo momento, ni tienen el mismo espacio. Y de decidir, con cierta serenidad, dónde quieres poner tu tiempo.

Las relaciones, como las plantas, necesitan agua. Necesitan presencia, encuentros, momentos compartidos. Cuando se riegan, crecen. Cuando no, se van apagando poco a poco, sin ruido. No suele haber un gran final, simplemente se enfrían.

Por eso, elegir con quién te relacionas no es una mala idea. No desde el juicio, sino desde el cuidado. Porque tu tiempo también es limitado. Porque tu vida también está hecha de esos ratos que compartes. Y porque, al final, qué fácil es todo cuando es fácil.

Si tuviera que resumir todo esto en algo sencillo, te diría que te relaciones con quien te sienta bien. Con quien no tengas que empujar siempre, con quien el encuentro no sea una batalla contra la agenda, con quien estar no requiera tanto esfuerzo como explicación.

Porque la vida ya tiene suficiente ruido, suficiente exigencia, suficiente prisa. Y en medio de todo eso, hay personas que suman calma, presencia y facilidad. Personas con las que el tiempo no pesa, sino que se disfruta.

Quizá no se trata de tener muchas relaciones, sino de cuidar bien las que realmente te hacen bien. De elegir espacios donde puedas ser, donde haya reciprocidad, donde el tiempo compartido tenga sentido.

Al final, no es solo con quién pasas el tiempo. Es cómo te sientes cuando lo haces, aunque sea de año en año. Y eso, conviene no olvidarlo.

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domingo, 30 de noviembre de 2025

Mi plan para sobrevivir (y disfrutar) el final de año

A veces lo que escribo aquí no es tanto un consejo como un autoconsejo, una reflexión que espero te sirva y me sirva. Esto también me pasa: llego a final de año con la agenda llena de actividades, obligaciones y también de cosas que realmente me apetecen… y así termino metido en una carrera casi automática, sin la consciencia ni los espacios para parar, descansar, reponer y volver con la energía (y el humor) que me sienta bien.

La carrera de fin de año: llena de pendientes laborales, entre regalos y comidas (que no sé si son obstáculos a salvar o paradas de avituallamiento)
Este año no quiero que me pase. No quiero llegar a las Navidades agotado, porque las Navidades ya tienen su propio afán. Si no me pillan descansado pueden convertirse en un pequeño vía crucis, en vez de ser un momento de encuentro y disfrute. Así que para estas Navidades me pido cuatro cosas: calma; conexión sencilla con las personas, ir más despacio, y comer menos (o al menos intentarlo).

El final de año es, para muchos, una época de ajetreo continuo. En el trabajo toca cerrar proyectos, cuadrar temas pendientes, presentar informes, preparar presupuestos para el año siguiente. Y en la parte social… quedadas, reencuentros, celebraciones, comidas de empresa, regalos, luces, ruido. La mezcla perfecta para andar corriendo de un lado a otro con el piloto automático puesto.

Entre tanto movimiento es fácil perder de vista lo esencial: qué es lo que realmente te recarga. Porque quedar con amigos puede darte mucha energía… salvo cuando lo conviertes en una obligación más en medio de la vorágine.

Por eso, mi plan, de momento, es hacer el plan. Parar y recoger todo lo que “quiero/tengo” que hacer. Luego decidir qué de todo eso directamente no voy a hacer, aunque quede bonito en la lista. Si a mi cuerpo y a mi ánimo no les sienta bien hacerlo todo, será mejor dejar algo fuera. Me gusta comer, pero no me sienta bien comerlo todo; a veces se me olvida, pero aplica igual para la agenda. Después, priorizar lo que quede y empezar por lo importante: si al final falta tiempo, al menos no habré dejado lo importante sin su tiempo. Y, sobre todo, planificar no solo tareas, sino también los espacios de descanso y recuperación.

