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jueves, 27 de agosto de 2026

Tanto tiempo haciendo lo que debo que no sé lo que quiero

Hay una pregunta aparentemente sencilla que, a determinadas alturas de la vida, puede resultar sorprendentemente difícil de responder: ¿Qué quieres?

No qué debes hacer, no qué esperan de ti, no qué sería lo más razonable, no qué conviene a los demás, no qué toca ahora. ¿Qué quieres tú?

Cuántas veces he oído “No sé lo que quiero” y cuánta gente ni siquiera se lo plantea. Parece fácil, prueba a responder sin pensar demasiado.

Durante buena parte de nuestra vida aprendemos a movernos alrededor del “debo”: debo estudiar, debo trabajar, debo ser responsable, debo ocuparme de mis hijos, debo atender a mis padres, debo cumplir con mis compromisos, debo terminar esto, debo contestar aquello, debo aprovechar el tiempo, debo hacer ejercicio, debo comer mejor, debo llamar a no sé quién...

Muchos de esos “debo” son necesarios, incluso elegidos. Forman parte de hacernos responsables de nuestra propia vida y de convivir con otras personas.

El problema aparece cuando el “debo” ocupa tanto espacio que dejamos de escuchar el “quiero”.

Podemos acostumbrarnos tanto a responder a obligaciones, compromisos y expectativas que, cuando finalmente aparece un espacio vacío, no sabemos qué hacer con él.


Imagínate que mañana tienes una tarde completamente libre. Nadie te necesita, no tienes trabajo pendiente, no hay recados ni compromisos familiares. No tienes que aprovecharla para nada. ¿Qué harías? Quizá la primera respuesta sea precisamente buscar algo que hacer.

Ordenar un armario, adelantar trabajo, responder unos correos, hacer esa compra que tienes pendiente, aprovechar para hacer deporte. Es curioso: incluso cuando desaparecen temporalmente las obligaciones, podemos inventarnos otras nuevas.

Nos hemos acostumbrado tanto a hacer lo que toca que hemos olvidado preguntarnos qué nos apetece. De tanto atender al deber, podemos perder el contacto con nuestro propio deseo.

Cuando somos pequeños solemos tener bastante claro lo que queremos:  quiero jugar, quiero salir, quiero ese juguete, quiero quedarme un rato más... Después aprendemos que no siempre podemos hacer lo que queremos. Y menos mal. Aprendemos a esperar, a renunciar, a cumplir obligaciones, a tener en cuenta a otras personas y a aceptar que vivir supone también hacer muchas cosas que no nos apetecen. Forma parte de madurar.

Pero quizá podemos pasarnos de frenada: aprendemos a no hacer siempre lo que queremos y podemos terminar sin saber qué queremos.

Hay personas tremendamente responsables que llevan años cumpliendo perfectamente con todo lo que se supone que tienen que hacer. Y un día se preguntan: ¿Y ahora qué quiero yo? Y no encuentran una respuesta clara.

Reconectar con lo que queremos no significa convertirnos en personas caprichosas ni empezar a abandonar nuestras responsabilidades. No se trata de sustituir todos los “debo” por “quiero”. Se trata de recuperar cierto equilibrio.

Volver a escuchar esa parte de nosotros que sabe (o alguna vez supo) qué cosas nos producen curiosidad, ilusión, placer, energía o ganas de vivir.

No hace falta empezar preguntándonos por las grandes decisiones: ¿Qué quiero hacer con mi vida? Podemos empezar mucho más cerca: ¿qué me apetece hacer esta tarde?, ¿con quién quiero pasar tiempo?, ¿qué conversación llevo tiempo queriendo tener?, ¿qué me gustaría aprender?, ¿a qué lugar me apetecería volver?, ¿qué actividad abandoné y echo de menos?, ¿qué hago únicamente porque llevo muchos años haciéndolo?, ¿qué incorporaría a mi vida si tuviera un poco más de espacio? Podemos hacer algo simplemente porque nos gusta.

Reconectar con el deseo tiene que ver con hacer sitio en la agenda y en la mente. Cuando vivimos permanentemente ocupados, resulta difícil escuchar qué queremos.

También necesita cierta valentía, porque descubrir lo que queremos puede resultar incómodo: podemos descubrir que queremos cambiar cosas, que algunas actividades ya no nos interesan, que determinadas relaciones necesitan más espacio y otras menos o que aquello que queríamos hace veinte años ya no es lo que queremos ahora. Nosotros cambiamos y nuestros deseos también.

No creo que una buena vida consista en hacer siempre lo que queremos, ni tampoco en hacer siempre lo que debemos. Probablemente se construya en algún lugar entre el “debo” y el “quiero”.

Podemos pasar tantos años siendo responsables de nuestra vida que terminemos olvidándonos de vivirla. Así que quizá merezca la pena reservar de vez en cuando unos minutos para una pregunta aparentemente sencilla:

Si por un momento dejara de pensar en todo lo que debo hacer, ¿qué querría hacer?

Y después esperar un poco, sin responder demasiado rápido, a ver qué aparece.

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miércoles, 18 de febrero de 2026

El mundo decidirá por ti… si tú no lo haces antes

 ¿Qué quieres de verdad?

“¿Qué quieres?”

Parece una pregunta sencilla. Pero no lo es.

Vivimos en modo automático. Cumplimos. Respondemos. Atendemos urgencias. Apagamos fuegos. Pasamos de una reunión a otra, de una responsabilidad a la siguiente. Y en medio de esa inercia diaria dejamos de hacernos la pregunta más importante.

