Puede
sonar extraño, incluso provocador, empezar el año con un propósito así: hacer
un poquito lo que me venga en gana. No habla de disciplina, ni de grandes
metas, ni de versiones mejoradas de uno mismo. Habla, sencillamente, de dar espacio a las ganas. A lo que
quiero. A lo que me apetece. Y cuanto más lo pienso, más claro lo veo: dar espacio a lo que quieres es una forma
profunda de cuidarte.
Hacer
lo que te apetece no como consigna bonita, sino como algo muy concreto. A veces
parece que, si no es una necesidad evidente, no tienes derecho a hacer lo que
quieres, incluso cuando no perjudica a nadie y los demás también se permiten hacer
lo que les viene en gana.
No sé
porque, a veces, hacer lo que quieres incomoda, aunque no afecte a nadie.
Estas
Navidades he ido diciendo, casi como quien lanza un globo sonda, que el año que
viene me gustaría irme a Canarias. Solo, o con quien quiera acompañarme. Sin
dramas. Sin huidas. Sin intención de hacer daño a nadie. Simplemente porque me
apetece.
Y, curiosamente,
eso ha removido mucho más de lo que esperaba.
He
escuchado reproches envueltos en palabras como tradición, egoísmo, no valorar
lo importante. A veces creo que vienen desde el cariño de “queremos que estés
aquí”, y otras desde intereses propios de los que ni siquiera somos
conscientes. Lo más llamativo es que mi familia más cercana lo entiende: mi
mujer y mis hijos lo comprenden y me apoyan. Esto me ha hecho pensar.
Si la
presencia se cultiva durante todo el año, la Navidad no tiene que sostenerlo
todo. Puede sumar, no compensar. Aunque también entiendo que, para algunas
personas, es la única ocasión en la que pueden, o se permiten, acercarse a
quienes consideran importantes. A veces solo en la idea, porque de la idea a la
acción hay un buen trecho.
Cualquier
momento es bueno para acercarse, verse, charlar, no solo la Navidad. Quizá el
ajetreo y las multitudes de la Navidad hacen
que ni siquiera sea el mejor momento para poder encontrarse de verdad.
Entre
comidas interminables y compromisos no cuestionados aparecen el cansancio, las
discusiones, las pequeñas riñas. No porque no haya cariño, sino porque hay
demasiada pseudoobligación. Porque muchas veces estamos más pendientes de
cumplir que de estar.
Yo
sigo viendo el valor del reencuentro en Navidad, y me gusta. Pero ahora mismo
siento que me apetece estar en otro sitio. Y también siento que no pasa nada.
Otra cosa es si eso será respetado o será juzgado, eso ya no es cosa mía.
Lo que
sí veo claro es esto: muchas veces no nos quedamos donde estamos por
convicción, sino por el qué dirán,
que funciona como una herramienta de
presión muy eficaz.
Esto
no pasa solo en Navidad. Pasa en muchas áreas de la vida. En lo que hacemos por
costumbre, por inercia, por imposición social, familiar o laboral. En el grupo
de amigos, en el trabajo, en dinámicas tan pequeñas como participar en un
“amigo invisible” aunque no te apetezca nada.
A
veces todo el mundo participa porque todo el mundo se siente obligado. Porque
está en juego la pertenencia al grupo.
Y
entonces me pregunto: ¿Qué tal hacer tabla rasa de vez en cuando y preguntarnos
qué es lo que realmente nos apetece y qué aporta de verdad al entorno?
Todo
esto me ha recordado dos libros que, cada uno a su manera, apuntan a lo mismo.
Algo que desde su título puede parecer antisocial pero que desde mi punto de
vista equilibra las presiones externas, las expectativas, con lo que realmente
quieres. Al menos a mí me hicieron pensar.
- Por un lado, Fuck It, de John C. Parkin, que invita a soltar el peso de expectativas, miedos y obligaciones autoimpuestas para vivir con más autenticidad y menos tensión. No como un acto de rebeldía infantil, sino como un gesto de honestidad profunda: dejar de hacer lo que no quieres hacer y atreverte a hacer lo que siempre has querido.
- Por otro, El sutil arte de que (casi todo) te importe una mierda, de Mark Manson, que plantea algo igualmente incómodo y liberador: si todo te importa demasiado, acabas sufriendo por todo. Vivir bien no es que nada importe, sino elegir con cuidado qué merece de verdad tu energía.
Ambos
libros coinciden en algo esencial: cuando
no eliges tú lo que es importante, el mundo lo elige por ti. Y casi nunca
acierta.
Dar
espacio a lo que quieres no es desentenderte de los demás. Es dejar de
abandonarte a ti. Es ponerte el oxígeno antes, para poder acompañar después. Es
salir del piloto automático y revisar si lo que haces suma vida o solo cumple
expectativas ajenas. Aunque se pueda ver como un acto de rebeldía.
Quizá
este año mi propósito no sea hacer grandes planes, sino algo mucho más simple y, a la vez, más difícil:
escuchar
un poco más mis ganas y darles espacio.
No
siempre. No a cualquier precio. Pero sí con honestidad.
Tal
vez no guste a todo el mundo. Tal vez genere incomodidad. Pero empiezo a pensar
que vivir permanentemente desde lo que
otros esperan tampoco es un gran regalo para nadie.
Y tú,
al empezar este año, ¿te vas a dar permiso para hacer, aunque sea un poquito,
lo que te venga en gana?
Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.
