viernes, 30 de octubre de 2026

Ser fuerte no significa no necesitar que me cuiden

A veces, quienes nos rodean se acostumbran tanto a nuestra fortaleza que dejan de ver nuestra fragilidad.

Si eres de esas personas que siempre están disponibles, que resuelven problemas, que escuchan, que ayudan, que cuidan de los demás y que parecen poder con todo, es fácil que quienes te rodean terminen acostumbrándose a verte así. Como alguien que siempre está bien, que tiene recursos para salir adelante y que no necesita demasiada ayuda.

Poco a poco, esa fortaleza que los demás reconocen en ti puede convertirse en una especie de obligación. Parece que tienes que seguir siendo fuerte, incluso cuando estás cansado, cuando las cosas se complican o cuando simplemente no puedes más.

Porque ser fuerte no significa no ser vulnerable. Y cuidar de los demás no significa no necesitar que alguien te cuide.

Todos tenemos momentos difíciles. Días en los que nos faltan las fuerzas, en los que las preocupaciones se acumulan, en los que nos sentimos desbordados o en los que algo nos duele por dentro, aunque por fuera sigamos sonriendo y haciendo lo que tenemos que hacer.

Sin embargo, cuando los demás están acostumbrados a nuestra fortaleza, puede resultar difícil que perciban ese sufrimiento. No necesariamente porque no les importemos, sino porque han aprendido a vernos de una determinada manera. Nos han colocado, quizá sin darse cuenta, en el papel de quienes siempre pueden con todo.

A veces incluso nosotros mismos contribuimos a mantener esa imagen. Nos cuesta reconocer que estamos mal, pedir ayuda o mostrar nuestra fragilidad. Tal vez porque no queremos preocupar a nadie, porque pensamos que hay personas que están peor o porque sentimos que deberíamos ser capaces de afrontar solos lo que nos sucede.

No necesitamos demostrar que nuestro sufrimiento es suficientemente importante como para merecer cariño. No hace falta llegar al límite, derrumbarse o tener un problema extraordinariamente grave para necesitar atención, compañía o un abrazo.

Lo que nos duele, nos duele. Y eso ya es motivo suficiente para que merezca ser escuchado. A veces no necesitamos tanto pedir que nos cuiden como sentir que alguien se da cuenta de que necesitamos cuidados. A veces, sentirse visto ya es una forma de sentirse cuidado.

Que alguien nos mire con atención y nos pregunte cómo estamos. Que no se conforme con nuestro habitual “bien” y se interese de verdad por lo que nos pasa. Que se acerque, que nos escuche, que nos dedique un rato de su tiempo o que simplemente se siente a nuestro lado. En ocasiones basta con sentir que no estamos solos, que alguien se ha dado cuenta de que estamos atravesando un momento complicado y quiere acompañarnos.

Por supuesto, los demás no pueden adivinar lo que sentimos ni lo que necesitamos. También es nuestra responsabilidad aprender a expresar nuestras emociones, reconocer nuestras limitaciones y pedir ayuda cuando la necesitamos. Esperar que los demás descubran siempre lo que nos pasa puede llevarnos a sentirnos incomprendidos y generar frustración.

Esta reflexión me invita a mirar de otra manera a quienes tenemos cerca. Especialmente a esas personas que siempre están ahí cuando las necesitamos, que parecen tenerlo todo bajo control y que rara vez se quejan.

Porque detrás de alguien que siempre sonríe puede haber tristeza. Detrás de quien siempre ayuda puede haber cansancio. Y detrás de quien parece tener una fortaleza inagotable puede haber alguien que está deseando que, por una vez, sea otro quien se ocupe de él.

Quizá hoy sea un buen día para acercarnos a alguna de esas personas que siempre están pendientes de los demás y hacerles una pregunta sencilla, pero sincera:

¿Y tú, cómo estás?

Y, sobre todo, quedarnos el tiempo suficiente para escuchar la respuesta.

Porque ser fuerte no significa no necesitar que me cuiden. Y porque, a veces, lo que más necesitamos no es que alguien nos ayude a seguir siendo fuertes, sino que nos permita, por un momento, no tener que serlo.

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domingo, 18 de octubre de 2026

Ojalá hubiéramos tenido más tiempo

Todavía no me lo creo. Me cuesta asumir que Francis, mi primo, ya no está. Que no volveremos a encontrarnos en Quintanilla, ni tampoco en Fuerteventura.

Ojalá hubiéramos tenido más tiempo.

Más tiempo para conversar, para encontrarnos, para compartir momentos. Más tiempo para seguir haciendo planes, para disfrutar de la familia, para vivir.

¡Qué putada!

Hay muertes que llegan demasiado pronto. Que nos parecen injustas, que no encajan en el orden natural de las cosas. Y esta es una de ellas.

El pasado 4 de octubre Francis cumplió 47 años. Compartía fecha de cumpleaños y el nombre de Francisco con nuestro tío Francisco Javier, Javi, que nos dejó hace no tanto tiempo y con quien siempre tuvo una relación muy especial.

Apenas unos días después de su cumpleaños, un infarto mientras montaba en bicicleta acabó arrebatándonoslo. Un amigo consiguió reanimarlo, sacarlo de aquella primera parada cardíaca, pero finalmente no pudo salir adelante.

Así de frágil es la vida. Un día sales a montar en bicicleta, como tantas otras veces, y de repente todo cambia. Para ti y para todos los que te quieren.

Francis era un hombre sencillo, tradicional, introvertido, de pocas palabras, y con una bonita sonrisa. Amigo de sus amigos y, sobre todo, un padre entregado a sus hijos.

No necesitaba grandes discursos ni llamar la atención. Era de esas personas con las que se está a gusto, con las que no hace falta hablar continuamente para disfrutar de su compañía.

Compartimos muchos veranos, especialmente en Quintanilla, aunque también en Fuerteventura. Recuerdo cuando éramos pequeños y nos mojábamos los pies en el río de Quintanilla, cuando íbamos a bañarnos a Los Molinos, aquellos días largos de verano en los que parecía que el tiempo no se acababa nunca. Entonces no éramos conscientes de que estábamos construyendo recuerdos que nos acompañarían toda la vida.

Después fuimos creciendo, viviendo en lugares diferentes. Muchos kilómetros separan Burgos de Fuerteventura, pero nunca fueron tantos como para borrar el cariño. Hay relaciones que no necesitan verse todos los días para seguir estando ahí. Basta con reencontrarse para recuperar esa cercanía que siempre ha existido.

Este verano Francis estuvo de nuevo en Burgos, en Quintanilla. Y me alegro muchísimo de haber podido compartir tiempo con él, de haber conversado tranquilamente, de haber hablado de sus proyectos, de sus ilusiones, de lo que quería hacer.

Quién me iba a decir entonces que aquella sería nuestra última conversación.

A veces no somos conscientes del valor de los momentos mientras los estamos viviendo. Una conversación cualquiera, una comida familiar, una tarde compartida pueden convertirse, de repente, en recuerdos que guardaríamos para siempre. Me habría gustado tener muchas más conversaciones con Francis, pero hoy agradezco especialmente aquella.

Dicen que si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes. Y es verdad que hacemos planes como si tuviéramos garantizado el mañana. Pensamos en las próximas vacaciones, en lo que haremos el año que viene, en los proyectos que queremos desarrollar, en todo aquello para lo que creemos que tendremos tiempo.

Pero no siempre lo tenemos.

Francis tenía muchos planes por delante. Tenía una vida que vivir, unos hijos que ver crecer, una pareja con la que seguir compartiendo el camino, una familia y unos amigos que le querían. Tenía muchas cosas pendientes. Demasiadas para marcharse ahora.

Se ha ido a destiempo.

Es el primero de los veinte primos que nos deja. Nunca habíamos tenido que enfrentarnos a una ausencia así entre nosotros. De alguna manera, aunque sabemos que la muerte forma parte de la vida, seguimos pensando que todavía no nos toca, que estas cosas les pasan a otros, que aún somos demasiado jóvenes para despedirnos.

Su marcha también me ha hecho recordar a Gonzalo, que nos dejó en 1986, hace ya casi cuarenta años. También demasiado pronto. Y que sigue estando presente en nuestros recuerdos. El tiempo ha pasado, hemos seguido viviendo, pero no lo hemos olvidado. Hay personas que dejan una huella que los años no consiguen borrar.

Y ahora Francis se incorpora a esa memoria familiar que vamos construyendo entre todos, hecha de personas, lugares, historias, encuentros y ausencias.

Pero hay algo que me resulta especialmente difícil de sostener: el dolor de quienes se quedan.

Pienso mucho en Dori y Florines, sus padres. Durante cincuenta años han construido y mantenido unida una gran familia. Han sido un punto de encuentro, un hogar al que volver, el vínculo que ha permitido que tantas personas sigamos sintiéndonos parte de algo común. Y ahora les toca afrontar algo que ningún padre ni ninguna madre debería tener que vivir: despedir a un hijo.

No encuentro palabras que puedan aliviar un dolor así. Quizá no las haya. Solo espero que todo el cariño que han sembrado durante tantos años vuelva ahora hacia ellos, que puedan sentirse acompañados y sostenidos por esa familia que tanto han cuidado. Que no tengan que atravesar solos un sufrimiento tan grande.

Pienso también en su pareja, Yeni, en la vida que compartían, en esa presencia cotidiana que muchas veces damos por supuesta hasta que nos falta. En lo difícil que debe de ser volver a casa y encontrarse con una ausencia tan grande. En todos esos pequeños momentos del día en los que, de repente, se hace evidente que la persona con la que compartías la vida ya no está.

Y, sobre todo, pienso en sus hijos, Alexia y Aimar. En lo injusto que resulta que tengan que crecer sin su padre. En todos los momentos que Francis habría querido compartir con ellos y que ya no podrá vivir. En los abrazos, las conversaciones, los juegos, los consejos y tantas cosas que quedaron pendientes.

Me gustaría que recuerden cuánto quería su padre a sus hijos. Que sepan que era un hombre bueno, sencillo, querido por su familia y sus amigos. Que su sonrisa y su manera de ser permanecen en la memoria de quienes tuvimos la suerte de conocerlo.

Y que sepan también que el amor de su padre no desaparece con su muerte. Permanece en lo que les dio, en los recuerdos que conserven, en las historias que les contaremos y en todas las personas que seguirán queriéndolos también por él.

Confío en que Francis esté en un lugar mejor. No sé cómo será ese lugar, pero me gusta imaginar que Javi lo ha recibido con los brazos abiertos. Que ese tío con el que compartía nombre, cumpleaños y una relación especial vuelve a estar a su lado, cuidándolo como siempre lo quiso.

Algo me reconforta en medio de tanto dolor. Francis, incluso al marcharse, va a regalar vida. Su hígado, sus dos riñones y, posiblemente, uno de sus pulmones permitirán que otras personas tengan una nueva oportunidad. Que puedan seguir viviendo, haciendo planes, abrazando a quienes quieren y compartiendo ese tiempo que a nosotros nos habría gustado seguir compartiendo con él. Me emociona pensar que, de alguna manera, el tiempo que a Francis le ha faltado se convertirá en tiempo de vida para otras personas. No compensa su ausencia, nada puede hacerlo, pero saber que una parte de él seguirá dando vida a otros me parece un último y precioso regalo.

Tengo la certeza de que las personas que queremos siguen viviendo, de alguna manera, mientras permanecen en nuestros recuerdos. Francis seguirá estando presente cuando recordemos aquellos veranos en Quintanilla, cuando hablemos de Fuerteventura, cuando contemos alguna anécdota familiar o cuando sus hijos quieran saber más de su padre. Seguirá viviendo en las historias que compartamos, en las sonrisas que nos provoquen sus recuerdos y en todo el cariño que ha dejado sembrado.

No sabemos cuánto tiempo tenemos. No podemos elegir cuánto durará nuestro camino ni garantizar que todos nuestros planes se cumplan. Pero sí podemos intentar estar presentes, disfrutar de quienes queremos, decirles que los queremos y no dejar siempre para mañana los encuentros y las conversaciones importantes.

Ojalá hubiéramos tenido más tiempo, Francis.

sábado, 10 de octubre de 2026

¿Tienes 16 horas para recuperar tu tiempo?

Llevo muchos años obsesionado con el tiempo. Escribo en este blog desde 2014, con casi cuatrocientas entradas (esta es la 399), y empecé a impartir formaciones sobre este tema años antes. Durante este recorrido he ido comprendiendo algo que hoy da nombre al curso: el tiempo es vida. Lo que hacemos con nuestras horas acaba siendo lo que hacemos con nuestra vida. Por eso creo que aprender a gestionarlas puede aportarnos tanto.

Quizá te resulte familiar llegar al final del día cansado, después de haber hecho muchas cosas, y sentir que apenas has avanzado en lo importante. Se acumulan tareas, respondes a lo que va llegando y dejas para después ese proyecto, el ejercicio, una conversación o un rato para ti. Ese “cuando tenga tiempo” puede durar años. En el curso “Gestión del tiempo, gestión de vida” vamos a detenernos a mirar qué está pasando y qué podemos cambiar.

Empezaremos por conocernos: dónde se van nuestras horas, qué hábitos nos ayudan y cuáles nos complican el día. También qué responsabilidades asumimos y qué creencias nos cargan de más: “tengo que hacerlo todo yo”, “debo estar siempre disponible” o “no puedo decir que no”. Observar cómo usamos el tiempo permite descubrir cambios que, mientras seguimos corriendo, nos pasan inadvertidos.

Después toca elegir dirección. ¿Qué quieres conseguir? ¿Qué merece tener un lugar en tu agenda? A veces necesitamos una brújula para decidir hacia dónde caminar. Si todo parece prioritario, acabamos atendiendo lo que más ruido hace. Trabajaremos cómo definir objetivos y dar espacio a lo importante, tanto en el trabajo como en nuestra vida personal.

Con esa dirección podremos planificar: convertir un proyecto grande en pasos manejables, saber por dónde empezar y decidir qué toca hacer hoy. Como en el Camino de Santiago, conocer el destino ayuda, pero necesitamos saber cuál es nuestra siguiente etapa. Una planificación realista también deja margen para los imprevistos; llenar cada minuto de la agenda nos lo pone difícil desde el principio.

Y habrá que andar. Abordaremos esa tendencia a posponer lo que nos cuesta, la dificultad para empezar y el perfeccionismo que nos impide terminar. Buscaremos formas de avanzar y construir hábitos que faciliten hacerlo con menos esfuerzo. También aprenderemos a proteger la atención, gestionar interrupciones y poner límites: cada compromiso que aceptamos ocupa un tiempo que tendremos que sacar de algún sitio.

Para mí, uno de los grandes retos actuales es gestionar el tiempo con otros. Gran parte de nuestro trabajo depende de cómo nos comunicamos, colaboramos y delegamos. Un encargo ambiguo puede acabar en horas de trabajo que después hay que repetir. Un correo poco claro genera nuevas preguntas. Una reunión sin propósito consume el tiempo de varias personas. Engrasar esas relaciones puede ayudarnos a ser más productivos a todos.

También miraremos cómo comprender lo que nuestro jefe necesita y acordar prioridades, resultados y plazos. Podemos dedicar mucho esfuerzo a algo que no era lo más necesario. Aclararlo a tiempo ahorra trabajo y frustración. Y si diriges personas, cómo organizas, escuchas y delegas influye en el tiempo de todo tu equipo. Cuidar el tiempo de los demás forma parte de cuidar el propio.

El otro gran reto es la gestión del cambio. Aunque hagamos planes, llegan novedades: tecnologías, nuevas tareas, cambios en el equipo, necesidades familiares o circunstancias que no esperábamos. Trabajaremos cómo revisar el rumbo, aprender y adaptar nuestros planes. Tener una dirección clara puede ayudarnos a decidir qué mantener y qué cambiar cuando el camino deja de ser el previsto.

La tecnología merece también nuestra atención. Puede ahorrarnos trabajo y facilitarnos la vida, pero el correo, los mensajes y las notificaciones pueden mantenernos ocupados durante horas. Nos preguntaremos cómo hacer que las herramientas trabajen a nuestro favor y cómo evitar que cada aviso decida qué hacemos a continuación.

Y cuidaremos la energía con la que recorremos todo esto. Dormir, descansar, movernos, disfrutar y encontrarnos con quienes nos importan necesitan su espacio. Aprender a gestionar el tiempo puede ayudarnos a trabajar mejor y a llegar al final del día con algo de nosotros disponible para vivirlo.

Será un curso práctico, en el que trabajarás sobre tu propia situación. Haremos ejercicios, compartiremos experiencias y construirás un plan de acción personal. Las ocho semanas nos permitirán probar cambios entre sesiones, observar qué funciona y ajustar lo que necesites. La intención es que lo aprendido se vaya convirtiendo en una forma de hacer.

Son 16 horas que confío en que te compensarán con creces a medio plazo, por el tiempo que puedas ahorrar y por cómo vivas el que tienes. También pueden compensarle a tu jefe si decide facilitarte esta formación: mejorar tus prioridades, tu comunicación y tu manera de trabajar puede beneficiar a todo el equipo. Dedicar tiempo a aprender puede evitar muchas horas de esfuerzo mal dirigido.

Empezamos el próximo miércoles 14 de octubre, en Burgos. Nos encontraremos los miércoles, de 18:00 a 20:00, hasta el 2 de diciembre, en la Escuela Politécnica Superior, avenida Cantabria. Si te has reconocido en estas líneas, te animo a hacerte ese hueco y venir. Puedes consultar la información y acceder a la matrícula aquí:

https://www.ubu.es/te-interesa/gestion-del-tiempo-gestion-de-vida-iii-edicion.

¿Qué te gustaría recuperar en tu vida si empezaras a disponer mejor de tu tiempo?

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lunes, 5 de octubre de 2026

Cuando la ilusión hace que te esfuerces de más

En 2019 empecé el Camino de Santiago con mi hija Sofía. Tenía diez añitos cuando salimos de Roncesvalles y, desde entonces, hemos ido avanzando poco a poco, compartiendo kilómetros, conversaciones y tiempo juntos. Una experiencia inolvidable que recomiendo sin dudarlo.

Despacio hemos ido llegando. Este fin de semana nos quedaban las dos últimas etapas, de Arzúa a Santiago de Compostela (42 kilómetros). Después de tantos años, tener la meta tan cerca nos hacía mucha ilusión. Quizá tanta que acabamos olvidándonos un poco de cómo estábamos llegando.

El viernes fuimos a dormir a Arzúa y el sábado salimos a las ocho menos veinte. La idea era caminar unos veinte kilómetros hasta O Pedrouzo y dejar otros veinte para el domingo. Un reparto bastante razonable de los aproximadamente cuarenta kilómetros que nos quedaban. Pero a las doce ya estábamos en O Pedrouzo, nos encontrábamos bien y caminábamos a buen ritmo. Como tampoco habíamos reservado alojamiento, teníamos libertad para continuar. Y continuamos.

Al principio, seguir parecía una buena idea. Santiago estaba cada vez más cerca y las ganas de llegar nos empujaban. Pero cuando llevábamos entre veinticinco y treinta kilómetros, mi rodilla, que no llevo demasiado bien, empezó a protestar. A Sofía le empezó a doler el tobillo. Lo hablamos y llegamos a una conclusión compartida: somos bastante brutos y cabezones. Nos reconocimos en esa descripción y seguimos andando.

Al final llegamos al Monte del Gozo después de caminar 37 kilómetros desde Arzúa (demasiados). Llegamos destrozados, muy cansados y doloridos. Solo quedaban cuatro kilómetros para Santiago, pero decidimos dejarlos para el domingo. Después de tantos años avanzando despacio, habíamos querido concentrar casi todo el último tramo en un día. La cercanía de la meta nos había hecho alargar la jornada bastante más de lo que habíamos previsto.

Descansamos por la noche y, el domingo, nos levantamos y desayunamos. Cuando fui a coger la mochila, me dio un latigazo lumbar que me dejó bastante tocado. Aun así, nuestra cabezonería seguía dispuesta a llegar a Santiago. Por suerte, al salir encontramos un taxi y lo interpretamos como una señal divina. Esta vez sí hicimos caso a la señal. Esos cuatro kilómetros los recorrimos en taxi; después caminamos un rato por Santiago y regresamos a Burgos.

Aquí estoy ahora, con lumbago y haciendo lo que puedo. Este final del Camino me ha dejado una reflexión: hay sobreesfuerzos que hacemos por ilusión y que después nos pasan factura. Cuando algo nos entusiasma, cuesta parar. Queremos aprovechar, avanzar, llegar. A veces, las ganas de llegar nos hacen dejar de escucharnos. Y el entusiasmo que sentimos puede convivir con un cansancio que necesita descanso. Parar a tiempo también forma parte del camino.

El miércoles tengo una formación de gestión del tiempo en Hiperbaric que me hace mucha ilusión impartir. Quiero recuperarme para poder disfrutarla y haré lo posible por llegar en buenas condiciones. Ahora me toca aplicar la lección también aquí: cuidar la recuperación, hacer lo que pueda y aceptar lo que hoy no puedo hacer. Porque no se puede hacer lo que no se puede hacer, por muchas ganas que tengamos.

Me quedo con algunas lecciones de este final del Camino, que también sirven para otros caminos de la vida:

  • Guardar fuerzas para mañana: Encontrarnos bien a mediodía era una buena noticia; convenía recordar que todavía teníamos otro día por delante.
  • Escuchar las señales cuando aparecen: El dolor de rodilla y de tobillo merecía más atención de la que le dimos.
  • Cambiar el plan cuando lo necesitamos: Parar antes o aceptar aquel taxi eran formas de cuidar de nosotros y del camino que estábamos compartiendo.
  • Dar tiempo a la recuperación: Ahora toca tener paciencia y cuidar el cuerpo, también por todas esas cosas que nos ilusiona seguir haciendo.

¿Sabemos parar cuando algo nos ilusiona tanto que solo pensamos en llegar?

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sábado, 26 de septiembre de 2026

Entre fluir y planificar

Hay una paradoja interesante: queremos que el tiempo libre siga siendo libre, pero encontrarnos con otros requiere reservarle un lugar. Ninguna de las dos necesidades es caprichosa. Después de una semana llena de horarios, apetece decidir sobre la marcha; al mismo tiempo, si todos esperamos a ver qué nos apetece en el último momento, quizá no lleguemos a vernos.

Me gusta dejar algunas tardes y algunos fines de semana sin planes; de hecho, ahora tengo este y los dos próximos sin planificar, libres de todo compromiso. No porque no quiera hacer nada, sino para ir viendo qué surge. A veces termino dando un paseo, leyendo o encontrándome con alguien de forma inesperada. Otras, simplemente descubro que necesitaba descansar. Creo que es lo que necesito.

Vivimos con la agenda bastante llena. Por eso, cuando aparece un hueco libre, apetece dejarlo en blanco. Fluir nos da un descanso de los horarios, deja espacio a la espontaneidad y nos permite atender a cómo estamos ese día. A mí me gusta tener ese margen para preguntarme “¿qué me apetece hoy?” y poder hacerle caso a la respuesta.

También sé que un plan demasiado cerrado puede pesar. Si llega el día y ya no tenemos ganas o energía, algo que nos apetecía puede empezar a sentirse como una obligación. Y cuando eso ocurre, pierde parte de su sabor.

Pero también hay otra cosa que observo: si dejo todo para cuando surja, algunos encuentros que deseo no llegan a suceder. Una conversación larga, una excursión o una comida con alguien a quien hace tiempo que no veo necesitan que coincidamos. Y, con la vida que lleva cada uno, coincidir por casualidad no siempre es fácil.

Además, detrás de nuestras ganas de fluir puede haber motivos distintos. A veces necesitamos libertad de verdad: no sabemos cómo llegaremos al fin de semana y agradecemos no haber decidido por adelantado. Otras veces queremos mantener abiertas todas las opciones hasta descubrir cuál nos apetece más cuando llegue el momento. Yo también puedo reconocerme ahí. Es comprensible, aunque conviene recordar que quizá otra persona esté esperando una respuesta para organizar su tiempo.

Con la planificación ocurre algo parecido. A veces proponemos una fecha porque nos ilusiona ver a alguien y queremos hacerle sitio. Otras, porque nos incomoda la incertidumbre y necesitamos saber ya qué haremos. Vale la pena preguntarnos desde dónde estamos decidiendo, sin juzgar ninguna de esas necesidades.

Quizá esa sea la paradoja: a veces necesitamos poner una fecha para poder encontrarnos y, una vez juntos, fluir. Podemos quedar para dar un paseo sin decidir la ruta, o reservar una tarde sin saber todavía en qué acabará. El acuerdo hace posible el encuentro; no tiene por qué dictar lo que ocurrirá después.

No siempre sé encontrar el equilibrio. Hay fines de semana en los que agradezco no tener nada previsto y otros en los que echo de menos haber hecho sitio a alguien. Tal vez se trate de escuchar ambas necesidades: dejar aire en la agenda y cuidar los encuentros que nos importan.

¿Para qué necesitas una fecha y qué prefieres dejar abierto?

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martes, 15 de septiembre de 2026

Del ritual a la vida

El domingo participé en una Ceremonia de Fuego Maya-Tsotsil, guiada por Josefa, una mujer de Fuego Maya-Tsotsil, llegada desde México para compartir parte de la sabiduría recibida de su tradición.

Podría hablar del fuego, del Calendario Maya, de los ancestros, de las ofrendas o de muchas de las cosas que nos ha explicado y han sucedido durante la mañana. Pero me quedo especialmente con algo aparentemente más sencillo: la importancia de los rituales.

Los pueblos ancestrales llevan miles de años utilizándolos. Hay mucho que podemos aprender de ellos.

En nuestra cultura también los tenemos. Yo he crecido dentro de la tradición católica y, aunque muchas veces podamos realizar sus ritos casi automáticamente, si los observamos con atención están llenos de símbolos: el agua, el pan, el vino, las velas, el incienso, imponer las manos, guardar silencio, caminar en procesión... No todo se explica. Hay cosas que también se representan, se celebran y se viven con el cuerpo.

Creo que ahí hay un aprendizaje que trasciende las creencias concretas. Vivimos en una sociedad en la que intentamos comprender casi todo desde la cabeza. Leemos, pensamos, analizamos, hablamos, hacemos cursos, escuchamos podcasts... Pero una cosa es entender algo y otra bastante diferente integrarlo y llevarlo a la vida.

Los rituales son una forma de tender un puente entre la cabeza y la vida; entre la mente y el cuerpo.

Un ritual nos obliga a detenernos. Crea un espacio y un tiempo diferentes. Pone atención donde normalmente habría prisa y convierte una intención en un gesto. Algo que podríamos pensar durante unos segundos adquiere otra importancia cuando lo escribimos, lo pronunciamos, lo compartimos o lo representamos simbólicamente.

Durante la ceremonia de hoy han aparecido dos preguntas que ya me he encontrado en otros momentos y que me parecen especialmente poderosas: ¿qué necesitas soltar? y ¿cuál es tu intención?

Qué te está lastrando y hacia dónde quieres ir.

Necesitamos las dos cosas. Podemos tener muy claro aquello que queremos dejar atrás, pero no saber hacia dónde dirigirnos. Y también podemos saber perfectamente dónde queremos llegar mientras continuamos cargando con cosas que dificultan el camino.

Soltar peso y elegir dirección.

El fuego de hoy permitía representar ambas cosas. Y ahí entiendo mejor la fuerza del ritual: no porque el fuego vaya a resolver aquello que nosotros no resolvamos, sino porque convierte una idea en una experiencia. Hace visible algo que estaba dentro. Le da un momento, un gesto y un lugar. Y quizá por eso sea más fácil recordarlo cuando volvamos a nuestra vida cotidiana.

Porque al terminar cualquier ceremonia volvemos a la misma vida. Ahí empieza lo importante.

De poco sirve quemar simbólicamente aquello que quiero soltar si mañana vuelvo a agarrarlo con las dos manos. De poco sirve expresar una intención si después mis decisiones siguen llevándome en dirección contraria.

El ritual puede ayudarnos a tomar conciencia. La vida es donde tenemos que ponerlo en práctica.

Todas las culturas han creado ceremonias para acompañar los grandes momentos: nacimientos, paso a la edad adulta, matrimonios, muerte, despedidas, comienzos, agradecimientos, pérdidas o celebraciones. Las formas cambian, las creencias cambian, los símbolos cambian, pero parece permanecer una misma necesidad humana: marcar determinados momentos para poder darles significado e integrarlos.

Tenemos mucho que aprender de los pueblos ancestrales. Y quizá también tengamos mucho que redescubrir en nuestras propias tradiciones, incluso en aquellos ritos que hemos repetido tantas veces que hemos dejado de preguntarnos qué significan.

Hoy, alrededor del fuego, me he quedado con eso: no siempre basta con comprender algo, a veces necesitamos representarlo, sentirlo y ritualizarlo para hacerlo nuestro.

Y después, cuando el fuego se apaga y termina la ceremonia, queda lo verdaderamente difícil: llevarlo a la vida.

¿Qué necesitas soltar tú? ¿Y hacia dónde quieres ir?

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sábado, 5 de septiembre de 2026

Los domingos, descanso

Llevo una temporada escribiendo todos los días en LinkedIn y con bastante frecuencia también en este blog, de lunes a domingo.

Me gusta escribir, no lo vivo como una obligación. Es una forma de ordenar mis ideas, reflexionar sobre lo que me ocurre y compartir algunas de las cosas que voy aprendiendo. Pero precisamente porque algo te gusta puedes terminar ocupando con ello todos los espacios. Y creo que necesitamos espacios vacíos.

Hace no mucho, Nacho Garbe, un amigo con el que he compartido muchas experiencias, proponía algo aparentemente sencillo: desconectar los domingos y alejarse de las pantallas. La idea se me quedó rondando.

Durante mucho tiempo el domingo fue, para muchas personas, un día claramente diferente. Cerraban los comercios, no había correos que contestar y el trabajo, salvo excepciones, esperaba al lunes. Hoy podemos trabajar, comprar, responder mensajes, leer noticias, consultar las redes sociales o entretenernos exactamente igual un domingo que un martes.

La tecnología nos ha dado muchas posibilidades, pero también ha borrado algunas fronteras. Quizá necesitemos volver a dibujarlas.

No necesariamente tiene que ser el domingo, cada uno tendrá que encontrar su momento. Lo importante es reservar periódicamente un espacio en el que no haya que producir, responder, publicar, avanzar ni aprovechar el tiempo.

Descansar no consiste simplemente en cambiar de actividad. Puedes dejar de trabajar y pasarte tres horas mirando el teléfono. El cuerpo estará sentado en el sofá, pero tu atención seguirá recibiendo estímulos continuamente.

Alejarte de pantallas permite descansar la cabeza, pasear sin mirar cuánto has caminado, leer sin necesidad de aprender nada, estar con alguien sin tener el teléfono encima de la mesa. Cocinar, conversar, dormir la siesta, mirar por la ventana o aburrirte un rato. Incluso permitir que llegue ese pequeño vacío que tantas veces llenamos automáticamente sacando el móvil del bolsillo.

Paradójicamente, para vivir nuestro tiempo necesitamos momentos en los que dejemos de intentar aprovecharlo.

Por eso voy a probar el reto de Nacho. Para estar lejos de las pantallas los domingos no escribiré en LinkedIn ni publicaré en el blog. Mantendré el teléfono, el ordenador y la tele alejados de mí (mañana, domingo, empiezo).

No sé cuánto me costará. Precisamente por eso me parece interesante probarlo.

Supongo que aparecerá alguna vez el impulso de mirar si alguien ha escrito, comprobar algo, buscar cualquier información o pensar: "esto podría ser una buena entrada". Ahí estará parte del experimento: dejarlo pasar y descubrir qué aparece cuando la pantalla desaparece.

Porque cuando quitamos algo de nuestra vida también hacemos sitio para otras cosas.

Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a aprovechar cada minuto, mejorar continuamente y ser más productivos. Incluso el descanso termina convirtiéndose en una herramienta para rendir más al día siguiente.

Pero no tenemos que justificar el descanso por lo que produciremos después. Desconectar y descansar merece la pena por sí mismo.

Así que voy a probar un pequeño espacio semanal para cambiar de ritmo y prestar atención a otras cosas. A ver qué tal va el reto.

Quizá descubra que el domingo sin pantallas no es un día en el que hago menos cosas, quizá sea simplemente un día en el que estoy más presente en lo que hago.

¿Tienes algún momento de la semana en el que desconectas de verdad?

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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Cuando descubres que esto va para largo

Ayer, hablando con una persona que también se había lesionado el codo, me contó que estuvo nueve meses de rehabilitación hasta conseguir que volviese a funcionar prácticamente como antes. Aun así, no ha recuperado completamente la extensión.

¡¡Nueve meses!!

Después se lo comenté a Bea, mi mujer, y me contó que una compañera suya había pasado por algo parecido. No recuerda exactamente si fueron nueve u once meses, pero también fue un proceso largo.

De repente me cambiaron las expectativas.

Hace algo más de tres meses que me caí de la bicicleta y estoy a punto de cumplir dos meses de rehabilitación. En mi cabeza, a estas alturas, esperaba estar bastante mejor. Pensaba que esto sería cuestión de unas semanas, quizá unos pocos meses, y que poco a poco iría recuperando mi vida normal.

Empiezo a entender que probablemente esto va para largo.

Reconozco que descubrirlo me ha dado un pequeño bajón. Porque una cosa es hacer un esfuerzo cuando crees que la meta está cerca y otra bastante diferente descubrir que aquello que pensabas que estaba a la vuelta de la esquina se encuentra unos cuantos kilómetros más adelante.

Las expectativas tienen mucho que ver con cómo vivimos lo que nos ocurre. Si esperas recuperarte en tres meses y pasan tres meses sin conseguirlo, puedes sentir que algo va mal. Si sabes que el proceso puede durar nueve meses, esos mismos tres meses adquieren otro significado. La realidad no ha cambiado, pero sí la forma de mirarla.

Así que toca cambiar de estrategia mental. Esto no es un sprint, es un maratón.

En un maratón no puedes correr pensando permanentemente en cuánto falta para llegar. Hay que concentrarse en el siguiente kilómetro. En mi caso, seguir haciendo los ejercicios por la mañana y por la noche, acudir a rehabilitación, escuchar al cuerpo, celebrar las pequeñas mejoras y aceptar que habrá días mejores y días peores (ayer fue de esos con dolor).

Me gustaría ir más rápido, me gustaría recuperar completamente el brazo cuanto antes, me gustaría dedicar a otras cosas el tiempo que ahora dedico cada día a rehabilitarlo. Pero, de momento, las circunstancias son las que son.

Hay cosas en la vida que simplemente necesitan más tiempo del que pensábamos.

Puedes poner esfuerzo, disciplina, atención y constancia, pero no siempre puedes acelerar los procesos. Ocurre con una rehabilitación, pero también con aprender algo, construir una relación, sacar adelante un proyecto, un hito laboral, cambiar un hábito o atravesar determinados momentos de la vida.

Hay resultados que no dependen de hacer muchísimo durante unos días, sino de hacer un poco durante muchísimo tiempo.

Quizá una parte importante de la paciencia consista precisamente en eso: dejar de exigir al proceso que avance al ritmo que nosotros habíamos imaginado.

Así que toca reajustar expectativas, asumir el pequeño bajón y continuar.

Esta mañana he seguido con mis ejercicios. Pasado mañana también, y al siguiente, lo mismo.

No sé cuánto tardará mi codo en recuperarse, lo que sí sé es lo que me toca hacer hoy.

Cuando descubres que la meta está más lejos de lo que pensabas, no necesitas correr más. Necesitas aprender a seguir caminando.

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lunes, 31 de agosto de 2026

Volver de vacaciones y no morir en el intento

Volver de vacaciones tiene algo curioso: regresas descansado… y basta con abrir el correo para que se te pase un poco. 😅

Mensajes sin leer, tareas pendientes, cosas que se quedaron a medias antes de irte, otras que han aparecido mientras no estabas, reuniones que hay que preparar, llamadas que devolver… De repente, parece que todo es urgente y que todo debería estar hecho ya.

Es fácil sentirse abrumado, incluso empezar a ponerse nervioso pensando en todo lo que hay que hacer. Puede surgir una idea aparentemente razonable: “Hoy me pongo al día”.

Por ahí puede empezar el problema. Porque cuanto más intentas abarcar, más fácil es saltar de una cosa a otra, empezar muchas y terminar pocas, y así acabar el día agotado, frustrado y con la sensación de que sigues teniendo demasiadas cosas pendientes.

Volver de vacaciones y querer recuperar en un solo día todo lo que no has hecho durante dos o tres semanas suele ser una pésima idea.

Hay algo que intento recordarme cuando me encuentro ante una montaña de pendientes: No tienes que hacerlo todo, solo tienes que hacer lo siguiente.

Ponerse al día también lleva su tiempo. Primero hay que mirar qué tienes delante, ordenar, distinguir lo importante de lo que simplemente hace ruido y decidir por dónde empezar. Después, ir resolviendo las cosas de una en una y asumir que algunas pueden esperar un día más. Y probablemente otras puedan esperar bastante más.

No intentes recuperar en dos días todo lo que se ha acumulado durante semanas. Recupera primero tu ritmo, vuelve a tus rutinas, establece prioridades, reserva tiempo para lo importante y deja que los días hagan su trabajo.

Porque muchas veces el problema no es la cantidad de cosas pendientes, sino querer resolverlas todas mentalmente al mismo tiempo.

Dentro de unos días mirarás atrás y probablemente descubrirás que aquella montaña que parecía enorme ha ido desapareciendo casi sin darte cuenta.

No necesitas ponerte al día hoy, necesitas empezar hoy a ponerte al día.

¿También te abruma la vuelta de vacaciones cuando ves todo lo que te espera?

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sábado, 29 de agosto de 2026

Vivir 365 días o vivir el mismo día 365 veces

Escribo todos los días una breve reflexión en LinkedIn. Hace unos diez días, por la mañana, mi hermana me dijo que empezaba a resultar un poco repetitivo escribiendo tanto sobre gestión del tiempo, la vida y esas cosas sobre las que suelo escribir. Por la tarde, un amigo remató la faena: “Es que escribes todos los días. Al final cansa”.

Mi respuesta fue sencilla: no hace falta que me leáis todos los días 😂.

Después me quedé pensando en eso de la repetición. La vida está llena de cosas que repetimos: dormimos todos los días, comemos todos los días, nos duchamos, trabajamos, hablamos con las mismas personas, recorremos muchas veces los mismos caminos. Y no pasa nada.

Hay cosas que merece la pena repetir, incluso algunas funcionan precisamente porque las repetimos.

Desde hace unas semanas, por ejemplo, todos los días hago prácticamente los mismos ejercicios para recuperar mi codo. Los repito conscientemente porque sé para qué los hago y porque esa repetición, poco a poco, produce resultados.

Hacer ejercicio, leer, aprender, cuidar a alguien, decir te quiero, quedar con los amigos… Hay repeticiones que construyen nuestra vida.

El problema no es repetir, el problema es repetir sin darnos cuenta lo que ni nos gusta ni nos aporta.

Todos hemos vivido alguna vez esa sensación extraña de llegar al trabajo y apenas recordar el camino que hemos recorrido. Hemos conducido, parado en los semáforos, girado donde correspondía y aparcado. Pero como hacemos el mismo trayecto todos los días, nuestro cerebro ha puesto el piloto automático.

Algo parecido puede ocurrirnos con la vida. Levantarnos, trabajar, comer, mirar el móvil, cenar, acostarnos… y volver a empezar. Un día detrás de otro. Hasta que un año puede terminar siendo el mismo día vivido 365 veces.

Vivir no consiste en buscar permanentemente cosas nuevas. Tampoco necesitamos 365 aventuras diferentes. Se trata más bien de estar presentes en aquello que hacemos, aunque lo hayamos hecho cientos de veces. Y, de vez en cuando, introducir algo que haga que hoy no sea simplemente una copia de ayer.

Porque hay una gran diferencia entre vivir 365 días y vivir el mismo día 365 veces.

Por cierto, mañana probablemente volveré a hacer mis ejercicios del codo y también volveré a escribir. Lo llevo haciendo estos diez días, para eso he esperado, para ver como me sienta la repetición.

Mi hermana y mi amigo ya saben que, aunque escriba, no tienen por qué leerlo 😜.

Te invito a hacerte una pregunta: ¿Qué cosas repites conscientemente y cuáles haces ya con el piloto automático?

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jueves, 27 de agosto de 2026

Tanto tiempo haciendo lo que debo que no sé lo que quiero

Hay una pregunta aparentemente sencilla que, a determinadas alturas de la vida, puede resultar sorprendentemente difícil de responder: ¿Qué quieres?

No qué debes hacer, no qué esperan de ti, no qué sería lo más razonable, no qué conviene a los demás, no qué toca ahora. ¿Qué quieres tú?

Cuántas veces he oído “No sé lo que quiero” y cuánta gente ni siquiera se lo plantea. Parece fácil, prueba a responder sin pensar demasiado.

Durante buena parte de nuestra vida aprendemos a movernos alrededor del “debo”: debo estudiar, debo trabajar, debo ser responsable, debo ocuparme de mis hijos, debo atender a mis padres, debo cumplir con mis compromisos, debo terminar esto, debo contestar aquello, debo aprovechar el tiempo, debo hacer ejercicio, debo comer mejor, debo llamar a no sé quién...

Muchos de esos “debo” son necesarios, incluso elegidos. Forman parte de hacernos responsables de nuestra propia vida y de convivir con otras personas.

El problema aparece cuando el “debo” ocupa tanto espacio que dejamos de escuchar el “quiero”.

Podemos acostumbrarnos tanto a responder a obligaciones, compromisos y expectativas que, cuando finalmente aparece un espacio vacío, no sabemos qué hacer con él.


Imagínate que mañana tienes una tarde completamente libre. Nadie te necesita, no tienes trabajo pendiente, no hay recados ni compromisos familiares. No tienes que aprovecharla para nada. ¿Qué harías? Quizá la primera respuesta sea precisamente buscar algo que hacer.

Ordenar un armario, adelantar trabajo, responder unos correos, hacer esa compra que tienes pendiente, aprovechar para hacer deporte. Es curioso: incluso cuando desaparecen temporalmente las obligaciones, podemos inventarnos otras nuevas.

Nos hemos acostumbrado tanto a hacer lo que toca que hemos olvidado preguntarnos qué nos apetece. De tanto atender al deber, podemos perder el contacto con nuestro propio deseo.

Cuando somos pequeños solemos tener bastante claro lo que queremos:  quiero jugar, quiero salir, quiero ese juguete, quiero quedarme un rato más... Después aprendemos que no siempre podemos hacer lo que queremos. Y menos mal. Aprendemos a esperar, a renunciar, a cumplir obligaciones, a tener en cuenta a otras personas y a aceptar que vivir supone también hacer muchas cosas que no nos apetecen. Forma parte de madurar.

Pero quizá podemos pasarnos de frenada: aprendemos a no hacer siempre lo que queremos y podemos terminar sin saber qué queremos.

Hay personas tremendamente responsables que llevan años cumpliendo perfectamente con todo lo que se supone que tienen que hacer. Y un día se preguntan: ¿Y ahora qué quiero yo? Y no encuentran una respuesta clara.

Reconectar con lo que queremos no significa convertirnos en personas caprichosas ni empezar a abandonar nuestras responsabilidades. No se trata de sustituir todos los “debo” por “quiero”. Se trata de recuperar cierto equilibrio.

Volver a escuchar esa parte de nosotros que sabe (o alguna vez supo) qué cosas nos producen curiosidad, ilusión, placer, energía o ganas de vivir.

No hace falta empezar preguntándonos por las grandes decisiones: ¿Qué quiero hacer con mi vida? Podemos empezar mucho más cerca: ¿qué me apetece hacer esta tarde?, ¿con quién quiero pasar tiempo?, ¿qué conversación llevo tiempo queriendo tener?, ¿qué me gustaría aprender?, ¿a qué lugar me apetecería volver?, ¿qué actividad abandoné y echo de menos?, ¿qué hago únicamente porque llevo muchos años haciéndolo?, ¿qué incorporaría a mi vida si tuviera un poco más de espacio? Podemos hacer algo simplemente porque nos gusta.

Reconectar con el deseo tiene que ver con hacer sitio en la agenda y en la mente. Cuando vivimos permanentemente ocupados, resulta difícil escuchar qué queremos.

También necesita cierta valentía, porque descubrir lo que queremos puede resultar incómodo: podemos descubrir que queremos cambiar cosas, que algunas actividades ya no nos interesan, que determinadas relaciones necesitan más espacio y otras menos o que aquello que queríamos hace veinte años ya no es lo que queremos ahora. Nosotros cambiamos y nuestros deseos también.

No creo que una buena vida consista en hacer siempre lo que queremos, ni tampoco en hacer siempre lo que debemos. Probablemente se construya en algún lugar entre el “debo” y el “quiero”.

Podemos pasar tantos años siendo responsables de nuestra vida que terminemos olvidándonos de vivirla. Así que quizá merezca la pena reservar de vez en cuando unos minutos para una pregunta aparentemente sencilla:

Si por un momento dejara de pensar en todo lo que debo hacer, ¿qué querría hacer?

Y después esperar un poco, sin responder demasiado rápido, a ver qué aparece.

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