Mi
abuelo Eusebio tenía ya más de sesenta años cuando decidió empezar una aventura que
cambiaría la historia de nuestra familia. No había hecho un plan de negocio, ni
buscó financiación, ni hablaba de emprendimiento. Simplemente hacía, junto con
mi abuela Salus, tíos y tías, morcillas para casa, como tantas familias
burgalesas.
Un
día, haciendo números, porque siempre los hacía, se dio cuenta de algo muy
sencillo. Calculó cuánto había costado hacer un kilo de morcillas y por cuánto
se vendía en las tiendas. La diferencia era suficiente como para hacerse una
pregunta que cambió muchas cosas: "¿Y si probamos a venderlas?"
Al
principio le llamaron tonto… Oí muchas veces eso de “¡este hombre esta tonto!”.
Y también vi muchas veces como él tenía razón, además de una sordera de conveniencia, que hacía que
no prestase mucha atención, cuando no quería, a lo que decían.
Empezó
repartiendo unas pocas morcillas entre varias carnicerías para que las
ofrecieran a sus clientes y comprobar si realmente gustaban. Sin grandes
inversiones, sin campañas de publicidad, solo con una idea sencilla y la
ilusión de hacer la mejor morcilla de Burgos. Y funcionó.
Casi
cincuenta años después, aquella decisión sigue dando frutos. La pequeña
aventura familiar se convirtió en Morcillas Tere (https://morcillastere.com/), una empresa
que ya va por la tercera generación y que hoy dirige mi primo Miguel. Manteniendo
exactamente el mismo espíritu con el que empezó todo: hacer un producto
excelente y seguir innovando.
Cada
vez que la empresa alcanza un nuevo hito, en casa hay una frase que
inevitablemente aparece: "¡Qué diría el abuelo Eusebio de esto!". Estoy
convencido de que sonreiría.
Le
parecería increíble saber que aquellas morcillas que empezó repartiendo por
algunas carnicerías de Burgos hoy llegan a grandes cadenas de distribución, que
se venden en Estados Unidos y en otros países, o que cada día salen muchos
kilos de morcilla de una empresa que nació casi por casualidad.
Creo
que lo que más ilusión le haría no serían las cifras. Sería comprobar que el
propósito sigue siendo el mismo: intentar hacer las mejores morcillas posibles.
Cada
innovación, cada reconocimiento o cada paso adelante que consigue Morcillas
Tere me produce una alegría especial. Y siempre que puedo llevo unas morcillas
"de casa" cuando viajo. Seguramente porque, además de parecerme las
mejores morcillas de Burgos, llevan detrás una historia que para mí vale tanto
como el propio producto.
La
historia de alguien que decidió empezar
cuando muchos pensarían que ya era demasiado tarde. Esto me sigue
inspirando.
Con
frecuencia escucho a personas de cincuenta o sesenta años decir que ya no
merece la pena empezar proyectos nuevos, que ya toca aguantar hasta la jubilación
o que las oportunidades son para la gente joven. No lo veo así.
“Con
cincuenta o sesenta años aún quedan muchos primeros días”
Nunca
antes habíamos llegado a estas edades con tanta salud, tanta experiencia y
tantos años por delante. Tenemos una esperanza de vida mayor, mejor calidad de
vida y, sobre todo, un conocimiento acumulado que puede convertirse en una
enorme ventaja.
- La experiencia permite cometer menos errores.
- La serenidad ayuda a tomar mejores decisiones.
- No tener que demostrar nada deja mucho más espacio para disfrutar del camino.
Quizá
por eso conozco a muchas personas que, después de jubilarse o prejubilarse, han
empezado a vivir algunas de las etapas más felices de su vida. Unos emprenden
un negocio, otros escriben un libro, algunos estudian aquello que siempre
dejaron pendiente y otros dedican tiempo a enseñar, a viajar, a colaborar o a
cuidar de los suyos de una forma diferente.
No es
que tengan menos cosas que hacer. Es que ahora pueden hacerlas con más calma y
con más sabiduría.
Como
recuerda Linda Gratton en su libro “La
vida de 100 años”: las vidas largas
nos ofrecen muchas más oportunidades para reinventarnos. Quizá no podamos
cumplir todos nuestros sueños, pero sí muchos más de los que imaginamos.
Mi
abuelo Eusebio no pensó que con más de sesenta años ya era tarde. Pensó que
todavía tenía algo bueno que aportar. Y gracias a esa decisión, casi medio
siglo después seguimos disfrutando de un proyecto que nació de una pregunta sencilla
y de muchas ganas.
A mi
me ayuda a pensar que, aunque tengo bien pasados los cincuenta, todavía me
queda tiempo para hacer muchas de las cosas que quiero hacer, que todavía no es
tarde, que queda mucho tiempo (o eso espero, porque nunca se sabe).
Así
que, si has pasado de los cincuenta… o de los sesenta… quizá no sea el momento
de bajar el ritmo por obligación.
Quizá
sea el momento de empezar aquello para lo que antes nunca encontrabas tiempo.
Porque
nunca es tarde. Solo es tarde cuando se pierde la ilusión.
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