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jueves, 26 de marzo de 2026

Hacer lo que te sienta bien (que ya sabes lo que es)

Llevo cuatro días haciendo yoga en casa. Lo había dejado y mi espalda empezaba a recordármelo. Nada dramático, pero sí ese aviso suave que, si lo ignoras, acaba subiendo el volumen.

He vuelto a algo muy sencillo, entre 20 y 30 minutos al día, sin épica, sin matarme y en cuatro días… he mejorado un montón. Conclusión: hacer yoga me sienta bien.

Lo sé y aun así no lo hago con la regularidad que me vendría bien. Y esto no solo me pasa a mí.

Hace tiempo, en un café, un compañero me dijo que desde que había dejado de correr por las mañanas se encontraba peor. Pregunté: “¿Y por qué no vuelves?”. Me dijo que le costaba, que iba a las 6 de la mañana. Mi respuesta fue sencilla: “Bueno… pero dices que te sienta bien”. Volvió a correr y ahí sigue, feliz, le felicito por ello.

La mayoría de las cosas que nos sientan bien son sencillas. No suelen ser grandes decisiones ni cambios radicales. A veces es: un paseo corto al sol, parar cinco minutos antes de empezar el día (quizá meditar), charlar con alguien con calma, cenar una manzana y un yogurt, moverte un poco. Cada uno tiene las suyas.

Lo interesante es que, en el fondo, lo sabemos. Y aun así… no lo hacemos. Nos entretenemos, nos dispersamos, nos liamos con otras cosas. A veces porque lo que nos apetece no es lo que nos sienta bien. Otras veces porque hacer lo que te sienta bien implica dejar de hacer lo que no. Y eso ya cuesta más.

A veces hace falta un esfuerzo. Yo suelo decir (medio en broma, medio en serio) que a mí no me gusta ir al gimnasio… a mí lo que me gusta es haber ido al gimnasio. Porque cuando sales, lo notas, en el cuerpo, en la cabeza. Curiosamente, cuando repites… empieza a gustarte también el proceso, hasta ir al gimnasio.

No hace falta complicarlo, cuidarte no tiene por qué llevar horas, ni requiere un plan perfecto. Empieza por algo sencillo. De hecho, puede ser tan simple como esto: Haz una lista de cosas que sabes que te sientan bien. Y luego… haz alguna, al menos una hoy.

Porque cuando haces lo que te sienta bien: tienes más energía, estás de mejor humor, y eso… cambia muchas cosas.

Si quieres encontrarte mejor, seguramente ya sabes lo que te sienta bien.

Hoy te dejo una invitación sencilla: haz algo que te siente bien.

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miércoles, 11 de febrero de 2026

Qué es el éxito y como conseguirlo

Stephen Covey advertía que podemos pasarnos la vida subiendo la escalera del éxito solo para descubrir al llegar arriba que estaba apoyada en la pared equivocada. Es decir, podemos esforzarnos durante años persiguiendo una idea de éxito que, al final, ni siquiera era la nuestra.

Si no hacemos una pausa para preguntarnos qué es el éxito para nosotros, es fácil acabar persiguiendo lo que otros dicen que debería ser: dinero, reconocimiento, estatus, productividad sin pausa. Pero ¿y si todo eso no fuese suficiente o tan siquiera necesario?

Ayer, en uno de los cursos que imparto, hice una pregunta sencilla: ¿Qué es el éxito para ti? Las respuestas fueron tan variadas como personales. Cuando las agrupé, descubrí un patrón que invita a la reflexión. La mayoría de definiciones no tenían nada que ver con riqueza, fama o poder. Surgieron, más bien, cinco grandes temas (entre comillas las citas textuales):

  • Equilibrio y paz interior: “Estar en paz y tranquila con lo que haces”, “estar en equilibrio”, “equilibrio laboral, familiar y social”.
  • Logro y realización personal: “Hacer realidad tus objetivos”, “alcanzar lo que deseas”, “sentirse realizado”.
  • Autonomía sobre el tiempo: “Emplear mi tiempo en lo que realmente es importante para mí”, “poder hacer lo que quiera hacer”.
  • Contribución y vínculo con otros: “Hacer mejor la vida a los que me rodean”, “que cuenten conmigo”.
  • Salud y bienestar general: “Tener salud y ser feliz”.
  • Aceptación y autoexigencia sana: “Meterme en la cama sabiendo que el que hace lo que puede no está obligado a más”

Lo interesante es que todas estas ideas hablan de una vida vivible, no de logros brillantes ni medallas. Hablan de sentirte en paz contigo mismo, de tener tiempo para lo importante, de contribuir, de tener salud y de hacer que tu vida encaje con tus valores.

Este ejercicio mostró que el verdadero éxito es un concepto íntimo y personal. Por eso, definirlo en primera persona no solo es útil, es necesario. Solo así podemos poner foco en lo importante y no dejarnos arrastrar por una definición ajena.

Las respuestas también compartían otro hilo conductor: casi todo lo que llamamos “éxito” requiere decisiones constantes y personales. No basta con desear paz, equilibrio o realización; hay que cultivarlos. Y esa es también una forma de entrenar la suerte.

Cuando defines lo que es el éxito para ti te vuelves más receptivo a las oportunidades que sí encajan contigo. Tener claro tu éxito personal es como afinar la brújula antes de emprender el viaje: eliges mejor los caminos, te equivocas menos y, si te desvías, sabes cómo volver.

El éxito no es una fórmula universal, ni una meta impuesta. Es una construcción personal, que se diseña con intención. Si no te detienes a definirlo tú, alguien más lo hará por ti.

Te invito a hacer hoy este pequeño gran ejercicio: escribe en una sola frase qué es el éxito para ti ¿Tu escalera está apoyada en la pared correcta?

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viernes, 14 de noviembre de 2025

Fluir en lo que hacemos: pequeños “ahoras” que merecen la pena

Hay días en los que escribir me sale solo. Me siento delante del teclado y, sin darme cuenta, el tiempo se estira, se encoge o directamente desaparece. Lo mismo me pasa subiendo una montaña: me canso, claro, pero disfruto. A mi lado otros quizá sufren, pero yo encuentro en ese esfuerzo algo que me ordena por dentro. Al final, lo que buscamos es estar a gusto con lo que hacemos, sentir que cada pequeño “ahora” tiene sentido. Y la clave, como dijo Mihaly Csikszentmihalyi, el creador del concepto de fluir, está en ajustar el reto a nuestras capacidades, encontrar ese punto delicado entre el aburrimiento y la angustia, ese “justo aquí” donde uno se siente vivo.

Csikszentmihalyi insistía en que la felicidad no se persigue directamente, sino que aparece cuando nos implicamos por completo en lo que hacemos, cuando dejamos de rumiar y la atención se centra en una sola cosa. El mundo exterior cambia poco, pero por dentro algo se recoloca: la conciencia se vuelve más clara, menos caótica, como si la vida tuviera por fin una dirección concreta. Y eso no depende tanto de lo extraordinario como de nuestra forma de vivir lo cotidiano. Cada conversación, cada paseo, cada pequeño trabajo puede convertirse en una experiencia satisfactoria si sabemos prestarle atención, si aprendemos a disfrutar del proceso y no sólo del resultado.

Me gusta pensar que fluir es una forma de estar en la vida: cuando dejamos de obsesionarnos por lo que falta y nos enfocamos en lo que ocurre. Cuando trabajamos con la mente despierta, cuando escuchamos de verdad a quien tenemos delante, cuando cocinamos sin prisa, cuando hacemos deporte porque sí. Y también cuando aceptamos que la alegría aparece y desaparece, pero la actitud de involucrarnos en cada momento es algo que sí podemos cultivar. Los mejores instantes suelen llegar cuando usamos lo mejor de nosotros mismos para algo que vale la pena; no para ganar nada, sino porque hacerlo ya es la recompensa.

Para practicarlo en el día a día ayuda ajustar el nivel de desafío de cada actividad, prestar atención al presente y convertir lo cotidiano en un pequeño juego personal. Y, sobre todo, recordar que fluir no es desconectar del mundo, sino conectarse mejor con él. Si te resuena este tema, recomiendo leer Fluir y Aprender a fluir, dos libros que inspiran, ambos de Csikszentmihalyi, aterrizan ideas y ayudan a vivir con más intención y más serenidad.

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sábado, 1 de noviembre de 2025

Aprender a decidir: Pensar más no es pensar mejor

Esta semana, tanto en el curso de Gestión del tiempo que imparto como en varias conversaciones personales, ha aparecido una misma idea: lo difícil que puede ser tomar decisiones.

Nos pasa a todos. Queremos acertar, evitar errores, prever todas las consecuencias… y en ese intento de hacerlo perfecto, acabamos atrapados en la “parálisis por el análisis”.

Mientras damos vueltas a las opciones, la vida sigue. Pero nosotros nos quedamos en bucle, rumiando, revisando, dudando.

Y esa rumiación no solo nos roba tiempo, sino también energía y serenidad. No decidir es una decisión en sí misma, y suele ser la más desgastante.

Tomar una buena decisión implica alinear nuestros tres centros: lo que pienso, con lo que siento y hago:

  • El centro mental, que analiza, compara y razona.
  • El centro emocional, que percibe cómo nos sentimos con cada opción.
  • Y el centro instintivo o corporal, que actúa, se mueve, se lanza.

Cuando uno de ellos domina (por ejemplo, si el mental analiza sin fin, o si el emocional teme equivocarse), nos desequilibramos. La clave está en escuchar los tres.

Pensar con claridad, sentir lo que de verdad queremos y luego dar un paso, aunque sea pequeño.

Todo ello aceptando la incertidumbre (y el miedo) que conlleva consigo toda decisión importante. No hay manera de tenerlo todo controlado.

A veces confundimos “pensar más” con “pensar mejor”. Pero llega un punto en el que lo que necesitamos no es más información, sino más confianza.

El miedo a decidir suele venir del deseo de garantizar el resultado. Sin embargo, el aprendizaje está en el camino, no en la garantía.

Atreverse a andar incluso con miedo es una forma de crecer. Cada paso real te saca del bucle mental, te da información nueva y, sobre todo, te devuelve al presente.

Podemos disfrutar mientras vamos haciendo. Decidir y actuar no es solo resolver un problema: es vivir. Cada pequeña acción que tomas te ayuda a construir tu camino, a descubrirte y a ajustar sobre la marcha. Hay disfrute en ir haciendo, en sentir que avanzas.

No se trata de eliminar el miedo, sino de moverte con él y ver cómo cambia a medida que actúas.

Una recomendación para esta semana

Si notas que estás atascado en una decisión, prueba esto:

  • Escucha tus tres centros. ¿Qué dice tu mente? ¿Qué siente tu cuerpo? ¿Qué te dice el corazón?
  • Acepta que no sabrás todo. Toma la mejor decisión posible con la información que tienes hoy.
  • Da un paso pequeño. Cualquiera. Y observa qué pasa.

A menudo, la claridad no viene antes de actuar, sino después.

Decidir es abrir camino.

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domingo, 7 de septiembre de 2025

El peligro de auto-explotarte

Estamos en comienzo de etapa, se acaba el verano (o el invierno, según tu hemisferio) y nos proponemos retomar rutinas, proyectos, metas: aprender un idioma, apuntarnos al gimnasio, preparar una nueva asignatura, organizar la casa… Todo cabe. A menudo, esa ilusión se convierte en una lista interminable que solo trae frustración: “no me da tiempo”, “no llego a todo”, “me exijo demasiado y acabo exhausto”. Y ahí está la trampa: en nuestra férrea voluntad de aprovechar el tiempo, lo exprimimos… y nos exprimimos.

Este es el peligro de sobrecargar la agenda: autoexplotarse. Poner en el calendario objetivos demasiado ambiciosos nos conduce a la sensación de fracaso, a ese suspiro continuo de “no me da la vida”. Queremos ser súper productivos, encajar mil actividades, rendir en todos los frentes… pero sin dejar ni un hueco para respirar. A largo plazo, nos lleva al desgaste, a la pérdida de foco y, lo peor, al olvido de lo que hace que la vida merezca sentirse vivida.

¿La clave? Dejar huecos sin programar. Rincones libres en la agenda para lo inesperado, para la quietud o para las ganas sin motivo. Reservar al menos un tramo del día, o de la semana, para descansos verdaderos, para lo que surja en paz, sin otra exigencia que disfrutar.

Pensémoslo así: no se trata de bloquear cada hora, sino de equilibrar estructura con espontaneidad. De no convertir el tiempo en tareas y objetivos, sino en experiencias que sumen vida, no solo resultados.

Eso incluye darle espacio al hedonismo, al placer sencillo, al “no hacer nada” y disfrutar de esa nada o de cualquier cosa no ligada a su productividad, que disfrutamos en sí misma, como el juego cuando éramos niños. Una taza de café que se alarga, una pausa sin culpa, un paseo por el parque sin rumbo… Eso también es invertir bien el tiempo, al fin y al cabo, eso es vivir.

Así que te dejo algunas sugerencias:

  • Plantéate objetivos realistas, que no te lleven más allá del límite.
  • También una agenda realista, con espacios vacíos, que permita ajustes.
  • Reserva tiempo libre.
  • Aprende a saborear lo inesperado.

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domingo, 13 de abril de 2025

Cargado puedo disfrutar, sobrecargado sufro

A veces entro en ciclos. Me ilusiono con ideas, proyectos, propuestas. Me apunto a cosas porque me motivan, porque me hacen sentir vivo, útil, conectado. Sin darme cuenta, me voy cargando. Un compromiso aquí, otro allá. Un "sí" que parecía pequeño, otro que parecía inofensivo. Y cuando me quiero dar cuenta, ya estoy tirando de demasiadas cuerdas a la vez.

Lo curioso es que no paro. Sigo. Me esfuerzo por cumplir con todo lo que me he echado encima. Me desgasto. Empiezo a notar el cansancio, el mal humor, esa sensación de ir todo el día corriendo, pero sin disfrutar del camino. Ahí es cuando me doy cuenta: no estoy simplemente cargado, estoy sobrecargado.

Demasiado cargado no avanzo en nada, como el burro de la foto
Cargado está bien. Cargado es tener cosas que hacer, responsabilidades, retos. Pero todavía con margen, con energía, con claridad mental.

“Cuando estás cargado, puedes disfrutar; Cuando estás sobrecargado, sobrevives”.

Cuando llego a ese punto, sé que toca empezar a soltar. Decir que no. Renunciar, aunque me cueste. Porque si no empiezo a quitarme carga, reviento. Así de claro.

La buena noticia es que, con el tiempo, cada vez me doy cuenta antes. He aprendido a identificar en cuántos fregados me estoy metiendo. Y aunque me sigan apeteciendo muchas cosas, empiezo a ser capaz de decir "no". Me cuesta, sobre todo si la propuesta me ilusiona, pero lo digo; cuando no me apetece es más fácil decir no. Pero incluso cuando sí me gustaría… empiezo a saber elegir.

Y si aun así me paso de rosca, también noto antes que me estoy sobrecargando. Y entonces empiezo a descargar antes de explotar. Me centro en lo importante, en lo que realmente cuenta. Lo demás puede esperar, porque no puedo con todo, porque no soy Superman. Y, sobre todo, porque:

“quiero vivir mi tiempo, no simplemente llenarlo”.

Gracias por leerme. Si te ha resonado esta entrada, puedes seguirme en LinkedIn para no perderte la próxima. Haz clic aquí.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Equilibrar reflexión y acción


Tanto pensar en lo que tengo que hacer no hago nada. Tantas cosas pendientes que creo que lo mejor será hacer un buen plan para poder hacerlas y así planificar durante horas sin avanzar en nada.

No cuenta lo que piensas hacer sino lo que haces. Y en ocasiones nos quedamos paralizados de tanto análisis.

En el otro extremo nos encontramos cuando nos lanzamos a hacer sin tener muy claro el propósito, el para qué, el qué y el cómo vamos a hacer. Si no sabes a dónde vas es muy probable que acabes en cualquier otro lugar.

Demasiada acción sin reflexión lleva a muchos errores, es como el que dice todo lo que piensa sin pensar lo que dice. Y demasiada reflexión sin acción nos lleva a no movernos y no avanzar.

Cada uno tiene su tendencia hacia la reflexión o hacia la acción ¿cuál es la tuya? Y esa tendencia puede ir cambiando en distintas épocas. Tomar conciencia de nuestra forma y encontrar nuestro equilibrio.

Equilibrar el tiempo dedicado a planificar y a actuar. Dibujo de Leyre Fontaneda

Equilibrar el visionario, el que mira hacia el futuro y planifica con el operario, el que ejecuta. El visionario sin acción es el soñador, que solo sueña con cosas que hacer, objetivos que alcanzar, sin hacer nada. Y el operario sin visión, sin plan, es el pollo sin cabeza, corriendo a todos lados sin saber a dónde vas, dando tumbos y cambiando de actividad sin darnos cuenta.

Para encontrar este equilibrio un camino de tres pasos:

  1. Encuentra y reserva momentos para ver y mirar, reflexionar, decidir y planificar.
  2. Con el plan claro es el momento de la acción, de mantenernos enfocados y comprometidos con lo decidido y planificado.
  3. Establecer los hitos donde parar y reflexionar cómo estamos siguiendo el plan, si hace falta ajustar y cambiar.

Te invito a que pares diez minutos, observes y reflexiones dónde te ves: como un soñador, en equilibrio entre el planificar y el hacer, o haciendo en muchas ocasiones sin plan claro. Tú decides cómo quieres continuar tu camino.

Somos dueños de nuestro plan, podemos cambiarlo cuando queramos, aunque demasiado cambio nos puede hacer perder el norte, despistarnos sin saber dónde estamos.

domingo, 16 de octubre de 2016

La vendimia

Ayer fue día de vendimia, de recoger frutos, en compañía. La ribera del Duero es tierra de vino y en esta época se llena de gente recogiendo el fruto de la vid.

Ahora se vende la experiencia de pasar un día vendimiando y hay quién paga por vivirla, como decía el amigo al que fuimos a ayudar, para nosotros la experiencia fue gratis.

Una experiencia de conexión:
  • Con la naturaleza, al aire libre, con los frutos que vienen del trabajo, del cuidado de las cepas y de la tierra que nos provee.
  • Con nuestro pasado que nos une a nuestros ancestros agricultores que nos legaron el buen vino. Como otras muchas cosas.
  • Con los amigos con los que compartimos el trabajo.

Disfrutamos enormemente del día a pesar del trabajo, del esfuerzo y del resentimiento de la espalda. Un día equilibrado porque era un esfuerzo que podíamos asumir y tuvimos ratos de descanso y diversión, de reír y compartir anécdotas. Si hubiésemos trabajado mucho más de lo que estábamos acostumbrados hoy tendríamos dolores por todo el cuerpo. Hay que saber respetar las dosis, incluso de trabajo.

Si quieres llegar lejos vete acompañado, que además es mucho más divertido. Ese mismo trabajo, hecho sólo, hubiese sido mucho más duro, además más largo.

Para recibir ayuda tienes que pedir ayuda y hacer fácil que te ayuden. Javi y familia, los dueños de las cepas, supieron pedir ayuda y hacer fácil que el resto pudiésemos ir, facilitar desde los guantes a las tijeras y hacer el día agradable. Supieron acoger a todos los que fuimos, algo que siempre han hecho bien.
Javi con el tractor
Una experiencia vivida con los niños, que les permite ver y sentir de manera distinta. Puede parecer que un niño iba a hacer poco trabajo y ayer demostraron, desde la diversión, que podían coger muchas uvas. Todos reclamaron sus guantes, sus tijeras o garillos y aportaron. Cualquier ayuda es buena y no se debe despreciar.

Nos enseñan cada día cómo el trabajo puede ser divertido y cómo se hace mejor desde la voluntad que desde la obligación. Seguro que es mejor y más productivo si eliges trabajar que si te ves obligado a trabajar.


Y no hay que olvidar la celebración por el trabajo hecho, la satisfacción cada vez que se acaba una hilera o se llena un cesto y el disfrutar del resultado, las uvas o el buen vino. Al año que viene repetimos.

martes, 11 de octubre de 2016

Objetivos equilibrados para una vida equilibrada

Los objetivos marcan la dirección hacia dónde queremos caminar en nuestra vida, las metas a alcanzar, la visión que tenemos para nosotros dentro de un tiempo, cómo nos vemos o nos soñamos en unos días, meses o años.

Si nuestro objetivo es ganar mucho dinero puede que estemos luchando en nuestro propio negocio o, si nos daba miedo montar un negocio, puede que estemos trabajando con todas nuestras fuerzas en busca del mejor salario posible.

La sociedad actual presiona para valorar a la persona por lo que tiene y ha olvidado valorar a las personas por lo que son. Como dice Covey, en busca de ese reconocimiento social trepamos por la escalera del éxito sin darnos cuenta de si la hemos apoyado en la pared equivocada, si es allí dónde queremos subir.
No siempre somos conscientes de nuestros objetivos, al igual que una corriente de agua suave, que nos arrastra sin darnos cuenta lejos del sitio dónde estábamos, hay objetivos que nos van arrastrando y en unos años nos damos cuenta que no tenemos la vida que queríamos tener.

Si no vamos en la dirección que queremos es que no perseguimos los objetivos adecuados, probablemente perseguimos otros inconscientemente, sin darnos cuenta

Una pregunta difícil es ¿qué es lo que quiero? Y acompañada de la pregunta ¿Qué estoy haciendo? nos permite saber si realmente estoy caminando hacia el sitio dónde quiero ir.

Hace unos cuantos años trabajaba de consultor, muchas horas a la semana y coincidí comiendo con el jefe a nivel europeo, un modelo para todos los que allí trabajábamos. Un modelo que nos invitaba a trabajar duro si no lo mirábamos bien.

Charlando comentó que lo que más disfrutaba era estar en verano, sentado en un banco, en un pueblo pequeño de montaña, casi una aldea, al que iba de vacaciones, charlando con los vecinos de la aldea.

Para estar sentado en un banco cómo ese sólo hace falta querer e ir. Aunque si estás demasiado entretenido trabajando para poder comprar muchas cosas, hacer muchos viajes y dar a tus hijos todos los caprichos (el éxito social), te va a quedar poco espacio para sentarte tranquilo y pasar tiempo con los que quieres.

Si te despistas persiguiendo el éxito social te pierdes el éxito personal.

Por eso para tener una vida equilibrada tienes que tener unos objetivos equilibrados. Hay que trabajar para vivir, si estás viviendo para trabajar mira a ver si eso es lo que quieres.

Unos objetivos equilibrados que te permitan cuidarte a ti, estar con los cercanos, la familia y los amigos y también trabajar y disfrutar con el trabajo, aportando a los que te rodean.

Una reflexión parecida a mí comida con el jefe la podemos encontrar en la historia del inversor y el pescador que he visto ya en varios sitios:

Un experto en inversiones, estaba en el muelle de un pequeño pueblo, cuando llegó un pescador en su bote. Dentro del bote había varios atunes amarillos bastante grandes y el banquero elogió al pescador por la calidad del pescado y preguntó:
-¿Cuánto tiempo le tomo pescarlos?
-Muy poco tiempo, respondió el pescador.
-¿Por qué no se quedó más tiempo pescando, podría haber traído más peces? Preguntó el banquero.
-Sí, seguramente, pero esto es suficiente para satisfacer las necesidades inmediatas de mi familia, dijo el pescador
-Permíteme que te pregunte, dijo el banquero ¿qué haces con el resto de tu tiempo?,
-Después de pescar, descanso un poco, juego con mis hijos, duermo la siesta, luego acompaño a mi esposa hacer las compras y por las noches me reúno con los amigos para pasar un buen rato conversando. Llevo una vida tranquila y despreocupada, dijo el pescador.
-Mira, yo soy un especialista en marketing y asesor de grandes empresas y podría ayudarte a desarrollar un negocio. Lo que tendrías que hacer, es dedicar más tiempo a la pesca y con los ingresos podrías comprar un bote más grande. Al tener un bote más grande puedes pescar mucho más que ahora, de manera que duplicarías las ganancias. Con el tiempo podrías comprar varios botes y tener empleados que pesquen para ti.
El siguiente paso es que en lugar de vender el pescado a un intermediario, lo podrías vender directamente a la empresa que distribuye el pescado una vez envasado y empaquetado y con el tiempo podrías tener la distribución para la provincia o el país entero.
Claro cuando eso ocurra, tendrías que dejar este pequeño pueblo para instalarte en la gran ciudad, desde donde manejarías tu empresa, sin tener que salir a pescar.
-¿Pero, cuánto tiempo hace falta para que ocurra todo eso? Preguntó el pescador.
-Entre diez y quince años, dijo el banquero.
-¿Y luego qué? Dijo el pescador.
-Después se puedes vender las acciones de tu empresa al público. Te harás millonario.
-¿Y luego qué? Le preguntó sonriendo al banquero.
-Luego te puedes retirar. Te compras una casita en un pueblecito de la costa, donde puedes descansar, dormir hasta tarde, pescar un poco, jugar con tus hijos, ir con tu esposa de compras y  reunirte con tus amigos y familiares para pasarlo bien. Dijo el banquero.

-¿Acaso no es eso lo que ya tengo?