Vivimos rodeados de exigencias. Queremos hacer bien nuestro trabajo, ser
buenos padres, buenas parejas, buenos amigos, cuidar nuestra salud, atender
nuestras responsabilidades y encontrar tiempo para todo.
Muchas veces, por mucho que hagamos, tenemos la sensación de que no es
suficiente. Siempre podríamos haber hecho algo más, haberlo hecho mejor o haber
dedicado más tiempo a alguna de las personas o actividades que nos importan.
El pediatra y psicoanalista Donald Winnicott introdujo el concepto de madre suficientemente buena. Una madre
que no necesita ser perfecta, que puede equivocarse, que no siempre acierta,
pero que ofrece a su hijo el cuidado, la atención y la seguridad que necesita
para desarrollarse. Una madre que, además, va adaptándose a las necesidades de
su hijo, permitiéndole experimentar pequeñas frustraciones y aprender a
desenvolverse por sí mismo.
Me gusta este concepto y creo que podemos extenderlo a muchos otros ámbitos
de nuestra vida.
Podemos ser profesionales
suficientemente buenos, sin necesidad de hacerlo todo de manera impecable. Amigos suficientemente buenos, sin
estar siempre disponibles ni encontrar siempre las palabras adecuadas. Parejas suficientemente buenas, sin
acertar en todas nuestras decisiones, pero procurando cuidar la relación. Padres suficientemente buenos, sin
tener todas las respuestas ni saber siempre qué es lo mejor para nuestros
hijos.
Tenemos que aprender a aceptar
nuestras limitaciones. No podemos estar en todas partes, atender todas las
necesidades, cumplir todas las expectativas ni dar el cien por cien en todos
los ámbitos de nuestra vida. Habrá días en los que tengamos más energía para el
trabajo y otros en los que necesitemos dedicar más tiempo a nuestra familia o,
simplemente, a nosotros mismos. Habrá momentos en los que, por mucho que
queramos, no podamos con todo.
Elegir dedicar tiempo a algo supone, inevitablemente, dejar de dedicarlo a
otras cosas. No tenemos por qué sentirnos culpables por ello.
Ser suficientemente buenos también implica aceptar que nos vamos a equivocar. En ocasiones diremos algo que
haga daño, tomaremos una decisión equivocada, no estaremos cuando alguien nos
necesite o no responderemos como nos habría gustado. Lo importante no es
conseguir que eso nunca suceda, sino aprender a reconocer nuestros errores,
pedir perdón y tratar de reparar el daño que hayamos podido causar.
No se trata de justificar nuestros errores, sino de asumir nuestra
responsabilidad y aprender de ellos.
A veces, la búsqueda de la perfección nos impide disfrutar de lo que ya
tenemos y de lo que ya somos. Terminamos tan pendientes de lo que nos falta por
hacer, de aquello en lo que deberíamos mejorar o de lo que podríamos haber
hecho de otra manera, que nos olvidamos de reconocer todo lo que sí estamos
haciendo bien.
Me gusta pensar que podemos aspirar a ser mejores personas sin vivir
permanentemente insatisfechos con quienes somos. Una vida que no necesita ser
perfecta para merecer ser vivida y disfrutada; para ser suficientemente buena.
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