A veces, quienes nos rodean se acostumbran tanto a nuestra fortaleza que
dejan de ver nuestra fragilidad.
Si eres de esas personas que siempre están disponibles, que resuelven
problemas, que escuchan, que ayudan, que cuidan de los demás y que parecen
poder con todo, es fácil que quienes te rodean terminen acostumbrándose a verte
así. Como alguien que siempre está bien, que tiene recursos para salir adelante
y que no necesita demasiada ayuda.
Poco a poco, esa fortaleza que los demás reconocen en ti puede convertirse
en una especie de obligación. Parece que tienes que seguir siendo fuerte,
incluso cuando estás cansado, cuando las cosas se complican o cuando
simplemente no puedes más.
Porque ser fuerte no significa no
ser vulnerable. Y cuidar de los demás no significa no necesitar que alguien te
cuide.
Sin embargo, cuando los demás están acostumbrados a nuestra fortaleza,
puede resultar difícil que perciban ese sufrimiento. No necesariamente porque
no les importemos, sino porque han aprendido a vernos de una determinada
manera. Nos han colocado, quizá sin darse cuenta, en el papel de quienes
siempre pueden con todo.
A veces incluso nosotros mismos contribuimos a mantener esa imagen. Nos
cuesta reconocer que estamos mal, pedir ayuda o mostrar nuestra fragilidad. Tal
vez porque no queremos preocupar a nadie, porque pensamos que hay personas que
están peor o porque sentimos que deberíamos ser capaces de afrontar solos lo
que nos sucede.
No necesitamos demostrar que nuestro sufrimiento es suficientemente
importante como para merecer cariño. No hace falta llegar al límite,
derrumbarse o tener un problema extraordinariamente grave para necesitar
atención, compañía o un abrazo.
Lo que nos duele, nos duele. Y eso ya es motivo suficiente para que merezca
ser escuchado. A veces no necesitamos tanto pedir que nos cuiden como sentir
que alguien se da cuenta de que necesitamos cuidados. A veces, sentirse visto ya es una forma de sentirse cuidado.
Que alguien nos mire con atención y nos pregunte cómo estamos. Que no se
conforme con nuestro habitual “bien” y se interese de verdad por lo que nos
pasa. Que se acerque, que nos escuche, que nos dedique un rato de su tiempo o
que simplemente se siente a nuestro lado. En ocasiones basta con sentir que no
estamos solos, que alguien se ha dado cuenta de que estamos atravesando un
momento complicado y quiere acompañarnos.
Por supuesto, los demás no pueden adivinar lo que sentimos ni lo que
necesitamos. También es nuestra responsabilidad aprender a expresar nuestras
emociones, reconocer nuestras limitaciones y pedir ayuda cuando la necesitamos.
Esperar que los demás descubran siempre lo que nos pasa puede llevarnos a
sentirnos incomprendidos y generar frustración.
Esta reflexión me invita a mirar de otra manera a quienes tenemos cerca.
Especialmente a esas personas que siempre están ahí cuando las necesitamos, que
parecen tenerlo todo bajo control y que rara vez se quejan.
Porque detrás de alguien que siempre sonríe puede haber tristeza. Detrás de
quien siempre ayuda puede haber cansancio. Y detrás de quien parece tener una fortaleza
inagotable puede haber alguien que está deseando que, por una vez, sea otro
quien se ocupe de él.
Quizá hoy sea un buen día para acercarnos a alguna de esas personas que
siempre están pendientes de los demás y hacerles una pregunta sencilla, pero
sincera:
¿Y tú, cómo estás?
Y, sobre todo, quedarnos el tiempo suficiente para escuchar la respuesta.
Porque ser fuerte no significa no necesitar que me cuiden. Y porque, a veces, lo que más necesitamos no es que alguien nos ayude a seguir siendo fuertes, sino que nos permita, por un momento, no tener que serlo.
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