Por si te sirve, aquí van mis pequeñas recomendaciones para sobrevivir al final de año con dignidad y con energía (yo me las voy a aplicar):

  • Ten claro lo que quieres/tienes que hacer. Un plan visible te ayuda a no perder el hilo y a aprovechar los momentos, tanto para producir como para disfrutar. Y a no olvidarte de lo importante.
  • Encuentra espacios para el descanso y la recuperación. Es difícil sentirse bien si estás todo el rato a tope.
  • Escoge desde dónde haces las cosas. Desde el gusto y la apetencia o desde la obligación: en un caso la energía sube, en el otro suele bajar.
  • Escucha a tu cuerpo. Si necesitas descansar, no metas más en la agenda. Suena bien eso de descansar, ¿verdad?
  • Después del ajetreo, reserva un espacio de recuperación. No llenes tanto las Navidades que pierdas la conexión contigo mismo entre tanta conexión exterior.

Ojalá este final de año, para ti y para mí, sea un poco más consciente, un poco más lento y bastante más amable.

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lunes, 6 de octubre de 2025

Entre fluir y organizarse: encontrar el equilibrio que hace que las cosas sucedan

Hace unas tres semanas estuve en Tarifa unos días. Hacía tiempo que no veía a una amiga que vive en Conil, y me hacía ilusión coincidir. Se lo propuse por WhatsApp, pero no llegamos ni siquiera a encontrar un hueco para hablar por teléfono. Cada uno tenía sus líos: yo estaba en una formación, ella también con sus ocupaciones.

Una semana más tarde, en un mensaje casual me entero de que está en Madrid. Yo también estaba allí. Otra oportunidad que se escapó.

Ayer volví a Madrid y le mandé un mensaje, después de intentar llamarla, por si había suerte y nos cruzábamos. Esta vez estaba en Conil. Tampoco hablamos.

Hoy hemos medio quedado… a una hora poco concreta (¿vidas demasiado ocupadas, tal vez?). Aun así, creo que hablaremos. No hemos coincidido, pero yo la sigo queriendo y espero que ella a mí también.

Hay un equilibrio delicado entre fluir y organizarse.

Si fluyes demasiado, sin concretar cuándo verse o cuándo hablar, confías en que “ya aparecerá el momento perfecto”. Pero la realidad es que vivimos en agendas llenas, y el momento perfecto raramente aparece solo.

Por otro lado, cuando te comprometes, bloqueas un espacio. Y eso implica decir “no” a otras cosas que puedan surgir después. A veces por eso evitamos comprometernos: no queremos sentirnos atados, no queremos tener que cancelar ni fastidiar a nadie si surge algo “mejor” o ineludible.

Pero hay un problema adicional: si tú fluyes y los demás se organizan, cuando decides que “ahora” es buen momento… los demás ya tienen sus planes. Esto pasa en los viajes, en las amistades y en la vida. Dos personas que fluyen demasiado pueden no encontrarse nunca.

En el extremo opuesto, una vida excesivamente organizada también puede agobiar. Cada hueco controlado, sin espacio para lo inesperado, termina generando ansiedad.

Si de verdad quieres ver o hablar con alguien, pon día y hora. No esperes a que “surja”. Lo mismo si quieres hacer algo, aunque no implique a otras personas.

Bloquear un espacio no significa que no puedas moverlo si es necesario, pero te da una base real sobre la que construir.

Y al mismo tiempo, deja huecos libres en tu agenda: pequeños oasis de flexibilidad para que la vida también pueda sorprenderte.

La clave está en encontrar tu equilibrio. Hay épocas en las que conviene comprometerte más: reservar fechas, planificar, priorizar relaciones o proyectos. Y también hay épocas en las que lo mejor que puedes hacer es dejar espacio para descansar, desconectar y navegar la vida con lo que venga. No hay una fórmula perfecta. Lo importante es que seas tú quien decide dónde pones el foco.

Porque vivir tu tiempo no es elegir entre fluir u organizarse. Es aprender a bailar entre ambos.

Si este tema te resuena y quieres aprender a gestionar mejor tu tiempo (y tu vida), te animo a participar en el curso que imparto en UBUAbierta:

👉 Gestión del tiempo, gestión de vida – I y II edición

En él trabajamos precisamente este equilibrio entre planificación y flexibilidad, aprendemos a priorizar lo importante, a crear espacios reales para lo que de verdad cuenta y a diseñar una forma de organizarse que encaje contigo. No se trata de llenar la agenda, sino de vivir con más consciencia y libertad.

Si te apetece dar ese paso, ¡te espero allí!

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domingo, 26 de enero de 2025

El Arte de Comprometerse: Por Qué Decir Sí a Planes a Largo Plazo Puede Cambiar Tu Vida

Me cuesta quedar a dos o tres meses vista ¿Quién sabe qué es lo que puede surgir o qué me puede apetecer dentro de dos o tres meses? Las circunstancias pueden cambiar, no sé como andaré de energía, qué imprevistos traerá el tiempo o cómo estaré emocionalmente ¿Te suena esta dificultad?

Comprometerte puede parecer una trampa, como si al fijar una fecha estuvieras renunciando a tu libertad de decidir más adelante en función de lo que sientas o las oportunidades que puedan aparecer. Es lógico que, cuando vivimos centrados en el presente, con la agenda de la semana ya llena, planear con meses de antelación se sienta como una carga innecesaria. A menudo pensamos: "Ya veremos lo que nos deparará el futuro".

Sin embargo, hay ocasiones en las que ese compromiso lejano es la única forma de que algo significativo ocurra. Especialmente cuando un grupo grande está involucrado, cuadrar agendas y encontrar un momento para coincidir es un desafío que solo se supera con organización. Si realmente queremos construir algo que valga la pena, ya sea un proyecto, una relación o incluso un recuerdo, los planes a largo plazo se convierten en aliados, no en enemigos.

Es cierto que los compromisos pueden ser flexibles. Las cosas cambian, las circunstancias evolucionan, y los imprevistos suceden. Pero cuando un plan ha costado tiempo y esfuerzo, especialmente cuando involucra a muchas personas, los cambios suelen tener un coste emocional. Cancelar o modificar un compromiso puede generar decepciones o dificultades logísticas que, aunque no son insuperables, se sienten como una pequeña derrota colectiva.

Hace poco, experimenté esta situación en carne propia. Hace un par de semanas, acordé reunirme con un grupo prometedor el sábado 8 de marzo para explorar ideas y ver cómo podíamos colaborar y construir algo juntos. Pero luego recordé que, como cada año (con la excepción de la pandemia), ese mismo fin de semana ya estaba reservado para una salida con la asociación del pueblo, un evento al que asisto con toda mi familia de viernes a domingo. Para complicar las cosas, la reunión del sábado sería en mi casa.

¡Uff! Dilema complicado. Es un ejemplo de cómo los compromisos a largo plazo pueden cruzarse y generar situaciones que parecen imposibles de resolver. A veces, las cosas se arreglan solas, pero otras requieren decisiones difíciles, de esas en las que priorizar lo que realmente importa se convierte en un acto de equilibrio entre responsabilidad, ilusión y relaciones.

No podemos decir que sí a todo. Sobrecargar la agenda futura nos deja sin margen de maniobra, sin flexibilidad y, muchas veces, con más estrés que satisfacción. Pero tampoco podemos vivir en el "ya veremos", dejando que la espontaneidad sea la única guía de nuestras acciones.

La clave está en escoger con cuidado. Reservar tiempo para aquello que de verdad importa: las conexiones significativas, los proyectos que te entusiasman y los momentos que te llenan de ilusión. Tener algo emocionante en el horizonte puede ser una fuente de motivación, una razón para mantenerte enfocado cuando el presente se complica.

Aceptar compromisos con antelación no es solo una cuestión de planificación, sino también un ejercicio de disciplina, organización y, sobre todo, priorización. Es elegir conscientemente qué merece espacio en tu vida. Al final, hay cosas que no son factibles con dos días de aviso, y algunos momentos simplemente no ocurrirán si no los planeas.

Decir "sí" a algo con meses de antelación puede dar vértigo, pero también es una forma de invertir en experiencias significativas. No se trata de llenar el calendario sin criterio, sino de reconocer que el futuro también es un lugar donde suceden cosas maravillosas.

Comprometerte no significa renunciar a tu libertad, sino darle forma al tiempo para que lo que importa tenga un espacio reservado en tu vida. Construir algo que valga la pena siempre empieza con una decisión: hacer tiempo para ello.

Un compromiso que te puede merecer la pena. Lanzo una nueva edición presencial en Burgos del curso de “Gestión de tiempo, gestión de vida”. Si quiere apuntarte serán 8 lunes, de 18 a 20, empezando el 3 de marzo. Más información en el siguiente enlace

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