domingo, 18 de octubre de 2026

Ojalá hubiéramos tenido más tiempo

Todavía no me lo creo. Me cuesta asumir que Francis, mi primo, ya no está. Que no volveremos a encontrarnos en Quintanilla, ni tampoco en Fuerteventura.

Ojalá hubiéramos tenido más tiempo.

Más tiempo para conversar, para encontrarnos, para compartir momentos. Más tiempo para seguir haciendo planes, para disfrutar de la familia, para vivir.

¡Qué putada!

Hay muertes que llegan demasiado pronto. Que nos parecen injustas, que no encajan en el orden natural de las cosas. Y esta es una de ellas.

El pasado 4 de octubre Francis cumplió 47 años. Compartía fecha de cumpleaños y el nombre de Francisco con nuestro tío Francisco Javier, Javi, que nos dejó hace no tanto tiempo y con quien siempre tuvo una relación muy especial.

Apenas unos días después de su cumpleaños, un infarto mientras montaba en bicicleta acabó arrebatándonoslo. Un amigo consiguió reanimarlo, sacarlo de aquella primera parada cardíaca, pero finalmente no pudo salir adelante.

Así de frágil es la vida. Un día sales a montar en bicicleta, como tantas otras veces, y de repente todo cambia. Para ti y para todos los que te quieren.

Francis era un hombre sencillo, tradicional, introvertido, de pocas palabras, y con una bonita sonrisa. Amigo de sus amigos y, sobre todo, un padre entregado a sus hijos.

No necesitaba grandes discursos ni llamar la atención. Era de esas personas con las que se está a gusto, con las que no hace falta hablar continuamente para disfrutar de su compañía.

Compartimos muchos veranos, especialmente en Quintanilla, aunque también en Fuerteventura. Recuerdo cuando éramos pequeños y nos mojábamos los pies en el río de Quintanilla, cuando íbamos a bañarnos a Los Molinos, aquellos días largos de verano en los que parecía que el tiempo no se acababa nunca. Entonces no éramos conscientes de que estábamos construyendo recuerdos que nos acompañarían toda la vida.

Después fuimos creciendo, viviendo en lugares diferentes. Muchos kilómetros separan Burgos de Fuerteventura, pero nunca fueron tantos como para borrar el cariño. Hay relaciones que no necesitan verse todos los días para seguir estando ahí. Basta con reencontrarse para recuperar esa cercanía que siempre ha existido.

Este verano Francis estuvo de nuevo en Burgos, en Quintanilla. Y me alegro muchísimo de haber podido compartir tiempo con él, de haber conversado tranquilamente, de haber hablado de sus proyectos, de sus ilusiones, de lo que quería hacer.

Quién me iba a decir entonces que aquella sería nuestra última conversación.

A veces no somos conscientes del valor de los momentos mientras los estamos viviendo. Una conversación cualquiera, una comida familiar, una tarde compartida pueden convertirse, de repente, en recuerdos que guardaríamos para siempre. Me habría gustado tener muchas más conversaciones con Francis, pero hoy agradezco especialmente aquella.

Dicen que si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes. Y es verdad que hacemos planes como si tuviéramos garantizado el mañana. Pensamos en las próximas vacaciones, en lo que haremos el año que viene, en los proyectos que queremos desarrollar, en todo aquello para lo que creemos que tendremos tiempo.

Pero no siempre lo tenemos.

Francis tenía muchos planes por delante. Tenía una vida que vivir, unos hijos que ver crecer, una pareja con la que seguir compartiendo el camino, una familia y unos amigos que le querían. Tenía muchas cosas pendientes. Demasiadas para marcharse ahora.

Se ha ido a destiempo.

Es el primero de los veinte primos que nos deja. Nunca habíamos tenido que enfrentarnos a una ausencia así entre nosotros. De alguna manera, aunque sabemos que la muerte forma parte de la vida, seguimos pensando que todavía no nos toca, que estas cosas les pasan a otros, que aún somos demasiado jóvenes para despedirnos.

Su marcha también me ha hecho recordar a Gonzalo, que nos dejó en 1986, hace ya casi cuarenta años. También demasiado pronto. Y que sigue estando presente en nuestros recuerdos. El tiempo ha pasado, hemos seguido viviendo, pero no lo hemos olvidado. Hay personas que dejan una huella que los años no consiguen borrar.

Y ahora Francis se incorpora a esa memoria familiar que vamos construyendo entre todos, hecha de personas, lugares, historias, encuentros y ausencias.

Pero hay algo que me resulta especialmente difícil de sostener: el dolor de quienes se quedan.

Pienso mucho en Dori y Florines, sus padres. Durante cincuenta años han construido y mantenido unida una gran familia. Han sido un punto de encuentro, un hogar al que volver, el vínculo que ha permitido que tantas personas sigamos sintiéndonos parte de algo común. Y ahora les toca afrontar algo que ningún padre ni ninguna madre debería tener que vivir: despedir a un hijo.

No encuentro palabras que puedan aliviar un dolor así. Quizá no las haya. Solo espero que todo el cariño que han sembrado durante tantos años vuelva ahora hacia ellos, que puedan sentirse acompañados y sostenidos por esa familia que tanto han cuidado. Que no tengan que atravesar solos un sufrimiento tan grande.

Pienso también en su pareja, Yeni, en la vida que compartían, en esa presencia cotidiana que muchas veces damos por supuesta hasta que nos falta. En lo difícil que debe de ser volver a casa y encontrarse con una ausencia tan grande. En todos esos pequeños momentos del día en los que, de repente, se hace evidente que la persona con la que compartías la vida ya no está.

Y, sobre todo, pienso en sus hijos, Alexia y Aimar. En lo injusto que resulta que tengan que crecer sin su padre. En todos los momentos que Francis habría querido compartir con ellos y que ya no podrá vivir. En los abrazos, las conversaciones, los juegos, los consejos y tantas cosas que quedaron pendientes.

Me gustaría que recuerden cuánto quería su padre a sus hijos. Que sepan que era un hombre bueno, sencillo, querido por su familia y sus amigos. Que su sonrisa y su manera de ser permanecen en la memoria de quienes tuvimos la suerte de conocerlo.

Y que sepan también que el amor de su padre no desaparece con su muerte. Permanece en lo que les dio, en los recuerdos que conserven, en las historias que les contaremos y en todas las personas que seguirán queriéndolos también por él.

Confío en que Francis esté en un lugar mejor. No sé cómo será ese lugar, pero me gusta imaginar que Javi lo ha recibido con los brazos abiertos. Que ese tío con el que compartía nombre, cumpleaños y una relación especial vuelve a estar a su lado, cuidándolo como siempre lo quiso.

Algo me reconforta en medio de tanto dolor. Francis, incluso al marcharse, va a regalar vida. Su hígado, sus dos riñones y, posiblemente, uno de sus pulmones permitirán que otras personas tengan una nueva oportunidad. Que puedan seguir viviendo, haciendo planes, abrazando a quienes quieren y compartiendo ese tiempo que a nosotros nos habría gustado seguir compartiendo con él. Me emociona pensar que, de alguna manera, el tiempo que a Francis le ha faltado se convertirá en tiempo de vida para otras personas. No compensa su ausencia, nada puede hacerlo, pero saber que una parte de él seguirá dando vida a otros me parece un último y precioso regalo.

Tengo la certeza de que las personas que queremos siguen viviendo, de alguna manera, mientras permanecen en nuestros recuerdos. Francis seguirá estando presente cuando recordemos aquellos veranos en Quintanilla, cuando hablemos de Fuerteventura, cuando contemos alguna anécdota familiar o cuando sus hijos quieran saber más de su padre. Seguirá viviendo en las historias que compartamos, en las sonrisas que nos provoquen sus recuerdos y en todo el cariño que ha dejado sembrado.

No sabemos cuánto tiempo tenemos. No podemos elegir cuánto durará nuestro camino ni garantizar que todos nuestros planes se cumplan. Pero sí podemos intentar estar presentes, disfrutar de quienes queremos, decirles que los queremos y no dejar siempre para mañana los encuentros y las conversaciones importantes.

Ojalá hubiéramos tenido más tiempo, Francis.

2 comentarios:

  1. Hermoso texto Nacho y con mucho sentimiento
    Ojalá yo lo hubiera conocido!!!

    ResponderEliminar
  2. La familia González Cabrera es parte de mi, la vida a veces golpea de tal manera que cuesta entender por qué pasan estas cosas a gente buena. Me ha emocionado mucho tu relato y solo pienso en tus tíos, en nayra y en Nines. Ni que hablar de Jenni y de esos pequeños. Gracias por estas palabras. Toñi Sosa

    ResponderEliminar