👉 ¿Qué quiero de verdad?

  • No qué toca.
  • No qué se espera de mí.
  • No qué queda bien en LinkedIn.
  • No qué “debería”.

Qué quiero yo.

Hay una frase que me acompaña desde hace tiempo: “Si no sabes lo que buscas, no podrás reconocerlo cuando lo encuentres.”

Y esto es más serio de lo que parece.

  • Te puede llegar una oportunidad profesional… y no verla.
  • Una colaboración interesante… y no valorarla.
  • Una relación que te hace bien… y no atreverte.

No porque no sea buena. Sino porque no sabes si encaja contigo.

Sin claridad interior, todo parece más o menos igual. Y cuando todo parece igual, decidimos por inercia. O peor aún: dejamos que otros decidan por nosotros.

Tener claridad no es tenerlo todo resuelto. A veces confundimos claridad con certeza absoluta. Y no es lo mismo.

Tener claridad no significa tener todo planificado a cinco años vista. No significa ausencia de dudas. No significa no tener miedo. Significa tener dirección.

Y cuando tienes dirección:

  • Decides mejor.
  • Es más fácil decir “no”
  • Aprovechas mejor los “sí”.
  • Tu agenda empieza a parecerse más a tus valores.
  • El tiempo deja de escaparse en lo que no importa.

En el fondo, gestionar el tiempo es esto: elegir conscientemente a qué le das tu vida.

Porque el tiempo no es solo horas. Es energía. Es atención. Es presencia. Es vida en estado puro.

En muchos de mis cursos repito una idea que cada vez me convence más: cuando decimos que no tenemos tiempo, casi nunca es un problema de reloj. Es un problema de brújula.

Todos tenemos 24 horas. Lo que no todos tenemos es claro hacia dónde queremos caminar.

  • Si no sabes qué quieres ahora, aceptarás casi cualquier cosa.
  • Si no sabes qué quieres en esta etapa de tu vida, cualquier propuesta te moverá del sitio.
  • Si no sabes qué es importante para ti, lo urgente de otros marcará tu ritmo.

Y entonces el tiempo pasa. Y la sensación es extraña: mucho movimiento, poco sentido.

Hoy te propongo algo muy concreto. Cinco minutos. Nada más.

Para. Respira. Y pregúntate: ¿Qué quiero ahora?

  • No lo que esperan de ti.
  • No lo que deberías querer.
  • No lo que toca según tu edad, tu puesto o tu historia.

¿Qué quieres tú?

Puede ser algo pequeño:

  • Descansar más.
  • Cuidar una relación.
  • Cambiar de proyecto.
  • Decir que no a algo que te drena.
  • Empezar por fin eso que llevas meses posponiendo.

No hace falta una revolución. Hace falta honestidad.

Porque si no lo tienes claro, el mundo decidirá por ti.

Quizá hoy no puedas cambiarlo todo. Pero sí puedes empezar por esto: tener claro hacia dónde quieres caminar.

Y eso, créeme, ya cambia mucho.

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domingo, 17 de marzo de 2024

Saber lo que quieres y cómo lograrlo

Muchas veces podemos escuchar la frase “¡No sé lo que quiero!”, incluso puede que la hayamos dicho. Yo tuve un momento en el que pensaba así, que no sabía lo que quería. Alguien me hizo ver que sí lo sabía, pero que puede dar miedo saber lo que quieres, porque eso te responsabiliza a ir a por ello. Si no lo consigues ya no es que no sabes lo que quieres, es que no has sido capaz.

Descubriendo y apuntando al objetivo

Por eso muchas personas se resisten a ponerse objetivos, a definir lo que quieren. Otras, los ponen de manera poco concreta, de forma que se pueden implicar menos.

Uno de mis objetivos para este año es escribir una entrada en el blog semanal. Para concretarla me he comprometido conmigo mismo a escribir cada domingo. Y si no soy capaz, si surge cualquier otra prioridad, recuperar el lunes, o al menos durante la semana.

Imagina tu objetivo con todo detalle: ¿Qué es lo que realmente quieres alcanzar? ¿Cómo se verá y se sentirá cuando lo logres? Tener esta claridad te ayudará a mantenerte enfocado y motivado durante todo el proceso.

Un objetivo claro me motiva, me da un motivo para ponerme en marcha. Me ayuda a que durante la semana apunte alguna idea sobre la que escribir el domingo.

Con el objetivo claro te van surgiendo ideas que te pueden llevar a él. Sabiendo donde quieres ir es más fácil encontrar caminos para llegar a destino. También puedes ver lo que han hecho otros que ya han llegado.

Sabiendo el objetivo el siguiente paso es definir el camino. Puedes parar a ver posibilidades, buscar ideas, definir el trayecto y los primeros pasos, para empezar a caminar.

Si tienes claro el objetivo, comenzarás a ver oportunidades en cada paso que des hacia él. Las oportunidades no te pasarán desapercibidas, te saltarán a la vista. Igual que cuando te escayolan, parece que han escayolado a mucha gente, o que cuando te embarazas, parece que va a aumentar la natalidad.

El objetivo no es nada sin acción. Una vez que hayas definido como ir avanzando, es hora de poner manos a la obra. Toma acciones concretas que te acerquen a tu objetivo.

En resumen, tener claro el objetivo, definir cómo llegar a él y andar el camino. Si te resistes a ponerte objetivos, te estás resistiendo a vivir como quieres vivir.