En
casa estamos respirando estos días ese ambiente especial de mayo y junio con
final de curso, tengo una hija que está acabando su etapa en el instituto. Por
una parte, preparando la fiesta de graduación y por otra, en el horizonte, la
prueba de acceso a la Universidad. La veo tranquila y me alegro.
Quizá
ayuda que, en su caso, solo necesita aprobar para estudiar lo que quiere. No
depende de una nota imposible ni de una décima para entrar en una carrera
concreta. Eso cambia bastante las cosas, cuando el horizonte no está lleno de
amenaza, se estudia de otra manera, con menos nudo en el pecho.
Me
hace pensar en tantos chicos y chicas de segundo de Bachillerato que viven
estas semanas con mucha más tensión de la necesaria. Lo veo especialmente en
las chicas.
Algunas
han sido siempre buenas estudiantes y ahora sienten que no les cunde. Estudian
muchas horas, se esfuerzan, renuncian a planes, pero las notas no acompañan
como antes y eso les desconcierta. Empiezan a pensar que les pasa algo, que se
han vuelto peores, que no dan la talla.
No es
eso, muchas veces es simplemente el peso que llevan encima, la presión por
sacar nota, la comparación con otros, el miedo a decepcionar, la sensación de
que se están jugando el futuro en unos pocos días, la incertidumbre de no tener
claro qué estudiar. Todo eso ocupa espacio mental, roba energía y dificulta
rendir.
![]() |
| Esfuerzo sincero, cansancio acumulado y esa noche larga que tantos estudiantes conocen |
La ansiedad y el cansancio roban concentración.
Conviene
recordar algo importante: sí, esta prueba tiene relevancia, pero no decide toda
una vida. Es una puerta, no el edificio entero. No escoges una única puerta y
cierras para siempre todas las demás.
A esa
edad parece que elegir carrera es elegir destino final y la realidad suele ser
mucho más abierta. Después hay cambios de rumbo, nuevas oportunidades,
descubrimientos tardíos, profesiones que hoy ni imaginan y aprendizajes que llegan
por caminos inesperados.
Si yo
volviese atrás, seguramente elegiría otros estudios. Y, sin embargo, no me ha
ido mal con lo que hice. Desde ahí he seguido aprendiendo, estudiando otras
cosas, ampliando horizontes y encontrando nuevas formas de vivir y trabajar.
El
camino no suele verse entero desde el inicio, el camino se va haciendo al
andar.
Por
eso, si estás en esta etapa, te diría algo sencillo: haz lo mejor que puedas (y
no más), pero no conviertas un examen en una sentencia.
Estudia
con compromiso, sí. Además, duerme, descansa, haz ejercicio, respira, sal con
los amigos, camina, habla con alguien, haz cosas que te gusten. Recuerda que tu
valor no sube ni baja por una nota.
Haz lo
mejor que puedas, pero no conviertas estos meses en una condena.
Y si
no tienes claro qué estudiar, tampoco te castigues por ello. No tenerlo claro a
los 17 o 18 años entra dentro de la normalidad (mis hijas dicen que como van a
saber ellas que quieren hacer si no lo sé yo con más de 50; y es así, ¡anda que
no me quedan caminos por recorrer!). Elige lo que hoy tenga más sentido… y ya
irás corrigiendo el rumbo si hace falta.
Hay muchos caminos buenos.
Y casi
ninguno se recorre sin curvas. Casi todos se descubren andando.
Si
quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu,
puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario