miércoles, 8 de julio de 2026

Nunca es tarde si todavía hay ilusión

Mi abuelo Eusebio tenía ya más de sesenta años cuando decidió empezar una aventura que cambiaría la historia de nuestra familia. No había hecho un plan de negocio, ni buscó financiación, ni hablaba de emprendimiento. Simplemente hacía, junto con mi abuela Salus, tíos y tías, morcillas para casa, como tantas familias burgalesas.

Un día, haciendo números, porque siempre los hacía, se dio cuenta de algo muy sencillo. Calculó cuánto había costado hacer un kilo de morcillas y por cuánto se vendía en las tiendas. La diferencia era suficiente como para hacerse una pregunta que cambió muchas cosas: "¿Y si probamos a venderlas?"

Al principio le llamaron tonto… Oí muchas veces eso de “¡este hombre esta tonto!”. Y también vi muchas veces como él tenía razón, además de una sordera de conveniencia, que hacía que no prestase mucha atención, cuando no quería, a lo que decían.

Empezó repartiendo unas pocas morcillas entre varias carnicerías para que las ofrecieran a sus clientes y comprobar si realmente gustaban. Sin grandes inversiones, sin campañas de publicidad, solo con una idea sencilla y la ilusión de hacer la mejor morcilla de Burgos. Y funcionó.

Casi cincuenta años después, aquella decisión sigue dando frutos. La pequeña aventura familiar se convirtió en Morcillas Tere (https://morcillastere.com/), una empresa que ya va por la tercera generación y que hoy dirige mi primo Miguel. Manteniendo exactamente el mismo espíritu con el que empezó todo: hacer un producto excelente y seguir innovando.

Porque una tradición consiste en conservar la esencia mientras se encuentra la manera de seguir mejorando. Por eso hoy existen nuevas propuestas como la morcilla vegana o se sigue trabajando para llegar a nuevos mercados, sin perder aquello que hizo especial a la primera morcilla que salió de aquella cocina.

Cada vez que la empresa alcanza un nuevo hito, en casa hay una frase que inevitablemente aparece: "¡Qué diría el abuelo Eusebio de esto!". Estoy convencido de que sonreiría.

Le parecería increíble saber que aquellas morcillas que empezó repartiendo por algunas carnicerías de Burgos hoy llegan a grandes cadenas de distribución, que se venden en Estados Unidos y en otros países, o que cada día salen muchos kilos de morcilla de una empresa que nació casi por casualidad.

Creo que lo que más ilusión le haría no serían las cifras. Sería comprobar que el propósito sigue siendo el mismo: intentar hacer las mejores morcillas posibles.

Cada innovación, cada reconocimiento o cada paso adelante que consigue Morcillas Tere me produce una alegría especial. Y siempre que puedo llevo unas morcillas "de casa" cuando viajo. Seguramente porque, además de parecerme las mejores morcillas de Burgos, llevan detrás una historia que para mí vale tanto como el propio producto.

La historia de alguien que decidió empezar cuando muchos pensarían que ya era demasiado tarde. Esto me sigue inspirando.

Con frecuencia escucho a personas de cincuenta o sesenta años decir que ya no merece la pena empezar proyectos nuevos, que ya toca aguantar hasta la jubilación o que las oportunidades son para la gente joven. No lo veo así.

“Con cincuenta o sesenta años aún quedan muchos primeros días”

Nunca antes habíamos llegado a estas edades con tanta salud, tanta experiencia y tantos años por delante. Tenemos una esperanza de vida mayor, mejor calidad de vida y, sobre todo, un conocimiento acumulado que puede convertirse en una enorme ventaja.

  • La experiencia permite cometer menos errores.
  • La serenidad ayuda a tomar mejores decisiones.
  • No tener que demostrar nada deja mucho más espacio para disfrutar del camino.

Quizá por eso conozco a muchas personas que, después de jubilarse o prejubilarse, han empezado a vivir algunas de las etapas más felices de su vida. Unos emprenden un negocio, otros escriben un libro, algunos estudian aquello que siempre dejaron pendiente y otros dedican tiempo a enseñar, a viajar, a colaborar o a cuidar de los suyos de una forma diferente.

No es que tengan menos cosas que hacer. Es que ahora pueden hacerlas con más calma y con más sabiduría.

Como recuerda Linda Gratton en su libro “La vida de 100 años”: las vidas largas nos ofrecen muchas más oportunidades para reinventarnos. Quizá no podamos cumplir todos nuestros sueños, pero sí muchos más de los que imaginamos.

Mi abuelo Eusebio no pensó que con más de sesenta años ya era tarde. Pensó que todavía tenía algo bueno que aportar. Y gracias a esa decisión, casi medio siglo después seguimos disfrutando de un proyecto que nació de una pregunta sencilla y de muchas ganas.

A mi me ayuda a pensar que, aunque tengo bien pasados los cincuenta, todavía me queda tiempo para hacer muchas de las cosas que quiero hacer, que todavía no es tarde, que queda mucho tiempo (o eso espero, porque nunca se sabe).

Así que, si has pasado de los cincuenta… o de los sesenta… quizá no sea el momento de bajar el ritmo por obligación.

Quizá sea el momento de empezar aquello para lo que antes nunca encontrabas tiempo.

Porque nunca es tarde. Solo es tarde cuando se pierde la ilusión.

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