viernes, 29 de mayo de 2026

Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes

Dicen que si quieres hacer reír a Dios, le cuentes tus planes. Esta semana me ha tocado comprobarlo de primera mano.

El miércoles, después de impartir una sesión del curso de gestión del tiempo en Norsol, salí a dar una vuelta en bicicleta. Tenía muchos planes para estos días y para la semana siguiente. Temas personales, trabajo pendiente, proyectos en marcha, compromisos cerrados, ideas que quería desarrollar y unas cuantas cosas que me apetecía hacer.

Pero en cuestión de segundos todo cambió.

Una caída me llevó a urgencias y el diagnóstico fue una fractura de la cabeza del radio. Nada especialmente grave dentro de lo que cabe, pero suficiente para obligarme a parar. No puedo conducir, muchas actividades quedan temporalmente descartadas y mi agenda ha tenido que ser replanteada por completo.

A veces vivimos con la sensación de que controlamos mucho más de lo que realmente controlamos. Hacemos planes, organizamos el calendario, llenamos la agenda y damos por hecho que mañana seguiremos exactamente donde hoy lo hemos dejado.

Y entonces la vida nos recuerda que no siempre funciona así.

Una de las cosas que más me ha llegado estos días ha sido la atención y la ayuda recibida; empezando por urgencias. La profesionalidad, la cercanía y la tranquilidad con la que te atienden cuando estás dolorido. Solemos acordarnos de estos servicios cuando los necesitamos, pero conviene recordar la enorme suerte que tenemos de vivir en un lugar donde, cuando ocurre algo así, hay personas preparadas para ayudarte de inmediato.

No es perfecto, como nada lo es, pero merece la pena detenerse un momento para agradecerlo.

Si algo me quedó claro desde el mismo momento de la caída es la importancia de no estar solo.

Tuve la enorme suerte de ir acompañado por Rodrigo, no podía haber llevado mejor compañía. Cuando te caes, te haces daño y las cosas se complican de repente, tener a alguien al lado no cambia lo ocurrido, pero sí cambia mucho cómo lo vives. Te ayuda a relativizar, a quitarle peso a la situación y, sobre todo, a sentirte acompañado cuando estás más vulnerable.

Además, apareció otra de esas personas que la vida te pone delante en el momento adecuado. Un caminante que pasaba por allí, Fernando "Tito", se ofreció a ayudarnos y nos acompañó llevando la bicicleta. Probablemente para él fue un gesto sencillo, pero para mí significó mucho más de lo que imagina. Hay ayudas que resuelven un problema práctico y además te reconcilian con la bondad de las personas.

Y la cadena de ayuda continuó y continua. Juan se encargó de recoger la bicicleta en urgencias y de acercarme el DNI cuando hizo falta. Sofía estuvo pendiente de las cosas de casa y ayudando en todo lo que podía. Y quiero agradecer especialmente a mi hermana Yolanda que viniera a acompañarme en urgencias. Además de su cariño, contaba con la tranquilidad que da conocer bien ese entorno después de haber trabajado allí durante años.

También agradezco mucho a Mónica, que trabaja allí, que pasara a estar. Cuando estás en urgencias, encontrarte con una cara conocida siempre aporta tranquilidad. En momentos así, cualquier palabra de calma, cualquier gesto de cercanía o simplemente la compañía de alguien que te aprecia tiene mucho más valor del que solemos reconocer.

Por eso, además del excelente trato profesional que recibí en urgencias, me llevo la sensación de haber estado extraordinariamente bien acompañado. Y cuando uno está más débil o más vulnerable, descubrir que hay tantas personas dispuestas a echar una mano es una de las mejores medicinas que existen.

También quiero dar las gracias a tantos amigos y amigas que me han escrito, llamado o se han ofrecido para ayudar en lo que hiciera falta. Es difícil expresar lo reconfortante que resulta sentir tanto cariño cuando las cosas se tuercen un poco. Me siento profundamente afortunado por poder contar con tanta gente buena a mi alrededor.

Muchas veces hablamos de productividad, de autonomía o de independencia como si fueran ideales absolutos. Pero la realidad es que todos somos vulnerables en algún momento, todos necesitamos ayuda alguna vez.

Una de las lecciones más importantes de estos días para mí está siendo precisamente esa. Normalmente tendemos a fijarnos en lo que no podemos hacer. Yo también podría estar pensando continuamente en las limitaciones que me impone ahora el brazo y las demás secuelas, en los planes cancelados o en todo lo que se retrasa.

Sin embargo, me estoy encontrando con otra oportunidad: aprender a dejarme ayudar.

Pedir ayuda no siempre es fácil. A veces cuesta más pedirla que ofrecerla. Estamos acostumbrados a ser nosotros quienes resolvemos, quienes organizamos, quienes echamos una mano a los demás. Pero la vida tiene la costumbre de enseñarnos también la otra cara: la de aceptar el apoyo que nos ofrecen. Y no solo aceptarlo, sino agradecerlo.

Estoy especialmente agradecido a mis hijos. Ver cómo están pendientes, cómo ayudan y cómo intentan hacerme la vida más fácil me recuerda que el cariño que sembramos durante años acaba apareciendo cuando más falta hace.

Pero esta experiencia también me está permitiendo dejarme ayudar por mis padres, algo que no ocurre todos los días y que tiene un valor especial. Estos días han venido a casa y me he encontrado a mi madre cortándome el filete. Me hizo sonreír porque probablemente no lo hacía desde que yo era un niño.

Hay momentos que, en medio de una dificultad, te recuerdan de forma muy sencilla el cariño que has recibido durante toda la vida. Quizá hacerse mayor también consiste en descubrir que, por mucho tiempo que pase, seguimos necesitando a quienes siempre han estado ahí.

Quizá por eso, cuando sucede algo inesperado, una de las preguntas importantes no es qué hemos perdido temporalmente, sino con quién contamos para atravesarlo.

Porque las dificultades pasan mejor cuando no se caminan solo.

Los planes son útiles, pero la vida siempre tiene la última palabra. Cuando la vida cambia los planes, lo verdaderamente importante no es aferrarse a lo que ya no puede ser, sino adaptarse a lo que toca vivir.

Ahora toca parar, descansar y recuperarse. Dejar que otros ayuden, tener paciencia y aprovechar también esta pausa obligatoria para hacer algunas cosas que normalmente nunca encuentran hueco en la agenda.

Mi recomendación es sencilla: cuida tus relaciones antes de necesitarlas. Dedica tiempo a la familia, a los amigos y a las personas importantes de tu vida cuando todo va bien. Aprende también a pedir ayuda y a dejarte ayudar. Porque cuando la vida te obligue a parar (y antes o después a todos nos ocurre) descubrirás que uno de los mayores tesoros no es lo que tienes en la agenda, sino las personas que aparecen para ayudarte a seguir adelante.

Y si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes. Pero no olvides darle las gracias por las personas que pone a tu lado cuando esos planes cambian.

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1 comentario:

  1. Gracias Nacho por hacerme más consciente de todo lo que has escrito! Que lleves este tiempo de recuperación lo mejor posible 😉

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