domingo, 3 de mayo de 2026

No te juegas la vida en un examen

En casa estamos respirando estos días ese ambiente especial de mayo y junio con final de curso, tengo una hija que está acabando su etapa en el instituto. Por una parte, preparando la fiesta de graduación y por otra, en el horizonte, la prueba de acceso a la Universidad. La veo tranquila y me alegro.

Quizá ayuda que, en su caso, solo necesita aprobar para estudiar lo que quiere. No depende de una nota imposible ni de una décima para entrar en una carrera concreta. Eso cambia bastante las cosas, cuando el horizonte no está lleno de amenaza, se estudia de otra manera, con menos nudo en el pecho.

Me hace pensar en tantos chicos y chicas de segundo de Bachillerato que viven estas semanas con mucha más tensión de la necesaria. Lo veo especialmente en las chicas.

Algunas han sido siempre buenas estudiantes y ahora sienten que no les cunde. Estudian muchas horas, se esfuerzan, renuncian a planes, pero las notas no acompañan como antes y eso les desconcierta. Empiezan a pensar que les pasa algo, que se han vuelto peores, que no dan la talla.

No es eso, muchas veces es simplemente el peso que llevan encima, la presión por sacar nota, la comparación con otros, el miedo a decepcionar, la sensación de que se están jugando el futuro en unos pocos días, la incertidumbre de no tener claro qué estudiar. Todo eso ocupa espacio mental, roba energía y dificulta rendir.

Esfuerzo sincero, cansancio acumulado y esa noche larga que tantos estudiantes conocen
La cabeza, cuando vive en amenaza, funciona peor. Por eso a veces no falta estudio, falta calma.

La ansiedad y el cansancio roban concentración.

Conviene recordar algo importante: sí, esta prueba tiene relevancia, pero no decide toda una vida. Es una puerta, no el edificio entero. No escoges una única puerta y cierras para siempre todas las demás.

A esa edad parece que elegir carrera es elegir destino final y la realidad suele ser mucho más abierta. Después hay cambios de rumbo, nuevas oportunidades, descubrimientos tardíos, profesiones que hoy ni imaginan y aprendizajes que llegan por caminos inesperados.

Si yo volviese atrás, seguramente elegiría otros estudios. Y, sin embargo, no me ha ido mal con lo que hice. Desde ahí he seguido aprendiendo, estudiando otras cosas, ampliando horizontes y encontrando nuevas formas de vivir y trabajar.

El camino no suele verse entero desde el inicio, el camino se va haciendo al andar.

Por eso, si estás en esta etapa, te diría algo sencillo: haz lo mejor que puedas (y no más), pero no conviertas un examen en una sentencia.

Estudia con compromiso, sí. Además, duerme, descansa, haz ejercicio, respira, sal con los amigos, camina, habla con alguien, haz cosas que te gusten. Recuerda que tu valor no sube ni baja por una nota.

Haz lo mejor que puedas, pero no conviertas estos meses en una condena.

Y si no tienes claro qué estudiar, tampoco te castigues por ello. No tenerlo claro a los 17 o 18 años entra dentro de la normalidad (mis hijas dicen que como van a saber ellas que quieren hacer si no lo sé yo con más de 50; y es así, ¡anda que no me quedan caminos por recorrer!). Elige lo que hoy tenga más sentido… y ya irás corrigiendo el rumbo si hace falta.

Hay muchos caminos buenos.

Y casi ninguno se recorre sin curvas. Casi todos se descubren andando.

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