La
idea de esta entrada me la sugirió un mensaje de voz de una amiga. Me contaba
que últimamente le están saliendo muchos planes: gente que la llama, propuestas
distintas, actividades que le apetecen… y a veces se encuentra dudando entre
varias opciones que le gustan.
Creo
que, en parte, le pasa porque está explorando qué es lo que realmente le gusta
(para esto también hay que practicar). Cuando uno abre etapas nuevas en la
vida, empiezan a aparecer más caminos, más posibilidades, más invitaciones. Y
eso, que en el fondo es algo bueno, también puede traer cierta confusión.
A
veces me pasa algo parecido.
De
pronto tengo varios planes que me apetecen: una quedada con amigos en la
ciudad, un paseo por el campo bien acompañado, un taller de esos que me gusta
hacer, ir al teatro…
Las
opciones pueden ser muchas. Demasiadas.
Y en
el fondo ese es uno de los dilemas de nuestra sociedad: queremos llegar a todo.
No solo en lo laboral. También como padres, como pareja, como amigos, como
personas con inquietudes. Queremos trabajar bien, estar presentes en casa,
cuidar las amistades, formarnos, hacer deporte, viajar, leer…
Y
claro, cuando todo es interesante, todo apetece, aparece la sensación de que no
deberíamos perdernos nada.
A esto
se le ha puesto incluso un nombre: FOMO
(Fear Of Missing Out), el miedo a perderse algo. Se suele asociar a las redes
sociales, esa sensación de que otros están viviendo cosas que tú no, pero en
realidad también aparece en nuestra vida cotidiana.
Ese pensamiento de: “¿Y si el plan al que no voy resulta ser el mejor?”.
Entonces
intentamos hacerlo todo. Y ahí
empieza el problema.
Es
como quien va de viaje a Roma y quiere verlo absolutamente todo: el Coliseo, el
Vaticano, las plazas, los museos, las fuentes, cada iglesia, cada rincón. Va
corriendo de un sitio a otro, mirando el reloj, haciendo fotos rápidas… Y al
final necesita vacaciones… para descansar del viaje.
Con
los planes cotidianos pasa algo parecido.
Si
tengo cuatro opciones que me apetecen, puedo intentar encajarlas todas. Pero
entonces probablemente no estaré realmente presente en ninguna. Mientras estoy
en una, ya estoy pensando en la siguiente. Llegaré justo, con prisa, mirando el
móvil.
Y así,
paradójicamente, termino perdiéndome lo
que sí he elegido.
La
alternativa más sencilla puede ser también la más sabia: si varias opciones son
buenas, elige una y suelta las demás.
Dedica dos minutos a decidir. Déjate llevar por el instinto. Y después
comprométete con la elección.
Porque
muchas veces la energía mental que
gastamos dudando es mayor que el beneficio de encontrar la opción “perfecta”.
Además,
siendo honestos, la opción perfecta no existe. La experiencia depende mucho más
de cómo estés tú por dentro que del plan en sí. El mismo paseo puede ser
maravilloso o irrelevante dependiendo de si estás presente o distraído. La
misma cena puede ser un recuerdo precioso o un trámite más. No lo determina
tanto el plan… como tu forma de vivirlo.
Por
eso, cuando tengas varias opciones buenas delante, prueba algo distinto:
- Elige sin dar demasiadas vueltas.
- No te quedes rumiando lo que podrías haber hecho.
- No revises mentalmente las alternativas descartadas.
Disfruta
de la elegida.
Así
que elige. Suelta lo demás. Y vive lo que has elegido con presencia. Porque la
vida no se vive intentando llegar a todo. Se vive estando de verdad en lo que decides vivir.
Si
quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu,
puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario