Hay
veces que quiero hacer algo que sé que me conviene. Ir al gimnasio, leer,
escribir, trabajar un tema importante. Sé que me va bien. Sé que, cuando lo
hago, me siento mejor. Y aun así, no encuentro la energía para empezar.
Esta
mañana me pasaba algo parecido. Me costaba escribir en el blog. No me sentía
especialmente inspirado; sentía más el cansancio. Los motivos los tenía claros,
así que me preguntaba si realmente era falta de motivación… o simplemente falta
de energía.
Para
inspirarme, he preguntado sobre qué escribir. Una amiga me ha sugerido el tema
de la motivación. Y, curiosamente, eso me ha conectado con algo muy mío: el ponerse, el empezar a andar.
Desde
ahí me he puesto. Y cuando lo he hecho, la entrada ha empezado a fluir sola.
Primero he escrito un esquema muy sencillo de lo que quería contar. Después,
casi sin darme cuenta, las ideas se han ido ordenando, primero en la cabeza y
luego en el papel. Con más orden, veía más claro. Y al verlo más claro, me
resultaba más fácil seguir. La resistencia bajaba.
Ahí
aparece una idea clave que muchas veces olvidamos: la motivación no siempre es el inicio de la acción; muchas veces es la
consecuencia.
No
siempre me pongo porque esté motivado. Muchas veces me motivo porque me pongo.
Esperar
a sentirme con ganas para empezar puede convertirse en una trampa. Porque las
ganas no siempre llegan antes; a menudo llegan después, cuando ya has dado los
primeros pasos, cuando el cuerpo y la cabeza entran en movimiento.
Pero
hay otra posibilidad, más incómoda y más honesta, que también conviene mirar.
Hay
veces que, aun poniéndote, aun intentando buscar la motivación con ahínco, esta
no aparece. Y quizá entonces el problema no sea de energía ni de disciplina.
Quizá lo que ocurre es que eso ya no te
representa. Que solo tienes una vieja historia en la cabeza sobre lo que
“te conviene”, sobre lo que “debería gustarte”, pero ya no conecta contigo.
En
esos casos, insistir no suele funcionar. Forzarte solo desgasta.
Tal
vez no necesitas más motivación. Tal vez necesitas mirar en otro sitio.
No
tienes por qué estar motivado por todo. No todo tiene que entusiasmarte. A
veces nos empeñamos en avanzar en una dirección que ya no nos conviene, que ya
no nos late, que ya no nos gusta. Y confundimos esa falta de conexión con
pereza, con falta de voluntad o con un supuesto fallo personal.
Aquí me ayuda mucho una frase: “la motivación no es gasolina, es brújula”.
No es
el combustible que te empuja a hacer cualquier cosa. Es la señal que indica
hacia dónde tiene sentido caminar. Cuando la usas como gasolina, te obligas a
empujar incluso en direcciones que no son tuyas. Cuando la usas como brújula,
te ayuda a elegir mejor el camino.
De ahí
nace otra trampa muy habitual: el “debería
motivarme” frente a “esto es lo que
realmente me mueve”.
Muchas
veces vivimos intentando entusiasmarnos con una vida que no hemos elegido del
todo. Tratamos de convencernos de que algo nos motiva porque “es lo correcto”,
“es lo que toca” o “es lo que se espera”. Pero el cuerpo suele decir la verdad
antes que la cabeza: cuando algo no
conecta, pesa. Y pesa mucho.
Encontrar
la motivación auténtica tiene más que ver con reconocer los motivos que con
fabricarlos. Cuando sabes para qué
quieres algo, cuando eso que haces tiene sentido para ti, todo es más
fácil. A veces cuesta, sí. Hay pereza, hay cansancio. Pero los motivos te
ayudan a empezar porque sabes hacia dónde vas.
“Lo
que realmente pesa no es el esfuerzo. Lo que pesa es hacer algo que no conecta
contigo”.
Cuando
algo te gusta de verdad, incluso cansado, sabes hacia dónde vas. Cuando no te
gusta, ni descansando recuperas la energía.
Por
eso, cuando algo te gusta de verdad, no te preguntas cómo motivarte,
simplemente te pones. La motivación no
se fabrica, se reconoce. Tirar solo de disciplina cuando no encuentras los
motivos acaba desgastando. Fluyes cuando la acción tiene sentido, cuando está
alineada con quién eres.
Desde
ahí, puedes hacer el esfuerzo que implica hacer. Que es muy distinto de vencer
la resistencia previa, esa que aparece antes de empezar y que te lleva a
evitar, a darle vueltas, a posponer indefinidamente.
A
veces nos perdemos buscando la motivación para empezar, cuando la dirección es
justo la contraria: al ponerme, me motivo. No me pongo porque esté motivado; me motivo porque me pongo.
Y
otras veces, cuando ni poniéndote aparece nada, quizá la pregunta no sea cómo
motivarte más, sino si ese es realmente tu camino.
Para
cerrar, te dejo una pregunta que suele señalar muy bien la motivación
auténtica:
¿Qué
haces cuando nadie te lo pide, cuando no hay premio, cuando no hay plazo?
Ahí,
muchas veces, está escondido lo que de verdad te mueve.
Porque
cuando algo te gusta, no cuesta hacerlo.
Y
cuando cuesta demasiado, quizá no sea pereza… sino que no va alineado con lo
que quieres ni con la dirección que te gustaría tomar.
Si
quieres seguir leyendo lo que se publica en el blog, formar parte de esta tribu,
puedes seguirme en LinkedIn, para no perderte la próxima entrada. Haz clic aquí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario