Hoy es
domingo. Ese día que en muchos entornos aparece como el gran símbolo de la
libertad. No hay horarios estrictos, no hay reuniones, no hay jefes esperando
respuesta. En teoría, es el día para hacer lo que uno quiera.
Y, sin
embargo, no siempre es tan sencillo.
A
veces, con todo ese tiempo por delante, me descubro dejándome caer en el sofá.
Sin mucha intención, sin demasiada conciencia, simplemente dejando pasar el
día. Puede que lo necesite, puede que sea descanso… o puede que haya otras
formas de descansar que me dejen más lleno por dentro.
Entre
semana, la vida viene bastante pautada. Hay estructura. Hay obligaciones. Hay
un guion más o menos claro que seguir. Y eso, aunque a veces pese, también
sostiene. Te quita la necesidad de decidir constantemente. Pero llega el
domingo… y con él, la libertad.
Y con
la libertad, una pregunta incómoda: ¿Qué quiero hacer realmente con mi vida… o
al menos, con este día? No siempre es fácil responderla. Porque esa pregunta
abre un espacio que puede dar vértigo. Un espacio donde ya no hay excusas.
Donde elegir implica renunciar. Donde aparece, aunque sea de forma sutil, la
responsabilidad.
Quizá
por eso, muchas veces, nos refugiamos en la pereza o en el consumo pasivo.
Pantallas, scroll infinito, contenido que entra sin pedir permiso. Horas que
pasan sin apenas darnos cuenta. La sensación de “no hacer nada”… que en
realidad es hacer algo que no hemos elegido del todo.
La libertad, cuando no está acompañada de intención, se diluye. Queremos libertad, pero cuando la tenemos… no siempre sabemos qué hacer con ella.
Porque
ser libres también significa hacernos cargo. De lo que hacemos… y de lo que no
hacemos. De en qué invertimos nuestro tiempo. De hacia dónde nos movemos.
A
veces incluso preferimos la jaula conocida al vértigo de decidir. Una jaula con
normas, con horarios, con caminos marcados. Más previsible, más cómoda, más
tranquila; que una selva llena de posibilidades.
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| ¿La jaula conocida o la selva de posibilidades? |
La
libertad también se puede entrenar. Igual que aprendimos a montar en bici
cayéndonos, dudando, probando… aprender a decidir requiere práctica. No es algo
que se resuelva pensando mucho, sino viviendo, equivocándose, ajustando.
Por
eso, quizá el domingo no es solo un día para descansar. Puede ser también un
pequeño laboratorio. Un espacio para parar un momento y preguntarte:
- ¿Qué me apetece de verdad?
- ¿Qué necesito hoy?
- ¿Hacia dónde me gustaría ir, aunque sea un paso pequeño?
Y
después… no quedarse demasiado tiempo en la duda. Elegir, incluso con
incertidumbre, incluso sin tenerlo claro del todo, dar un paso.
Porque
no tenemos el control absoluto de lo que pasará, pero sí tenemos influencia. Y
esa influencia empieza en decisiones pequeñas, aparentemente insignificantes,
como qué haces con un domingo.
Así
que te propongo algo sencillo, practica: para, déjate sentir que te apetece,
piensa que quieres, donde te puede llevar cada decisión… No te atasques ahí,
decide, incluso con dudas… Empieza a caminar y acepta la responsabilidad de que
tienes influencia en tu futuro
Poco a
poco, la libertad dejará de ser un vértigo… para convertirse en un camino.

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