Hace unos días que la vida decidió bajar mi ritmo. O, mejor dicho, obligarme a bajarlo. Un brazo inmovilizado, una operación en la cabeza del radio y muchas de esas pequeñas cosas cotidianas que de repente dejan de ser tan pequeñas cuando no puedes hacerlas con normalidad: vestirse, abrir un bote, cortar un trozo de pan, escribir, conducir, dormir sin acordarte del brazo.
Uno
descubre enseguida hasta qué punto damos
por hechas muchas cosas.
En
estos días me he acordado varias veces de mis abuelos. Pertenecían a una generación que convivía con lo que había.
No recuerdo que perdieran demasiado tiempo preguntándose si una situación era
justa o injusta. Si llovía, había que buscar qué hacer bajo techo. Si una
herramienta se rompía, se arreglaba. Y si no tenía arreglo, se encontraba otra
manera de hacer las cosas.
Había menos control con mucha más
adaptación y aceptación.
Nunca los
oí hablar de resiliencia, ni de mindfulness, que practicaban todos los días. Estar
en lo que hay, en lo que sucede. No elegían las circunstancias, elegían qué
hacer con ellas.
Estos
días, la fractura me ha quitado bastantes cosas. He tenido que cancelar viajes,
renunciar a talleres, dejar la bicicleta aparcada, olvidarme del gimnasio y
aceptar una dependencia que no me resulta especialmente cómoda.
Pero,
curiosamente, también están apareciendo algunos efectos secundarios que no
esperaba. Uno de ellos me hace hasta sonreír, estoy adelgazando.
No
porque haga más ejercicio, prácticamente no me muevo. Lo que ocurre es que
muchas de las cosas que más me apetecen entre horas requieren precisamente ese
brazo: cortar un poco de queso, un poco de chorizo, preparar un bocadillo, hasta
pelar una naranja…
No
recomiendo romperse un brazo como método de adelgazamiento. Hay opciones
bastante mejores. Pero me llama la atención cómo funciona a veces la vida. Entre
lo que nos pasa aparece algún regalo inesperado escondido entre las
dificultades.
Quizá
sucede más veces de las que pensamos. Solo que estamos tan ocupados mirando lo
que hemos perdido que no alcanzamos a ver lo que hemos ganado.
No
siempre podremos elegir lo que nos ocurre. A veces la vida cambia nuestros
planes sin pedir permiso.
Pero
sí podemos entrenar la mirada para descubrir qué oportunidades, qué aprendizajes
o qué pequeños regalos vienen escondidos dentro de cada contratiempo.
Mis
abuelos seguramente no habrían escrito un artículo sobre todo esto. Lo habrían
resumido con la sabiduría sencilla que da una vida entera aprendiendo a
adaptarse. El famoso dicho:
No hay
mal que por bien no venga.
Si quieres
seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes
seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario