miércoles, 11 de febrero de 2026

Qué es el éxito y como conseguirlo

Stephen Covey advertía que podemos pasarnos la vida subiendo la escalera del éxito solo para descubrir al llegar arriba que estaba apoyada en la pared equivocada. Es decir, podemos esforzarnos durante años persiguiendo una idea de éxito que, al final, ni siquiera era la nuestra.

Si no hacemos una pausa para preguntarnos qué es el éxito para nosotros, es fácil acabar persiguiendo lo que otros dicen que debería ser: dinero, reconocimiento, estatus, productividad sin pausa. Pero ¿y si todo eso no fuese suficiente o tan siquiera necesario?

Ayer, en uno de los cursos que imparto, hice una pregunta sencilla: ¿Qué es el éxito para ti? Las respuestas fueron tan variadas como personales. Cuando las agrupé, descubrí un patrón que invita a la reflexión. La mayoría de definiciones no tenían nada que ver con riqueza, fama o poder. Surgieron, más bien, cinco grandes temas (entre comillas las citas textuales):

  • Equilibrio y paz interior: “Estar en paz y tranquila con lo que haces”, “estar en equilibrio”, “equilibrio laboral, familiar y social”.
  • Logro y realización personal: “Hacer realidad tus objetivos”, “alcanzar lo que deseas”, “sentirse realizado”.
  • Autonomía sobre el tiempo: “Emplear mi tiempo en lo que realmente es importante para mí”, “poder hacer lo que quiera hacer”.
  • Contribución y vínculo con otros: “Hacer mejor la vida a los que me rodean”, “que cuenten conmigo”.
  • Salud y bienestar general: “Tener salud y ser feliz”.
  • Aceptación y autoexigencia sana: “Meterme en la cama sabiendo que el que hace lo que puede no está obligado a más”

Lo interesante es que todas estas ideas hablan de una vida vivible, no de logros brillantes ni medallas. Hablan de sentirte en paz contigo mismo, de tener tiempo para lo importante, de contribuir, de tener salud y de hacer que tu vida encaje con tus valores.

Este ejercicio mostró que el verdadero éxito es un concepto íntimo y personal. Por eso, definirlo en primera persona no solo es útil, es necesario. Solo así podemos poner foco en lo importante y no dejarnos arrastrar por una definición ajena.

Las respuestas también compartían otro hilo conductor: casi todo lo que llamamos “éxito” requiere decisiones constantes y personales. No basta con desear paz, equilibrio o realización; hay que cultivarlos. Y esa es también una forma de entrenar la suerte.

Cuando defines lo que es el éxito para ti te vuelves más receptivo a las oportunidades que sí encajan contigo. Tener claro tu éxito personal es como afinar la brújula antes de emprender el viaje: eliges mejor los caminos, te equivocas menos y, si te desvías, sabes cómo volver.

El éxito no es una fórmula universal, ni una meta impuesta. Es una construcción personal, que se diseña con intención. Si no te detienes a definirlo tú, alguien más lo hará por ti.

Te invito a hacer hoy este pequeño gran ejercicio: escribe en una sola frase qué es el éxito para ti ¿Tu escalera está apoyada en la pared correcta?

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.


viernes, 6 de febrero de 2026

La suerte también se entrena, quieres saber como

“Es curioso: cuanto más entreno, más suerte tengo.”

La frase suele atribuirse a grandes deportistas, y siempre me ha hecho sonreír. No porque niegue la existencia del azar, sino porque señala algo incómodo: la suerte rara vez cae del cielo… suele encontrarte trabajando (Pablo Picasso).

Recuerdo bien la etapa de estudiante. A mí me pasaba lo mismo: cuanto más estudiaba, mejor me salían los exámenes. Podría decir que tenía suerte. Pero, si soy honesto, la “suerte” aparecía casi siempre después de horas de biblioteca, estudio y ejercicios. No era magia. Era preparación.

Con el tiempo he ido entendiendo que la suerte no solo se espera, para encontrarla, se busca y, sobre todo, se crea.

Emilio Duró suele decir que lleva toda la vida intentando entender por qué a unas personas les va bien y a otras no. ¿Tienen más suerte? ¿Nacen con estrella? Quizá parte de la respuesta esté en una idea muy sencilla y muy exigente a la vez: hay personas que preparan el terreno para que, cuando llegue la oportunidad, algo pueda crecer.

Fernando Trías de Bes y Álex Rovira desarrollan esta idea de forma magistral en el libro La buena suerte. Sin desvelar la trama, el mensaje de fondo es claro: la buena suerte no es un golpe puntual de azar, sino algo que se construye creando las circunstancias adecuadas. No depende de ti que llueva… pero sí de ti haber sembrado antes

Mirando aún más atrás, Séneca ya lo había formulado con una precisión casi matemática: “La suerte es donde confluyen la preparación y la oportunidad.”

Si lo piensas bien, encaja con otra frase que seguramente has escuchado muchas veces: “Si quieres que tu suerte cambie, cámbiate a ti mismo.”

Porque seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes es la definición de locura atribuida a Einstein. Cambia tus hábitos, tu manera de mirar, tu forma de actuar… y cambian las probabilidades de que pasen cosas distintas.

Hace tiempo me compartieron un acrónimo que me gusta mucho porque baja todo esto a tierra. Me lo pasó Pedro Sánchez, compañero en la Universidad (no, no el presidente):

SUERTE: Saber Utilizar Efectivamente Recursos para Tener Éxito.

La suerte, vista así, deja de ser algo etéreo y se convierte en algo muy concreto: aprender, usar bien lo que tienes, insistir, soltar lo que ya no sirve y atreverte a hacer cosas nuevas. No garantiza el éxito inmediato, pero aumenta muchísimo las posibilidades.

Quizá por eso la buena suerte suele durar más: porque no depende solo de factores externos, sino de decisiones diarias. De cómo entrenas, de cómo estudias, de cómo cuidas tus relaciones, de cómo respondes cuando algo no sale como esperabas.

Te dejo con una pregunta para que la mastiques con calma:

👉 ¿Qué estás haciendo hoy para preparar el terreno de tu suerte de mañana?

Y, si miras tu vida con honestidad… ¿en qué pequeño cambio podría empezar a cambiar también tu suerte?

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

miércoles, 28 de enero de 2026

Motivación: motivos para la acción

Hay veces que quiero hacer algo que sé que me conviene. Ir al gimnasio, leer, escribir, trabajar un tema importante. Sé que me va bien. Sé que, cuando lo hago, me siento mejor. Y aun así, no encuentro la energía para empezar.

Esta mañana me pasaba algo parecido. Me costaba escribir en el blog. No me sentía especialmente inspirado; sentía más el cansancio. Los motivos los tenía claros, así que me preguntaba si realmente era falta de motivación… o simplemente falta de energía.

Para inspirarme, he preguntado sobre qué escribir. Una amiga me ha sugerido el tema de la motivación. Y, curiosamente, eso me ha conectado con algo muy mío: el ponerse, el empezar a andar.

Desde ahí me he puesto. Y cuando lo he hecho, la entrada ha empezado a fluir sola. Primero he escrito un esquema muy sencillo de lo que quería contar. Después, casi sin darme cuenta, las ideas se han ido ordenando, primero en la cabeza y luego en el papel. Con más orden, veía más claro. Y al verlo más claro, me resultaba más fácil seguir. La resistencia bajaba.

Ahí aparece una idea clave que muchas veces olvidamos: la motivación no siempre es el inicio de la acción; muchas veces es la consecuencia.

No siempre me pongo porque esté motivado. Muchas veces me motivo porque me pongo.

Esperar a sentirme con ganas para empezar puede convertirse en una trampa. Porque las ganas no siempre llegan antes; a menudo llegan después, cuando ya has dado los primeros pasos, cuando el cuerpo y la cabeza entran en movimiento.

Pero hay otra posibilidad, más incómoda y más honesta, que también conviene mirar.

Hay veces que, aun poniéndote, aun intentando buscar la motivación con ahínco, esta no aparece. Y quizá entonces el problema no sea de energía ni de disciplina. Quizá lo que ocurre es que eso ya no te representa. Que solo tienes una vieja historia en la cabeza sobre lo que “te conviene”, sobre lo que “debería gustarte”, pero ya no conecta contigo.

En esos casos, insistir no suele funcionar. Forzarte solo desgasta.

Tal vez no necesitas más motivación. Tal vez necesitas mirar en otro sitio.

No tienes por qué estar motivado por todo. No todo tiene que entusiasmarte. A veces nos empeñamos en avanzar en una dirección que ya no nos conviene, que ya no nos late, que ya no nos gusta. Y confundimos esa falta de conexión con pereza, con falta de voluntad o con un supuesto fallo personal.


Aquí me ayuda mucho una frase: “la motivación no es gasolina, es brújula”.

No es el combustible que te empuja a hacer cualquier cosa. Es la señal que indica hacia dónde tiene sentido caminar. Cuando la usas como gasolina, te obligas a empujar incluso en direcciones que no son tuyas. Cuando la usas como brújula, te ayuda a elegir mejor el camino.

De ahí nace otra trampa muy habitual: el “debería motivarme” frente a “esto es lo que realmente me mueve”.

Muchas veces vivimos intentando entusiasmarnos con una vida que no hemos elegido del todo. Tratamos de convencernos de que algo nos motiva porque “es lo correcto”, “es lo que toca” o “es lo que se espera”. Pero el cuerpo suele decir la verdad antes que la cabeza: cuando algo no conecta, pesa. Y pesa mucho.

Encontrar la motivación auténtica tiene más que ver con reconocer los motivos que con fabricarlos. Cuando sabes para qué quieres algo, cuando eso que haces tiene sentido para ti, todo es más fácil. A veces cuesta, sí. Hay pereza, hay cansancio. Pero los motivos te ayudan a empezar porque sabes hacia dónde vas.

“Lo que realmente pesa no es el esfuerzo. Lo que pesa es hacer algo que no conecta contigo”.

Cuando algo te gusta de verdad, incluso cansado, sabes hacia dónde vas. Cuando no te gusta, ni descansando recuperas la energía.

Por eso, cuando algo te gusta de verdad, no te preguntas cómo motivarte, simplemente te pones. La motivación no se fabrica, se reconoce. Tirar solo de disciplina cuando no encuentras los motivos acaba desgastando. Fluyes cuando la acción tiene sentido, cuando está alineada con quién eres.

Desde ahí, puedes hacer el esfuerzo que implica hacer. Que es muy distinto de vencer la resistencia previa, esa que aparece antes de empezar y que te lleva a evitar, a darle vueltas, a posponer indefinidamente.

A veces nos perdemos buscando la motivación para empezar, cuando la dirección es justo la contraria: al ponerme, me motivo. No me pongo porque esté motivado; me motivo porque me pongo.

Y otras veces, cuando ni poniéndote aparece nada, quizá la pregunta no sea cómo motivarte más, sino si ese es realmente tu camino.

Para cerrar, te dejo una pregunta que suele señalar muy bien la motivación auténtica:

¿Qué haces cuando nadie te lo pide, cuando no hay premio, cuando no hay plazo?

Ahí, muchas veces, está escondido lo que de verdad te mueve.

Porque cuando algo te gusta, no cuesta hacerlo.

Y cuando cuesta demasiado, quizá no sea pereza… sino que no va alineado con lo que quieres ni con la dirección que te gustaría tomar.

 

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.


miércoles, 21 de enero de 2026

No guardes rencor, guarda distancia

La frase me llegó por WhatsApp a primera hora de la mañana. No guardes rencor, guarda distancia. Es más sano, más sabio y mucho más elegante.

Venía de un buen amigo, de esos que, sin hacer ruido, están. De los que te amenizan los días con un chiste, una reflexión o una imagen que te saca una sonrisa cuando aún no has terminado el primer café. De los que, aunque pasen días o semanas sin vernos, te recuerdan con pequeños gestos que el vínculo sigue ahí.

La imagen que me llegó al WhatsApp
La leí varias veces. Y sentí que era un regalo.

Hay una idea que se repite mucho en psicología, y en la vida, porque es profundamente cierta: el rencor es un veneno que esperamos que se beba el otro… pero que acabamos bebiendo nosotros.

Cuando guardamos resentimiento, creemos que así nos protegemos o que hacemos justicia. Pensamos, quizá sin darnos cuenta, que mantener viva la herida nos da la razón, nos coloca en una posición moral más alta o evita que el daño se repita. Pero suele ocurrir justo lo contrario.

El rencor nos ata. Nos mantiene emocionalmente conectados a aquello que nos hizo daño. Hace que la otra persona siga ocupando espacio en nuestra cabeza, en nuestro cuerpo y en nuestro tiempo. Y ese espacio tiene un coste.

Por eso esta frase me parece tan lúcida. Porque no invita a negar lo ocurrido ni a “pasar página” a la fuerza. Tampoco propone hacer como si nada hubiera pasado.

Propone algo mucho más maduro: cuidarse.

  • Guardar distancia no es huir.
  • No es castigar.
  • No es despreciar.

Es reconocer que algo nos dañó y que no necesitamos exponernos de nuevo a lo mismo para demostrar nada a nadie.

A veces la distancia es el límite que llega cuando no supimos, o no pudimos, poner otro antes.

Es una forma de decir: hasta aquí, sin gritarlo, sin explicarlo mil veces, sin entrar en luchas que ya sabemos cómo acaban.

Hay personas con las que el vínculo, tal y como está, no es sano.

  • Conversaciones que siempre acaban igual.
  • Dinámicas que nos dejan agotados, pequeños o enfadados.
  • Relaciones donde, por mucho que lo intentemos, no hay escucha, respeto o cuidado mutuo.

En esos casos, la distancia no es frialdad: es higiene emocional.

  • Es elegir no volver a tocar una herida que aún no ha cicatrizado.
  • Es dejar de esperar algo que, una y otra vez, no llega.
  • Es aceptar que proteger la propia paz no es egoísmo, sino responsabilidad.

Y luego está esa última palabra de la frase que me encanta: elegante. Porque hay algo profundamente elegante en no entrar en reproches eternos. En no hablar mal del otro constantemente. En no necesitar venganza ni ajuste de cuentas.

La elegancia emocional tiene que ver con saber retirarse a tiempo, con no rebajarse, con no vivir anclado al pasado. Con elegir dónde sí poner la energía… y dónde no.

A veces, la decisión más sabia no es confrontar ni perdonar deprisa. Es simplemente dar un paso atrás y seguir caminando.

Quizá hoy esta reflexión también sea un regalo para ti. Si hay algo (o alguien) que te dañó, pregúntate con honestidad:

  • ¿Estoy guardando rencor o me estoy cuidando?
  • ¿Qué precio estoy pagando por seguir cerca?
  • ¿Qué ganaría si pusiera un poco más de distancia?

No siempre podemos cambiar lo que pasó.

Pero casi siempre podemos elegir cómo seguimos.

Y a veces, seguir con más calma, más espacio y menos ruido interior… es la mejor decisión posible.

 

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

miércoles, 14 de enero de 2026

Mirar más amplio para dejar de repetir y elegir más libre

Este fin de semana he cerrado una etapa importante. He terminado la formación en sistémica que, durante un año, me ha reunido con un mismo grupo de personas un fin de semana al mes. Doce encuentros marcados en el calendario como pequeñas islas de pausa en medio de la vida cotidiana. Doce fines de semana para detenernos, mirar con más calma y explorar con una visión más amplia nuestras raíces, nuestras relaciones y nuestro modo de estar en el mundo: con los demás y con nosotros mismos.

Hay algo profundamente transformador en elegir conscientemente parar un fin de semana al mes y hacerlo junto a otras personas que también quieren comprenderse mejor. No es solo formación: es presencia compartida. Es sentarse en círculo y poner palabras a lo que normalmente se vive en silencio. Es observar cómo se repiten ciertos patrones, cómo aparecen los mismos conflictos con distintos nombres, cómo la historia familiar, los vínculos y la forma de comunicarnos van tejiendo, muchas veces sin darnos cuenta, la vida que llevamos.

A lo largo del año hemos trabajado el apego, el genograma, las relaciones intergeneracionales, la narrativa personal, los mitos familiares, la pareja, el trauma, la codependencia, el grupo como sistema… pero, más allá de los contenidos, lo esencial ha sido la mirada. Una mirada más amplia, menos reduccionista, menos centrada en el “yo aislado” y más atenta al contexto, a las relaciones, a lo que se mueve entre unos y otros.

Este domingo, en el cierre de la formación, Teresa compartió un poema de Fernando Pessoa que se quedó resonando en mí desde entonces:

“Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares.

Es el momento de la travesía.

Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos”

La metáfora es poderosa. Las ropas usadas son esas formas de pensar, de reaccionar, de relacionarnos que un día nos protegieron, nos sirvieron o nos ayudaron a adaptarnos… pero que hoy ya nos aprietan. Han tomado la forma de nuestro cuerpo, de nuestra historia, y por eso cuesta tanto soltarlas. Nos resultan familiares, conocidas, “seguras”, aunque a veces nos limiten o nos hagan daño.

Y están también los caminos. Esos recorridos internos y externos que repetimos casi sin darnos cuenta: ante un conflicto, siempre reacciono igual; en las relaciones, acabo ocupando el mismo lugar; cuando algo me duele, me callo… o exploto. Caminos transitados tantas veces que parecen inevitables. Pero Pessoa lo dice con claridad: si seguimos andando por los mismos senderos, llegaremos a los mismos lugares.

La sistémica ayuda precisamente a eso: a ver los caminos. A entender de dónde vienen, qué función tuvieron, qué lealtades sostienen. Y, sobre todo, a darnos cuenta de que no todo empieza ni acaba en nosotros. Que somos parte de sistemas: familiares, laborales, sociales… y que muchas de nuestras decisiones, miedos o bloqueos cobran sentido cuando ampliamos el foco.

Mirar de otra manera cambia lo que vemos.

Y cambiar lo que vemos cambia lo que podemos hacer.

Cuando comprendes que un conflicto no es solo “tu problema”, sino una danza relacional; cuando ves que ciertas repeticiones tienen historia; cuando entiendes qué lugar ocupas habitualmente y qué precio pagas por mantenerlo… entonces aparece algo muy valioso: más libertad para elegir. Elegir con más conciencia. Actuar con más claridad.

La travesía de la que habla Pessoa no siempre implica grandes cambios externos. A veces es algo mucho más sutil y profundo: atreverte a cuestionar lo conocido, a soltar una identidad que ya no te representa del todo, a explorar respuestas nuevas, aunque al principio resulten incómodas. Es pasar de reaccionar a responder. De repetir a elegir.

Si tuviera que cerrar esta etapa con una recomendación sería esta: regálate espacios de mirada amplia. Espacios donde puedas parar, escuchar, contrastar, comprender. Ya sea a través de una formación, un proceso de acompañamiento, un grupo de reflexión o simplemente conversaciones honestas y profundas. No para cambiar por cambiar, sino para no quedarte al margen de ti mismo.

Porque llega un momento, antes o después, en que la vida nos pide travesía. Y quizá vivir tu tiempo consista, precisamente, en reconocer cuándo ha llegado ese momento… y atreverte a dar el primer paso.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

lunes, 5 de enero de 2026

Empezar el año no es ponerse objetivos: es elegir dirección

Todos los años pasa lo mismo. Llega enero y nos decimos: “Este año tengo que hacer más ejercicio”. Y durante unos días, incluso unas semanas, parece que va en serio. Los gimnasios se llenan, las zapatillas nuevas salen del armario y la motivación acompaña. Pero algo falla. Febrero avanza y, sin saber muy bien cómo, ese propósito empieza a diluirse. No porque no fuese buena idea, sino porque nunca estuvo claro qué significaba exactamente hacer más ejercicio.

No es casualidad que los gimnasios estén llenos en enero y mucho más vacíos en febrero. No es falta de voluntad. Es falta de dirección.

El comienzo de año invita a un nuevo inicio, sí. Pero también invita (casi obliga) a ponernos objetivos de forma automática. Los de siempre: hacer ejercicio, comer mejor, ahorrar, reducir el estrés, leer más, pasar más tiempo con la familia, aprender inglés… Todos suenan bien. El problema es que muchas veces, cuando los formulamos, ya sabemos que no los vamos a trabajar de verdad. Son buenas intenciones sin un plan detrás.

Y una buena intención, por sí sola, no cambia nada.

La psicología lleva décadas estudiando qué hace que un objetivo funcione. Uno de los marcos más conocidos es la teoría del establecimiento de metas de Locke y Latham, que muestra que los objetivos eficaces tienen varias características claras: son específicos, desafiantes pero alcanzables y permiten seguir el progreso. Las metas vagas generan poca activación; las concretas movilizan, motivan y guían tus actos.

Decir “quiero cuidarme más” no orienta la acción. Decir “voy a salir a correr dos días a la semana después del trabajo” sí.

Otro hallazgo muy relevante viene de las investigaciones de Peter Gollwitzer sobre las intenciones de implementación. Sus estudios muestran que no basta con decidir qué queremos hacer; es clave decidir cuándo, dónde y con quién. Convertir un deseo en un plan concreto multiplica enormemente la probabilidad de llevarlo a cabo.

Por eso no es lo mismo proponerse hacer más deporte que decir: “Este año voy a ir a correr con Juan los martes y jueves a las 19:00, y los lunes y viernes iremos al gimnasio”. Ese nivel de concreción es, en sí mismo, medio plan.

Quizá el mayor error al empezar el año no sea elegir mal los objetivos, sino elegir demasiados. Saltar de uno a otro dispersa la energía y acaba generando frustración.

Te propongo algo distinto: uno, dos o como mucho tres objetivos. Incluso uno solo puede ser suficiente si es lo bastante importante para ti. Un objetivo que te sirva de brújula durante el año. No para hacerlo perfecto, sino para caminar en esa dirección.

Y, tan importante como decidir qué quieres hacer, es decidir qué vas a dejar de hacer. Lo nuevo necesita espacio. Si no sueltas nada, el calendario se llenará de lo de siempre.

Recomendaciones prácticas para empezar el año (te propongo lo siguiente):

  1. Elige pocos objetivos, mejor uno o dos, que sean realmente importantes para ti, no los automáticos de todos los años.
  2. Hazlos específicos y medibles. Que puedas saber si avanzas o no.
  3. Define el cuándo, el dónde y el con quién. Eso transforma un deseo en una acción posible.
  4. Ajusta el nivel de reto: ni tan fácil que no motive, ni tan difícil que te frustre.
  5. Habla con las personas implicadas, si las hay, y acuerda espacios y ritmos que os encajen a todos.
  6. Planifica el camino, paso a paso. Con claridad, es más fácil levantarse por la mañana sabiendo qué sí quieres hacer… y qué no.

El comienzo de año no es una carrera. Es una oportunidad para elegir con más conciencia cómo quieres vivir tu tiempo. No se trata de hacerlo todo, sino de caminar con sentido. Y cuando llegue el final del año, poder decir: no llegué a todo, pero avancé en lo importante.

Eso, muchas veces, es más que suficiente.

Y si uno de tus objetivos para este año es vivir mejor tu tiempo, aprender a priorizar, decidir con más conciencia y fijar objetivos inteligentes que te guíen, en el curso que imparto en la Universidad de Burgos trabajamos todo esto de forma práctica y acompañada:

https://www.ubu.es/te-interesa/gestion-del-tiempo-gestion-de-vida-ii-edicion

A veces no se trata de hacer más cosas, sino de elegir mejor el rumbo.

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

jueves, 1 de enero de 2026

Propósito de año nuevo (un poco peculiar): hacer un poquito lo que me venga en gana

Puede sonar extraño, incluso provocador, empezar el año con un propósito así: hacer un poquito lo que me venga en gana. No habla de disciplina, ni de grandes metas, ni de versiones mejoradas de uno mismo. Habla, sencillamente, de dar espacio a las ganas. A lo que quiero. A lo que me apetece. Y cuanto más lo pienso, más claro lo veo: dar espacio a lo que quieres es una forma profunda de cuidarte.

Hacer lo que te apetece no como consigna bonita, sino como algo muy concreto. A veces parece que, si no es una necesidad evidente, no tienes derecho a hacer lo que quieres, incluso cuando no perjudica a nadie y los demás también se permiten hacer lo que les viene en gana.

No sé porque, a veces, hacer lo que quieres incomoda, aunque no afecte a nadie.

Estas Navidades he ido diciendo, casi como quien lanza un globo sonda, que el año que viene me gustaría irme a Canarias. Solo, o con quien quiera acompañarme. Sin dramas. Sin huidas. Sin intención de hacer daño a nadie. Simplemente porque me apetece.

Y, curiosamente, eso ha removido mucho más de lo que esperaba.

He escuchado reproches envueltos en palabras como tradición, egoísmo, no valorar lo importante. A veces creo que vienen desde el cariño de “queremos que estés aquí”, y otras desde intereses propios de los que ni siquiera somos conscientes. Lo más llamativo es que mi familia más cercana lo entiende: mi mujer y mis hijos lo comprenden y me apoyan. Esto me ha hecho pensar.

La Navidad es tiempo de cercanía y contradicciones. La Navidad puede ser un tiempo muy valioso. Especialmente cuando el resto del año vivimos lejos de lo que decimos que es importante. Quizá por eso se carga de tanta expectativa: es el momento en el que hay que verse, encontrarse, sentirse cerca.

Si la presencia se cultiva durante todo el año, la Navidad no tiene que sostenerlo todo. Puede sumar, no compensar. Aunque también entiendo que, para algunas personas, es la única ocasión en la que pueden, o se permiten, acercarse a quienes consideran importantes. A veces solo en la idea, porque de la idea a la acción hay un buen trecho.

Cualquier momento es bueno para acercarse, verse, charlar, no solo la Navidad. Quizá el ajetreo y las multitudes de la Navidad hacen  que ni siquiera sea el mejor momento para poder encontrarse de verdad.

Entre comidas interminables y compromisos no cuestionados aparecen el cansancio, las discusiones, las pequeñas riñas. No porque no haya cariño, sino porque hay demasiada pseudoobligación. Porque muchas veces estamos más pendientes de cumplir que de estar.

Yo sigo viendo el valor del reencuentro en Navidad, y me gusta. Pero ahora mismo siento que me apetece estar en otro sitio. Y también siento que no pasa nada. Otra cosa es si eso será respetado o será juzgado, eso ya no es cosa mía.

Lo que sí veo claro es esto: muchas veces no nos quedamos donde estamos por convicción, sino por el qué dirán, que funciona como una herramienta de presión muy eficaz.

Esto no pasa solo en Navidad. Pasa en muchas áreas de la vida. En lo que hacemos por costumbre, por inercia, por imposición social, familiar o laboral. En el grupo de amigos, en el trabajo, en dinámicas tan pequeñas como participar en un “amigo invisible” aunque no te apetezca nada.

A veces todo el mundo participa porque todo el mundo se siente obligado. Porque está en juego la pertenencia al grupo.

Y entonces me pregunto: ¿Qué tal hacer tabla rasa de vez en cuando y preguntarnos qué es lo que realmente nos apetece y qué aporta de verdad al entorno?

Todo esto me ha recordado dos libros que, cada uno a su manera, apuntan a lo mismo. Algo que desde su título puede parecer antisocial pero que desde mi punto de vista equilibra las presiones externas, las expectativas, con lo que realmente quieres. Al menos a mí me hicieron pensar.

  • Por un lado, Fuck It, de John C. Parkin, que invita a soltar el peso de expectativas, miedos y obligaciones autoimpuestas para vivir con más autenticidad y menos tensión. No como un acto de rebeldía infantil, sino como un gesto de honestidad profunda: dejar de hacer lo que no quieres hacer y atreverte a hacer lo que siempre has querido.
  • Por otro, El sutil arte de que (casi todo) te importe una mierda, de Mark Manson, que plantea algo igualmente incómodo y liberador: si todo te importa demasiado, acabas sufriendo por todo. Vivir bien no es que nada importe, sino elegir con cuidado qué merece de verdad tu energía.

Ambos libros coinciden en algo esencial: cuando no eliges tú lo que es importante, el mundo lo elige por ti. Y casi nunca acierta.

Dar espacio a lo que quieres no es desentenderte de los demás. Es dejar de abandonarte a ti. Es ponerte el oxígeno antes, para poder acompañar después. Es salir del piloto automático y revisar si lo que haces suma vida o solo cumple expectativas ajenas. Aunque se pueda ver como un acto de rebeldía.

Quizá este año mi propósito no sea hacer grandes planes, sino algo mucho más simple y, a la vez, más difícil:

escuchar un poco más mis ganas y darles espacio.

No siempre. No a cualquier precio. Pero sí con honestidad.

Tal vez no guste a todo el mundo. Tal vez genere incomodidad. Pero empiezo a pensar que vivir permanentemente desde lo que otros esperan tampoco es un gran regalo para nadie.

Y tú, al empezar este año, ¿te vas a dar permiso para hacer, aunque sea un poquito, lo que te venga en gana?

Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.