Hay
una conversación que se da de vez en cuando y que siempre me hace pensar.
- Le escribo a alguien: “¿Tomamos un café?”.
- Y me responde: “No tengo tiempo”.
Entonces
yo suelo contestarle, medio en broma:
- “Eso significa que tienes otras cosas más importantes que yo”.
La
persona protesta enseguida, me dice que no es así, que simplemente va hasta
arriba y no le da la vida. Y probablemente sea verdad, no hay mala intención en
la respuesta y el aprecio existe, sino no me atrevería a decirlo tan explícitamente.
Aun así, hay una parte incómoda que sigue siendo cierta: el tiempo que dedicamos a algo muestra la importancia real que tiene
para nosotros.
La
diferencia no está en tener tiempo, la diferencia está en cómo decidimos
emplearlo, en qué colocamos delante, en qué dejamos fuera, en qué estamos
dispuestos a sacrificar para hacer hueco a algo.
Cuando algo nos interesa de verdad, encontramos
tiempo.
Cada
pequeño hueco se transforma en una oportunidad.
Lo
vemos continuamente. Hay personas capaces de quedarse viendo una serie hasta
las dos de la mañana, pero que “no tienen tiempo” para leer diez páginas de un
libro. Personas que pasan una hora en redes sociales, pero no encuentran veinte
minutos para hacer ejercicio. Personas que dicen que quieren ponerse en forma,
aprender inglés o cambiar de vida… pero nunca consiguen reservar un rato para
empezar.
Me
llama la atención como no tenemos tiempo para otras cosas, pero sí reservamos
cada día varias horas para trabajar. Ahí solemos ser bastante disciplinados, es
algo sagrado (y lo entiendo).
Aunque
nadie nos obliga a ir, podríamos no hacerlo, aunque tendría consecuencias. No
cobraríamos, no podríamos pagar facturas, quizá perderíamos estabilidad o
proyectos importantes. Y precisamente por eso elegimos dedicarle tiempo.
No sé
si lo importante es el trabajo en sí o las consecuencias de no hacerlo, pero el
resultado es el mismo: hacemos espacio para aquello que consideramos
prioritario, en este caso el trabajo.
También
se da a menudo otra contradicción frecuente. Muchas personas afirman que su
familia es lo más importante de su vida… pero apenas están presentes, siempre
cansados, siempre con prisa, siempre pensando en lo siguiente. A veces
compartiendo espacio físico, pero no atención real.
Al
final, la importancia de las cosas no se mide tanto por lo que decimos. Se mide por el tiempo que les entregamos.
Por
eso quizá conviene hacerse dos preguntas incómodas:
- ¿A qué le estás dando importancia realmente?
- ¿Y a qué te gustaría dársela?
¿Coinciden
las respuestas?
Porque,
aunque nos cueste admitirlo, tu agenda y tu tiempo cuentan muchas veces una
verdad que tus palabras intentan suavizar.
Si
quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu,
puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario