miércoles, 14 de enero de 2015

Empezar con un fin en mente

Decía Séneca “ningún viento es favorable para el marino que no sabe a qué puerto se encamina” o en el país de las maravillas de Lewis Carroll Alicia le pregunta al gato: “¿te importaría decirme, por favor, qué camino debo tomar?” A lo que el gato contesto: “Eso depende en gran medida de adónde quieres ir”, “¡No me importa mucho adónde...!” dijo Alicia; “Entonces, da igual la dirección” termino el gato, añadiendo “¡Cualquiera que tomes está bien...!”
Foto de José García

¿Dónde quieres ir? ¿Qué es lo que quieres? Parecen preguntas fáciles y nos las podemos hacer en cualquier marco temporal. ¿Dónde quieres ir esta tarde? ¿Qué quieres hacer hoy, mañana? ¿Qué quieres hacer esta semana, mes o año? Y pensando más a largo plazo ¿Qué quieres hacer con tu vida? ¿Dónde quieres ir? ¿Cuál quieres que sea tu legado?

A mí me gusta plantearme la pregunta cada día ¿Qué es lo que si hiciese hoy haría que me fuese a la cama satisfecho? Y cada semana, un plazo de planificación ecológico, que podemos mantener en la cabeza ¿Qué es lo más importante esta semana? ¿Qué es lo que si hiciese esta semana la convertiría en una semana satisfactoria?

Existen dos creaciones de cualquier cosa, primero está la creación mental (imagino como voy a hacer una casa, como voy a escribir esta entrada) y después está la creación física (el momento de hacer, llevarlo a la realidad). En mi imaginación ya estoy viendo el resultado que pretendo, ese resultado me anima y motiva a hacer lo necesario para conseguirlo.

Hay una diferencia en vivir por vivir y en vivir con un propósito, cuál es el sentido, el para qué de mi vida. Conociendo el propósito es más fácil decidir qué es lo importante y que no lo es. Si quiero conocer mi propósito en la vida debo pasar por el autoconocimiento.

Para entrar en el Oráculo de Delfos en la Antigua Grecia se encontraba la inscripción “Conócete a ti mismo”. Decía Alejandro Magno que “Conocerse a uno mismo es la tarea más difícil porque pone en juego directamente nuestra racionalidad, pero también nuestros miedos y pasiones. Si uno consigue conocerse a fondo a sí mismo, sabrá comprender a los demás y la realidad que lo rodea”.

Las grandes empresas dedican tiempo a definir su MVV: Misión (su para qué), su Visión (dónde se ven en 3 o 5 años) y sus Valores (qué es lo que valoran, que es importante en la empresa). Todos los años revisan, ajustan, pulen o redefinen su plan estratégico, que empieza con su MVV.

Tú eres tu empresa más importante ¿Haces lo mismo? ¿Sabes lo que es importante para ti? ¿Lo tienes por escrito? ¿Qué hay de tu misión? ¿Tú “para qué” está determinado por escrito? ¿Dónde te ves dentro de cinco años? Con salud seguro que estamos en algún sitio, ¿ese sitio es donde querías estar? ¿Estás ahora donde querías estar hace cinco años?

Misión, para qué estoy en este mundo, puede resultar etéreo, quizá pueda ser más fácil decir ¿cuál quiero que sea mi contribución? Stephen Covey propone el ejercicio del funeral, si estuvieses en tu entierro ¿Qué te gustaría que dijese un familiar (tu hijo, padre, hermana…)? ¿Un amigo? ¿Un compañero de trabajo? ¿Alguien de la comunidad dónde vives?

Para definir la visión, qué tal preguntarte ¿Cuál es tu sueño? ¿Cómo te sueñas dentro de cinco años? ¿Cuál es el camino hasta llegar allí? Eso permitirá marcar el rumbo, establecer las etapas, definir las sendas para convertir ese sueño en realidad.

El segundo hábito de los siete recomendados por Stephen Covey para ser altamente efectivos es empezar con un fin en mente. Te propongo, si no lo has hecho ya, que definas tu misión, visión y valores. Si las tienes y hace tiempo que no las revisas puede ser un buen momento.

En esta labor nos pueden ayudar historias inspiradoras, como la que contó Stephen Jobs en Stanford o un resumen de la última lección de Randy Paush, impartida cuando sabía que iba  a morir de cáncer, en la que reflexiona sobre su vida. Garantizo que son dos historias que merece la pena escuchar (subtituladas en español).


miércoles, 7 de enero de 2015

Proactivo o Reactivo

¿De qué depende quién eres, lo que eres, tu situación actual? De la herencia genética (responsables tus abuelos), de tu educación y de las experiencias infantiles (responsables tus padres), del entorno (responsables tus amigos, tu jefe, la crisis…) o de tus elecciones (responsables tú mismo).

Si la situación no es la deseada resulta fácil echar balones fuera, culpar a otros ¿Cómo voy a ser yo el culpable? ¿El responsable? Si te responsabilizas te conviertes en protagonista; si la responsabilidad está fuera te sientes víctima, de la genética, de la educación o de las circunstancias.  Responsabilidad es responder + habilidad, es la habilidad para escoger la respuesta que damos a un evento dado.
Ser reactivo es reaccionar automáticamente a los estímulos, si me dicen algo que no me gusta me cabreo y grito o me pongo a llorar. La amígdala, la parte del cerebro más primitiva toma el control, el denominado secuestro amigdalar, luchamos o huímos.

Entre estímulo y respuesta siempre hay un hueco, un instante, que nos permite parar la reacción automática y ceder el control a la decisión consciente. Es la vieja receta de contar hasta 10 antes de explotar cuando te sientes iracundo, esperar al día siguiente antes de escribir ese correo incendiario, con una emoción más calmada.

Personas distintas, ante las mismas circunstancias, reaccionan de manera distinta, unos pueden hundirse y otros percibirlas como un reto. Las circunstancias pueden ser nefastas, como las que describe Víctor Frankl, en su obra “El hombre en la búsqueda de sentido”, donde observa las diferencias de actitud en un campo de concentración; esa distinta actitud lleva a distintos resultados. Nuestra última libertad es la de elegir la actitud con la que nos enfrentarnos a nuestras circunstancias.

Ser proactivo es tomar la iniciativa, ser responsable de nuestra propia vida. Eso pasa por estar convencido de que tú creas tu futuro, que has creado tu presente, que sientas como tú influyes en tu vida. Nuestras elecciones nos llevan a nuestra situación.

Para la proactividad es necesario saber qué es lo que se quiere hacer, si no lo sabemos seguimos al rebaño, hacemos lo que otros hacen o lo que otros quieren que hagamos.

Nuestra conducta es función de nuestras decisiones, no de nuestras condiciones, que el día esté nublado no justifica nuestro comportamiento. La proactividad es capacidad de elegir, elegir lo que queremos, elegir nuestras acciones hoy que nos llevan a los resultados de mañana. Elegimos nuestras acciones y aunque no elegimos las consecuencias somos responsables de ellas.

Tengo que elegir a qué dedico el tiempo para ser efectivo (ser eficaz de manera sostenible) y para ello puedo tener en cuenta la oración de la serenidad, atribuida a Reinhold Niebuhr: “Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para apreciar la diferencia”

Puedo estar preocupado por algo, sobre lo que no tengo influencia, entonces para qué preocuparse. También me puedo preocupar por algo que no ha ocurrido, pre-ocuparme, ocuparme por anticipado, por si acaso; en muchas ocasiones lo que me preocupa no ocurrirá.

Es diferente si en lugar de preocuparme me ocupo, me ocupo de las cosas sobre las que puedo hacer algo. Cambio mi discurso del yo soy así, no puedo hacer nada, el tengo qué o lo que haces me enfada a puedo cambiar en cada instante, vamos a ver lo que se puede hacer, quiero hacer.

Esta entrada está inspirada en el primer hábito propuesto por Stephen Covey en el libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, SER PROACTIVO. Me encuentro en el proceso de un curso inspirado en el libro y la tarea de esta semana es trabajar este primer hábito.

Te propongo un desafío, 30 días de proactividad: poner compromisos y cumplirlos, entrar en el círculo de influencia (sobre lo que puedes hacer) y salir del de preocupación (cuándo no puedes hacer), ser luz y no juez, modelo y no crítico. Puedes practicar en familia, con los amigos, en el trabajo… La repetición es la base del hábito, como ponía de manifiesto en la entrada "el hábito no hace al monje ¿O sí?"

