viernes, 29 de mayo de 2026

Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes

Dicen que si quieres hacer reír a Dios, le cuentes tus planes. Esta semana me ha tocado comprobarlo de primera mano.

El miércoles, después de impartir una sesión del curso de gestión del tiempo en Norsol, salí a dar una vuelta en bicicleta. Tenía muchos planes para estos días y para la semana siguiente. Temas personales, trabajo pendiente, proyectos en marcha, compromisos cerrados, ideas que quería desarrollar y unas cuantas cosas que me apetecía hacer.

Pero en cuestión de segundos todo cambió.

Una caída me llevó a urgencias y el diagnóstico fue una fractura de la cabeza del radio. Nada especialmente grave dentro de lo que cabe, pero suficiente para obligarme a parar. No puedo conducir, muchas actividades quedan temporalmente descartadas y mi agenda ha tenido que ser replanteada por completo.

A veces vivimos con la sensación de que controlamos mucho más de lo que realmente controlamos. Hacemos planes, organizamos el calendario, llenamos la agenda y damos por hecho que mañana seguiremos exactamente donde hoy lo hemos dejado.

Y entonces la vida nos recuerda que no siempre funciona así.

Una de las cosas que más me ha llegado estos días ha sido la atención y la ayuda recibida; empezando por urgencias. La profesionalidad, la cercanía y la tranquilidad con la que te atienden cuando estás dolorido. Solemos acordarnos de estos servicios cuando los necesitamos, pero conviene recordar la enorme suerte que tenemos de vivir en un lugar donde, cuando ocurre algo así, hay personas preparadas para ayudarte de inmediato.

No es perfecto, como nada lo es, pero merece la pena detenerse un momento para agradecerlo.

Si algo me quedó claro desde el mismo momento de la caída es la importancia de no estar solo.

Tuve la enorme suerte de ir acompañado por Rodrigo, no podía haber llevado mejor compañía. Cuando te caes, te haces daño y las cosas se complican de repente, tener a alguien al lado no cambia lo ocurrido, pero sí cambia mucho cómo lo vives. Te ayuda a relativizar, a quitarle peso a la situación y, sobre todo, a sentirte acompañado cuando estás más vulnerable.

Además, apareció otra de esas personas que la vida te pone delante en el momento adecuado. Un caminante que pasaba por allí, Fernando "Tito", se ofreció a ayudarnos y nos acompañó llevando la bicicleta. Probablemente para él fue un gesto sencillo, pero para mí significó mucho más de lo que imagina. Hay ayudas que resuelven un problema práctico y además te reconcilian con la bondad de las personas.

Y la cadena de ayuda continuó y continua. Juan se encargó de recoger la bicicleta en urgencias y de acercarme el DNI cuando hizo falta. Sofía estuvo pendiente de las cosas de casa y ayudando en todo lo que podía. Y quiero agradecer especialmente a mi hermana Yolanda que viniera a acompañarme en urgencias. Además de su cariño, contaba con la tranquilidad que da conocer bien ese entorno después de haber trabajado allí durante años.

También agradezco mucho a Mónica, que trabaja allí, que pasara a estar. Cuando estás en urgencias, encontrarte con una cara conocida siempre aporta tranquilidad. En momentos así, cualquier palabra de calma, cualquier gesto de cercanía o simplemente la compañía de alguien que te aprecia tiene mucho más valor del que solemos reconocer.

Por eso, además del excelente trato profesional que recibí en urgencias, me llevo la sensación de haber estado extraordinariamente bien acompañado. Y cuando uno está más débil o más vulnerable, descubrir que hay tantas personas dispuestas a echar una mano es una de las mejores medicinas que existen.

También quiero dar las gracias a tantos amigos y amigas que me han escrito, llamado o se han ofrecido para ayudar en lo que hiciera falta. Es difícil expresar lo reconfortante que resulta sentir tanto cariño cuando las cosas se tuercen un poco. Me siento profundamente afortunado por poder contar con tanta gente buena a mi alrededor.

Muchas veces hablamos de productividad, de autonomía o de independencia como si fueran ideales absolutos. Pero la realidad es que todos somos vulnerables en algún momento, todos necesitamos ayuda alguna vez.

Una de las lecciones más importantes de estos días para mí está siendo precisamente esa. Normalmente tendemos a fijarnos en lo que no podemos hacer. Yo también podría estar pensando continuamente en las limitaciones que me impone ahora el brazo y las demás secuelas, en los planes cancelados o en todo lo que se retrasa.

Sin embargo, me estoy encontrando con otra oportunidad: aprender a dejarme ayudar.

Pedir ayuda no siempre es fácil. A veces cuesta más pedirla que ofrecerla. Estamos acostumbrados a ser nosotros quienes resolvemos, quienes organizamos, quienes echamos una mano a los demás. Pero la vida tiene la costumbre de enseñarnos también la otra cara: la de aceptar el apoyo que nos ofrecen. Y no solo aceptarlo, sino agradecerlo.

Estoy especialmente agradecido a mis hijos. Ver cómo están pendientes, cómo ayudan y cómo intentan hacerme la vida más fácil me recuerda que el cariño que sembramos durante años acaba apareciendo cuando más falta hace.

Pero esta experiencia también me está permitiendo dejarme ayudar por mis padres, algo que no ocurre todos los días y que tiene un valor especial. Estos días han venido a casa y me he encontrado a mi madre cortándome el filete. Me hizo sonreír porque probablemente no lo hacía desde que yo era un niño.

Hay momentos que, en medio de una dificultad, te recuerdan de forma muy sencilla el cariño que has recibido durante toda la vida. Quizá hacerse mayor también consiste en descubrir que, por mucho tiempo que pase, seguimos necesitando a quienes siempre han estado ahí.

Quizá por eso, cuando sucede algo inesperado, una de las preguntas importantes no es qué hemos perdido temporalmente, sino con quién contamos para atravesarlo.

Porque las dificultades pasan mejor cuando no se caminan solo.

Los planes son útiles, pero la vida siempre tiene la última palabra. Cuando la vida cambia los planes, lo verdaderamente importante no es aferrarse a lo que ya no puede ser, sino adaptarse a lo que toca vivir.

Ahora toca parar, descansar y recuperarse. Dejar que otros ayuden, tener paciencia y aprovechar también esta pausa obligatoria para hacer algunas cosas que normalmente nunca encuentran hueco en la agenda.

Mi recomendación es sencilla: cuida tus relaciones antes de necesitarlas. Dedica tiempo a la familia, a los amigos y a las personas importantes de tu vida cuando todo va bien. Aprende también a pedir ayuda y a dejarte ayudar. Porque cuando la vida te obligue a parar (y antes o después a todos nos ocurre) descubrirás que uno de los mayores tesoros no es lo que tienes en la agenda, sino las personas que aparecen para ayudarte a seguir adelante.

Y si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes. Pero no olvides darle las gracias por las personas que pone a tu lado cuando esos planes cambian.

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lunes, 25 de mayo de 2026

Ir con tiempo da tranquilidad y opciones

Ayer, que era domingo, mi hija Sofía me pidió ayuda porque tenía que pagar las tasas para poder examinarse de la prueba de acceso a la Universidad. Nos pusimos a rellenar los papeles tranquilamente y, cuando llegamos al momento del pago, la plataforma no funcionaba. El pago online daba error una y otra vez.

Había un teléfono de contacto, pero siendo domingo no parecía el mejor día para encontrar solución rápida. Probamos distintas opciones, refrescamos páginas, cambiamos de navegador… nada. Esta mañana seguía sin funcionar.

Menos mal que todavía quedaba algo de margen. Hoy era el último día, pero aún había tiempo para reaccionar. Así que volvimos al método tradicional: imprimir el documento, ir al banco, pagar en ventanilla y conseguir el sello. Con eso pudo completar la matrícula.

Mientras salíamos del banco pensé: menos mal que no lo dejamos para última hora de verdad.

Porque cuando vas con algo de tiempo todavía tienes opciones. Puedes buscar otro camino, corregir errores, pedir ayuda o simplemente mantener la calma. Cuando vas demasiado justo, cualquier pequeño problema se convierte en un gran problema.

Incluso así, hacerlo el viernes habría sido mucho mejor. Habríamos tenido más margen, menos nervios y más capacidad de maniobra.

Y esa es una lección que sirve para mucho más que para unas tasas universitarias. Muchas veces vivimos confiando en que todo saldrá bien, en que la tecnología funcionará, en que el tráfico irá fluido, en que no habrá imprevistos, en que tendremos energía suficiente al final del día. Y a veces ocurre, pero otras no.

 Cuando vas demasiado justo, cualquier pequeño problema se convierte en un problema enorme: Una impresora que falla, un correo que no llega, un atasco, un documento que falta, una reunión que se alarga, una persona que no responde, una plataforma que falla. Y entonces llegan las prisas, los nervios… y muchas veces las lamentaciones.

También me pasó la semana pasada al llegar a una formación. Tuve problemas con el cargador del ordenador, menos mal que al ir con margen pudimos empezar la formación en “gestión del tiempo” puntuales. Si no hay problema, me da para respirar y empezar más tranquilo y enfocado.

Las prisas aumentan los errores, el nerviosismo y la sensación de agobio. Cuando todo depende de que nada falle, cualquier mínima desviación desordena el día entero.

Ir con margen no siempre significa perder tiempo. Muchas veces significa ganar tranquilidad, poder pensar mejor, elegir con calma, reaccionar y adaptarte sin que todo parezca derrumbarse.

No hace falta vivir obsesionado con anticiparse a todo, ni convertir la vida en una agenda rígida. Pero sí entender que aquello que realmente es importante merece algo de espacio alrededor. Porque algo puede salir mal.

Por eso quizá merece la pena preguntarse al empezar la semana:

¿Qué es lo importante estos días que merece que vaya con tiempo?

Porque, como dicen los anuncios, ir con calma no tiene precio. La calma no aparece por casualidad, se prepara antes.

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viernes, 22 de mayo de 2026

El tiempo que dedicamos muestra la importancia que le damos

Hay una conversación que se da de vez en cuando y que siempre me hace pensar.

  • Le escribo a alguien: “¿Tomamos un café?”.
  • Y me responde: “No tengo tiempo”.

Entonces yo suelo contestarle, medio en broma:

  • “Eso significa que tienes otras cosas más importantes que yo”.

La persona protesta enseguida, me dice que no es así, que simplemente va hasta arriba y no le da la vida. Y probablemente sea verdad, no hay mala intención en la respuesta y el aprecio existe, sino no me atrevería a decirlo tan explícitamente. Aun así, hay una parte incómoda que sigue siendo cierta: el tiempo que dedicamos a algo muestra la importancia real que tiene para nosotros.

Porque todos tenemos exactamente las mismas horas al día. Eso es quizá lo más democrático que existe. Da igual el dinero, el cargo, el talento o el lugar donde hayas nacido: cada mañana recibimos 24 horas, ni una más, ni una menos. Con sus 60 minutos cada una.

La diferencia no está en tener tiempo, la diferencia está en cómo decidimos emplearlo, en qué colocamos delante, en qué dejamos fuera, en qué estamos dispuestos a sacrificar para hacer hueco a algo.

Cuando algo nos interesa de verdad, encontramos tiempo.

Cada pequeño hueco se transforma en una oportunidad.

Lo vemos continuamente. Hay personas capaces de quedarse viendo una serie hasta las dos de la mañana, pero que “no tienen tiempo” para leer diez páginas de un libro. Personas que pasan una hora en redes sociales, pero no encuentran veinte minutos para hacer ejercicio. Personas que dicen que quieren ponerse en forma, aprender inglés o cambiar de vida… pero nunca consiguen reservar un rato para empezar.

Me llama la atención como no tenemos tiempo para otras cosas, pero sí reservamos cada día varias horas para trabajar. Ahí solemos ser bastante disciplinados, es algo sagrado (y lo entiendo).

Aunque nadie nos obliga a ir, podríamos no hacerlo, aunque tendría consecuencias. No cobraríamos, no podríamos pagar facturas, quizá perderíamos estabilidad o proyectos importantes. Y precisamente por eso elegimos dedicarle tiempo.

No sé si lo importante es el trabajo en sí o las consecuencias de no hacerlo, pero el resultado es el mismo: hacemos espacio para aquello que consideramos prioritario, en este caso el trabajo.

También se da a menudo otra contradicción frecuente. Muchas personas afirman que su familia es lo más importante de su vida… pero apenas están presentes, siempre cansados, siempre con prisa, siempre pensando en lo siguiente. A veces compartiendo espacio físico, pero no atención real.

Al final, la importancia de las cosas no se mide tanto por lo que decimos. Se mide por el tiempo que les entregamos.

Por eso quizá conviene hacerse dos preguntas incómodas:

  • ¿A qué le estás dando importancia realmente?
  • ¿Y a qué te gustaría dársela?

¿Coinciden las respuestas?

Porque, aunque nos cueste admitirlo, tu agenda y tu tiempo cuentan muchas veces una verdad que tus palabras intentan suavizar.

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sábado, 16 de mayo de 2026

La ansiedad baja cuando recuperas el control

Como soy bastante “animado”, me entusiasmo con facilidad y me animo con demasiadas cosas a la vez. Nuevos proyectos, ideas, colaboraciones, cursos, artículos pendientes, personas con las que quiero quedar, compromisos que me parecen interesantes…

Durante un tiempo incluso disfruto de esa intensidad, pero llega un momento en que voy como un coche a demasiada velocidad, vibrando por exceso. Y ahí aparece cierta sobreactivación, cierta ansiedad y la sensación de que no llego a todo.

En estas ocasiones me recuerdo que cuando tienes o sientes control, la ansiedad baja. O quizá habría que decir: cuando recuperas sensación de control. Porque muchas veces la ansiedad no aparece simplemente por tener mucho que hacer, sino por la sensación de que todo se mezcla, se acumula y empieza a escaparse de las manos.

“El caos mental pesa más que la cantidad de trabajo”

En esos momentos, lo peor que puedo hacer es seguir acelerando, lo que toca es parar y recuperar control. Sacar las cosas de la cabeza y ponerlas delante. Hacer una lista de pendientes, definir qué tengo que hacer exactamente con cada asunto, clarificar prioridades, eliminar tareas que ya no merece la pena hacer, decidir qué puede esperar y también delegar algunas cosas, incluso pagando, si otra persona puede hacerlas mejor o más rápido que yo.

Algo cambia cuando haces eso. No necesariamente desaparece el trabajo, pero baja el nerviosismo, recuperas foco, la cabeza deja de dar vueltas sin dirección.

Muchas veces el problema no es tanto la cantidad de cosas que tenemos, sino la sensación de caos y falta de manejo sobre ellas.

Esto conecta bastante con el conocido modelo de Karasek y Johnson sobre estrés laboral. Ellos explicaban que uno de los factores que más estrés genera no es simplemente la exigencia, sino combinar alta exigencia con poca sensación de control y poco apoyo social.

En cambio, cuando recuperamos capacidad de decisión y además sentimos apoyo de otros, el malestar disminuye mucho.

Por eso ayuda tanto hablar con alguien, pedir ayuda, compartir cargas o encontrar personas en las que apoyarte. A veces basta una conversación para que algo vuelva a ordenarse por dentro.

También creo que parte de la tranquilidad pasa por distinguir sobre qué tienes control y sobre qué no. Porque hay personas que gastan enormes cantidades de energía intentando controlar lo que otros piensan, lo que quizá ocurrirá dentro de meses o situaciones sobre las que realmente no tienen influencia. Y ahí la cabeza puede convertirse en una centrifugadora permanente.

Con el tiempo voy aprendiendo que hay cosas sobre las que puedo actuar y otras que quizá toca aceptar. Y aceptar no es resignarse; muchas veces es simplemente dejar de desperdiciar energía mental en lo inmanejable. Si no tienes control ni capacidad de influencia sobre algo, quizá lo más inteligente sea soltarlo.

“La ansiedad muchas veces no baja cuando desaparecen los problemas, sino cuando recuperas sensación de dirección y apoyo”.

Y casi siempre podemos hacer algo para recuperar parte de ese control: ordenar, priorizar, decidir, pedir ayuda, delegar, descansar o simplemente empezar por lo importante.

No hace falta resolver toda la vida en una tarde. Basta con volver a poner las manos en el volante.

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domingo, 10 de mayo de 2026

La importancia de celebrar los cierres

Hay celebraciones que, aunque duren unas horas, condensan muchos años de vida. El viernes tuvimos celebración en casa y también en el colegio. Mi hija Sofía celebraba su graduación de 2º de Bachillerato.

Y mientras la veía cerrar una etapa y abrir otra, pensé en todo lo que realmente significa ese momento. Porque no hablamos solo de terminar un curso, hablamos de quince años de camino.

Quince años que empezaron en primero de infantil. Después vinieron primaria, secundaria y finalmente bachillerato. Quince años que dan para mucho: alegrías, amistades, nervios, descubrimientos, cambios, inseguridades, ilusiones, algún golpe y muchísimo aprendizaje.

Quince años de mañanas corriendo, mochilas, reuniones, excursiones, exámenes (¡cuantísimos exámenes!; y en cada uno parecía que te jugabas la vida), abrazos en días difíciles y celebraciones en días buenos.

Y de repente, casi sin darte cuenta, llega una graduación y entiendes algo que muchos padres descubren demasiado rápido: el tiempo no pasa… vuela. Parece que fue ayer cuando la llevaba al colegio y ahora la miro dando pasos cada vez más propios, más libres y más conscientes. Con más posibilidades delante, con más vida por estrenar.

A veces hablamos mucho de productividad, objetivos o gestión del tiempo, pero hay momentos que te recuerdan qué es realmente importante: estar, acompañar, mirar con calma cómo alguien crece.

Mi madre sigue diciendo una frase que siempre me ha gustado: “Que crezca en edad, sabiduría y gracia”. Quizá ahí haya una brújula bastante buena para vivir.

Porque crecer no es solo cumplir años, es aprender, es ganar criterio, es desarrollar sensibilidad, humanidad y capacidad de disfrutar la vida sin perderse a uno mismo.

También pensé algo más durante estos días de celebración. Muchas veces, cuando alcanzamos un objetivo importante, casi no nos detenemos a saborearlo. Terminamos una etapa y enseguida queremos correr hacia la siguiente. Como si parar a celebrar fuera perder el tiempo.

  • Acabamos un proyecto… y pensamos en el próximo.
  • Terminamos una carrera… y ya estamos preocupados por el trabajo.
  • Logramos algo que nos costó años… y apenas nos damos permiso para sentirlo.

Es cierto que el camino es más importante que la meta, aun así, es una pena no pararse a saborear los logros, pasar la celebración por encima, como si fuese una tarea más.

El camino recorrido merece ser reconocido cuando llegamos a ciertos lugares.

Celebrar es honrar el esfuerzo, agradecer lo vivido y tomar conciencia del trayecto recorrido; disfrutando de mirar hacia atrás y hacia delante.

Quizá por eso las celebraciones importantes nos emocionan tanto. Porque no celebran solo un resultado, celebran todo lo invisible que hubo detrás: las veces que se siguió adelante, las dudas superadas, el cansancio, la constancia, las personas que acompañaron y la transformación que ocurrió durante el proceso.

Además, celebrar los cierres ayuda a abrir mejor lo siguiente.

Hay personas que viven saltando de objetivo en objetivo sin detenerse nunca. Como si la vida fuera únicamente una lista interminable de tareas pendientes. Pero vivir no es avanzar, también necesitamos mirar atrás de vez en cuando y decir: “Todo esto lo hemos recorrido”. Sentir un orgullo sano, agradecimiento, alegría; para después continuar el camino.

Hoy me siento profundamente agradecido por el privilegio de haber acompañado una parte del crecimiento de Sofía. También por comprobar que llega un momento en el que los hijos empiezan a volar… y eso, aunque dé vértigo, es buena señal.

Disfrutad las etapas, incluso las que parecen pequeñas mientras ocurren. Un día descubres que eran enormes.

No olvidéis celebrar los cierres de cada etapa. Porque muchas veces, mientras celebramos una meta, en realidad estamos agradeciendo toda una vida compartida.

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miércoles, 6 de mayo de 2026

No es lo que pasa, es cómo te lo tomas

Ayer tuve un buen día. No pasó nada extraordinario ni cerré ningún proyecto brillante, no tuve una conversación que cambiara mi vida, ni el mundo se alineó especialmente a mi favor. Pero tenía buen humor y eso lo cambia casi todo.

Porque el humor con el que te levantas, o el que decides sostener durante el día, condiciona mucho más de lo que creemos cómo vives lo que te pasa. No tanto lo que ocurre, sino cómo lo interpretas, cómo reaccionas y cómo te posicionas ante ello.

Trabajo en la Universidad de Burgos y, como en muchas organizaciones, hay procedimientos que hay que seguir. Para cualquier gasto por encima de 1.000 €, hay que tramitar un expediente de contratación menor antes de ejecutar el gasto. Tenía una factura prevista por algo menos… pero al final fueron 1.003 €.

Me llegó un correo: no se podía tramitar. En otro día distinto, quizá habría resoplado, me habría enfadado o habría pensado aquello de “siempre igual”. Incluso podría haberme quedado un rato atascado en la queja, perdiendo energía en algo que no iba a cambiar.

Pero ayer no, me pilló de buen humor y me lo tomé de otra manera. Pensé: “Vale, esto es lo que hay… ¿cómo lo solucionamos?”. Y ese pequeño giro cambia todo. Pasas de chocar contra el obstáculo a buscar el camino.

Ahí apareció Alejandro, un compañero de la Universidad al que no conozco personalmente. Me explicó con claridad los pasos, me orientó en la tramitación y, además, me facilitó incluso la redacción del expediente. Gracias a él, lo que podría haber sido un problema enquistado se convirtió en algo manejable.

Entonces te das cuenta de que cuando tú estás en buena disposición, también te relacionas mejor, es más fácil encontrar ayuda. Preguntas mejor, escuchas mejor, agradeces más… y eso hace que los demás también respondan mejor.

Esto mismo pasa en casa. Llegas un día de buen humor y tu hijo tira un vaso de agua en la mesa. Vas a por una bayeta, lo recoges y, si acaso, haces una broma. No pasa nada, a cualquiera le puede ocurrir.

Pero prueba a imaginar esa misma escena en un día torcido. Cansancio, prisa, mil cosas en la cabeza… y el vaso que se cae. La reacción puede ser muy distinta. La situación es la misma, pero la respuesta no y las consecuencias tampoco.

Somos así de simples. Y, a la vez, así de complejos.

Por eso, más allá de intentar controlar todo lo que nos pasa, que es imposible, quizá tenga más sentido prestar atención a desde dónde lo vivimos. Porque ahí sí tenemos margen.

La recomendación es sencilla, aunque no siempre fácil: la próxima vez que te ocurra algo inconveniente, cuando aparezca un obstáculo o un contratiempo, para un momento, date cuenta de que tienes una elección.

Puedes reaccionar desde el enfado, la queja o la resistencia… o puedes intentar encararlo como si estuvieses de buen humor.

No hace falta que lo sientas de verdad en ese momento. A veces basta con actuar “como si”, casi seguro que te irá mejor. Además, los que están a tu alrededor también lo notarán.

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domingo, 3 de mayo de 2026

No te juegas la vida en un examen

En casa estamos respirando estos días ese ambiente especial de mayo y junio con final de curso, tengo una hija que está acabando su etapa en el instituto. Por una parte, preparando la fiesta de graduación y por otra, en el horizonte, la prueba de acceso a la Universidad. La veo tranquila y me alegro.

Quizá ayuda que, en su caso, solo necesita aprobar para estudiar lo que quiere. No depende de una nota imposible ni de una décima para entrar en una carrera concreta. Eso cambia bastante las cosas, cuando el horizonte no está lleno de amenaza, se estudia de otra manera, con menos nudo en el pecho.

Me hace pensar en tantos chicos y chicas de segundo de Bachillerato que viven estas semanas con mucha más tensión de la necesaria. Lo veo especialmente en las chicas.

Algunas han sido siempre buenas estudiantes y ahora sienten que no les cunde. Estudian muchas horas, se esfuerzan, renuncian a planes, pero las notas no acompañan como antes y eso les desconcierta. Empiezan a pensar que les pasa algo, que se han vuelto peores, que no dan la talla.

No es eso, muchas veces es simplemente el peso que llevan encima, la presión por sacar nota, la comparación con otros, el miedo a decepcionar, la sensación de que se están jugando el futuro en unos pocos días, la incertidumbre de no tener claro qué estudiar. Todo eso ocupa espacio mental, roba energía y dificulta rendir.

Esfuerzo sincero, cansancio acumulado y esa noche larga que tantos estudiantes conocen
La cabeza, cuando vive en amenaza, funciona peor. Por eso a veces no falta estudio, falta calma.

La ansiedad y el cansancio roban concentración.

Conviene recordar algo importante: sí, esta prueba tiene relevancia, pero no decide toda una vida. Es una puerta, no el edificio entero. No escoges una única puerta y cierras para siempre todas las demás.

A esa edad parece que elegir carrera es elegir destino final y la realidad suele ser mucho más abierta. Después hay cambios de rumbo, nuevas oportunidades, descubrimientos tardíos, profesiones que hoy ni imaginan y aprendizajes que llegan por caminos inesperados.

Si yo volviese atrás, seguramente elegiría otros estudios. Y, sin embargo, no me ha ido mal con lo que hice. Desde ahí he seguido aprendiendo, estudiando otras cosas, ampliando horizontes y encontrando nuevas formas de vivir y trabajar.

El camino no suele verse entero desde el inicio, el camino se va haciendo al andar.

Por eso, si estás en esta etapa, te diría algo sencillo: haz lo mejor que puedas (y no más), pero no conviertas un examen en una sentencia.

Estudia con compromiso, sí. Además, duerme, descansa, haz ejercicio, respira, sal con los amigos, camina, habla con alguien, haz cosas que te gusten. Recuerda que tu valor no sube ni baja por una nota.

Haz lo mejor que puedas, pero no conviertas estos meses en una condena.

Y si no tienes claro qué estudiar, tampoco te castigues por ello. No tenerlo claro a los 17 o 18 años entra dentro de la normalidad (mis hijas dicen que como van a saber ellas que quieren hacer si no lo sé yo con más de 50; y es así, ¡anda que no me quedan caminos por recorrer!). Elige lo que hoy tenga más sentido… y ya irás corrigiendo el rumbo si hace falta.

Hay muchos caminos buenos.

Y casi ninguno se recorre sin curvas. Casi todos se descubren andando.

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