miércoles, 21 de enero de 2026

No guardes rencor, guarda distancia

La frase me llegó por WhatsApp a primera hora de la mañana. No guardes rencor, guarda distancia. Es más sano, más sabio y mucho más elegante.

Venía de un buen amigo, de esos que, sin hacer ruido, están. De los que te amenizan los días con un chiste, una reflexión o una imagen que te saca una sonrisa cuando aún no has terminado el primer café. De los que, aunque pasen días o semanas sin vernos, te recuerdan con pequeños gestos que el vínculo sigue ahí.

La imagen que me llegó al WhatsApp
La leí varias veces. Y sentí que era un regalo.

Hay una idea que se repite mucho en psicología, y en la vida, porque es profundamente cierta: el rencor es un veneno que esperamos que se beba el otro… pero que acabamos bebiendo nosotros.

Cuando guardamos resentimiento, creemos que así nos protegemos o que hacemos justicia. Pensamos, quizá sin darnos cuenta, que mantener viva la herida nos da la razón, nos coloca en una posición moral más alta o evita que el daño se repita. Pero suele ocurrir justo lo contrario.

El rencor nos ata. Nos mantiene emocionalmente conectados a aquello que nos hizo daño. Hace que la otra persona siga ocupando espacio en nuestra cabeza, en nuestro cuerpo y en nuestro tiempo. Y ese espacio tiene un coste.

Por eso esta frase me parece tan lúcida. Porque no invita a negar lo ocurrido ni a “pasar página” a la fuerza. Tampoco propone hacer como si nada hubiera pasado.

Propone algo mucho más maduro: cuidarse.

  • Guardar distancia no es huir.
  • No es castigar.
  • No es despreciar.

Es reconocer que algo nos dañó y que no necesitamos exponernos de nuevo a lo mismo para demostrar nada a nadie.

A veces la distancia es el límite que llega cuando no supimos, o no pudimos, poner otro antes.

Es una forma de decir: hasta aquí, sin gritarlo, sin explicarlo mil veces, sin entrar en luchas que ya sabemos cómo acaban.

Hay personas con las que el vínculo, tal y como está, no es sano.

  • Conversaciones que siempre acaban igual.
  • Dinámicas que nos dejan agotados, pequeños o enfadados.
  • Relaciones donde, por mucho que lo intentemos, no hay escucha, respeto o cuidado mutuo.

En esos casos, la distancia no es frialdad: es higiene emocional.

  • Es elegir no volver a tocar una herida que aún no ha cicatrizado.
  • Es dejar de esperar algo que, una y otra vez, no llega.
  • Es aceptar que proteger la propia paz no es egoísmo, sino responsabilidad.

Y luego está esa última palabra de la frase que me encanta: elegante. Porque hay algo profundamente elegante en no entrar en reproches eternos. En no hablar mal del otro constantemente. En no necesitar venganza ni ajuste de cuentas.

La elegancia emocional tiene que ver con saber retirarse a tiempo, con no rebajarse, con no vivir anclado al pasado. Con elegir dónde sí poner la energía… y dónde no.

A veces, la decisión más sabia no es confrontar ni perdonar deprisa. Es simplemente dar un paso atrás y seguir caminando.

Quizá hoy esta reflexión también sea un regalo para ti. Si hay algo (o alguien) que te dañó, pregúntate con honestidad:

  • ¿Estoy guardando rencor o me estoy cuidando?
  • ¿Qué precio estoy pagando por seguir cerca?
  • ¿Qué ganaría si pusiera un poco más de distancia?

No siempre podemos cambiar lo que pasó.

Pero casi siempre podemos elegir cómo seguimos.

Y a veces, seguir con más calma, más espacio y menos ruido interior… es la mejor decisión posible.

 

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miércoles, 14 de enero de 2026

Mirar más amplio para dejar de repetir y elegir más libre

Este fin de semana he cerrado una etapa importante. He terminado la formación en sistémica que, durante un año, me ha reunido con un mismo grupo de personas un fin de semana al mes. Doce encuentros marcados en el calendario como pequeñas islas de pausa en medio de la vida cotidiana. Doce fines de semana para detenernos, mirar con más calma y explorar con una visión más amplia nuestras raíces, nuestras relaciones y nuestro modo de estar en el mundo: con los demás y con nosotros mismos.

Hay algo profundamente transformador en elegir conscientemente parar un fin de semana al mes y hacerlo junto a otras personas que también quieren comprenderse mejor. No es solo formación: es presencia compartida. Es sentarse en círculo y poner palabras a lo que normalmente se vive en silencio. Es observar cómo se repiten ciertos patrones, cómo aparecen los mismos conflictos con distintos nombres, cómo la historia familiar, los vínculos y la forma de comunicarnos van tejiendo, muchas veces sin darnos cuenta, la vida que llevamos.

A lo largo del año hemos trabajado el apego, el genograma, las relaciones intergeneracionales, la narrativa personal, los mitos familiares, la pareja, el trauma, la codependencia, el grupo como sistema… pero, más allá de los contenidos, lo esencial ha sido la mirada. Una mirada más amplia, menos reduccionista, menos centrada en el “yo aislado” y más atenta al contexto, a las relaciones, a lo que se mueve entre unos y otros.

Este domingo, en el cierre de la formación, Teresa compartió un poema de Fernando Pessoa que se quedó resonando en mí desde entonces:

“Llega un momento en que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar los caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares.

Es el momento de la travesía.

Y, si no osamos emprenderla, nos habremos quedado para siempre al margen de nosotros mismos”

La metáfora es poderosa. Las ropas usadas son esas formas de pensar, de reaccionar, de relacionarnos que un día nos protegieron, nos sirvieron o nos ayudaron a adaptarnos… pero que hoy ya nos aprietan. Han tomado la forma de nuestro cuerpo, de nuestra historia, y por eso cuesta tanto soltarlas. Nos resultan familiares, conocidas, “seguras”, aunque a veces nos limiten o nos hagan daño.

Y están también los caminos. Esos recorridos internos y externos que repetimos casi sin darnos cuenta: ante un conflicto, siempre reacciono igual; en las relaciones, acabo ocupando el mismo lugar; cuando algo me duele, me callo… o exploto. Caminos transitados tantas veces que parecen inevitables. Pero Pessoa lo dice con claridad: si seguimos andando por los mismos senderos, llegaremos a los mismos lugares.

La sistémica ayuda precisamente a eso: a ver los caminos. A entender de dónde vienen, qué función tuvieron, qué lealtades sostienen. Y, sobre todo, a darnos cuenta de que no todo empieza ni acaba en nosotros. Que somos parte de sistemas: familiares, laborales, sociales… y que muchas de nuestras decisiones, miedos o bloqueos cobran sentido cuando ampliamos el foco.

Mirar de otra manera cambia lo que vemos.

Y cambiar lo que vemos cambia lo que podemos hacer.

Cuando comprendes que un conflicto no es solo “tu problema”, sino una danza relacional; cuando ves que ciertas repeticiones tienen historia; cuando entiendes qué lugar ocupas habitualmente y qué precio pagas por mantenerlo… entonces aparece algo muy valioso: más libertad para elegir. Elegir con más conciencia. Actuar con más claridad.

La travesía de la que habla Pessoa no siempre implica grandes cambios externos. A veces es algo mucho más sutil y profundo: atreverte a cuestionar lo conocido, a soltar una identidad que ya no te representa del todo, a explorar respuestas nuevas, aunque al principio resulten incómodas. Es pasar de reaccionar a responder. De repetir a elegir.

Si tuviera que cerrar esta etapa con una recomendación sería esta: regálate espacios de mirada amplia. Espacios donde puedas parar, escuchar, contrastar, comprender. Ya sea a través de una formación, un proceso de acompañamiento, un grupo de reflexión o simplemente conversaciones honestas y profundas. No para cambiar por cambiar, sino para no quedarte al margen de ti mismo.

Porque llega un momento, antes o después, en que la vida nos pide travesía. Y quizá vivir tu tiempo consista, precisamente, en reconocer cuándo ha llegado ese momento… y atreverte a dar el primer paso.

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lunes, 5 de enero de 2026

Empezar el año no es ponerse objetivos: es elegir dirección

Todos los años pasa lo mismo. Llega enero y nos decimos: “Este año tengo que hacer más ejercicio”. Y durante unos días, incluso unas semanas, parece que va en serio. Los gimnasios se llenan, las zapatillas nuevas salen del armario y la motivación acompaña. Pero algo falla. Febrero avanza y, sin saber muy bien cómo, ese propósito empieza a diluirse. No porque no fuese buena idea, sino porque nunca estuvo claro qué significaba exactamente hacer más ejercicio.

No es casualidad que los gimnasios estén llenos en enero y mucho más vacíos en febrero. No es falta de voluntad. Es falta de dirección.

El comienzo de año invita a un nuevo inicio, sí. Pero también invita (casi obliga) a ponernos objetivos de forma automática. Los de siempre: hacer ejercicio, comer mejor, ahorrar, reducir el estrés, leer más, pasar más tiempo con la familia, aprender inglés… Todos suenan bien. El problema es que muchas veces, cuando los formulamos, ya sabemos que no los vamos a trabajar de verdad. Son buenas intenciones sin un plan detrás.

Y una buena intención, por sí sola, no cambia nada.

La psicología lleva décadas estudiando qué hace que un objetivo funcione. Uno de los marcos más conocidos es la teoría del establecimiento de metas de Locke y Latham, que muestra que los objetivos eficaces tienen varias características claras: son específicos, desafiantes pero alcanzables y permiten seguir el progreso. Las metas vagas generan poca activación; las concretas movilizan, motivan y guían tus actos.

Decir “quiero cuidarme más” no orienta la acción. Decir “voy a salir a correr dos días a la semana después del trabajo” sí.

Otro hallazgo muy relevante viene de las investigaciones de Peter Gollwitzer sobre las intenciones de implementación. Sus estudios muestran que no basta con decidir qué queremos hacer; es clave decidir cuándo, dónde y con quién. Convertir un deseo en un plan concreto multiplica enormemente la probabilidad de llevarlo a cabo.

Por eso no es lo mismo proponerse hacer más deporte que decir: “Este año voy a ir a correr con Juan los martes y jueves a las 19:00, y los lunes y viernes iremos al gimnasio”. Ese nivel de concreción es, en sí mismo, medio plan.

Quizá el mayor error al empezar el año no sea elegir mal los objetivos, sino elegir demasiados. Saltar de uno a otro dispersa la energía y acaba generando frustración.

Te propongo algo distinto: uno, dos o como mucho tres objetivos. Incluso uno solo puede ser suficiente si es lo bastante importante para ti. Un objetivo que te sirva de brújula durante el año. No para hacerlo perfecto, sino para caminar en esa dirección.

Y, tan importante como decidir qué quieres hacer, es decidir qué vas a dejar de hacer. Lo nuevo necesita espacio. Si no sueltas nada, el calendario se llenará de lo de siempre.

Recomendaciones prácticas para empezar el año (te propongo lo siguiente):

  1. Elige pocos objetivos, mejor uno o dos, que sean realmente importantes para ti, no los automáticos de todos los años.
  2. Hazlos específicos y medibles. Que puedas saber si avanzas o no.
  3. Define el cuándo, el dónde y el con quién. Eso transforma un deseo en una acción posible.
  4. Ajusta el nivel de reto: ni tan fácil que no motive, ni tan difícil que te frustre.
  5. Habla con las personas implicadas, si las hay, y acuerda espacios y ritmos que os encajen a todos.
  6. Planifica el camino, paso a paso. Con claridad, es más fácil levantarse por la mañana sabiendo qué sí quieres hacer… y qué no.

El comienzo de año no es una carrera. Es una oportunidad para elegir con más conciencia cómo quieres vivir tu tiempo. No se trata de hacerlo todo, sino de caminar con sentido. Y cuando llegue el final del año, poder decir: no llegué a todo, pero avancé en lo importante.

Eso, muchas veces, es más que suficiente.

Y si uno de tus objetivos para este año es vivir mejor tu tiempo, aprender a priorizar, decidir con más conciencia y fijar objetivos inteligentes que te guíen, en el curso que imparto en la Universidad de Burgos trabajamos todo esto de forma práctica y acompañada:

https://www.ubu.es/te-interesa/gestion-del-tiempo-gestion-de-vida-ii-edicion

A veces no se trata de hacer más cosas, sino de elegir mejor el rumbo.

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