Como regalo final un cuento sufí que el formador, Augusto Gonzalo, compartió con nosotros en las jornadas presenciales del curso, del tigre que se creía oveja.

jueves, 1 de enero de 2015

Objetivos - ¿Vas a cumplirlos?

¿Te acuerdas de los tiempos de estudiante? Seguro que te suenan objetivos como voy a estudiar más este año, esta evaluación voy a sacar mejores notas, este año aprendo inglés…

El mes de enero es un gran mes para los gimnasios, es el mes de los buenos propósitos: hacer ejercicio, comer más sano, aprender inglés, ver más a los amigos y a la familia… Y eso nos lleva a apuntarnos al gimnasio, a la academia de inglés… Lo que puede ser un gran primer paso.

¿Hasta dónde llega tu compromiso? ¿Vas a ir al gimnasio? ¿Vas a ir a la academia de inglés? O vas a hacer como ese estudiante que este año iba a estudiar el doble que el año pasado; como el año pasado no estudió nada este año toca nada de nada. O que va a estudiar más y como el año pasado no estudio nada con que estudie este año un minuto ya ha cumplido.

Lo peor de todo es que muchas veces nos planteamos los objetivos sin convicción, sabiendo que no los vamos a cumplir, y tan convencidos estamos de que no vamos a cumplir que no hacemos ningún esfuerzo para ello. Los objetivos no cumplidos van minando nuestra autoestima, la propia estima, el creer en nosotros mismos.

Para que alguien sea de confianza tiene que cumplir, nos fiamos de los demás porque las personas son de fiar. ¿Cuándo crees que nos fiamos de nosotros mismos? Cuando somos de fiar con nosotros, cumplimos lo que nos prometemos, cumplimos con nuestros objetivos. Por eso la forma de desarrollar la autoconfianza es cumplir con nosotros mismos, tenemos que alcanzar los objetivos.

Foto de Chris Potter - Checklist
Algunas ideas para que tus objetivos se conviertan en una realidad y no se queden en papel mojado o en algún lugar de nuestra mente. Para que los objetivos cumplidos vayan reforzando la autoconfianza y la autoestima.

Lo primero es encontrar la razón o razones que hacen ese objetivo poderoso, apetecible, el para qué y el porqué de lograr el objetivo. Si me planteo perder peso puede ser por estética, para que me dejen de doler las rodillas, para que me valga la ropa… Cuanto más importantes sean para mí los motivos mayor motivación encontraré para vencer las dificultades.

Es deseable que el objetivo cumpla con la regla SMART:
  • Específico (Specific): qué es lo que quieres conseguir (5W + 2H: What, Why, Who, When, Where, How & How Much)
  • Medible: para determinar si se ha conseguido y el grado de avance en la consecución del objetivo.
  • Alcanzable: que sea posible, realista y a la vez que suponga un reto que nos pueda motivar.
  • Relevante: que tenga importancia para nosotros en este momento y a lo largo de la vida del objetivo.
  • Establecido en el tiempo: con una fecha límite para su cumplimiento, en la que podamos revisar si se ha conseguido.
Además, para no dispersarnos y estar enfocados, los objetivos deben ser pocos, entre 3 y 7 es suficiente para todo el año. De este modo los podremos tener en mente y nos podrán guiar en el día a día de nuestras decisiones.

Para alcanzar el objetivo debemos de poner los medios, definir el plan, si el objetivo es perder siete kilos antes del 30 de junio nos podemos plantear hacer dieta, salir a correr 40 minutos tres veces por semana, etc. En la mayoría de los casos es mejor un mierdi-plan (un plan sencillo) que se cumpla que un cojo-plan (un plan complicado) que no se cumpla.

¿Tienes tus objetivos para este año? ¿Qué es eso que si haces/logras este año te hará sentirte satisfecho? ¿Los tienes por escrito? ¿Cómo sabrás que lo has conseguido? ¿Tienes un plan? ¿Realmente vas a hacer los esfuerzos para lograrlos? Ponernos objetivos que de antemano sabemos que no vamos a cumplir sirve para minar nuestra autoestima. Hazte un favor, crece en autoestima y cumple contigo mismo.