jueves, 2 de abril de 2026

Poco a poco y de una en una

El otro día mi hija vino con esa mezcla de agobio y prisa que todos conocemos. Me dijo que tenía un montón de cosas que hacer y, además, que las tenía que hacer todas.

Me miró esperando una respuesta mágica, como si en algún sitio existiera una técnica secreta que hiciera desaparecer las listas infinitas.

Antes de que yo dijera nada, ella misma sonrió y respondió… “poco a poco y de una en una”. Y ahí estaba todo. No es una idea brillante ni especialmente sofisticada, pero funciona. De hecho, funciona mejor que muchas técnicas complejas cuando lo que tienes delante es una lista larga que abruma.

Cuando dispones de tiempo suficiente para hacer todo lo que tienes pendiente, tampoco es necesario perder demasiado tiempo en encontrar el orden perfecto. Es verdad que hay criterios útiles como la urgencia o la importancia, y conviene tenerlos en cuenta. Pero también hay momentos en los que no hay una respuesta clara, en los que todo parece más o menos igual de necesario o de difuso. En esos casos, darle demasiadas vueltas no ayuda. Simplemente hay que ponerse, sin prisa… y sin mucha pausa.

También se puede dar cuando llevas un tiempo centrado en algo concreto (un proyecto, un viaje, un cierre importante) y el resto de las cosas siguen llegando sin parar. Mientras estás enfocado en una cosa, lo demás no se detiene. Y cuando vuelves a tu realidad habitual, te encuentras con una acumulación considerable de pendientes.

Justo en ese momento en el que pensabas bajar el ritmo o descansar, aparece todo lo que habías dejado en espera. A mí me ha pasado esta semana con el correo electrónico. Empecé con más de cincuenta correos pendientes. Puede parecer poco, pero si uno tiene como referencia mantener la bandeja a cero, son unos cuantos. Además, no eran correos que se resolvieran en un minuto; eran de los que requieren leer con calma, pensar, decidir y responder con cierto cuidado.

Durante unos minutos me quedé mirando la bandeja de entrada sin saber por dónde empezar. No porque no supiera hacerlo, sino porque el volumen bloquea. Hasta que hice lo de siempre: empezar.

En mi caso, suelo comenzar por el último correo que ha llegado. Es una forma sencilla de reducir fricción, y además tiene una ventaja interesante: muchas veces los correos más antiguos ya han perdido sentido, se han resuelto solos o han dejado de ser prioritarios. A partir de ahí, me marqué un objetivo asumible: responder diez correos de los pendientes al día. Nada épico, nada heroico, simplemente constante. Cinco días después, la bandeja volverá a cero.

Muchas veces pensamos demasiado y hacemos poco. Pensar es necesario, por supuesto, pero hay momentos en los que seguir pensando no mejora el resultado, solo retrasa la acción. Y sin acción no hay avance. Nos quedamos en ese bucle de darle vueltas, organizar, reorganizar, anticipar… y el trabajo sigue ahí, intacto.

Hay una metáfora muy conocida que lo explica bien: ¿cómo te comes un elefante? La respuesta es sencilla, aunque no siempre fácil de aplicar: a bocados pequeños. Nadie se enfrenta a un elefante entero esperando poder con todo de una vez, pero si lo divides, si reduces el tamaño de cada paso, si avanzas poco a poco, el elefante termina desapareciendo.

Eso sí, antes de empezar a hacer, hay algo importante que conviene no saltarse. Parar un momento, mirar con cierta perspectiva y decidir. Porque no todo lo que está en tu lista merece ser hecho. Algunas cosas ya no son necesarias, otras han dejado de tener sentido, otras podrían hacerlas mejor otras personas, y otras simplemente no compensan. Aquí es donde aparece algo que a veces cuesta: quitarse la capa de “puedo con todo” y mirar con realismo. Eliminar, delegar, ajustar. Y con lo que queda, entonces sí, ponerse a hacer, preferiblemente empezando por lo importante.

Aun así, lo más importante es no olvidar hacer. Parece una obviedad, pero no lo es tanto. Es fácil pasar el día planificando, organizando o incluso quejándose de todo lo que hay pendiente. Y cuando eso ocurre, el trabajo no avanza y la sensación de carga aumenta. Entonces sí, el elefante se vuelve interminable.

Por eso, si hoy tienes demasiadas cosas pendientes, mi recomendación es sencilla: para un momento, mira tu lista con honestidad, elimina lo que no merece la pena, reduce el tamaño de lo que queda y empieza. Poco a poco y de una en una. Porque no necesitas hacerlo todo hoy, pero sí necesitas empezar.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí. 

jueves, 26 de marzo de 2026

Hacer lo que te sienta bien (que ya sabes lo que es)

Llevo cuatro días haciendo yoga en casa. Lo había dejado y mi espalda empezaba a recordármelo. Nada dramático, pero sí ese aviso suave que, si lo ignoras, acaba subiendo el volumen.

He vuelto a algo muy sencillo, entre 20 y 30 minutos al día, sin épica, sin matarme y en cuatro días… he mejorado un montón. Conclusión: hacer yoga me sienta bien.

Lo sé y aun así no lo hago con la regularidad que me vendría bien. Y esto no solo me pasa a mí.

Hace tiempo, en un café, un compañero me dijo que desde que había dejado de correr por las mañanas se encontraba peor. Pregunté: “¿Y por qué no vuelves?”. Me dijo que le costaba, que iba a las 6 de la mañana. Mi respuesta fue sencilla: “Bueno… pero dices que te sienta bien”. Volvió a correr y ahí sigue, feliz, le felicito por ello.

La mayoría de las cosas que nos sientan bien son sencillas. No suelen ser grandes decisiones ni cambios radicales. A veces es: un paseo corto al sol, parar cinco minutos antes de empezar el día (quizá meditar), charlar con alguien con calma, cenar una manzana y un yogurt, moverte un poco. Cada uno tiene las suyas.

Lo interesante es que, en el fondo, lo sabemos. Y aun así… no lo hacemos. Nos entretenemos, nos dispersamos, nos liamos con otras cosas. A veces porque lo que nos apetece no es lo que nos sienta bien. Otras veces porque hacer lo que te sienta bien implica dejar de hacer lo que no. Y eso ya cuesta más.

A veces hace falta un esfuerzo. Yo suelo decir (medio en broma, medio en serio) que a mí no me gusta ir al gimnasio… a mí lo que me gusta es haber ido al gimnasio. Porque cuando sales, lo notas, en el cuerpo, en la cabeza. Curiosamente, cuando repites… empieza a gustarte también el proceso, hasta ir al gimnasio.

No hace falta complicarlo, cuidarte no tiene por qué llevar horas, ni requiere un plan perfecto. Empieza por algo sencillo. De hecho, puede ser tan simple como esto: Haz una lista de cosas que sabes que te sientan bien. Y luego… haz alguna, al menos una hoy.

Porque cuando haces lo que te sienta bien: tienes más energía, estás de mejor humor, y eso… cambia muchas cosas.

Si quieres encontrarte mejor, seguramente ya sabes lo que te sienta bien.

Hoy te dejo una invitación sencilla: haz algo que te siente bien.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

domingo, 22 de marzo de 2026

El foco y la constancia abren puertas que no te esperas

Ayer acompañé a mi amigo Félix a un taller de respiración en Burgos, al que asistió otro grupo de amigos, que nos encontramos de vez en cuando (gracias a CISA-Aspanias por abrir el espacio).

Félix lleva tiempo formándose, tiempo invirtiendo en afinar su manera de acompañar. Y eso se nota. No solo en lo que hace, sino en cómo está, en la calma, en la presencia, en la forma de sostener el espacio.

El resultado fue claro: una experiencia profundamente nutritiva para quienes estuvimos.

Esto es lo que ocurrió ayer, que parece magia. Para entenderlo hay que mirar todo lo que pasó antes. Porque lo que vivimos no fue solo “respirar”, fue parar, fue escucharnos. Fue permitir que el cuerpo hablara. Y el cuerpo, muchas veces, sabe antes que la cabeza.

En https://breathworkmadrid.com/ Félix explica cómo a través de la respiración, puedes influir en cómo te sientes, reducir el estrés, soltar tensión, aclarar lo que llevas dentro. Y, en muchas ocasiones, conectar con algo importante: qué necesitas y hacia dónde quieres ir.

Ese fue el ejercicio de ayer, practicar a escucharte, a parar, a elegir desde un lugar más consciente. En un espacio cuidado, con música inmersiva, combinado con los olores adecuados y con una guía en la forma de respirar. Cuando bajas el ruido, aparece la claridad. Y con ella, el propósito.

Como chiste se contaba que llevamos toda la vida respirando y a ver si ahora íbamos a aprender. Resulta que tenemos una herramienta sencilla que es probable estemos desaprovechando.

Félix tiene claro su propósito, que no es otro que acompañar a personas. En este caso a través de una vía concreta, la respiración.

El resultado no es casualidad, es elección, práctica y camino. Muchas veces pensamos que las oportunidades aparecen de repente. Que “se abren puertas” y no vemos el trabajo silencioso que hay antes. Las horas, la constancia y el foco. La apuesta por seguir cuando no hay aplausos.

Cuando dudas, cuando no sabes si esto llevará a algún sitio, y aun así, sigues. Hasta que un día, la puerta se abre y desde fuera parece suerte, pero no lo es. Es el resultado de haber estado llamando mucho tiempo.

Vivir tu tiempo también es esto: elegir en qué inviertes tu energía, sostenerlo y confiar en el proceso.

A veces no necesitas hacer más. Necesitas parar, respirar y escucharte. Y desde ahí… seguir caminando. Ayer lo vivimos en primera persona, fue un gusto acompañar a Félix y al resto del grupo.

Seguro que repetiremos.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

martes, 17 de marzo de 2026

Elegir para vivir

La idea de esta entrada me la sugirió un mensaje de voz de una amiga. Me contaba que últimamente le están saliendo muchos planes: gente que la llama, propuestas distintas, actividades que le apetecen… y a veces se encuentra dudando entre varias opciones que le gustan.

Creo que, en parte, le pasa porque está explorando qué es lo que realmente le gusta (para esto también hay que practicar). Cuando uno abre etapas nuevas en la vida, empiezan a aparecer más caminos, más posibilidades, más invitaciones. Y eso, que en el fondo es algo bueno, también puede traer cierta confusión.

A veces me pasa algo parecido.

De pronto tengo varios planes que me apetecen: una quedada con amigos en la ciudad, un paseo por el campo bien acompañado, un taller de esos que me gusta hacer, ir al teatro…

Las opciones pueden ser muchas. Demasiadas.

Y en el fondo ese es uno de los dilemas de nuestra sociedad: queremos llegar a todo. No solo en lo laboral. También como padres, como pareja, como amigos, como personas con inquietudes. Queremos trabajar bien, estar presentes en casa, cuidar las amistades, formarnos, hacer deporte, viajar, leer…

Y claro, cuando todo es interesante, todo apetece, aparece la sensación de que no deberíamos perdernos nada.

A esto se le ha puesto incluso un nombre: FOMO (Fear Of Missing Out), el miedo a perderse algo. Se suele asociar a las redes sociales, esa sensación de que otros están viviendo cosas que tú no, pero en realidad también aparece en nuestra vida cotidiana.

Ese pensamiento de: “¿Y si el plan al que no voy resulta ser el mejor?”.

Entonces intentamos hacerlo todo. Y ahí empieza el problema.

Es como quien va de viaje a Roma y quiere verlo absolutamente todo: el Coliseo, el Vaticano, las plazas, los museos, las fuentes, cada iglesia, cada rincón. Va corriendo de un sitio a otro, mirando el reloj, haciendo fotos rápidas… Y al final necesita vacaciones… para descansar del viaje.

Con los planes cotidianos pasa algo parecido.

Si tengo cuatro opciones que me apetecen, puedo intentar encajarlas todas. Pero entonces probablemente no estaré realmente presente en ninguna. Mientras estoy en una, ya estoy pensando en la siguiente. Llegaré justo, con prisa, mirando el móvil.

Y así, paradójicamente, termino perdiéndome lo que sí he elegido.

La alternativa más sencilla puede ser también la más sabia: si varias opciones son buenas, elige una y suelta las demás. Dedica dos minutos a decidir. Déjate llevar por el instinto. Y después comprométete con la elección.

Porque muchas veces la energía mental que gastamos dudando es mayor que el beneficio de encontrar la opción “perfecta”.

Además, siendo honestos, la opción perfecta no existe. La experiencia depende mucho más de cómo estés tú por dentro que del plan en sí. El mismo paseo puede ser maravilloso o irrelevante dependiendo de si estás presente o distraído. La misma cena puede ser un recuerdo precioso o un trámite más. No lo determina tanto el plan… como tu forma de vivirlo.

Por eso, cuando tengas varias opciones buenas delante, prueba algo distinto:

  • Elige sin dar demasiadas vueltas.
  • No te quedes rumiando lo que podrías haber hecho.
  • No revises mentalmente las alternativas descartadas.

Disfruta de la elegida.

Y, sobre todo, reconoce el privilegio: tener varias buenas opciones entre las que escoger es, en realidad, una suerte.

Así que elige. Suelta lo demás. Y vive lo que has elegido con presencia. Porque la vida no se vive intentando llegar a todo. Se vive estando de verdad en lo que decides vivir.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.


martes, 10 de marzo de 2026

Cuando el cuerpo insiste, es que algo en mí pide verdad

Ayer, en una conversación tranquila, una amiga me soltó una frase que me hizo pensar y pregunté si podía escribir sobre ello. No fue un “tienes que…” ni un consejo con prisa. Fue “en el fondo sabemos que es lo que tenemos que hacer”.

La verdad resuena en esa frase, porque sí, lo sabemos, lo sabes. Lo sabes cuando sigues diciendo “ya lo pensaré”, cuando pones la vida en modo “luego”, cuando te entretienes para no mirar de frente lo que incomoda.

Y el cuerpo avisa antes de que nos atrevamos a aceptar la verdad o si no queremos mirarla. Empieza a doler ese hombro, la cabeza, o empezamos con problemas digestivos, fatiga, dificultades para dormir; cada uno somatiza de una forma. Cuerpo, mente y emoción se influyen, están conectados. El cuerpo habla cuando el corazón se queda sin voz.

“El cuerpo hace de mensajero cuando la mente se entretiene”

El cuerpo no quiere tener razón, solo quiere que lo escuches. Si no lo escuchamos, a veces, el cuerpo va subiendo de volumen. A veces olvidamos que no somos una cabeza con patas. Somos un conjunto y si nos empeñamos en vivir contra lo que sentimos, o en vivir sin sentir, algo se desajusta.

El cuerpo puede avisar en tres niveles: primero susurra (cansancio, incomodidad leve, sueño raro), luego insiste (dolores, contracturas, nudo en el estómago) y si seguimos sin escuchar… grita.

Escuchar no es obsesionarse, escuchar es respetar. El cuerpo es una brújula para empezar a preguntarte. Sin olvidar que, si un síntoma es intenso, nuevo, preocupa o se mantiene, merece consulta profesional, porque cuidarse también es eso.

A mí me ayuda una idea que he comentado en el blog otras veces y que funciona como botón de “volver”: parar, respirar, reflexionar y elegir. Dejar un poco de espacio para notar “qué emoción me despierta” algo y “qué me está diciendo el cuerpo”.

  • Preguntarme: ¿Qué estoy evitando? ¿Qué quiero realmente? ¿Qué conversación me debo?
  • Bajando el ruido: menos pantallas un rato, menos multitarea, menos “tengo que”. El cuerpo agradece el silencio.
  • Tratar el cuerpo como aliado: agua, comida que siente bien, paseo, sueño. No como una máquina a la que se le exige rendimiento.

No hace falta una revolución, hace falta honestidad. A veces la vida no nos pide grandes gestas, sino esa valentía discreta de hacer lo que ya sabemos.

Y cuando lo hacemos… algo se ordena. No porque todo se vuelva fácil, sino porque dejamos de empujarnos “en contra”. Como si, por fin, cuerpo y mente dejaran de discutir y se sentaran en el mismo lado de la mesa.

Aunque tras un cambio, una decisión difícil, la adaptación puede llevar tiempo, volver a casa lleva tiempo.

Si hoy notas una señal (un dolor, una tensión, un insomnio que se repite) quizá no sea el enemigo. Quizá sea el mensajero, quizá hoy baste con empezar así: Parar, respirar y preguntarse con cariño: ¿Qué verdad estoy listo para escuchar?

Porque muchas veces la vida no cambia cuando encontramos una respuesta.

Cambia cuando dejamos de ignorar la pregunta.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.


viernes, 6 de marzo de 2026

A hombros de gigantes (y bien acompañados)

Ayer fue un buen día para mí en la Universidad de Burgos. De esos días que te recuerdan por qué merece la pena el tiempo invertido en la universidad, en la docencia, en la investigación… y sobre todo en las personas.

Ayer mi compañera Virginia Ahedo, después de años de trabajo intenso y constante, se consolidó como Profesora Titular de Universidad. Y fue bonito presenciarlo.

Tuve además el placer de formar parte de la Comisión de Selección, presidida por mi compañera Susana García, también de la Universidad de Burgos. En la comisión participaron además colegas que se desplazaron desde lejos para acompañar el proceso: Mareva Alemany y Ana Esteso desde Valencia, y Alejandro Escudero desde Sevilla/Huelva. A todos ellos, gracias por el tiempo, la profesionalidad y el cuidado con el que se desarrolló todo el proceso.

La candidata con la Comisión al finalizar
Pero estos procesos tienen algo más que a veces pasa desapercibido. Más allá de la evaluación formal, estos encuentros son también una oportunidad muy valiosa para compartir tiempo, ideas y experiencias entre colegas. Cuando personas de distintas universidades se reúnen en torno a un proceso de selección, se generan conversaciones que van mucho más allá de la plaza que se evalúa.

Se comparten formas de trabajar, maneras de entender la investigación y la docencia, inquietudes comunes, dificultades que todos vivimos en nuestras universidades… y también ilusiones. En esos espacios surgen muchas veces nuevas conexiones. Conoces a personas con las que te entiendes, con las que te gustaría colaborar, con las que ves posible caminar en algún proyecto futuro.

De esos encuentros, a veces casi sin darte cuenta, nacen lazos profesionales y personales de los que luego salen proyectos, artículos, estancias, colaboraciones… y también amistades. Porque al final, investigar también es eso: caminar juntos, aprendiendo y creciendo, compartiendo retos, alegrías y dificultades.

Estas ocasiones tienen además algo muy especial. Para quienes se presentan, en este caso Virginia, es una oportunidad de repasar el camino recorrido. Su trayectoria comenzó 2011, como sintetizó en la defensa de su currículum. Años de clases, artículos, proyectos, reuniones, congresos, estudiantes, colaboraciones… En definitiva, muchas horas de trabajo y mucho tiempo compartido, como ocurre en cualquier carrera profesional.

Pero además de mirar hacia atrás, estos momentos también invitan a mirar hacia adelante. Cuando uno llega a un hito profesional importante, la pregunta ya no es solo qué he hecho hasta aquí. La pregunta crece y se amplía a: ¿qué quiero hacer ahora con todo lo aprendido?

La consolidación no es un final. En realidad, es más bien un punto de apoyo para seguir creciendo. Es un buen momento para preguntarse qué proyectos tienen más sentido, dónde merece la pena poner la energía y qué contribución queremos hacer en los próximos años.

Me gustó especialmente algo que Virginia hizo durante su exposición. Nombró a muchas de las personas que la han acompañado en el trayecto. Directores de tesis, colegas, colaboradores, estudiantes, compañeros de departamento… personas que, de una manera u otra, han ido formando parte del camino. Y eso lo resumió con dos frases que a mí también me parecen profundamente ciertas.

La primera es de Isaac Newton: “Caminamos a hombros de gigantes”. La segunda es un proverbio muy conocido, citado también por Stephen Covey en Los siete hábitos de la gente altamente efectiva: “Si quieres ir rápido, vete solo. Si quieresllegar lejos, vete acompañado

Creo que estas dos ideas resumen muy bien lo que ocurre en la universidad… y en la vida. Por eso, si tuviera que sacar una pequeña recomendación de lo vivido ayer sería esta: Rodéate de personas que te acompañen bien. Personas que te reten, que te apoyen, que te inspiren. Personas con las que pensar, discutir, construir y también celebrar los avances.

Y la recomendación tiene otra cara igual de importante: Acompaña bien también a otros. Dedicar tiempo a escuchar, orientar o apoyar a alguien que empieza su camino puede parecer un gesto pequeño… pero muchas veces marca una diferencia enorme. Todos hemos necesitado, y seguimos necesitando, personas que crean en nosotros en determinados momentos del camino.

Además, hay otra razón muy práctica para hacerlo. La investigación tiene partes apasionantes, sí. Pero también tiene muchas horas de trabajo solitario, lento y a veces bastante aburrido: leer artículos, analizar datos, revisar textos, volver a empezar… Si todo eso se hace solo, el camino se hace mucho más largo y mucho más pesado.

Construir equipo no es solo una estrategia para hacer mejores proyectos. Es también una forma mucho más humana, y mucho más agradable, de trabajar.

Porque, al final, la felicidad y el buen trayecto tiene mucho que ver con algo muy sencillo: con quién caminas.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

jueves, 26 de febrero de 2026

Autocuidarte no es hacer más. Es hacer lo que necesitas tú

Esta semana estoy participando en un taller de Autocuidado Psicológico basado en la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) en la Universidad de Burgos, impartido por EduardoBlasco y Aurem Llobera, de Adcorem, y también profesores asociados de la UBU.

Lo están haciendo con rigor, cercanía y profundidad. Se nota cuando alguien no solo conoce la teoría, sino que la vive.

El programa es sólido y práctico: desde entender qué depende de uno mismo, hasta entrenar la autocompasión, gestionar pensamientos y emociones o clarificar valores para actuar con coherencia

Pero más allá de los contenidos, me quedo con una idea esencial: El autocuidado no es igual para todos.

En el taller volvieron a aparecer algunos pilares clásicos del bienestar:

  • 💤 Sueño (cantidad y calidad).
  • 🥗 Nutrición (hidratación y comer lo que te sienta bien).
  • 🚶‍♂️ Activación física.
  • 🤝 Relaciones sociales.

Yo añadiría otro que para mí es fundamental: 🌿 Contacto con la naturaleza.

Pero más importante que la lista es la pregunta:

  • ¿Está bien para ti?
  • ¿Se adapta a tu momento y a tu contexto?

Porque dormir 8 horas puede ser ideal… pero si tienes un bebé en casa, quizá el autocuidado hoy no sea dormir perfecto, sino aceptar que esta etapa es así y buscar microespacios de descanso.

Porque quedar con gente suma… pero si estás saturado, puede que lo que necesites sea silencio.

La semana pasada, cuando impartí el taller “Cuidándome te cuido”, escribía que no puedes cuidar durante mucho tiempo si tú no te cuidas. Que la generosidad mal entendida puede vaciarte.

Este taller conecta con esa idea desde otro ángulo: el autocuidado no es un lujo ni una moda, es una responsabilidad contigo mismo.

Pero cuidado. Si conviertes el autocuidado en una exigencia más en tu agenda: “tengo que meditar”, “tengo que hacer deporte”, “tengo que alimentarme perfecto”; entonces deja de ser cuidado y se convierte en presión.

En ACT se habla mucho de flexibilidad psicológica: la capacidad de adaptarte, de elegir conscientemente, de actuar desde tus valores incluso en medio de la dificultad

Quizá el verdadero autocuidado no sea cumplir un checklist, sino desarrollar esa flexibilidad.

Encuentra tu forma. Autocuidarte puede ser: decir que no; dormir más; pedir ayuda; salir a caminar; llamar a un amigo; ir a terapia; o simplemente parar cinco minutos y respirar. No hay una fórmula universal.

Hay una pregunta honesta: ¿Qué necesito ahora?

Y una decisión pequeña y concreta.

Te invito a que esta semana busques tu manera de cuidarte: la que encaje contigo, la que tenga sentido en tu vida real; sin presión; sin compararte; sin convertirlo en otra obligación.

Porque al final, vivir tu tiempo también es esto: elegir conscientemente cómo te tratas.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.


domingo, 22 de febrero de 2026

Cuidarte también es una forma de cuidar. Autoexplotarte no es vocación

El miércoles pasado tuve el privilegio de impartir el taller “Darte cuenta, elegir y actuar: autocuidado posible en contextos exigentes” dentro de la iniciativa Cuidándome te cuido.

Quiero empezar dando las gracias al equipo de Cuidándome te cuido por la invitación. Para mí fue un placer… y también un aprendizaje. Porque cada vez que entro en un grupo de profesionales sanitarios me llevo algo más de lo que doy.

Esta iniciativa nació en 2020 para crear una cultura de autocuidado entre los profesionales de Hospitales de Burgos y de Atención Primaria, proporcionando herramientas que ayuden al bienestar tanto en la jornada laboral como en la vida cotidiana

Que un programa así siga teniendo continuidad desde entonces no es algo menor. Habla de compromiso, de visión a largo plazo y de una idea clara: si queremos cuidar bien, primero tenemos que cuidarnos.

Y esto, que parece evidente, no lo es tanto en la práctica.

En profesiones como las sanitarias, donde muchas decisiones son literalmente de vida o muerte, donde el ritmo es intenso y la presión constante, es fácil entrar en modo supervivencia. Sostener, resolver, atender, acompañar… Y hacerlo una y otra vez.

Pero llega un momento en que no podemos dar más si no nos recargamos.

Especialmente en el largo plazo, no podemos estar autoexplotándonos continuamente porque “los demás nos necesitan”. Esa lógica, sostenida durante años, termina pasando factura. El cuidador también necesita ser cuidado. Y el primer responsable de ese cuidado somos nosotros mismos.

En el taller trabajamos una idea sencilla pero poderosa: el autocuidado no es una sensación, es una decisión.

Empezamos por el darse cuenta. Parar cinco minutos. Respirar. Preguntarnos:

  • ¿Qué me está pesando últimamente?
  • ¿Qué estoy sosteniendo con demasiado esfuerzo?
  • ¿Qué necesitaría más ahora mismo?
  • ¿Qué necesitaría menos?

No para buscar soluciones inmediatas. Solo para nombrar. Porque lo que no se nombra, no se puede cuidar

Después pasamos a la claridad. ¿Qué es realmente importante para mí ahora? No lo ideal. No lo que “debería”. Lo que de verdad importa. Porque lo que no eliges, te elige. Y el mayor ladrón de tiempo es no tener claros los objetivos

Y finalmente, la acción, porque “La acción más pequeña es mejor que la intención más grande”. No buscamos grandes revoluciones. Buscamos un paso posible, realista y amable:

  • Un gesto concreto de autocuidado esta semana:
  • Algo que voy a dejar de hacer o hacer menos.
  • Algo que voy a pedir (ayuda, tiempo, apoyo).

Porque cuidarse no es hacerlo todo perfecto. Es empezar por algo.

En el taller compartí algo que repito a menudo: priorizarse es dedicarse tiempo. Y dedicarse tiempo no es egoísmo, es sostenibilidad. Si yo no estoy bien, difícilmente podré sostener bien a otros.

Para “recargar pilas” propuse cinco pilares básicos, sencillos y profundamente efectivos:

  1. Dormir lo suficiente (en cantidad y calidad).
  2. Comer lo que nos sienta bien.
  3. Activar el cuerpo (ejercicio, caminar, movernos).
  4. Rodearnos de personas que nos sienten bien.
  5. Acercarnos a la naturaleza.

Y junto a esto, un trabajo igual de importante: soltar lo que nos sobrecarga y nos va desgastando. No todo lo que podemos hacer nos conviene. No todo lo que sostenemos es imprescindible.

El lema del programa lo resume perfectamente: “Cuidarte también es una forma de cuidar.”

Ojalá esta cultura de autocuidado siga creciendo. Ojalá sigamos generando espacios donde parar no sea un lujo, sino una responsabilidad. Porque cuidar al cuidador no es una moda, es una necesidad estructural.

Gracias a ese equipazo
Gracias de nuevo al equipo de Cuidándome te cuido por abrir este espacio. Y gracias a cada profesional que, en medio de agendas imposibles, decidió regalarse hora y media para parar, reflexionar y elegir un paso pequeño.

A veces, lo más revolucionario no es hacer más.

Es cuidarse mejor.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.


miércoles, 18 de febrero de 2026

El mundo decidirá por ti… si tú no lo haces antes

 ¿Qué quieres de verdad?

“¿Qué quieres?”

Parece una pregunta sencilla. Pero no lo es.

Vivimos en modo automático. Cumplimos. Respondemos. Atendemos urgencias. Apagamos fuegos. Pasamos de una reunión a otra, de una responsabilidad a la siguiente. Y en medio de esa inercia diaria dejamos de hacernos la pregunta más importante.

👉 ¿Qué quiero de verdad?

  • No qué toca.
  • No qué se espera de mí.
  • No qué queda bien en LinkedIn.
  • No qué “debería”.

Qué quiero yo.

Hay una frase que me acompaña desde hace tiempo: “Si no sabes lo que buscas, no podrás reconocerlo cuando lo encuentres.”

Y esto es más serio de lo que parece.

  • Te puede llegar una oportunidad profesional… y no verla.
  • Una colaboración interesante… y no valorarla.
  • Una relación que te hace bien… y no atreverte.

No porque no sea buena. Sino porque no sabes si encaja contigo.

Sin claridad interior, todo parece más o menos igual. Y cuando todo parece igual, decidimos por inercia. O peor aún: dejamos que otros decidan por nosotros.

Tener claridad no es tenerlo todo resuelto. A veces confundimos claridad con certeza absoluta. Y no es lo mismo.

Tener claridad no significa tener todo planificado a cinco años vista. No significa ausencia de dudas. No significa no tener miedo. Significa tener dirección.

Y cuando tienes dirección:

  • Decides mejor.
  • Es más fácil decir “no”
  • Aprovechas mejor los “sí”.
  • Tu agenda empieza a parecerse más a tus valores.
  • El tiempo deja de escaparse en lo que no importa.

En el fondo, gestionar el tiempo es esto: elegir conscientemente a qué le das tu vida.

Porque el tiempo no es solo horas. Es energía. Es atención. Es presencia. Es vida en estado puro.

En muchos de mis cursos repito una idea que cada vez me convence más: cuando decimos que no tenemos tiempo, casi nunca es un problema de reloj. Es un problema de brújula.

Todos tenemos 24 horas. Lo que no todos tenemos es claro hacia dónde queremos caminar.

  • Si no sabes qué quieres ahora, aceptarás casi cualquier cosa.
  • Si no sabes qué quieres en esta etapa de tu vida, cualquier propuesta te moverá del sitio.
  • Si no sabes qué es importante para ti, lo urgente de otros marcará tu ritmo.

Y entonces el tiempo pasa. Y la sensación es extraña: mucho movimiento, poco sentido.

Hoy te propongo algo muy concreto. Cinco minutos. Nada más.

Para. Respira. Y pregúntate: ¿Qué quiero ahora?

  • No lo que esperan de ti.
  • No lo que deberías querer.
  • No lo que toca según tu edad, tu puesto o tu historia.

¿Qué quieres tú?

Puede ser algo pequeño:

  • Descansar más.
  • Cuidar una relación.
  • Cambiar de proyecto.
  • Decir que no a algo que te drena.
  • Empezar por fin eso que llevas meses posponiendo.

No hace falta una revolución. Hace falta honestidad.

Porque si no lo tienes claro, el mundo decidirá por ti.

Quizá hoy no puedas cambiarlo todo. Pero sí puedes empezar por esto: tener claro hacia dónde quieres caminar.

Y eso, créeme, ya cambia mucho.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

miércoles, 11 de febrero de 2026

Qué es el éxito y como conseguirlo

Stephen Covey advertía que podemos pasarnos la vida subiendo la escalera del éxito solo para descubrir al llegar arriba que estaba apoyada en la pared equivocada. Es decir, podemos esforzarnos durante años persiguiendo una idea de éxito que, al final, ni siquiera era la nuestra.

Si no hacemos una pausa para preguntarnos qué es el éxito para nosotros, es fácil acabar persiguiendo lo que otros dicen que debería ser: dinero, reconocimiento, estatus, productividad sin pausa. Pero ¿y si todo eso no fuese suficiente o tan siquiera necesario?

Ayer, en uno de los cursos que imparto, hice una pregunta sencilla: ¿Qué es el éxito para ti? Las respuestas fueron tan variadas como personales. Cuando las agrupé, descubrí un patrón que invita a la reflexión. La mayoría de definiciones no tenían nada que ver con riqueza, fama o poder. Surgieron, más bien, cinco grandes temas (entre comillas las citas textuales):

  • Equilibrio y paz interior: “Estar en paz y tranquila con lo que haces”, “estar en equilibrio”, “equilibrio laboral, familiar y social”.
  • Logro y realización personal: “Hacer realidad tus objetivos”, “alcanzar lo que deseas”, “sentirse realizado”.
  • Autonomía sobre el tiempo: “Emplear mi tiempo en lo que realmente es importante para mí”, “poder hacer lo que quiera hacer”.
  • Contribución y vínculo con otros: “Hacer mejor la vida a los que me rodean”, “que cuenten conmigo”.
  • Salud y bienestar general: “Tener salud y ser feliz”.
  • Aceptación y autoexigencia sana: “Meterme en la cama sabiendo que el que hace lo que puede no está obligado a más”

Lo interesante es que todas estas ideas hablan de una vida vivible, no de logros brillantes ni medallas. Hablan de sentirte en paz contigo mismo, de tener tiempo para lo importante, de contribuir, de tener salud y de hacer que tu vida encaje con tus valores.

Este ejercicio mostró que el verdadero éxito es un concepto íntimo y personal. Por eso, definirlo en primera persona no solo es útil, es necesario. Solo así podemos poner foco en lo importante y no dejarnos arrastrar por una definición ajena.

Las respuestas también compartían otro hilo conductor: casi todo lo que llamamos “éxito” requiere decisiones constantes y personales. No basta con desear paz, equilibrio o realización; hay que cultivarlos. Y esa es también una forma de entrenar la suerte.

Cuando defines lo que es el éxito para ti te vuelves más receptivo a las oportunidades que sí encajan contigo. Tener claro tu éxito personal es como afinar la brújula antes de emprender el viaje: eliges mejor los caminos, te equivocas menos y, si te desvías, sabes cómo volver.

El éxito no es una fórmula universal, ni una meta impuesta. Es una construcción personal, que se diseña con intención. Si no te detienes a definirlo tú, alguien más lo hará por ti.

Te invito a hacer hoy este pequeño gran ejercicio: escribe en una sola frase qué es el éxito para ti ¿Tu escalera está apoyada en la pared correcta?

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.