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martes, 23 de junio de 2026

El tren correcto… hasta que deja de serlo

Durante unos años viajé con frecuencia en tren desde Burgos hasta Lisboa. Era un trayecto largo, de esos que te permiten leer, pensar, mirar por la ventana y dejar que el tiempo vaya a otro ritmo.

Había un momento especialmente curioso del viaje. En un punto del recorrido, el tren se dividía en dos. Una parte continuaba hacia Galicia, al norte de España, y la otra seguía rumbo a Lisboa. Los vagones se separaban y cada mitad tomaba un destino diferente.

Más de una vez vi a viajeros descubrir demasiado tarde que estaban en el vagón equivocado.

Algunos se daban cuenta enseguida y conseguían cambiarse a tiempo. Otros, confiados, seguían sentados pensando que todo iba bien. Hasta que alguien les preguntaba dónde iban y descubrían que se dirigían exactamente en la dirección contraria a la que querían.

Siempre me llamó la atención esa escena porque, en realidad, la vida se parece bastante a ese tren.

Hay una idea muy conocida que habla de los trenes perdidos. De las oportunidades que dejamos escapar. De esa llamada que no hicimos, de ese proyecto que no iniciamos, de esa persona a la que no dijimos lo que sentíamos o de ese cambio que fuimos aplazando durante años.

Todos conocemos las lamentaciones de los trenes que no cogimos. A veces la vida nos ofrece una oportunidad y pensamos que ya habrá otra, que más adelante tendremos tiempo, que no es el momento. Y algunos trenes vuelven a pasar, pero otros no.

Sin embargo, hay otra reflexión sobre los trenes que me parece todavía más interesante. Mi amigo Jesús me envió una imagen con una supuesta leyenda japonesa que decía:

"Si te subes al tren equivocado, bájate en la siguiente estación. Cuanto más tardes en bajarte, más caro será el billete de vuelta."

No sé si realmente es una leyenda japonesa. Pero sí sé que contiene una sabiduría que muchas veces olvidamos aplicar en nuestra propia vida.

Porque no siempre sufrimos por los trenes que dejamos escapar. En ocasiones sufrimos por seguir montados en trenes que hace tiempo sabemos que no nos llevan donde queremos ir. Y, sin embargo, seguimos avanzando en ellos.

Pienso en personas que permanecen durante años en un trabajo que ya no les aporta nada. No porque necesiten ese empleo para sobrevivir, sino porque les da miedo explorar alternativas. Cada año que pasa aumenta la sensación de dependencia, disminuye la confianza para dar el paso y se hace más difícil abandonar una situación que dejó de tener sentido mucho tiempo atrás.

También ocurre en las relaciones. A veces una relación cumple una función importante durante una etapa de nuestra vida. Nos acompaña, nos ayuda a crecer y nos aporta experiencias valiosas. Pero puede llegar un momento en el que ambos caminan en direcciones diferentes. Cuando eso sucede, seguir por inercia suele ser más cómodo a corto plazo, pero también suele hacer más dolorosa la despedida cuando finalmente llega.

Lo mismo sucede con proyectos, responsabilidades o compromisos que asumimos hace años. Decisiones que fueron correctas en un determinado momento, pero que quizá ya no encajan con quienes somos hoy. Sin embargo, nos cuesta soltarlas porque hemos invertido demasiado tiempo, demasiada energía o demasiadas expectativas en ellas.

Es curioso cómo funciona nuestra mente. A veces sabemos perfectamente que estamos en el tren equivocado, pero nos convencemos de que lo razonable es continuar porque ya hemos recorrido mucho camino. Como si la distancia recorrida justificara seguir avanzando en una dirección que ya no queremos.

En psicología se habla de la trampa de la inversión hecha. Cuanto más invertimos, cuanto más tiempo permanecemos en un lugar equivocado, más difícil parece abandonarlo. Más explicaciones tenemos que dar, más cambios debemos afrontar y mayor es la sensación de pérdida. Por eso la leyenda habla del coste del billete de vuelta. Cada estación aumenta el precio de reconocer que necesitamos cambiar de rumbo.

Esto no significa abandonar a la primera dificultad. No se trata de convertirnos en personas que saltan de un tren a otro cada vez que aparece un problema. Hay una diferencia importante entre perseverar y obstinarse. Perseverar consiste en mantener el rumbo cuando el destino sigue teniendo sentido. Obstinarse consiste en seguir avanzando cuando ya sabemos que nos estamos alejando de él.

La vida no suele dividirse entre trenes correctos y trenes equivocados. Muchas veces el tren en el que estamos era exactamente el que necesitábamos coger. Gracias a él hemos aprendido, hemos crecido, hemos conocido personas importantes y hemos llegado hasta donde estamos hoy. No fue una mala decisión, fue la decisión adecuada para una etapa concreta de nuestra vida.

El problema es que los destinos cambian, nosotros cambiamos. Lo que ayer nos acercaba a nuestros sueños puede alejarnos de ellos mañana, porque los sueños también cambian.

Por eso recuerdo con frecuencia aquellos viajes a Lisboa. Porque en realidad no había un único tren, había un momento del trayecto en el que el convoy se dividía y cada parte seguía una dirección diferente. Hasta esa estación todos viajaban correctamente. El error aparecía cuando alguien no se daba cuenta de que el recorrido acababa de cambiar.

Quizá eso también nos ocurra a nosotros. A veces el tren en el que te has montado es el correcto, pero solo hasta una determinada estación, después cambia de rumbo. Entonces la pregunta ya no es si acertaste al subirte, la pregunta es si serás capaz de darte cuenta de que ha llegado el momento de cambiar de vagón o de tren.

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viernes, 13 de diciembre de 2024

El poder invisible de los hábitos

Hace unos días, mi hijo Juan me hizo pensar, como logra muchas veces. Cuando le recordamos que debía estudiar puso como excusa que le costaba ponerse y su madre le dijo que a ella también le costaba hacer la comida, así que estaba pensando en no hacerla.

Ante esto contesto: “Yo no estudio porque no tengo el hábito, pero tú haces la comida porque tienes el hábito de cocinar. Es fácil para ti”. Vamos, que

“Los hábitos nos lo ponen fácil”

Este domingo por mi parte estaba lejos del ordenador y no escribí la entrada para el blog que tengo costumbre de escribir ese día de la semana. Me dije, ya lo escribo el martes, cuando vuelva a casa y ya estamos a viernes. Perdí el hábito de hacerlo cuando acostumbro y de esta manera me ha costado más.

Me quedé pensando la respuesta de Juan. Por un lado, tenía razón: hacer algo con regularidad lo vuelve más sencillo. Pero también había algo que él no veía: detrás de cada hábito que parece “fácil”, hubo un inicio que seguramente no lo fue.

De la lucha inicial (de estudiar) a la fluidez. Con hábito cuesta menos

Al principio cuesta, y con fuerza de voluntad, la repetición se convierte en rutina y la rutina en hábito. Además, si no quieres romper la cadena de repeticiones, que es como romper una racha, eso te impulsa a continuar. Por mi parte ya está cerca el final de año, el objetivo de una entrada a la semana está al alcance de la mano, eso me motiva los días que a pesar del hábito me cuesta, o como esta semana que he roto el hábito.

Lo que Juan todavía no ve del todo es que crear un hábito requiere superar la resistencia inicial. Es un proceso incómodo, lleno de intentos fallidos y muchas ganas de rendirse. Pero una vez que se establece, es como si el hábito tomara las riendas y el esfuerzo desapareciera.

La ausencia de hábito tiene su coste. Sin la costumbre de estudiar ponerse resulta un desafío, te enfrentas a una montaña de resistencia interna.

Una vez que el hábito está en marcha, aparece la "magia de la inercia". No necesitamos convencernos de hacerlo; simplemente lo hacemos. Ese estado fluido es lo que hace que sea “fácil”. No es magia, es práctica acumulada.

Los hábitos nos facilitan la vida; son el puente entre lo que cuesta mucho y lo que un día hacemos sin esfuerzo. Si algo parece imposible hoy, recuerda que quizás lo único que necesitas es empezar, paso a paso.

La diferencia está en la práctica repetida y la constancia. El poder de empezar, aunque sea con un pequeño paso.

Aprovecho para recomendar un libro que Juan ha pedido a los Reyes: “Hábitos atómicos” de James Clear, que se ha hecho popular entre los adolescentes y no tan jóvenes. Guía de como pequeños cambios, sostenidos en el tiempo (hábitos), cambian radicalmente nuestros resultados

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domingo, 3 de septiembre de 2023

La importancia de los comienzos

Esta mañana al levantarme tenía muy claro que es lo que quería hacer. Aun teniéndolo claro, a veces me despisto. He encendido el móvil, he pasado por el Whatsapp y sin darme cuenta estaba jugando, no he podido resistir el impulso.

Bueno, “serán cinco minutos” me he dicho. Es increíble la capacidad de autoengaño que tengo, supongo que todos tenemos. Me he enganchado con un juego bastante simple, que hasta me da vergüenza y ha pasado una hora y cuarto.

Después me he entretenido con otras cosas, al fin y al cabo, es domingo. Para cuando he puesto conciencia, había pasado bastante más tiempo. No pasa nada, siento una pequeña sensación de culpa, me digo “¡Otra vez!” y puedo hasta enfadarme un poco conmigo mismo. Nada de esto ayuda, lo que quería que estuviese hecho no se ha hecho solo ¡Vaya sorpresa! Las cosas avanzan si las dedicamos tiempo.

Afortunadamente, me he recuperado y ahora estoy escribiendo este post. Aunque debería estar revisando un artículo, que me cuesta más, y después escribir el post. Creo que esto me ayudará a coger impulso y continuar. Otra forma de autoengaño, siento que hago algo que tengo que hacer evitando lo importante, que me cuesta. Al menos no sigo entretenido con el móvil, un gran ladrón de tiempo.

Es clave como empezamos el día, la jornada de trabajo, la semana o el curso. Si nos despistamos al empezar podemos tardar en recuperar la concentración y la dedicación a aquello en lo que queremos avanzar.

Tener claro que queremos hacer y conseguir, aunque no siempre esto es suficiente. Mantener la atención, darnos cuenta si nos desviamos. Poder recuperar el foco en lo que queremos hacer y empezar.

Si lo posponemos, si nos resistimos, es posible que después sea más difícil ponernos. La resistencia va creciendo hasta que nos ponemos y una vez que nos ponemos la resistencia disminuye y es más fácil continuar.

“Si vences la resistencia inicial después todo es más fácil”

Superar la barrera de la pereza, especialmente al comenzar el día, la semana, el año o el curso. La primera ley de la inercia dice que “un cuerpo en reposo permanecerá en reposo a no ser que se le aplique una fuerza”, no nos pondremos en marcha a no ser que venzamos la inercia inicial (la pereza). Una vez en marcha es solo continuar, también la primera ley dice que un cuerpo en movimiento sigue ese mismo movimiento a no ser que se le aplique una fuerza.

Hay caminos que nos llevan a buenos sitios, aunque cueste recorrerlos. Normalmente sabemos cuales son los caminos, sabemos como conseguir los resultados que queremos, que debemos hacer, aunque a veces cueste.

Si empiezas es posible que acabes e incluso que generes buenos hábitos. Te invito a reflexionar sobre ¿Cuál es un buen comienzo para tu día? ¿Cuál es un buen comienzo para la vuelta de vacaciones?

Con un buen comienzo el resto del día es más fácil. Cada día es un nuevo comienzo. Momento de parar y dejarse sentir que comienzo nos va bien, cómo me gustaría empezar el día y qué es lo que me va a sentar bien haber hecho al final del día.


domingo, 27 de diciembre de 2020

La pausa de cinco segundos, para vencer el piloto automático

A veces, sin darnos cuenta, nos encontramos enganchados a internet, al móvil, a los video juegos o estamos mirando en la nevera que podemos comer cuando no nos conviene.

Internet es una gran red, que como una tela de araña nos atrapa. Vamos saltando de una página a otra y el tiempo va pasando. Si no entras con un objetivo, es probable, que después de dos horas de navegación, al día siguiente ni te acuerdes de que estuviste haciendo.

Esos descansos de estudiante, que van a ser de cinco minutos y se convierten en una hora, si es que consigues volver a ponerte. En ocasiones, abandonar una tarea a medias, pensando en retomarla más tarde, es abandonarla para siempre.

Una vez que comenzamos, que nos enganchamos a cualquier actividad, es difícil parar, cuesta dejarlo. Me llego por correo un cuadro de equivalencias de tiempo en internet:

En esa misma tabla nos vemos atrapados, con la televisión por la noche o con cualquier otra actividad, que nos despista de lo que queremos hacer o de lo que nos conviene.

Conocemos la dinámica de cómo nos quedamos enganchados, cada uno tenemos la nuestra: Abrir el correo electrónico y ya que estoy conectado mirar las noticias en internet, desde ahí me puedo quedar horas; aburrido, decido jugar una partida con el móvil, que llevará cinco minutos y eso se convierte en hora y media; también vale para esos cinco minutos que voy a pasar con el WhatsApp, de donde paso a Facebook… y que se convierten en una hora.

Hay un espacio, antes de quedar atrapados, donde podemos intuir hacia dónde vamos, cómo vamos a pasar las siguientes horas si comenzamos, si nos dejamos llevar.

A veces está bien, puede compensarnos y es algo que disfrutamos. Otras veces sabemos que nos arrepentiremos, que hubiésemos estado mejor durmiendo o haciendo otra cosa.

El momento de elegir es antes de empezar. El truco, podemos hacer una pausa, antes de dejarnos llevar por el piloto automático. Es como el viejo dicho de las abuelas de contar hasta 10, dar tiempo para que podamos valorar los pros y los contras.

En Mindfulness, para tomar consciencia, para darnos cuenta, encontramos una herramienta, el DROP. Este acrónimo nos recuerda sus componentes, antes de engancharte en algo que no te conviene puedes Detenerte, Respirar (dos o tres respiraciones profundas), Observar y Proseguir.

El detenerte y darte un tiempo permitirá que te des cuenta de por donde quieres seguir. Quizá es el momento de quedarte enganchado a internet toda la noche o quizá es mejor que te vayas a la cama, tú decides.

El parar y observar te da la capacidad de elegir. Si quieres hacerlo más fácil, basta con que pares 3 segundos antes de empezar una nueva actividad y decidas.

También vale para las visitas a la nevera por aburrimiento ¿Eres capaz de abrir la nevera y no comer? ¿Eres capaz de ir a ver tiendas y no comprar? Todo un reto para vencer el impulso que nos lleva a la acción inmediata.

Tú decides, vivir en automático o elegir cómo vivir.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Vencer la inercia que nos hace seguir cómo estábamos

La inercia, cómo concepto físico, es la resistencia que opone un cuerpo a modificar su estado de reposo o movimiento, incluyendo el cambio en el movimiento.

La inercia es la que hace que cuando quieres mover algo empujando lo que más cueste sea ponerlo en movimiento, después es más fácil continuar ese movimiento.

Lo mismo nos pasa a las personas, nos cuesta arrancar, a mí me está costando arrancar después de las vacaciones, incluso aunque me apetece hacer y avanzar he perdido ritmo, cómo cuando llevas tiempo sin estudiar o sin salir a correr.

Si corres o sales en bicicleta habrás notado que hay días en los que más cuesta son los primeros kilómetros, que parece que no puedes dar un paso más, una pedalada más y que si te mantienes, no paras, pasados unos minutos encuentras el ritmo y disfrutas del ejercicio que inicialmente ibas sufriendo.

Las vacaciones son un tiempo de descanso, de desconexión y de recargar energía. Espero que sean así para ti, aunque a veces puedes volver más cansado de cómo te fuiste.

Después de las vacaciones viene un cambio, toca romper con la inercia del ritmo de vacaciones y volver al trabajo. Este cambio, esta nueva adaptación se conoce cómo el síndrome postvacacional que hasta se ha dado por llamar depresión postvacacional.
Foto de Saludpasion: síndrome postvacacional
Para adaptarte a la vuelta al trabajo o a los estudios empieza despacio, teniendo clara tu meta y vete cogiendo ritmo. Con el tiempo el ritmo que cojas es un nuevo movimiento que generará una nueva inercia y te mantendrá avanzando. Es el secreto de los hábitos, generar inercias positivas.

Si te incorporas ahora de vacaciones piensa cuales quieres que sean tus nuevos hábitos laborales, los nuevos comienzos permiten un espacio para crear nuevas rutinas que te lleven a dónde quieras ir. Cada comienzo es una nueva oportunidad.

Para vencer la inercia, la barrera de la pereza:
  1. Comienza con un propósito claro: si tienes claro hacia dónde vas es más fácil vencer los obstáculos y encontrar la fuerza para avanzar en la buena dirección.
  2. Esfuerzo inicial: Se consciente que lo que más cuesta es ponerse en marcha, al principio supone esfuerzo. El esfuerzo esconde su recompensa.
  3. Mantenimiento: Una vez que has vencido la barrera de la pereza, mantente hasta generar el hábito, convertir la inercia en una aliada. La inercia, el hábito, permite avanzar con menos esfuerzo.