Todos
los años pasa lo mismo. Llega enero y nos decimos: “Este año tengo que hacer
más ejercicio”. Y durante unos días, incluso unas semanas, parece que va en
serio. Los gimnasios se llenan, las zapatillas nuevas salen del armario y la
motivación acompaña. Pero algo falla. Febrero avanza y, sin saber muy bien
cómo, ese propósito empieza a diluirse. No porque no fuese buena idea, sino
porque nunca estuvo claro qué significaba exactamente hacer más ejercicio.
No es
casualidad que los gimnasios estén llenos en enero y mucho más vacíos en
febrero. No es falta de voluntad. Es falta de dirección.
El
comienzo de año invita a un nuevo inicio, sí. Pero también invita (casi obliga)
a ponernos objetivos de forma automática. Los de siempre: hacer ejercicio,
comer mejor, ahorrar, reducir el estrés, leer más, pasar más tiempo con la
familia, aprender inglés… Todos suenan bien. El problema es que muchas veces,
cuando los formulamos, ya sabemos que no los vamos a trabajar de verdad. Son
buenas intenciones sin un plan detrás.
Y una
buena intención, por sí sola, no cambia nada.
La
psicología lleva décadas estudiando qué hace que un objetivo funcione. Uno de
los marcos más conocidos es la teoría del establecimiento de metas de Locke y
Latham, que muestra que los objetivos eficaces tienen varias características
claras: son específicos, desafiantes
pero alcanzables y permiten seguir el progreso. Las metas vagas generan
poca activación; las concretas movilizan, motivan y guían tus actos.
Decir
“quiero cuidarme más” no orienta la acción. Decir “voy a salir a correr dos
días a la semana después del trabajo” sí.
Otro
hallazgo muy relevante viene de las investigaciones de Peter Gollwitzer sobre
las intenciones de implementación. Sus estudios muestran que no basta con
decidir qué queremos hacer; es clave decidir cuándo, dónde y con quién. Convertir un deseo en un plan concreto
multiplica enormemente la probabilidad de llevarlo a cabo.
Por
eso no es lo mismo proponerse hacer más deporte que decir: “Este año voy a ir a
correr con Juan los martes y jueves a las 19:00, y los lunes y viernes iremos
al gimnasio”. Ese nivel de concreción es, en sí mismo, medio plan.
Te
propongo algo distinto: uno, dos o como mucho tres objetivos. Incluso uno solo
puede ser suficiente si es lo bastante importante para ti. Un objetivo que te
sirva de brújula durante el año. No para hacerlo perfecto, sino para caminar en
esa dirección.
Y, tan
importante como decidir qué quieres hacer, es decidir qué vas a dejar de hacer.
Lo nuevo necesita espacio. Si no sueltas nada, el calendario se llenará de lo
de siempre.
Recomendaciones
prácticas para empezar el año (te propongo lo siguiente):
- Elige
pocos objetivos, mejor uno o dos, que sean realmente
importantes para ti, no los automáticos de todos los años.
- Hazlos
específicos y medibles. Que puedas saber si avanzas o no.
- Define
el cuándo, el dónde y el con quién. Eso transforma un deseo en
una acción posible.
- Ajusta
el nivel de reto: ni tan fácil que no motive, ni tan difícil
que te frustre.
- Habla
con las personas implicadas, si las hay, y acuerda espacios y ritmos
que os encajen a todos.
- Planifica
el camino, paso a paso. Con claridad, es más fácil levantarse
por la mañana sabiendo qué sí quieres hacer… y qué no.
El
comienzo de año no es una carrera. Es una oportunidad para elegir con más
conciencia cómo quieres vivir tu tiempo. No se trata de hacerlo todo, sino de
caminar con sentido. Y cuando llegue el final del año, poder decir: no llegué a
todo, pero avancé en lo importante.
Eso,
muchas veces, es más que suficiente.
Y si
uno de tus objetivos para este año es vivir mejor tu tiempo, aprender a
priorizar, decidir con más conciencia y fijar objetivos inteligentes que te
guíen, en el curso que imparto en la Universidad de Burgos trabajamos todo esto
de forma práctica y acompañada:
https://www.ubu.es/te-interesa/gestion-del-tiempo-gestion-de-vida-ii-edicion
A
veces no se trata de hacer más cosas, sino de elegir mejor el rumbo.
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