lunes, 5 de diciembre de 2016

Orden + contraorden = desorden

Cuándo no se tiene clara la dirección, cualquier dirección es buena y corremos el riesgo de cambiar de dirección demasiado a menudo y acabar dando vueltas en círculo, moviéndonos muy rápido para no ir a ninguna parte, haciendo mucho para no hacer nada.

La falta de claridad en los objetivos en una organización lleva a que el jefe de una orden para que pasado un rato de la orden contraria, con lo que finalmente la organización no sabe a qué atenerse y qué debe hacer. Una orden seguida de una contraorden provoca desorden y ningún avance.
Cuándo es uno mismo el que no tiene claros los objetivos va dando tumbos, a veces va muy rápido a ninguna parte y acaba muy cansado. Lo ilustra claramente una historia que encontré en Internet, de autor desconocido, sobre el síndrome D.A.D.E. (Deficit de Atención Debido a la Edad):

Decido lavar mi coche, cuando voy hacia el garaje, veo que hay correo en la mesa de entrada, decido revisarlo antes de lavar el coche. Dejo las llaves del coche sobre la mesa, echo a la papelera, todo el correo publicitario y veo que la papelera está llena. Decido entonces dejar las facturas sobre la mesa y vaciar primero la papelera. Pero, entonces pienso que como voy a pasar junto al buzón de correos, cuando saque a la basura la papelera, puedo primero preparar el pago de las facturas. Preparo mi talonario sobre la mesa, pero veo que no me queda más que un cheque. Mi otro talonario está en mi despacho. Voy allí y encuentro sobre la mesa la lata de Coca que había empezado a beber. Voy a buscar mi talonario, pero, antes de nada, es necesario que quite de ahí esta Coca, antes de que se caiga accidentalmente. Veo que está templada, por lo que decido meterla en el frigorífico para enfriarla. Me dirijo a la cocina con la Coca. El florero sobre la encimera me llama la atención: ¡Las flores necesitan agua! Dejo la Coca en la encimera y encuentro mis gafas para leer (que buscaba desde esta mañana). Pienso que es mejor llevarlas a mi despacho, pero antes voy a poner agua a las flores. Dejo las gafas en la encimera, lleno una jarra con agua y, de repente, veo el mando a distancia de la TV. Alguien lo ha dejado en la cocina. Pienso que, esta noche, para ver la tele, lo voy a buscar por todos los sitios y no me acordaré que está en la cocina. Decido entonces llevarlo al salón, que es su sitio, pero antes voy a añadir agua al florero. Echo agua al florero pero vierto la mayor parte al suelo. Entonces, pongo el mando en la mesa y voy a buscar un trapo para limpiar el estropicio. A continuación vuelvo a la puerta, tratando de acordarme de qué quería hacer.

Al final del día: el coche no está lavado, las facturas no están pagadas, hay una coca-cola templada en la encimera de la cocina, las flores no tienen agua suficiente, no tengo mi nuevo talonario, no encuentro el mando a distancia de la tele, no sé dónde están mis gafas y no consigo acordarme de qué he hecho con las llaves del coche. No comprendo nada, pues no he parado en todo el día y estoy completamente reventado.

Historia que de una manera u otra nos puede resultar familiar algunos días poco productivos, en casa o en el trabajo, donde al final de la jornada no recordamos que es lo que hemos hecho.

Creo que no es un problema de memoria, es un problema de atención a lo que hacemos, que se solucionaría teniendo claro que queremos hacer  y poniendo el foco en ello, sin dejarnos llevar por la multitarea o el cambio de actividad sin rumbo.

Por eso te aconsejo que elijas que hacer y te centres en ello, si es que quieres acabarlo, resistiendo a los numerosos estímulos que se nos presentan por el camino para pasar a otra actividad. Sin interrupciones acabarás antes.

Te dejo este enlace a un artículo dónde en 2010 ya hablábamos del DADE y otros aspectos de la gestión del tiempo: “El tiempo, un recurso escaso

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