Este fin de semana he cerrado una etapa importante. He terminado la formación en sistémica que, durante un año, me ha reunido con un mismo grupo de personas un fin de semana al mes. Doce encuentros marcados en el calendario como pequeñas islas de pausa en medio de la vida cotidiana. Doce fines de semana para detenernos, mirar con más calma y explorar con una visión más amplia nuestras raíces, nuestras relaciones y nuestro modo de estar en el mundo: con los demás y con nosotros mismos.
Hay
algo profundamente transformador en elegir conscientemente parar un fin de
semana al mes y hacerlo junto a otras personas que también quieren comprenderse
mejor. No es solo formación: es presencia compartida. Es sentarse en círculo y
poner palabras a lo que normalmente se vive en silencio. Es observar cómo se
repiten ciertos patrones, cómo aparecen los mismos conflictos con distintos
nombres, cómo la historia familiar, los vínculos y la forma de comunicarnos van
tejiendo, muchas veces sin darnos cuenta, la vida que llevamos.
A lo
largo del año hemos trabajado el apego, el genograma, las relaciones
intergeneracionales, la narrativa personal, los mitos familiares, la pareja, el
trauma, la codependencia, el grupo como sistema… pero, más allá de los contenidos,
lo esencial ha sido la mirada. Una mirada más amplia, menos reduccionista,
menos centrada en el “yo aislado” y más atenta al contexto, a las relaciones, a
lo que se mueve entre unos y otros.
“Llega
un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la
forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los
mismos lugares.
Es el
momento de la travesía.
Y, si
no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros
mismos”
La
metáfora es poderosa. Las ropas usadas son esas formas de pensar, de
reaccionar, de relacionarnos que un día nos protegieron, nos sirvieron o nos
ayudaron a adaptarnos… pero que hoy ya nos aprietan. Han tomado la forma de
nuestro cuerpo, de nuestra historia, y por eso cuesta tanto soltarlas. Nos
resultan familiares, conocidas, “seguras”, aunque a veces nos limiten o nos
hagan daño.
Y están
también los caminos. Esos recorridos internos y externos que repetimos casi sin
darnos cuenta: ante un conflicto, siempre reacciono igual; en las relaciones,
acabo ocupando el mismo lugar; cuando algo me duele, me callo… o exploto.
Caminos transitados tantas veces que parecen inevitables. Pero Pessoa lo dice
con claridad: si seguimos andando por los mismos senderos, llegaremos a los
mismos lugares.
La
sistémica ayuda precisamente a eso: a ver los caminos. A entender de dónde
vienen, qué función tuvieron, qué lealtades sostienen. Y, sobre todo, a darnos
cuenta de que no todo empieza ni acaba en nosotros. Que somos parte de sistemas:
familiares, laborales, sociales… y que muchas de nuestras decisiones, miedos o
bloqueos cobran sentido cuando ampliamos el foco.
Mirar
de otra manera cambia lo que vemos.
Y
cambiar lo que vemos cambia lo que podemos hacer.
Cuando
comprendes que un conflicto no es solo “tu problema”, sino una danza
relacional; cuando ves que ciertas repeticiones tienen historia; cuando
entiendes qué lugar ocupas habitualmente y qué precio pagas por mantenerlo…
entonces aparece algo muy valioso: más libertad para elegir. Elegir con más
conciencia. Actuar con más claridad.
La
travesía de la que habla Pessoa no siempre implica grandes cambios externos. A
veces es algo mucho más sutil y profundo: atreverte a cuestionar lo conocido, a
soltar una identidad que ya no te representa del todo, a explorar respuestas
nuevas, aunque al principio resulten incómodas. Es pasar de reaccionar a
responder. De repetir a elegir.
Si tuviera que cerrar esta etapa con una recomendación sería esta: regálate espacios de mirada amplia. Espacios donde puedas parar, escuchar, contrastar, comprender. Ya sea a través de una formación, un proceso de acompañamiento, un grupo de reflexión o simplemente conversaciones honestas y profundas. No para cambiar por cambiar, sino para no quedarte al margen de ti mismo.
Porque
llega un momento, antes o después, en que la vida nos pide travesía. Y quizá
vivir tu tiempo consista, precisamente, en reconocer cuándo ha llegado ese
momento… y atreverte a dar el primer paso.
Si
quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu,
puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

Gracias compañero, bonitas y sabias palabras. Que bien recorrer caminos junto a ti.
ResponderEliminar