Ayer tuve un buen día. No pasó nada extraordinario ni cerré ningún proyecto brillante, no tuve una conversación que cambiara mi vida, ni el mundo se alineó especialmente a mi favor. Pero tenía buen humor y eso lo cambia casi todo.
Porque
el humor con el que te levantas, o el que decides sostener durante el día,
condiciona mucho más de lo que creemos cómo vives lo que te pasa. No tanto lo
que ocurre, sino cómo lo interpretas, cómo reaccionas y cómo te posicionas ante
ello.
Trabajo
en la Universidad de Burgos y, como en muchas organizaciones, hay
procedimientos que hay que seguir. Para cualquier gasto por encima de 1.000 €,
hay que tramitar un expediente de contratación menor antes de ejecutar el
gasto. Tenía una factura prevista por algo menos… pero al final fueron 1.003 €.
Me
llegó un correo: no se podía tramitar. En otro día distinto, quizá habría
resoplado, me habría enfadado o habría pensado aquello de “siempre igual”.
Incluso podría haberme quedado un rato atascado en la queja, perdiendo energía
en algo que no iba a cambiar.
Pero
ayer no, me pilló de buen humor y me lo tomé de otra manera. Pensé: “Vale, esto
es lo que hay… ¿cómo lo solucionamos?”. Y ese pequeño giro cambia todo. Pasas
de chocar contra el obstáculo a buscar el camino.
Ahí
apareció Alejandro, un compañero de la Universidad al que no conozco
personalmente. Me explicó con claridad los pasos, me orientó en la tramitación
y, además, me facilitó incluso la redacción del expediente. Gracias a él, lo
que podría haber sido un problema enquistado se convirtió en algo manejable.
Entonces
te das cuenta de que cuando tú estás en buena disposición, también te
relacionas mejor, es más fácil encontrar ayuda. Preguntas mejor, escuchas
mejor, agradeces más… y eso hace que los demás también respondan mejor.
Esto
mismo pasa en casa. Llegas un día de buen humor y tu hijo tira un vaso de agua
en la mesa. Vas a por una bayeta, lo recoges y, si acaso, haces una broma. No
pasa nada, a cualquiera le puede ocurrir.
Somos así de simples. Y, a la vez, así de
complejos.
Por
eso, más allá de intentar controlar todo lo que nos pasa, que es imposible,
quizá tenga más sentido prestar atención a desde dónde lo vivimos. Porque ahí
sí tenemos margen.
La
recomendación es sencilla, aunque no siempre fácil: la próxima vez que te
ocurra algo inconveniente, cuando aparezca un obstáculo o un contratiempo, para
un momento, date cuenta de que tienes una elección.
Puedes
reaccionar desde el enfado, la queja o la resistencia… o puedes intentar
encararlo como si estuvieses de buen humor.
No
hace falta que lo sientas de verdad en ese momento. A veces basta con actuar
“como si”, casi seguro que te irá mejor. Además, los que están a tu alrededor
también lo notarán.
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