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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Cuando descubres que esto va para largo

Ayer, hablando con una persona que también se había lesionado el codo, me contó que estuvo nueve meses de rehabilitación hasta conseguir que volviese a funcionar prácticamente como antes. Aun así, no ha recuperado completamente la extensión.

¡¡Nueve meses!!

Después se lo comenté a Bea, mi mujer, y me contó que una compañera suya había pasado por algo parecido. No recuerda exactamente si fueron nueve u once meses, pero también fue un proceso largo.

De repente me cambiaron las expectativas.

Hace algo más de tres meses que me caí de la bicicleta y estoy a punto de cumplir dos meses de rehabilitación. En mi cabeza, a estas alturas, esperaba estar bastante mejor. Pensaba que esto sería cuestión de unas semanas, quizá unos pocos meses, y que poco a poco iría recuperando mi vida normal.

Empiezo a entender que probablemente esto va para largo.

Reconozco que descubrirlo me ha dado un pequeño bajón. Porque una cosa es hacer un esfuerzo cuando crees que la meta está cerca y otra bastante diferente descubrir que aquello que pensabas que estaba a la vuelta de la esquina se encuentra unos cuantos kilómetros más adelante.

Las expectativas tienen mucho que ver con cómo vivimos lo que nos ocurre. Si esperas recuperarte en tres meses y pasan tres meses sin conseguirlo, puedes sentir que algo va mal. Si sabes que el proceso puede durar nueve meses, esos mismos tres meses adquieren otro significado. La realidad no ha cambiado, pero sí la forma de mirarla.

Así que toca cambiar de estrategia mental. Esto no es un sprint, es un maratón.

En un maratón no puedes correr pensando permanentemente en cuánto falta para llegar. Hay que concentrarse en el siguiente kilómetro. En mi caso, seguir haciendo los ejercicios por la mañana y por la noche, acudir a rehabilitación, escuchar al cuerpo, celebrar las pequeñas mejoras y aceptar que habrá días mejores y días peores (ayer fue de esos con dolor).

Me gustaría ir más rápido, me gustaría recuperar completamente el brazo cuanto antes, me gustaría dedicar a otras cosas el tiempo que ahora dedico cada día a rehabilitarlo. Pero, de momento, las circunstancias son las que son.

Hay cosas en la vida que simplemente necesitan más tiempo del que pensábamos.

Puedes poner esfuerzo, disciplina, atención y constancia, pero no siempre puedes acelerar los procesos. Ocurre con una rehabilitación, pero también con aprender algo, construir una relación, sacar adelante un proyecto, un hito laboral, cambiar un hábito o atravesar determinados momentos de la vida.

Hay resultados que no dependen de hacer muchísimo durante unos días, sino de hacer un poco durante muchísimo tiempo.

Quizá una parte importante de la paciencia consista precisamente en eso: dejar de exigir al proceso que avance al ritmo que nosotros habíamos imaginado.

Así que toca reajustar expectativas, asumir el pequeño bajón y continuar.

Esta mañana he seguido con mis ejercicios. Pasado mañana también, y al siguiente, lo mismo.

No sé cuánto tardará mi codo en recuperarse, lo que sí sé es lo que me toca hacer hoy.

Cuando descubres que la meta está más lejos de lo que pensabas, no necesitas correr más. Necesitas aprender a seguir caminando.

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domingo, 19 de julio de 2020

¿Estamos obligados a aprovechar nuestros talentos?

La parábola de los talentos del nuevo testamento tuvo un fuerte impacto en mi forma de encarar la vida. La interpreté como la obligación de aprovechar los dones o “talentos” que tenemos.

No está justificada la pereza, la vagancia, la falta de actividad. Totalmente en línea con lo que se nos vende en la sociedad, la acción sin límite, la falta de pausa, enfrascados en hacer, sin tener claro en ocasiones ni para qué se hace.

Siento que tengo muchos talentos y me he sentido responsable de aprovecharlos. No parecía tener derecho a descansar, a parar. Tenía anclada en la cabeza la frase “si quieres, puedes, tienes el talento suficiente”.

Esta cultura de esfuerzo, en la que sigo creyendo, me ha venido bien, me ha ayudado a conseguir muchos de mis objetivos. Pero como toda moneda tiene también su cruz, la dificultad de parar, la dificultad para desconectar.

El esfuerzo, derivado de la necesidad de aprovechar el talento, suele dar sus frutos, incrementa las posibilidades de obtener resultados y puede hacerte entrar en la espiral talento-esfuerzo-resultados.
La parábola de los talentos. Mateo (25,14-30)
Si siempre fuiste un estudiante ejemplar, de matrícula de honor, parece que tienes que seguir dando los mismos resultados brillantes. De esta forma entras en la espiral, atrapado en el esfuerzo que lleva a resultados.

Adicto a los resultados, con una nueva meta, seguirás esforzándote para conseguirlo de nuevo. Y las metas son infinitas. Después de tanto trabajo puedes tener cargo de conciencia por coger vacaciones.

Y el cargo de conciencia aumenta si tienes talento, se te da bien. Alguien me dijo que era una cárcel ser bueno y estar bien pagado en un trabajo que no te gusta. Atrapado en la trampa del talento, en la trampa de las expectativas, de las tuyas y de las de los demás.

Un sueño, unir la pasión al talento. Con pasión, el esfuerzo pesa menos, es más ligero, te nutre. No pretendo atacar el esfuerzo, sino encontrarle un sentido.

La sociedad nos presiona para ser Superman o Superwoman y nosotros se lo compramos. Ser super-profesionales, super-progenitores, super-amigos, etc; una vida llena de expectativas.

Te invito a bajarte del carro, a dejar de correr, abandonar las expectativas y disfrutar de tus dones, los que tienes y los que te trae la vida, fluir y descansar cuando lo necesitas, escuchándote sin dejarte arrastrar por lo que la sociedad, la cultura, dice que “deberías” estar haciendo.

Ahora es tiempo de vacaciones, puedes bajar de la espiral talento-esfuerzo-resultados. Es genial tener talento, si tu talento no se convierte en tu cárcel, en una trampa de actividad y de perfección.