Este fin de semana me he permitido estar en el no hacer.
La noche del sábado al domingo la he pasado sentado alrededor de un fuego,
acompañado de un grupo de personas. Celebrábamos la Noche de Muertos, una noche
especial para recordar a quienes nos precedieron, sentirlos cerca acompañándonos
y acompañarlos. Para volver a conectar con nuestras raíces y con ese largo
linaje de personas que, de una forma u otra, nos ha hecho ser quienes somos.
Porque no empezamos en nosotros mismos. Somos también el resultado de las
vidas de quienes estuvieron antes, de sus decisiones, sus esfuerzos, sus
alegrías y sus sufrimientos. Llevamos algo de todos ellos dentro de nosotros. Y
recordarlos es también una manera de agradecer lo recibido y reconocer de dónde
venimos.
Nos sentamos alrededor del fuego poco después de que anocheciera y
permanecimos allí hasta que llegaron las primeras luces del amanecer.
Toda una noche sin hacer nada.
Sin móviles, sin tareas pendientes, sin ningún lugar al que llegar. Simplemente estar. Contemplar las
llamas, escuchar el crepitar de la leña y dejar que las horas transcurrieran.
Una de las personas se encargaba de mantener vivo el fuego. Los demás
permanecíamos en silencio o cantando todos juntos.
A medida que avanzaba la noche, algo parecía ir aclarándose dentro de mí.
Sin buscar respuestas, algunas fueron apareciendo. Sin intentar ordenar mis
pensamientos, fueron encontrando su lugar. Fui sintiendo con más claridad dónde
estoy, cómo estoy y hacia dónde quiero caminar.
Quizá recordar de dónde venimos también nos ayuda a comprender hacia dónde
queremos ir.
Cuando llegó el amanecer, la experiencia todavía no había terminado.
Preparamos un temazcal, una ceremonia ancestral en la que el calor, el vapor y
la oscuridad nos invitan a mirar hacia dentro. Fue como cerrar un círculo.
Durante la noche habíamos dejado que algo se moviera dentro de nosotros. Ahora
llegaba el momento de limpiar, de soltar, de dejar marchar aquello que ya no
necesitábamos seguir cargando.
Primero dejar que las cosas aparezcan. Después, permitir que algunas se
vayan.
Recordé entonces una idea de Claudio Naranjo, que defendía el valor del no
hacer. Una idea que podría resumirse así: cuando
nosotros no hacemos nada, algo se hace en nosotros.
Vivimos en una sociedad que nos empuja constantemente a hacer. Producir,
resolver, contestar, avanzar, aprovechar cada minuto. Incluso cuando
descansamos, parece que necesitamos justificar ese descanso por lo que nos
permitirá hacer después.
Nos cuesta estar sin hacer nada. Nos incomoda el silencio. Nos inquieta la
sensación de estar perdiendo el tiempo. Pero quizá no todo se consigue haciendo
más.
A veces necesitamos dejar de intervenir, de controlar, de buscar
soluciones. Permitir que las cosas reposen. Dar tiempo a que las emociones se
asienten, a que las ideas maduren y a que aparezca lo que el ruido cotidiano no
nos deja escuchar.
Como sucede con el agua turbia, que necesita permanecer quieta para que los
sedimentos se depositen y podamos ver con claridad lo que hay en el fondo.
Quizá también nosotros necesitamos detenernos para poder ver con claridad.
Me gusta planificar, tener claros mis objetivos y saber hacia dónde quiero
caminar. Pero cada vez soy más consciente de que, para saber hacia dónde queremos ir, a veces necesitamos dejar de
caminar.
Este fin de semana he pasado una noche entera sin hacer nada y tengo la
sensación de haber aprovechado profundamente ese tiempo. Al salir del temazcal,
sentí que algo dentro de mí estaba más claro y que algo de lo que llevaba
encima pesaba un poco menos.
A veces, para avanzar en la vida, necesitamos detenernos, recordar de dónde
venimos, dejar que algo se haga en nosotros y soltar lo que ya no necesitamos
para seguir caminando.
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