Este
fin de semana he compartido tiempo con compañeros de mis años universitarios,
de cuando estudiábamos Ingeniería Industrial. Hace casi treinta años de
aquello. Treinta años, dicho así impresiona. Porque uno mira atrás y parece
ayer cuando andábamos entre apuntes, exámenes, cafeterías y conversaciones. Sin
embargo, han pasado tres décadas de decisiones, hábitos, renuncias, intentos,
tropiezos y constancia.
Cuando
te reencuentras después de tanto tiempo aparece algo muy evidente: treinta años
marcan una diferencia brutal en resultados. No hablo solo de dinero o puestos
profesionales, que también. Hablo de seguridad interior, de serenidad, de
amplitud de vida, de relaciones construidas, de salud cuidada o descuidada, de
proyectos emprendidos, de experiencias vividas y de cuánto se ha desarrollado
cada uno como persona.
Y
viendo esas trayectorias, una palabra me rondaba por dentro: ambición.
Sé que
es una palabra sospechosa para mucha gente. Parece que si hablas de ambición
hablas de egoísmo, de codicia o de pasar por encima de otros. Pero existe otra
ambición, una ambición sana: la de quien quiere aprovechar los talentos que la
vida le dio, la de quien siente que no ha venido aquí solo a ir tirando, la de
quien quiere crecer, aportar, aprender, explorar sus posibilidades y vivir con
más plenitud.
Porque
no todos estos años dependen de la suerte. Influyen muchas cosas, por supuesto.
Pero también influye cuánto empuje has puesto en desarrollar tu potencial.
Cuánto has insistido cuando era incómodo. Cuánto has aprendido cuando otros se
acomodaban. Cuánto te has atrevido a cambiar cuando algo ya no encajaba. Cuánto
has sembrado mientras otros solo esperaban recoger.
Hay
personas que se conforman no por paz, sino por miedo. Se esconden detrás de
frases bonitas: “yo soy sencillo”, “no necesito más”, “me vale así”. Y a veces
será verdad. Pero otras veces no es humildad, es renuncia disfrazada, es miedo
a exponerse, a fallar, a intentarlo de verdad.
No
siempre es humildad, a veces es miedo disfrazado
La sana ambición no consiste en competir
con nadie. No necesita ganar al vecino ni presumir en redes sociales. Consiste
en no traicionarte, en no quedarte pequeño por costumbre, en no mirar dentro de
diez años hacia atrás preguntándote qué habría pasado si hubieras sido más
valiente.
No
toda ambición merece tu tiempo, eso sí. Hay ambiciones prestadas: aparentar,
impresionar, acumular símbolos vacíos. Y hay ambiciones propias: vivir con
sentido, hacer un buen trabajo, amar mejor, crear algo valioso, sentirte libre,
aprovechar tus dones. Conviene distinguir unas de otras.
Por
eso hoy te propongo algo sencillo y potente: párate a discernir qué ambicionas
de verdad. No lo que esperan de ti, no lo que queda bien, no lo que otros
aplauden. Lo que de verdad te llama por dentro.
¿Dónde
te gustaría estar dentro de unos años? ¿Qué versión de ti te gustaría haber
construido? ¿Qué capacidades sabes que podrías desarrollar si dejaras de
posponerlo? ¿Qué vida intuyes posible y todavía no te atreves a habitar?
Y
después de responderte, deja de esconderte. Quizá no te falta capacidad, te
falta permiso para llegar allí donde quieres, y donde puedes, llegar.
Si quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu, puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario