En
2019 empecé el Camino de Santiago con mi hija Sofía. Tenía diez añitos cuando
salimos de Roncesvalles y, desde entonces, hemos ido avanzando poco a poco,
compartiendo kilómetros, conversaciones y tiempo juntos. Una experiencia
inolvidable que recomiendo sin dudarlo.
Despacio
hemos ido llegando. Este fin de semana nos quedaban las dos últimas etapas, de
Arzúa a Santiago de Compostela (42 kilómetros). Después de tantos años, tener
la meta tan cerca nos hacía mucha ilusión.
Quizá tanta que acabamos olvidándonos un
poco de cómo estábamos llegando.
El
viernes fuimos a dormir a Arzúa y el sábado salimos a las ocho menos veinte. La
idea era caminar unos veinte kilómetros hasta O Pedrouzo y dejar otros veinte
para el domingo. Un reparto bastante razonable de los aproximadamente cuarenta
kilómetros que nos quedaban. Pero a las doce ya estábamos en O Pedrouzo, nos
encontrábamos bien y caminábamos a buen ritmo. Como tampoco habíamos reservado
alojamiento, teníamos libertad para continuar. Y continuamos.
Al
principio, seguir parecía una buena idea. Santiago estaba cada vez más cerca y
las ganas de llegar nos empujaban. Pero cuando llevábamos entre veinticinco y
treinta kilómetros, mi rodilla, que no llevo demasiado bien, empezó a
protestar. A Sofía le empezó a doler el tobillo. Lo hablamos y llegamos a una
conclusión compartida: somos bastante
brutos y cabezones. Nos reconocimos en esa descripción y seguimos andando.
Al
final llegamos al Monte del Gozo después de caminar 37 kilómetros desde
Arzúa (demasiados). Llegamos destrozados, muy cansados y doloridos. Solo
quedaban cuatro kilómetros para Santiago, pero decidimos dejarlos para el
domingo. Después de tantos años avanzando despacio, habíamos querido concentrar
casi todo el último tramo en un día. La cercanía de la meta nos había hecho
alargar la jornada bastante más de lo que habíamos previsto.
Aquí
estoy ahora, con lumbago y haciendo lo
que puedo. Este final del Camino me ha dejado una reflexión: hay sobreesfuerzos que hacemos por ilusión
y que después nos pasan factura. Cuando algo nos entusiasma, cuesta parar.
Queremos aprovechar, avanzar, llegar. A veces, las ganas de llegar nos hacen
dejar de escucharnos. Y el entusiasmo que sentimos puede convivir con un
cansancio que necesita descanso. Parar a
tiempo también forma parte del camino.
El
miércoles tengo una formación de gestión del tiempo en Hiperbaric que me hace
mucha ilusión impartir. Quiero recuperarme para poder disfrutarla y haré lo
posible por llegar en buenas condiciones. Ahora me toca aplicar la lección
también aquí: cuidar la recuperación,
hacer lo que pueda y aceptar lo que hoy no puedo hacer. Porque no se puede
hacer lo que no se puede hacer, por muchas ganas que tengamos.
Me
quedo con algunas lecciones de este final del Camino, que también sirven para
otros caminos de la vida:
- Guardar
fuerzas para mañana: Encontrarnos bien a mediodía era una buena
noticia; convenía recordar que todavía teníamos otro día por delante.
- Escuchar
las señales cuando aparecen: El dolor de rodilla y de tobillo merecía
más atención de la que le dimos.
- Cambiar
el plan cuando lo necesitamos: Parar antes o aceptar aquel
taxi eran formas de cuidar de nosotros y del camino que estábamos compartiendo.
- Dar
tiempo a la recuperación: Ahora toca tener paciencia y cuidar el
cuerpo, también por todas esas cosas que nos ilusiona seguir haciendo.
¿Sabemos
parar cuando algo nos ilusiona tanto que solo pensamos en llegar?
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