Hay una pregunta que ha acompañado al ser humano desde siempre:
¿Hay vida después de la muerte?
Religión
y filosofía han dedicado siglos a intentar responderla. Algunas tradiciones
dibujan un más allá lleno de sentido, otras lo dejan en el misterio, y otras
directamente lo niegan. Y, en función de lo que creemos que hay después,
organizamos en parte cómo vivimos ahora.
Pero
últimamente me ronda otra pregunta que, sin hacer tanto ruido, me parece más
urgente:
¿Hay vida antes de la muerte?
Puede
parecer obvia, claro que la hay. Estamos aquí, respiramos, hacemos cosas, nos
movemos. Pero si miramos un poco más de cerca, la respuesta ya no es tan
evidente.
Porque
muchas veces no estamos viviendo…
estamos esperando.
- Esperando a acabar de estudiar.
- Esperando a que los hijos crezcan.
- Esperando a tener más tiempo.
- Esperando a cambiar de trabajo.
- Esperando a jubilarnos.
Siempre
hay un “después” que parece el momento adecuado para empezar a vivir de verdad.
Y así,
casi sin darnos cuenta, vamos aplazando la vida, la dejamos en pausa. La
empujamos hacia adelante como si fuera un asunto que ya atenderemos más tarde,
cuando las condiciones sean mejores, cuando haya menos ruido, cuando todo esté
más ordenado.
A
veces incluso llevamos esa lógica al extremo: organizamos nuestra vida aquí
pensando en lo que pueda venir después de la muerte. Y no digo que esa pregunta
no tenga valor, lo tiene y mucho. Pero puede convertirse en una trampa si nos
hace descuidar lo único seguro que tenemos: este momento.
Porque
mientras pensamos en el “luego”, el “ahora” se nos escapa; y el ahora no
vuelve. No se recupera cuando tengamos más tiempo, no se compra cuando tengamos
más dinero, no aparece el día que nos jubilemos. El ahora es el único lugar donde la vida ocurre.
Quizá
no se trata tanto de resolver qué pasará después de la muerte, sino de no
llegar a ella con la sensación de no haber vivido antes.
- De no haber dicho lo que queríamos decir.
- De no haber hecho lo que sabíamos que nos hacía bien.
- De no haber estado donde realmente queríamos estar.
Porque
en el fondo, lo sabemos. Sabemos qué nos sienta bien, sabemos qué estamos
posponiendo, sabemos dónde nos estamos contando historias para no movernos. Y,
aun así, muchas veces no lo hacemos. No por falta de claridad, sino por inercia,
miedo, comodidad o seguir el ritmo que toca.
Pero
hay una buena noticia: no hace falta cambiarlo todo de golpe, puede bastar con
dejar de posponer una cosa: una llamada, un plan…
La
vida no empieza después, no empieza cuando todo esté listo, empieza cuando
dejas de aplazarla. Y eso siempre puede ser ahora.
Ya lo
decía Pau Donés y lo llevo escrito en una camiseta que me regaló una buena
amiga: “Vivir es urgente”. Me gusta
ponérmela para que no se me olvide. Que no se te olvide a ti tampoco.
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