Como
soy bastante “animado”, me entusiasmo con facilidad y me animo con demasiadas
cosas a la vez. Nuevos proyectos, ideas, colaboraciones, cursos, artículos
pendientes, personas con las que quiero quedar, compromisos que me parecen interesantes…
Durante
un tiempo incluso disfruto de esa intensidad, pero llega un momento
en que voy como un coche a demasiada velocidad, vibrando por exceso. Y ahí
aparece cierta sobreactivación, cierta ansiedad y la sensación de que no llego
a todo.
En
estas ocasiones me recuerdo que cuando
tienes o sientes control, la ansiedad baja. O quizá habría que decir:
cuando recuperas sensación de control. Porque muchas veces la ansiedad no
aparece simplemente por tener mucho que hacer, sino por la sensación de que
todo se mezcla, se acumula y empieza a escaparse de las manos.
“El caos mental pesa más que la cantidad
de trabajo”
En
esos momentos, lo peor que puedo hacer es seguir acelerando, lo que toca es
parar y recuperar control. Sacar las cosas de la cabeza y ponerlas delante.
Hacer una lista de pendientes, definir qué tengo que hacer exactamente con cada asunto, clarificar prioridades, eliminar tareas que ya no merece la pena hacer, decidir qué puede
esperar y también delegar algunas
cosas, incluso pagando, si otra persona puede hacerlas mejor o más rápido que
yo.
Muchas
veces el problema no es tanto la cantidad de cosas que tenemos, sino la
sensación de caos y falta de manejo sobre ellas.
Esto
conecta bastante con el conocido modelo de Karasek y Johnson sobre estrés
laboral. Ellos explicaban que uno de los factores que más estrés genera no es
simplemente la exigencia, sino combinar alta exigencia con poca sensación de
control y poco apoyo social.
En
cambio, cuando recuperamos capacidad de
decisión y además sentimos apoyo de otros, el malestar disminuye mucho.
Por
eso ayuda tanto hablar con alguien, pedir ayuda, compartir cargas o encontrar
personas en las que apoyarte. A veces basta una conversación para que algo
vuelva a ordenarse por dentro.
También
creo que parte de la tranquilidad pasa por distinguir
sobre qué tienes control y sobre qué no. Porque hay personas que gastan
enormes cantidades de energía intentando controlar lo que otros piensan, lo que
quizá ocurrirá dentro de meses o situaciones sobre las que realmente no tienen
influencia. Y ahí la cabeza puede convertirse en una centrifugadora permanente.
Con el
tiempo voy aprendiendo que hay cosas sobre las que puedo actuar y otras que
quizá toca aceptar. Y aceptar no es resignarse; muchas veces es simplemente
dejar de desperdiciar energía mental en lo inmanejable. Si no tienes control ni
capacidad de influencia sobre algo, quizá lo más inteligente sea soltarlo.
“La
ansiedad muchas veces no baja cuando desaparecen los problemas, sino cuando
recuperas sensación de dirección y apoyo”.
Y casi
siempre podemos hacer algo para recuperar parte de ese control: ordenar,
priorizar, decidir, pedir ayuda, delegar, descansar o simplemente empezar por
lo importante.
No
hace falta resolver toda la vida en una tarde. Basta con volver a poner las
manos en el volante.
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